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| Mel Bochner. Crazy (2012) |
Sé que no existe nada ahí arriba, por lo tanto estoy convencido de que tampoco existe nada allá abajo. ¡Pero yo tengo que ir a algún sitio! Intento medir cada paso que me separa de cualquier lugar, pero siempre me encuentro situado en el mismo punto. Es una lata ser allodoxafóbico. Y autofóbico, macrofóbico, onirogmofóbico, efebifóbico, levofóbico, optofóbico, rectofóbico y zeusofóbico. Hasta hace algunos años también era parascevedecatriafóbico, pero con la ayuda de un calendario pude superarlo. Tengo un amigo que es falofóbico y que sufre un montón por ello, ya que es homosexual. Una tarde de un mes de mayo -no recuerdo con exactitud de qué año- me llamó por teléfono y me dijo que se había suicidado. Cuando le pregunté con quién hablaba me respondió que con su espíritu. Me contó que siendo un ser inmaterial no tenía problema con los penes y que se alegraba de haberse «quitado de en medio», aunque a veces creía que debía haber esperado un par de minutos más antes de tragarse el kilo y medio de comprimidos indicados para aliviar la enteritis porcina infecciosa.
La existencia me aturde. Por alguna razón siempre he comparado la vida con un palimpsesto. En ocasiones creo que respirar interfiere en mis deseos de morir. Pero si dejo de respirar toso. Creo que me estoy deslizando hacia ninguna parte. Odio deslizarme, prefiero escurrirme o incluso exprimirme. Una vez conocí a una chica a la que llamaban «la exprimidora» que me hacía tilín. Bastante tilín. El primer día que quedamos me aseguró que aunque adoraba exprimir fluidos, a mí no iba a tocarme, pues tenía ardor de estómago. Cuando saqué un Almax de mi mariconera y se lo ofrecí, se transformó en una vesícula y a mí me encerraron cuatro días después por contarle mi experiencia a un gato callejero.
Me gustaría tanto saber el por qué. No importa de qué, simplemente quiero conocer lo que se esconde tras los signos de interrogación. Según un coleguita mío, detras de los signos ortográficos hay un multiuniverso de color rosa regido por una lombriz bizca. Claro que este tipo ha entrado y salido de frenopáticos desde que cumplió los noventa y, según su tía abuela segunda Federica Calatayud, no es conveniente creer nada de lo que sale de su boca.
¡No sé lo que me sucede! Cuando intento rascarme la espalda oigo una voz interior que me tatararea tonadillas de Perlita de Huelva. Creo que me estoy volviendo más loco que el sobrino nieto de Federica Calatayud. ¡Y eso no puede ser bueno! La verdad es que nada de lo que pueda sucederle a un ser humano vivo puede ser bueno. Nacer es malo. Crecer es doloroso. Reproducirse es una gilipollez que sólo sirve para traer nuevos psicópatas a este puto mundo. Sólo morir tiene algo de encanto. El encanto de no tener que justificar lo injustificable. El encanto de no tener que actuar sin ser actor profesional. El encanto de no necesitar llevar la contraria a cada uno de los seres que te rodea para sentirte necesario. En resumidas cuentas: el encanto de ser un bonito y apestoso cadáver.
