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| Jozsef Rippl-Ronai. My grandmother (1894) |
Querida:
Una de las frases u oraciones gramaticales favoritas de mi abuela Narcisa era «¡óspera negra!». Bueno, en realidad no se le puede llamar frase, porque entre otras cosas carece de verbo; digamos que era su exclamación favorita y que la usaba a todas horas del día y de la noche, pues era insomne. Un día que le pregunté si no existían ósperas blancas o incluso amarillas me arreó una hostia incolora pero afectuosa. Hasta muchos años más tarde no supe qué cojones era una óspera y para qué servía. Seguramente ya te habré escrito alguna vez sobre mi abuela materna y quizá hasta de las jodidas ósperas, pero es que te he hablado de tantas cosas en estos últimos años, que es casi imposible no repetir alguna cuestión. Además hoy me siento sensible y siempre que experimento esta maldita sensación necesito regresar al ayer. Porque convendría no olvidar que el pasado siempre debería estar tan abierto como las piernas de una actriz de cine X o como un libro, ya que en realidad es eso, un gran volumen repleto de información contrastada.
Mi abuelo materno se llamaba Vicente y era uno de los tipos más bonachones que he conocido. Cada vez que mi abuela utilizaba su mantra negro, él respondía con un seco «Narcisa, te estás convirtiendo en un sedimento», a lo que ella replicaba con varias ósperas concatenadas en forma de munición de ametralladora M1917. Sin embargo mis abuelos paternos eran malvados, aburridos y con tendencias psicopáticas, por lo menos mi abuela y parte de sus descendientes directos. Recuerdo que cuando me pillaba haciendo trampas al parchís solía gritarme «te voy a degollar como a un chino» y cada vez que se caía, acción que sucedía con cierta frecuencia, vociferaba «¡ay, que me escorrezco!», una de sus sentencias lastimeras preferidas. Tuvieron que pasar una inmensa cantidad de años para que alguien me explicara que cuando esa mujer, amargada y vengativa, se refería a los chinos lo hacía como sinónimo de la palabra «cerdo».
Tener la regla es una auténtica pesadilla. Por supuesto me refiero al periodo masculino, que no está sometido a una serie de fechas, sino que sucede sin razones aparentes o aviso alguno. Afortunadamente no existe ningún hombre que durante ese periodo menstrúe, por lo menos es lo que tengo entendido, aunque en estos instantes de mi vida no sería capaz de poner la mano en el fuego por ninguno de mis amigos de sexo masculino. Mis reglas, aunque incómodas, no duelen físicamente, pero tienden a producirme severos desvaríos mentales y existenciales que concluyen el día en que me someto -de la misma manera que una furcia a su cliente más rico- a mis circunstancias y admito que soy algo similar a un dandy de tercera fila con las maneras de un pisaverde de segunda categoría y sin futuro de ninguna clase.
Grungreg Grunglópez Grungpérez
