diciembre 2019

Email del 31 de diciembre 2019

Tōshūsai Sharaku. Otafuku lanzando frijoles negros para ahuyentar a los demonios en la víspera de Año Nuevo (1794)

IMPORTANTE:

Esta noche es la noche. Pero para mí es una noche más. Y para demostrarlo, en lugar de comerme las uvas a las doce en punto, me quitaré los callos de los pies. Como he contado doce, ocho en el pie izquierdo y cuatro en el derecho, pienso hacerlo al ritmo de las campanas del reloj de la Puerta del Sol. Para ello me serviré del cortacallos Beter Pur Pedicur y de la lima ergonómica eléctrica Denicer. Todos los lectores de El despotricador anhedónico están invitados a seguir el proceso en directo por Skype y a solicitar las repeticiones de los mejores momentos a la finalización del evento.

Greg (administrador de la bitácora)

Email del 31 de diciembre 2019 Leer más »

Email del 30 de diciembre 2019

Van Gogh’s mental hospital in St Remy (19th century)

Cinco neurólogos, tres neuropsicólogos, siete psiquiatras y una psicóloga clínica con un máster en terapia de la conducta (cursado en Ratisbona) certificaron que la integridad estructural de mi cerebro era proclive a una fractura permanente. ¡Y todo porque se me ocurrió diseñar una megaoreja! Ahora, mientras escribo estas breves líneas, tengo dos enfermeros respirando sobre mi cogote que hacen a su vez de guardas, serenos, celadores y departamento de censura del sanatorio. No me está permitido alejarme más de medio metro de ellos so pena de incurrir en responsabilidades púbicas (o públicas, no entendí bien). El doctor Corintio Deuteronomio, director del centro y mediador entre nosotros y los leviratos hebraicos del sanedrín, ha consentido a mi petición de que se me permita conjugar el pretérito imperfecto del modo subjuntivo del verbo «justipreciar», cada vez que sienta ganas de devaluar el esfuerzo que todos los trabajadores de la institución hacen por mí.

Espero que esta misiva sirva de aviso para el resto de visionarios fabricantes megaanatómicos.

G

Email del 30 de diciembre 2019 Leer más »

Email del 29 de diciembre 2019

Tetyana Yablonska. Life (Ancestor) (1966)

Algunos de los genes que se alojan en mis células son estólidamente vigorosos, pues favorecen la supervivencia de mi cuerpo y de mi mente mientras contemplo cómo sucumben los cuerpos o las mentes -y en algún caso ambas al mismo tiempo- de mis conocidos y amigos. ¡Supongo que debería sentirme satisfecho!, pero nunca he podido llegar a obtener algo semejante a la satisfacción que se prolongue en el tiempo durante más de diez o quince segundos. Por supuesto me refiero a la satisfacción producida por el contacto con otros humanos. Cuando la interacción es con objetos, películas, música, animales, plantas o los dos Marx (Groucho y Karl), el tiempo de complacencia puede llegar a convertirse en ilimitado. ¡Sospecho que he llegado a un punto en el que debería volver a visitar a un especialista! El problema estriba en que todos los especialistas que me han sido asignados han llegado al mismo punto patológicamente alterado que yo y lo único que han acabado deseando es que les visitara otro especialista más estoico o algunas prostitutas menos singulares.

Se supone que yo soy la semisuma de mis padres. Y que mis padres son la semisuma de sus padres. Y que los padres de mis padres… bueno… así hasta llegar a algún jodido mono en proceso de erguirse de forma vertical y ser capaz de andar sobre las dos extremidades inferiores. La pregunta es, ¿debería cagarme en todos mis antecesores? Supongo que sí, aunque en realidad no sé si estoy lo suficientemente preparado para tal proceso regenerador. De momento me consuelo con saber que nunca se me podrá acriminar por ser el padre biológico de uno o varios psicópatas.

Y mientras trato de fungir como redentor, mi incapacidad total para comprender la verdadera razón de la existencia se precipita en forma de flujo piroclástico. Y aunque tengo verdaderos problemas para deletrear el vocablo «piroclástico», no me sucede lo mismo con los términos «galvanoplástico», «escolástico» o «emplástico». Y si en contadas ocasiones he padecido de purgaciones no ha sido por yacer con hembra placentera. Y aunque tenga que matar, engañar o robar, a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a robar un espéculo ginecológico.

Greg (también conocido como Trotulo de Salerno)

Email del 29 de diciembre 2019 Leer más »

Email del 28 de diciembre 2019

Douglas Manry. An angry chef’s fantasy (2009)

Amiga mía:

Mañana me sucederá algo extraño. Cuando camine por el barrio llegará un momento en que me encontraré una hoja garrapateada a mano y firmada por un tal Pepe Popa. En la nota se podrá leer:

Para las personas que encuentren este mensaje:


A día de hoy siguen apareciendo garbanzos por toda la cocina. Y ya hace más de un año que me tropecé con el gato y caí al suelo sujetando la olla del cocido con las manos. Bueno, en realidad no tengo mascota pero cada vez que refiero el desastre a alguien le echo la culpa al minino inexistente. La verdad es que se me desprendieron los calzoncillos de repente y perdí el equilibrio. Ahora ya sabéis cuál es mi uniforme de chef cuando cocino en casa y no tengo invitados. 


Pepe Popa


P.D.
También suelo cocinar sin calzoncillos, sobre todo cuando una o varias amigas vienen a comer a casa.

Email del 28 de diciembre 2019 Leer más »

Email del 27 de diciembre 2019

Michelangelo. The last judgement (1541)

Querida:

Todo esto no es necesario. Pero todo aquello tampoco lo es. Entre lo prescindible y lo accesorio o simplemente circunstancial, elijo lo mas intrascendente e insignificante, que definitivamente no tiene por qué ser lo más superfluo e innecesario. Claro que si en algún momento me preguntaras a qué me refiero con todo esto o todo aquello no sé si sería capaz de darte una respuesta coherente. Sin embargo, estoy absolutamente convencido de que tengo razón. Y aunque para llegar a esa certeza tan categórica e inusual he tenido que recorrer multitud de licorerías, me siento en condiciones de poder jurar sobre mi colección de fotos de clítoris diversos que no estoy cerrado a una reflexión profunda, cuya finalidad no sería otra que cambiar mi forma de ser, pensar y actuar, en beneficio del resto de neuróticos e imbéciles que forman esa miasma fétida y colectiva denominada sociedad.

G

Email del 27 de diciembre 2019 Leer más »

Email del 25 de diciembre 2019

James Charles. The knifegrinder (1887)

Las máquinas expendedoras de navajas albacetenses dejaron de expender navajas albacetenses en Albacete, sin embargo continuaron expendiendo navajas albacetenses en Cuenca y Ciudad Real. El artífice de la estrategia comercial fue un olvisino residente en Albacete que llegó a la conclusión de que vender en Albacete productos fabricados en Albacete era una completa imbecilidad. Sin embargo algunos residentes de pueblos del interior se quejaron de que por culpa de esa idea estúpida, cada vez les era más difícil comprar navajas albaceteñas en máquinas expendedoras en Albacete y tenían que desplazarse a Cuenca o Ciudad Real a comprarlas en las máquinas expendedoras de esas localidades, ocasionándoles un gasto de desplazamientos no deducible.

Para aprovechar la coyuntura, surgieron listillos que se transformaron en traficantes de reproducciones de navajas albaceteñas. Uno de ellos, Juan José Navarro, se convirtió en el principal intermediario y comisionista, llegando a forjar un pequeño imperio filoso. El verdadero problema surgió cuando los fabricantes albaceteños de máquinas expendedoras para navajas e instrumentos de filo decidieron boicotear sus envíos a Cuenca y Ciudad Real. Al principio Juan José sustituyó las máquinas expendedoras por parados conquenses y clunienses expendedores, pero cuando estos decidieron que el salario que cobraban por expender navajas de Albacete en Cuenca y Ciudad Real era inferior a la remuneración mínima pactada por el Gobierno y los sindicatos, el jerarca de las imitaciones no tuvo más remedio que claudicar.

Tres días más tarde su cuerpo apareció acuchillado cerca de una vereda. El forense dictaminó que la navaja que había sido utilizada para asesinarlo era albaceteña original, aunque posiblemente expendida en una máquina con el número de serie borrado. Cuando la Policía detuvo a Federico Rubio, el lugarteniente de Juan José Navarro, y a Vicente Castillo, el líder de la facción sindical, como asesinos o inductores del homicidio, los fabricantes y distribuidores conquenses decidieron independizarse de los empresarios y almacenistas clunienses, provocando una escalada en los precios que pronto repercutió sobre los artesanos fabricantes de utensilios cortantes y las amantes de los cuchilleros.

El resto es historia.

Email del 25 de diciembre 2019 Leer más »

Email del 24 de diciembre 2019

Jean Ranc. Felipe V de España (1723)

NOTA IMPORTANTE:

Yo, Gregorio López, seglar seráfico y humanista asqueado, me comprometo a no volver a incurrir en esa afección espasmódica morbosa denominada bostezo, durante el próximo discurso de Navidad del rey. Por supuesto, dicho propósito no implica ninguna aproximación al régimen borbónico o un distanciamiento de mi ideología ácrata y republicana.

G.

Email del 24 de diciembre 2019 Leer más »

Email del 22 de diciembre 2019

Kathe Kollwitz. The End (1897)

Amiga:

Mi polla es semejante a la del resto de hombres, sin embargo mi naturaleza es muy diferente. Se supone que todos somos homólogos y equivalentes, y que una vez hecho algo ya no hay nada que se pueda volver a hacer. Quizá por esa razón cada vez que giro la cabeza y veo una silueta intuyo que es mi sombra. Mire donde mire, solo estoy yo. Y aunque eso no parezca demasiado, todavía trato de encontrar ese puñado de palabras poco adecuadas que definan mi desconocimiento, mi torpeza… ¡mi sublime ignorancia! ¡El fin!

¿Has visto la luna esta noche? Está casi llena y se asemeja a un manto de lava fluida. Podría estirar el brazo y creer que puedo arañarla. En ocasiones es necesario engañarse a uno mismo, sobre todo cuando se tiene la completa seguridad de que nadie va a ser capaz de delatarnos. Lo sé. Es mi culpa. Nadie me enseñó a expresarme. Sin embargo intento por todos los medios que mis días y mis noches se asomen al exterior. Y aunque eso pueda parecer demasiado, todavía trato de encontrar ese rimero de indicios subjetivos que de una forma u otra cubran las huellas de mis huesos desnudos sobre la carne. ¡El fin!

X

Email del 22 de diciembre 2019 Leer más »

Email del 20 de diciembre 2019

Alan Berry Rhys. Yarará (21st century)

Amiga:

Mi ocupación como diseñador de orinales y bacinillas de la exclusiva marca francesa Urinoirs Républicains me proporciona un nivel de vida repleto de lujo y abundancia. Excesos muy alejados de lo que se podría esperar de un joven lugareño, que gracias a unas dotes de observación social avanzadas y una dedicación al trabajo rayante con la obsesión, ha alcanzado las metas deseadas. Pero llegar hasta la cima no fue nada sencillo. Solo un porcentaje ínfimo de mis amistades saben que pasé más de siete años esbozando diseños de palanganas, jofainas y aguamaniles. Y que después de presentarme para un ascenso y conseguirlo, me tiré casi cinco años dibujando botijos y alcarrazas. Gracias a que uno de mis esbozos de botijos ganó el primer premio del XXVI Concurso de Cantarillos Pastunes organizado en Kabul (Afganistán), mi carrera despegó como un Airbus A380 y de repente me vi aupado al puesto de diseñador jefe en la empresa logroñesa lucroniense​jacarera Cenotafios Baltasar, Lucrecia e Hijos, y de allí al holding Liberté, Égalité, Fraternité et Toilettes, accionistas de la compañía de urinarios a la que aludí al comienzo de este texto.

Actualmente mi vida está tan sumamente llena que en ocasiones rebosa y anega mis sentimientos más virtuosamente deshidratados, transformándome en una especie de cruce entre una yarará amenazante y un salaud rastrero y detestable. No en vano procedo de una estirpe de hijos de puta pueblerinos que se remonta hasta Don Armonario López de Arrancapins, terrateniente y latifundista nacido en 1654 en pleno barrio de la Seu y conocido sobre todo por su inclinación onánica cismática y por ser uno de los más afamados coleccionistas de aguas fecales del continente.

G. L. P. (Gregorio López Pérez o GiLiPollín del Almudín)

Email del 20 de diciembre 2019 Leer más »

Email del 18 de diciembre 2019

Max Ernst. My friend Pierrot (XIX-XX cent)

Textos inconclusos sobre personajes de mi barrio (o la vagancia del escribidor inepto). Texto número 3: Máximo

Serían cerca de las dos del mediodía cuando me encontré con Máximo cerca de la marisquería a la que no acude nadie. Después de estrecharle la mano y darle un fuerte abrazo me quedé mirándole a la cara.
—Max, no has cambiado nada, amigo mío. Hacía años que no te veía. ¿Qué es de tu vida?
—Mi vida es sencilla y humilde. Suelo caminar por el pasillo de mi casa disfrutando de mi aislamiento como si supiese que en un futuro próximo quizá no se me permita volver a hacerlo. Sé que algunos de mis amigos están confabulando a mis espaldas para obligarme a la fuerza a ser el tipo que era antes de convertirme en lo que se supone que soy ahora. A veces, en lugar de caminar por el pasillo de mi casa paseo por el pasillo de la casa del cabecilla de mis amigos, esos maníacos que pretenden entorpecer mis futuros proyectos contemplativos. Ahora me dirigía a casa del lugarteniente del cabecilla de mis amigos, esos necios malditos que necesitan que yo vuelva a ser el que fui para que ellos puedan seguir siendo lo que no son. Pretendo pasear por sus pasillos. Tiene dos, ¿sabes?, aunque como se comunican en realidad se puede decir que es un único pasillo. Mira, estas son las llaves de su casa. Se las robé a su ama de llaves. Él está de viaje y no regresará hasta pasado mañana, por lo tanto dispongo de entre 40 y 48 horas para recorrerlos. ¡Los pasillos, claro! Cuando termine de hacerlo volveré a mi casa y andaré por mi pasillo. ¡Lejos, muy lejos de los intereses de esos majaderos que dicen que son mis amigos y que en realidad lo único que desean es llegar al éxtasis mientras contemplan mis retrocesos! La semana próxima no podré andar por mi pasillo, pues me voy a Madrid, a caminar sobre el pasillo de un amigo que hizo la mili conmigo y que está convencido de que su cocina está deprimida. Cree que es debido a la negatividad innata del pasillo y yo voy a ayudarle. Mientras esté fuera mi pasillo será recorrido por un tipo al que he contratado. Y no creas, me va a costar un pastón, pero dicen que nadie recorre los pasillos como él. ¿Y tú como estás, Vicente?
—Ejem, soy Greg. ¡Greg! Yo, yo, estoy bien, bueno relativamente bien. Me dirigía a la tienda de pinturas que está cerca de la marisquería a la que no acude nadie para comprar papel pintado. Voy a empapelar el, ejem,  pasillo.
—¡Nunca se deben empapelar los pasillos! Ni siquiera esparcir gotelé sobre ellos. Los pasillos tienen vida, respiran, defecan, aman, y como último recurso, asesinan. Hazme caso, deja las paredes lisas y uniformes. Mira, se me ocurre que después de caminar sobre el pasillo del lugarteniente del cabecilla de mis amigos, esos miserables que pretenden trastocar mi libertad individual, podría ir a tu casa para que me presentaras a tu pasillo. Yo caminaría por él y creo que sería capaz de descubrir sus pensamientos, sus inquietudes. Pero tienes que decírmelo ya, porque no tengo teléfono.
—Bueno, no tienes que molestarte. Además mi casa está llena de gente. Han venido del pueblo mis tíos y… ¡Bueno también mis tías! Y sus hijos, que… que son mis sobrinos…
—No importa, Pep. Espera, dame tu dirección y la apunto en mi libreta de direcciones. ¡Vaya! No la llevo encima. Esta es la libreta de seguimiento de pasillos. Y esta es la libreta de desalientos.
—¡Soy Greg! No te preocupes, Max. La próxima vez que nos encontremos te llevaré a mi casa. Supongo que entonces mis tíos, mis tías y mis sobrinos ya se habrán marchado y seré libre de presentarte a mi pasillo.
—Oh, no. Prefiero presentarme yo. Así es más sencillo. ¡Creo que tengo un poco de tiempo! ¡Te invito a tomar algo en la marisquería a la que no acude nadie!
—No, Max. En serio. tengo que irme. La tienda de pinturas cierra en media hora. Y escoger el papel me va a llevar por lo menos 20 minutos.
—Nunca se deben empapelar los pasillos.
—Sí, lo sé. Ya me lo habías dicho.
—Mi consejo es que limpies las paredes del pasillo con agua jabonosa y las dejes tranquilas. Necesitan respirar y sentir la brisa que entra por las ventanas del resto de estancias. ¡Ah! Es muy importante que no las taladres. No cuelgues cuadros o figuras talladas en madera. Ni siquiera aunque esas figuras estén talladas en madera de balsa. Mis amigos, esos aborrecibles, detestables y depravados demonios del averno que intentan por todos los medios transformar mi intensa espiritualidad Ignaciana en materialismo oportunista tienen las paredes de sus pasillos totalmente cubiertas de cuadros, fotos, señeras de trapo apolilladas y cabezas de jabalíes disecadas. Supongo que sus vidas han llegado a un extremo en el cual no existe un retorno. Un retorno al cabeceo sin producir baba. Un retorno al principio del principio. Un retorno semejante al que se estilaba en los años setenta, cuando para sacarnos unas pesetillas retornábamos las botellas de gaseosa a la tienda de ultramarinos.
—Max, he de irme, es tardísimo.
—Un retorno que en lugar de parecer un retorno, se asemeje a una partida, un desplazamiento, una huida. Yo ya no huyo. Solo paseo. ¡De una parte de la casa a la otra! Los pasillos se han convertido en mis Jesucristos. Yo les lavo los pies y ellos me lavan los míos. Pero nunca, nunca, me he acostado con ninguno. Quiero que quede claro. Los pasillos, al contrario que esos perturbados amigos que me dicen que todo lo que hacen es porque me quieren, aman. Y existe una gran diferencia entre amar y querer.
—¡Por Dios, Max! No quiero dejarte con la boca en la palabra, quiero decir, con la palabra en la boca, pero he de irme. Me alegro de que todo te vaya bien. ¡Nos vemos!
—Todo me va bien porque quiero que me vaya bien. Al contrario de lo que opinan esos filibusteros que se autoproclaman mis amigos del alma, todo funciona correctamente en mi vida. Los pasillos vigilan mi camino y me tienden sus brazos mientras recitan salmos de amor y abundancia. No necesito nada ni a nadie, por esa razón…
Cuando al cabo de una hora volví a pasar por la calle donde está la marisquería a la que no acude nadie, observé que Max seguía hablando y hablando. Supongo que ni siquiera se había dado cuenta de que hablaba solo. La gente que pasaba a su lado lo miraba como si fuera un bicho raro. En realidad no era un bicho raro. Era un bicho cósmico. El resultado de un cataclismo estelar. A partir de ese día nunca más volví a pasear por la calle donde se encuentra la marisquería a la que no acude nadie.

Email del 18 de diciembre 2019 Leer más »