Email del 17 de diciembre 2018

Adam Rosenberg. Mouth (Fecha desconocida. ¿Realmente importa?)

Amiga:

A menudo pienso en mi cuerpo. No como una especie de somier de mi cerebro, sino como algo que se desgasta a una velocidad endiablada. Mientras espero que ese deterioro se demore un poco a base de potingues ultracremosos con lanolina y continuas visitas a las herboristerías más afamadas, la bala personalizada con mi nombre que descansa sobre el aparador adquirido en las rebajas de Conforama se ensucia. Y es que el tiempo, el maldito tiempo, unta, embadurna, enmugrece y tizna. Si pudiera… Si fuera capaz, o mejor, si tuviese cojones, me la tragaría (no tengo pistola) para que me perforara cualquier víscera esencial y terminar de una vez con todo. Porque todo es más de lo que puedo llegar a soportar. Todo es un conjunto determinado, una especie de exceso marrullero, una totalidad insulsa. Yo, yo soy más de nada. De nada de nada. De absolutamente nada. Y pertenecer al club de las ausencias infinitas me ha permitido llegar hasta mi edad actual, que no es más que el sueño de un aprendiz de piojoso ebrio que se carcajea mientras escucha el ruido de sus putos huesos.

G

P.D. 1
Mi boca no está repleta de besos. Está enjalbegada de insultos e imprecaciones. Escribo sobre los «malos rollos» porque hay demasiada gente que escribe sobre el amor, las estrellas fugaces y las inocentes sonrisas de los niños. ¡No creo en esas paparruchadas! Porque cuando salgo a la calle y miro los rostros de la gente solo veo máscaras. ¡Más-ca-ras! Bueno, también veo pecas, granos y vitíligos. Pero volviendo a las jodidas máscaras: algunas son bellísimas aunque tan peligrosas como una mordida proteroglifa. Otras son imposibles de distinguir ya que fueron fabricadas en serie. Por supuesto no trato de hacerte creer que todas las que cuelgan en mis paredes -y que tú conoces- no han estado en alguna ocasión descansando plácidamente sobre mi cara. Pero por lo menos no voy por ahí gritando lo durísima que se me pone por pertenecer al género humano ni salivando por el estupendísimo regalo que se supone es la existencia. Puede que en el pasado, no sé, quizá hace unos cuantos cientos de miles de años fuera maravilloso pertenecer al club de los peluditos cuasi erguidos, aunque tengo muy muy claro que en la actualidad ningún individuo -velloso o lampiño- está por encima de esa gran creación biológica que es mi hermoso y perfectamente estructurado trasero cincuentañero. Sí, ya se que ese «palabro» no existe, pero me niego a usar el vocablo «cincuentón» aprobado por la maldita RAE. Y siguiendo con mi madurito culo: estoy en condiciones de asegurarte que no está lleno de flores. Si te acercas a él sin miedo y hurgas un poquito con las manos -con o sin guante de látex- notarás ese ligero aumento de temperatura que producen los alborotados excrementos que intentan a toda costa escapar de la única manera que les es concedida por el omnisciente dios de los ojetes.

P.D. 2
YO: Joder, tío. ¡Cuánto tiempo!
ÉL: Sí. Hacía por lo menos 10 años que no nos veíamos ¿no?
YO: Por lo menos. ¿Qué es de tu vida? Me dijeron que ya no eres policía. ¿Es verdad?
Él: Sí, es verdad. Ya hace 5 años de eso… ejem…
YO: ¿Y por qué lo dejaste? Siempre quisiste ser poli. Amabas esa profesión…
ÉL: Bueno, sucedió… ejem… perseguía a un pequeño traficante con el coche, cuando de repente se quedó sin gasolina y no tuvo más remedio que salir… el tipo… ya sabes. Entonces fui a coger mi pistola para encañonarlo y que no se escapara mientras pedía refuerzos y me di cuenta de que no la llevaba encima, así que en vez de sacar la pistola saqué la polla y lo apunté con ella. Sin embargo a él le fascinó y se acercó a mí, se arrodilló y se puso a chuparla. Antes de que acabara… bueno… quiero decir… llegó otro coche patrulla… ¡Me despidieron!
YO: Mierda, me acabo de acordar que me espera mi madre, mi padre, mis hermanos y una de mis cuñadas para ir al bingo. Quiero decir, a misa. Ejem… Me alegro miucho, quiero decir, mucho. Adiós. Adiós.