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| Pieter Bruegel. Parábola de los ciegos (1568) |
Hola:
Me gusta cerrar los ojos. Cuando lo hago dejo de ver imbéciles. Es automático. Por esa razón suelo pasar varias horas cada día con los párpados bajados. Incluso puedo caminar y hacer ciertos trabajos domésticos de esa forma. El único problema que implica mantener a la pupila encarcelada es que no me impide escuchar a esos imbéciles de los que me quiero aislar, es decir, prácticamente la totalidad de humanos nacidos de madre. Así que estoy aprendiendo a caminar ciego y sordo. De momento lo llevo bastante bien, pues en los últimos veinte minutos sólo me he caído en cuatro o cinco ocasiones.
A veces, no puedo dejar de preguntarme cómo llegó la idiotez al Homo Sapiens. Me consta que hace 60.000 años nuestros ancestros, a pesar de tener el cerebro algo menos desarrollado, no eran tan idiotas como lo es actualmente el 98% de la humanidad. Pero el verdadero problema no es que sólo exista un mísero 2% de personas que utilicen a menudo su cerebro. Ni que el resto, ese inmenso, increíble y mareante tanto por ciento, no sea capaz de escribir sus emociones o su curriculum en dos o tres líneas sin cometer doscientas cincuenta faltas de ortografía. El problema es mucho más serio. La estulticia es altamente contagiosa. ¡Y no existe ningún producto farmacológico o fórmula magistral que impida o prevenga el contagio! Ni siquiera en las herboristerías encontrarás un compendio de hierbas y bulbos recogidos en el Himalaya con el que puedas hacerte friegas: si te acercas a un subnormal y no eres lo suficientemente fuerte de mente y espíritu, te aseguro que, en menos tiempo de lo que se tarda en masticar una gominola, tendrás serios problemas para tratar de ordenar las ideas. Y de ahí, hasta llegar al segundo nivel, es decir, cuando se te cae la baba por la comisura mientras te rascas el trasero y piensas en los banquetes que te preparaba tu mamá, cuando no era azotada sin piedad por tu papá, sólo es cuestión de semanas.
Hay algunos momentos en que desearía convertirme en un diorama de luces formado por simple polvo elemental, como las terribles hermanas de la obra inmortal de Bram Stocker. Pero no soy capaz de salir de este disfraz de excremento antropomórfico. ¡Me gustaría tanto tener un interruptor con el que conectarme o desconectarme según mi estado de ánimo! No entiendo por qué estoy obligado a vagar como un espectro hasta que el negro manto de salvación e inconsciencia venga a arroparme. ¡Necesito destrozar las tumbas de Herbart y John Stuart Mill! Necesito resucitar a Kant, para luego asesinarlo con mis propias manos. ¿Realidad? ¿Esencia? Me reiría si no supiese que de momento es imposible escapar de aquí.
Un abrazo
