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| Max Ernst. My friend Pierrot (XIX-XX cent) |
Textos inconclusos sobre personajes de mi barrio (o la vagancia del escribidor inepto). Texto número 3: Máximo
Serían cerca de las dos del mediodía cuando me encontré con Máximo cerca de la marisquería a la que no acude nadie. Después de estrecharle la mano y darle un fuerte abrazo me quedé mirándole a la cara.
—Max, no has cambiado nada, amigo mío. Hacía años que no te veía. ¿Qué es de tu vida?
—Mi vida es sencilla y humilde. Suelo caminar por el pasillo de mi casa disfrutando de mi aislamiento como si supiese que en un futuro próximo quizá no se me permita volver a hacerlo. Sé que algunos de mis amigos están confabulando a mis espaldas para obligarme a la fuerza a ser el tipo que era antes de convertirme en lo que se supone que soy ahora. A veces, en lugar de caminar por el pasillo de mi casa paseo por el pasillo de la casa del cabecilla de mis amigos, esos maníacos que pretenden entorpecer mis futuros proyectos contemplativos. Ahora me dirigía a casa del lugarteniente del cabecilla de mis amigos, esos necios malditos que necesitan que yo vuelva a ser el que fui para que ellos puedan seguir siendo lo que no son. Pretendo pasear por sus pasillos. Tiene dos, ¿sabes?, aunque como se comunican en realidad se puede decir que es un único pasillo. Mira, estas son las llaves de su casa. Se las robé a su ama de llaves. Él está de viaje y no regresará hasta pasado mañana, por lo tanto dispongo de entre 40 y 48 horas para recorrerlos. ¡Los pasillos, claro! Cuando termine de hacerlo volveré a mi casa y andaré por mi pasillo. ¡Lejos, muy lejos de los intereses de esos majaderos que dicen que son mis amigos y que en realidad lo único que desean es llegar al éxtasis mientras contemplan mis retrocesos! La semana próxima no podré andar por mi pasillo, pues me voy a Madrid, a caminar sobre el pasillo de un amigo que hizo la mili conmigo y que está convencido de que su cocina está deprimida. Cree que es debido a la negatividad innata del pasillo y yo voy a ayudarle. Mientras esté fuera mi pasillo será recorrido por un tipo al que he contratado. Y no creas, me va a costar un pastón, pero dicen que nadie recorre los pasillos como él. ¿Y tú como estás, Vicente?
—Ejem, soy Greg. ¡Greg! Yo, yo, estoy bien, bueno relativamente bien. Me dirigía a la tienda de pinturas que está cerca de la marisquería a la que no acude nadie para comprar papel pintado. Voy a empapelar el, ejem, pasillo.
—¡Nunca se deben empapelar los pasillos! Ni siquiera esparcir gotelé sobre ellos. Los pasillos tienen vida, respiran, defecan, aman, y como último recurso, asesinan. Hazme caso, deja las paredes lisas y uniformes. Mira, se me ocurre que después de caminar sobre el pasillo del lugarteniente del cabecilla de mis amigos, esos miserables que pretenden trastocar mi libertad individual, podría ir a tu casa para que me presentaras a tu pasillo. Yo caminaría por él y creo que sería capaz de descubrir sus pensamientos, sus inquietudes. Pero tienes que decírmelo ya, porque no tengo teléfono.
—Bueno, no tienes que molestarte. Además mi casa está llena de gente. Han venido del pueblo mis tíos y… ¡Bueno también mis tías! Y sus hijos, que… que son mis sobrinos…
—No importa, Pep. Espera, dame tu dirección y la apunto en mi libreta de direcciones. ¡Vaya! No la llevo encima. Esta es la libreta de seguimiento de pasillos. Y esta es la libreta de desalientos.
—¡Soy Greg! No te preocupes, Max. La próxima vez que nos encontremos te llevaré a mi casa. Supongo que entonces mis tíos, mis tías y mis sobrinos ya se habrán marchado y seré libre de presentarte a mi pasillo.
—Oh, no. Prefiero presentarme yo. Así es más sencillo. ¡Creo que tengo un poco de tiempo! ¡Te invito a tomar algo en la marisquería a la que no acude nadie!
—No, Max. En serio. tengo que irme. La tienda de pinturas cierra en media hora. Y escoger el papel me va a llevar por lo menos 20 minutos.
—Nunca se deben empapelar los pasillos.
—Sí, lo sé. Ya me lo habías dicho.
—Mi consejo es que limpies las paredes del pasillo con agua jabonosa y las dejes tranquilas. Necesitan respirar y sentir la brisa que entra por las ventanas del resto de estancias. ¡Ah! Es muy importante que no las taladres. No cuelgues cuadros o figuras talladas en madera. Ni siquiera aunque esas figuras estén talladas en madera de balsa. Mis amigos, esos aborrecibles, detestables y depravados demonios del averno que intentan por todos los medios transformar mi intensa espiritualidad Ignaciana en materialismo oportunista tienen las paredes de sus pasillos totalmente cubiertas de cuadros, fotos, señeras de trapo apolilladas y cabezas de jabalíes disecadas. Supongo que sus vidas han llegado a un extremo en el cual no existe un retorno. Un retorno al cabeceo sin producir baba. Un retorno al principio del principio. Un retorno semejante al que se estilaba en los años setenta, cuando para sacarnos unas pesetillas retornábamos las botellas de gaseosa a la tienda de ultramarinos.
—Max, he de irme, es tardísimo.
—Un retorno que en lugar de parecer un retorno, se asemeje a una partida, un desplazamiento, una huida. Yo ya no huyo. Solo paseo. ¡De una parte de la casa a la otra! Los pasillos se han convertido en mis Jesucristos. Yo les lavo los pies y ellos me lavan los míos. Pero nunca, nunca, me he acostado con ninguno. Quiero que quede claro. Los pasillos, al contrario que esos perturbados amigos que me dicen que todo lo que hacen es porque me quieren, aman. Y existe una gran diferencia entre amar y querer.
—¡Por Dios, Max! No quiero dejarte con la boca en la palabra, quiero decir, con la palabra en la boca, pero he de irme. Me alegro de que todo te vaya bien. ¡Nos vemos!
—Todo me va bien porque quiero que me vaya bien. Al contrario de lo que opinan esos filibusteros que se autoproclaman mis amigos del alma, todo funciona correctamente en mi vida. Los pasillos vigilan mi camino y me tienden sus brazos mientras recitan salmos de amor y abundancia. No necesito nada ni a nadie, por esa razón…
Cuando al cabo de una hora volví a pasar por la calle donde está la marisquería a la que no acude nadie, observé que Max seguía hablando y hablando. Supongo que ni siquiera se había dado cuenta de que hablaba solo. La gente que pasaba a su lado lo miraba como si fuera un bicho raro. En realidad no era un bicho raro. Era un bicho cósmico. El resultado de un cataclismo estelar. A partir de ese día nunca más volví a pasear por la calle donde se encuentra la marisquería a la que no acude nadie.