Email del 31 de mayo 2019
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| Paul Gauguin. Kneeling cow (1888) |
Querida:
El exceso de infelicidad se ha transformado en algo parecido a una gran piedra de tonalidad negruzca. Al principio he estado tentado de hacerla añicos con un martillo de uña, pero luego he decidido exponerla en la vitrina (modelo Joséphine) de madera de paulonia blanca que adquirí en Ikea el invierno pasado y mostrársela a mis amigos y a los cobradores del frac cuando me visiten. Sé que voy de cabeza al abismo donde mora la gran jodida mierda que actúa directa y colateralmente sobre los acontecimientos. Y aunque en realidad no me importa demasiado, pues llevo 57 años preparándome a conciencia, me contrariaría saber que al final nadie se dignará a recoger mis guiñapos sanguinolentos para rendirles el culto especial que yo creo se merecen. Porque resistir es un triunfo. Pero aguantar a cierto número de personas y sus malditas y vacías conversaciones es algo parecido al martirio. Y a los mártires se les reverencia. ¡Cuánto me gustaría que alguien me diera la razón! Hasta ahora solo me la dan las putas y sus chulos, quizá porque les pago sin hacer demasiadas preguntas. ¿Es que no me merezco que alguien me quiera? Bueno las vacas y sus terneritos me quieren, por lo menos me siguen en el campo, pero no es lo mismo. En realidad nada es lo mismo, ni siquiera la maldita rizartrosis que me impide insultar con los dedos de las manos.
¡Recuerdo una jornada campestre! Y recuerdo que, cansado de ser perseguido por un par de vacas y sus terneritos, me dirigí hacia una parte bastante escarpada donde el terreno era tan pedregoso como la materia gris de alguna de mis exnovias. Allí, entre dos grandes riscos del tamaño de sendos portaaviones, descubrí otros pequeños peñascos con las dimensiones de barcos pesqueros (sobre todo de los que se dedican a la pesca de la caballa o los arenques) y entre ellos una piedrecita que se asemejaba a una figurita tallada en madera a escala 1:86 de uno de esos barquitos que casi siempre terminan dentro de las botellas para ser admirados. Por supuesto mi primer pensamiento fue hacerme contramaestre, pero sin embargo terminé orinando sobre todas las piedras, tanto las grandes como las más pequeñas. Y me quedé tan satisfecho que incluso pensé en copular con cada una de ellas. Y si no lo hice fue porque de repente aparecieron las dos vacas y sus terneritos y tuve que volver a ponerme en marcha.
A veces creo que solo existo yo… quiero decir… ¡ya sabes! Bueno, si no lo sabes deberías saberlo. Sin embargo está demostrado científicamente que existen más personas aparte de mí. Para ser exactos, 7500 millones. Y casi 1300 millones de vacas y terneritos. De esos 7500 millones de tipos y tipas, casi la mitad no saben hacer fuego con dos palitos, aunque en realidad no les importa en absoluto porque siempre llevan uno o más mecheros en los bolsillos de los pantalones y las faldas. Y cuando van desnudos, los llevan colgando de una especie de bolsita en el cuello. Por supuesto me refiero a cuando van desnudos por una playa nudista homologada. Dónde se cuelguen los mecheros cuando están desnudos en sus casas es cosa de cada uno. Hace mucho tiempo conocí a un sujeto que se guardaba el bolígrafo para firmar cheques sin fondo en la nariz. Pero, pero creo que me estoy alejando del tema principal del parágrafo. Si creo que solo existo yo, y en realidad no hay un jodido metro cuadrado donde no se esconda, resida o utilice de atalaya una persona, ¿por qué tengo esa sensación tan chuchi-pirulimente apabullante?
Ayer, por primera vez, intenté chuparme el pene. ¡Miento! En realidad lo he intentado en numerosas ocasiones. Si alguna vez lo consigo me ahorraré un pastón en putaines. Bueno, supongo que no es un pensamiento demasiado intelectual, pero no estoy para disquisiciones filosóficas en estos instantes de mi existencia. Lo único que quiero es que todo lo que existe en mi cabeza exista en las cabezas del resto de individuos. Y que todo lo que existe en las cabezas del resto de individuos no vuelva a existir jamás. Y también que cada molécula del semen que he desperdiciado en todos estos años se convierta en un billete de 500 euros. Y que cada molécula de semen que el resto de individuos ha desperdiciado durante sus vidas se convierta en «naturalmente». Sé que es una incongruencia, pero quiero que el semen de todos los individuos se convierta en «naturalmente», o por lo menos en «excesivamente frondosas». Y si no es posible tal evolución-innovación, por lo menos que cada uno de los supermercados de Carrefour explote. Y que por lo menos un muslito de pollo aterrice cerca de mi microondas y una televisión de plasma encima de la mesa baja de mi salita.
Nosotras, quiero decir, yo, hombre heterosexual pero con peluca rubia tirabuzonada… ¡Dios mío! Necesito ayuda psicológica. ¡Es que no me va a ayudar nadie? Yo intentaría ayudaros, pero si antes no me ayudáis vosotros prefiero seguir como estoy. Y estoy con los dos dedos más juguetones de mi mano derecha dentro de una vagina de látex comprada en Amazon. Intento que se corra, pero todavía no lo he conseguido. Según las instrucciones de uso, debajo de dicha chirla hay un compartimento donde se puede introducir leche Pascual o incluso jabón de manos relativamente aguado para que parezca algo similar al flujo. ¡Quiero introducir lejía! ¡Quiero introducir lejía! ¡Squirting de hidróxido sódico! ¿Veis como estoy enfermo? O eso o soy un genio. ¡Vaya! Por ahí vienen las dos vacas y sus terneritos…
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