Email del 4 de septiembre 2014

Roland Topor

Amiga mía:

¿Podré olvidar alguna vez el día de mi nacimiento? Bueno, espero que sí, francamente. Llevo tantos y tantos años intentándolo: 52 para ser exactos. Los que estuvieron allí dicen que fue un día radiante y repleto de buenas vibraciones entre los médicos, las enfermeras, la matrona, mis padres y algunos familiares. Pero en el preciso instante en que salía del útero todo cambió. Los médicos empezaron a atosigar a las enfermeras con insultos machistas e increpaciones; la matrona intentó asfixiarse con su cinturón blanco y sólo pudo ser salvada in extremis cuando el director del hospital le prometió unas vacaciones pagadas a Lourdes, y mis padres y mis familiares nunca más volvieron a dirigirse la palabra desde entonces. Mi madre me dio un besito suave después de que me hubieran limpiado con una toalla rasposa y después intentó venderme a un traficante de acémilas, aunque no llegaron a un precio que satisfaciera a ambas partes; mi padre, que nunca antes había fumado ni volvió a hacerlo después, salió a comprar tabaco y estuvo a punto de ser violado en la cafetería por el caniche del reponedor de croissants.

Cuando le dieron el alta a mi progenitora, ésta se emperró en llevarse la toalla rasposa y dejarme a mí en la lavandería -al lado de otros cientos de toallas rasposas y ensangrentadas- y sólo pudo ser convencida de que la soltara y me aceptara como sangre de su sangre, cuando la esposa del subdirector del departamento de servicios le prometió unas vacaciones pagadas por ella y su marido a Lourdes, donde podría encontrarse con la matrona e intercambiar impresiones, ideas nocivas o recetas.

Desconozco todo lo que sucedió desde ese día hasta que cumplí los 15 años y de repente me bajó la inteligencia. Aunque no manché ningún sombrero y por consiguiente no tuve que inventar ninguna mentira para que no se mofaran de mí los compañeros de clase. Siendo inteligente comprendí que el mundo era mío, pero que pesaba demasiado, así que intenté robar una carretilla de una obra para transportarlo, pero me pillaron in fraganti. Cuando volví a casa ese día, mi padre intentó hacerme comprender la diferencia entre robar sin que te vea nadie y robar delante de 17 obreros y un ayudante de encofrador soltándome un sopapo que pudo ser escuchado por los tripulantes de una nave extraterrestre que volaba a 23000 metros de altura sobre la ciudad peruana de Nasca.

El día de mi decimoctavo cumpleaños me largué para siempre de la casa de mis viejos y me enrolé en una banda juvenil llamada «los cuarterones tercianos», donde me apodaron «Filfa» y aprendí, entre otras cosas, a robar a punta de navaja y a planchar la licra y el moaré sin producir arruga alguna. Permanecí con ellos siete horas, que es el tiempo que tardaron en expulsarme por saber pronunciar correctamente las palabras Homopedonecrozoofílico y Acachacapungaga. Desde entonces he vagado de casa de acogida en casa de acogedora amante. Podría seguir contándote parte de mis penosas vivencias, pero tengo que bajar a la calle a que me insulte un paquistaní.

Un besazo