Email del 18 de diciembre 2018

Gerhard Richter. 180 Colors (XX cent.)

Todos los colores del universo. ¿Dónde diantres se encuentran ahora? Porque yo lo veo todo difuminado y en ocasiones bastante oscuro, como si algún extraterrestre con obesidad mórbida y conducta autodestructiva se hubiese arrojado desde la bodega de carga de su nave -perfectamente mimetizada con el blanco azulado de las nubes- y hubiese esparcido sus carnes y tripas alienígenas sobre mi pedacito de cielo particular (o interpersonal). No tengo nada en contra de las criaturas cósmicas que puedan sufrir esa terrible enfermedad que las convierte en algo parecido a hipopótamos siderales, pero trataba de ponerme elegiacamente poético, pues algunos lectores me han sorprendido (gratamente) tachándome de «carnívoro feliforme ruin, salvaje y sin un ápice de sentimientos».

Te pondré un ejemplo. Ayer recibí este email remitido por un tal «Fustigador enmascarado de despotricadores anhedónicos»:

«Hola, hijo de puta anhedónico:


A mi mujer Adelita la incapacitamos por pensar…»

Nada más. Después de releerlo en siete ocasiones llegué a la conclusión de que la pobre Adelita era un ser como yo, es decir, alguien que pensaba en un mundo de no pensadores fustigadores reprimidos, sin embargo a los cinco minutos me llegó otro email del mismo remitente:

«Hola, hijo de puta anhedónico:


Sin querer tecleé el botón de «enviar» sin haber terminado de escribir lo que quería. Continuaré ahora:


A mi mujer Adelita la incapacitamos por pensar…»

¿Otra vez tecleó el fustigador enmascarado el botoncito de «enviar»? Parece que sí, pues en menos de lo que se tarda en lamer una cabeza de gamba de Vinarós volví a recibir noticias suyas desde el lejano país de los dedos inquietos:

«Hola, hijo de puta anhedónico:


De nuevo me ha pasado lo mismo y he tecleado el botón de «enviar» sin haberme expresado libremente. Decía que a mi mujer Adelita la incapacitamos mis hijos y yo por decir cosas más cuerdas que las que escribes tú en esa infección de bloq que diriges. Sé donde vives. Mis hijos también saben donde vives. Mi esposa Adelita no, porque está sedada en el Hospital psiquiátrico. Si alguna vez coincido contigo pienso darte una paliza de esas que jamás se olvidan. Mis hijos también quieren apalizarte. A mi esposa Adelita le es indiferente. En realidad le es indiferente todo. Lo único que le gusta hacer es babear sobre el pecherito de la Seguridad Social.


Ya te cogeré, cabrón:


Firmado:
El fustigador enmascarado de despotricadores anhedónicos y sus hijos».

Después de leer su email me felicité porque hubiera sido capaz de escribir más de tres frases incoherentes sin teclear el jodido botón de «enviar» por tercera vez consecutiva. Luego intenté averiguar la dirección IP de semejante subnormal prehistórico, pero me fue imposible. Cuando cerré el portátil me senté en el sofá y me puse a meditar. Y mis reflexiones fueron tan psicológicamente avanzadas que estuve a punto de transformarme en una deidad cósmica con licencia para matar, aunque al final un repentino ataque de disnea paroxística me devolvió a la realidad y me rasqué los huevos de una manera exquisitamente armoniosa.

Greg