![]() |
| Andrei Tarkovsky. Polaroid from ‘Instant Light’ (1979-82) |
Amiga:
Todos los días, nada más levantarme, suelo toser y lavarme los dientes -no por este orden-, pero ayer decidí sentarme y reflexionar sobre todas y cada una de las tonterías que he hecho en mi vida. ¡Y ya llevo 29 horas seguidas! Con unos pocos y cortos paréntesis para secarme la cara, comer algo e ir al lavabo. Esta pausa va a ser un poco mayor. Necesito confesarme con mi psicólogo particular: la hoja de Word en blanco.
Mi padre tiene un mantra. Yo tengo dolores abdominales. Seguramente ambos, su mantra y mis dolores están relacionados. Su oración, su plegaria, su mantra o como diantres quiera llamarlo es el siguiente: «Yo, Gregorio senior, jamás he hecho ninguna tontería en mi vida porque soy un tipo serio y siempre sé lo que me hago.» La verdad es que no anda demasiado equivocado. Mi progenitor no ha hecho demasiadas imbecilidades básicamente porque toda su vida ha sido y es eso: una sublime, impresionante y mesiánica gilipollez.
Pero su hijo, o mejor tendría que decir, su primogénito, es decir, yo, tiene unos terribles celos de su «única» y extensa tontería, pues mientras que las mías son pequeñajas y discontinuas, la suya ha permanecido en el tiempo, dotando a su eternidad de un color revuelto y contrastado que transforma en importante o muy importante su contribución al desarrollo de la evolución humana, ya sabes, esa especie racional, social y perversa que domina el planeta.
No estoy tratando de excusarme con el rollo ese de la genética. Aunque si en lugar de haber nacido a partir de un espermatozoide suyo -fuertote y veloz-, hubiese sido fecundado in vitro, quizá ahora no estaría escribiendo estas líneas, sino vendiendo mi culo al mejor postor. Pero no me entiendas mal, yo quiero a mi padre. A quien no quiero es a mí. Yo, simplemente me amo. ¡Hay una diferencia tan espeluznante entre el «te quiero» y el «te amo»! Yo quiero a mis Guppys, a mis plantas, a tu tía (aunque no la conozco), a tantas y tantas cosas. Pero amar, dichosa palabreja, amar sólo amo a parte de mi familia, a algunos amigos y a mí mismo. ¿Cómo se puede amar a alguien si antes no se ama uno a si mismo? Aunque también me odio, me doy asco y me compadezco de lo que soy, he sido, y probablemente seré algún día. Por esa razón entiendo a los suicidas y a la fauna cadavérica. Los primeros son lo suficientemente cobardes como para largarse sin despedirse; los insectos necrófagos se carcajean mientras los suicidas se cortan las venas porque saben que el ciclo es inviolable. Cada pensamiento, lógico o absurdo, tiene un complemento deliciosamente circunstancial pegado a su intención. Y nadie es capaz de doblegarlo. Ni siquiera la deidad más demente, fabricada con esmero por la estulticia de miles, millones de gilipolleces estructuradas a partir de una única realidad trastocada. ¡Somos lo que nos merecemos!
Un beso
