diciembre 2019

Email del 16 de diciembre 2019

Limbourg Brothers. The death of Judas, from The très riches heures du Duc de Berry (1416)

Aunque su apariencia exterior era la de un honorable y virtuoso caballero, sus mecanismos de defensa eran similares a los de un escorpeniforme. Eso implicaba que cualquiera que estuviese a menos de un metro de distancia podía ser el blanco de su displicencia. Yo lo conocía muy a fondo, pues era mi padre, y siempre que sentía que esa malignidad carnal estaba a punto de cometer una canallada desaparecía del hogar paterno durante una temporada. Como mi progenitor no era capaz de subsistir más de dos días sin martirizar a ningún miembro de la familia, el resultado fue que pasé casi el 70 % de mi juventud alejado del nido familiar. Y fíjate que he dicho «sin martirizar a ningún miembro de su familia», pues Gregorio López senior era el típico mezquino que se comportaba aceptablemente con sus amigos, la mayoría de ellos tan viscosos como el bitumen, y con un hijoputismo tan exacerbado como el de un merchero acorralado con los más allegados.

Recuerdo un día en que ese ser fatuo y soberbio me sonrió. Aunque también recuerdo que esa sonrisa formaba parte de un sueño inducido por mi nuevo vicio: la heroína inyectada directamente en vena. Y aunque unos pocos meses más tarde dejé todos los estupefacientes para siempre, esa sonrisa manufacturada se instaló en alguna parte de mis pensamientos, transformándolos en demasiadas ocasiones en algo similar a un axioma patológico.

Actualmente ese ser bipolar, esa miasma de negatividad superconcentrada, mi padre, vive o quizá malvive en una residencia. Su cara decrépita me recuerda a una calavera. De lo más profundo de su naturaleza ya no se escapa ningún atisbo de iniquidad, sin embargo cada vez que intento traspasar sus párpados encapotados me viene a la cabeza aquella sonrisa intoxicada. Esa sonrisa que no fue, sencillamente porque no podía ser. Ni siquiera parecer. Esa sonrisa que de alguna extraña manera confluyó y converge en cada una de mis ajadas circunstancias. Una sonrisa simétrica pero sin volumen ni perspectiva, totalmente alejada de las bocas que los maestros barrocos italianos plasmaron en sus lienzos. Pero fue mi sonrisa. Yo la imaginé. La vestí, la engalané y la prostituí por 60 mitades de 30 monedas de plata. Y cuando al final decidí ahorcarla, reparé con gran asombro en que no había ni rastro de algún ciclamor cerca, por lo que acabé colgándola sobre la rama más alta del algarrobo más viejo en el campo de un alfarero imaginario.

G

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Email del 11 de diciembre 2019

Albert Bloch. Conference (XIX-XX century)

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso del asesino chef deprimido.

El churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez se encontraba impartiendo una conferencia magistral en un aula vinculada al cuartel de la Guardia Civil situado en una localidad importante de Valencia, cuando uno de los 477 asistentes levantó el brazo.
—Señor Pérez García…
—Me llamo Gar-cía Pérez. ¡Continúe, por fa-vor!
—Perdóneme, se lo ruego. Quería preguntarle acerca del famoso criminal llamado «El asesino chef» o «El asesino chef deprimido». ¿Por qué tras 18 asesinatos y con una clara firma, todavía no ha sido ni identificado ni detenido?
—El a-se-si-no chef comenzó su «carrera», y permítanme lla-mar-lo de esa forma, su «carrera» criminal con el a-se-si-na-to de Facundo Rubio el 23 de septiembre de 1988. Como todos saben, este psi-có-pa-ta siempre deja una firma después de cometer cada crimen: una comida pre-pa-ra-da en la cocina de cada víctima, elaborada con los a-li-men-tos que encuentra en en los armarios o nevera, y una nota que siempre es igual y en la que lo ú-ni-co que cambia es el nombre del plato que ha preparado. En este primer a-se-si-na-to el asesino chef elaboró unos tacos de carne de cor-de-ro cocinados a baja temperatura en un adobo de chile ja-la-pe-ño, polvo de hoja de aguacate y puntos de e-mul-sión de anón. Y así lo comunicó en su nota, que sim-ple-me-nte decía, y cito textualmente, «He matado bien y he co-mi-do bien. En la mesa verán los restos de los tacos de carne de cordero co-ci-na-dos a baja temperatura en un adobo de chile jalapeño, polvo de hoja de a gua-ca-te y puntos de emulsión de anón. Cocinaré pronto otra vez, ca-ba-lle-ros.»
—¿Por qué pasaron de llamarle «El chef asesino» a «El chef asesino deprimido»?
—Hasta el asesinato nú-me-ro 11, acontecido en la calle Piñatas, nuestro cri-mi-nal gourmet confeccionaba comidas más o menos elaboradas, como he dicho antes, con los pro-duc-tos culinarios que encontrara en los do-mi-ci-lios y luego se las comía y nos dejaba la co-rres-pon-dien-te notita. Pero a partir de este crimen, sus con-du-mios pasaron a ser muy simples y relativamente mal con-di-men-ta-dos. ¡Me refiero a la sal, pimienta! ¡Ya saben ustedes lo que quiero decir! En este caso el homicida pre-pa-ró una tortilla de patata, sin ce-bo-lla con aceite de gi-ra-sol. ¡Y solo se comió la mitad! En el siguiente ho-mi-ci-dio compuso una es-pe-cie de bocadillo de jamón, sin ni siquiera añadirle un cho-rri-to de aceite virgen extra. Y desde entonces hasta el úl-ti-mo delito ocurrido hace un par de semanas, todas sus comidas han sido bo-ca-tas, de atún, de anchoas o de pimientos de lata, o en-sa-la-das muy, muy simples. Por ese motivo, y ya que en todos los do-mi-ci-lios había suficientes alimentos tanto en los fri-go-rí-fi-cos como en las alacenas, suponemos que por algún motivo, nuestro hombre está sumido en un estado de-pre-si-vo profundo, es decir, el tipo no puede con su al-ma.
—¿Y no podría tratarse de un imitador poco instruido en restauración gastronómica?
—Hemos a-ve-ri-gua-do por medio de los grafólogos de la Be-ne-mé-ri-ta que la caligrafía de todas sus notas, pre o post, de lo que nosotros creemos que es una clara postración me-lan-có-li-ca, es totalmente idéntica. ¿Alguna pregunta más o puedo proseguir con mi di-ser-ta-ción? A ver, usted, el que está detrás de esa se-ño-ra de azul marino.
—¿Cuántos años creen que puede tener y a qué puede deberse su depresión?
—Según los per-fi-la-do-res criminales de los picole… quiero decir, de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, se cree que este individuo puede encontrarse en un rango de edad com-pren-di-do entre 28 y 28 años y medio. En cuanto a la pre-gun-ta sobre qué o cuál es el motivo de su a-ba-ti-mien-to emocional, creemos que es porque, o bien se siente frus-tra-do porque nunca le toca ni una mísera de-vo-lu-ción cuando juega a la primitiva y al bonoloto o que se está di-vor-cian-do por tercera vez. Posiblemente ambas cosas al mismo tiempo. Ahora si me per-mi-ten, continuaré desde el punto donde lo había de-ja-do. Punto 3-C: Contexto de sos-te-ni-bi-li-dad y exhaustividad criminal nacional según los mo-de…
—¡Señor García! ¿Es posible que el asesino chef sea un verdadero chef?
—Por lo que a mí res-pec-ta, todo es posible, incluso que usted sea el a-se-si-no. Nunca cerramos ninguna puerta, ningún por-tón o portezuela. ¿Prosigo?  Punto 3-C…
—¡Churrero!, ¿alguna vez conoceremos…?
—Por favor, ya que soy un ex-chu-rre-ro, prefiero que se dirija a mí como señor García.
—¡Exchurrero! ¿Tambien excastañero?
—Señor, ¿qué tiene que ver mi an-te-rior pro-fe-sión con el te-ma de mi con-fe-ren-cia?
—¡No quise ponerlo nervioso, señor García Pérez!, exchurrero y castañero y transmutado como por arte de magia a investigador privado.
—Tuste, us, us us-ted no me po-ne-ne ner-vo-so. Y a-a-ho-ra con su be-ne-plá-ci-ci-to-to con-ti-nua-ré con-con-con…
—Señor García, usted no es más que un producto caduco de nuestra sociedad enferma. Lo mismo que sus muchísimos amigos tanto del Cuerpo de la Policía Nacional como de la Guardia Civil. No me extrañaría nada que este caso formara parte de un inmenso bluf para tenernos acongojados.
—¡Por favor, que se acerque se-gu-ri-dad y se lleven a este po-lli-no-no-no plo-mama-zo! ¿Es po-si-ble? Bien. En cuanto ter-mi-ne-ne esta bufonada con-ti-nua-ré, pro-se-gui-ré…
—¡Señor churrero, es usted un burro! ¡Un asno! ¡Un pollino!¡Yo soy el asesino! ¡Yo soy Dios! ¡Soy la Sagrada Familia! ¡Estoy en Barcelona! ¡Déjenme, cretinos! ¿Soy la Santa Comunión! ¡Soy la Sagrada Familia! ¡Soy la Sagrada Familia! ¡Coño, se me ha caído parte de la mampostería!
—Bueno, pa-re-ce ser que este pe-pe-noso suceso ha ter-mi-na-do, fi-na-li-za-do. Pro-pro-blablemente, quiero decir, pro-ba-ble-men-te lo llevarán al frenopático provincial más cercano. ¡Bien! Punto 3-C: Contexto de sos-te-ni-bi-li-dad y exhaustividad criminal nacional según los mo-de-los actuales…

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Email del 10 de diciembre 2019

Paul Klee. Triumph of a degenerate (1933)

-Así se hace.
Las andorgas de boyazos entran en la máquina. Tras un primer lavado pasan a una bandeja donde son sometidas a un segundo lavado. Después a un tercer lavado. Y a un cuarto lavado. Y a un quinto lavado. Y a un sexto lavado. Y a un séptimo lavado. Y a un octavo lavado. Y a un noveno lavado. Y a un décimo lavado. Y a un undécimo lavado. Y a un duodécimo lavado. Y a un decimotercer lavado. Y a un decimocuarto lavado. Y a un decimoquinto lavado, este con aclarado y presecado. Cuando finalizan el décimoquinto lavado, con aclarado y presecado, son expulsadas por un flujo de aire comprimido a otra bandeja donde son secadas y deshumedecidas durante 35 minutos, antes de acabar plastificadas al vacío y en cajas de 16 unidades dispuestas para la venta.

-Así no se hace.
Intento sincronizar las inspiraciones con las exhalaciones, pero acabo haciéndome un lío y termino sometiéndome a una prueba espirométrica que certifica que debo pagar las 36 mensualidades atrasadas a mi gurú Sri Vanda Vasudeva Jai. Sin embargo termino sincronizando 34 de las 36 mensualidades con todas las clases de vicios que conozco (juego, nicotina, drogas duras y sexo salvaje), por lo que de repente, se abre un nuevo mundo ante mí y acabo orinándome encima por la presión.

-Así lo hacía papá.
El SS-Obersturmbannführer de Primado Reig me agarró con fuerza por las orejas mientras me levantaba medio metro del suelo.
—Hijo, eres un inutil.
—Lo siento papi.
—¡Te he dicho mil veces que no quiero que me llames papi!
—¡Lo siento mi SS-Brigadeführer!
—¡Idota, todavia no he llegado a tanto!
—¡Soy un idiota! ¡Soy un idiota!
—¡Eres un estúpido!
—¡Soy un estúpido! ¡Soy un estúpido!
—¡Debería obligarte a aspirar unos cuantos microgramos de Zyklon B!
—¡Soy unos cuantos gramos de Zyklon B! ¡Soy unos cuantos gramos de Zyklon B!

-Así hablaba Zaratustra.
Mi rendez-vous con el barbián instigador de la omertà finalizó cuando los impulsos erráticos seguidos de una serie muy vaga de vagidos persistentes de Sue Hellen, la pintarroja atrapada en las redes de pesca mientras se faenaba a sotavento, se transformaron en espesor ideal, duradero y resistente. ¡En espesor!
¿Mi rendez-vous con el barbián instigador de la omertà finalizó cuando los impulsos erráticos seguidos de una serie muy vaga de vagidos persistentes de Sue Hellen, la pintarroja atrapada en las redes de pesca mientras se faenaba a sotavento, se transformaron en espesor ideal, duradero y resistente? ¿En espesor?

-Así, así, así.
«Lunes antes de almorzar,
un estúpido ególatra asocial fue a jugar,
pero no pudo jugar,
porque tenía que regurgitar.

Así regurgitaba así, así.
Así regurgitaba así, así.
Así regurgitaba así, así.
Así regurgitaba que yo lo vi».

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Email del 8 de diciembre 2019

William Baziotes. Amorphic forms (1944)

Nota:
La mayor parte de este texto fue escrito entre el 20, 23, 25, 26 y 27 de noviembre de este año. El resto fue terminado a toda prisa el 29 del mismo mes. Algunas partes fueron reescritas el 5 de diciembre, después de pochar un poco de cebolleta.

Querida amiga:

Cualquier similitud visual entre un ente amorfo y yo es pura coincidencia.

Greg

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Email del 6 de diciembre 2019

Robert Campin. Mass of Saint Gregory (1415)

Amiga mía:

El cuchitril onírico, artífice de la mayoría de mis desasosiegos en forma de pesadillas o alucinaciones, se ha apuntado la pasada noche una pequeña victoria. Sin embargo, al contrario de lo que hago en otras ocasiones, no voy a transcribirte el argumento de la vesanía desbarrante que se ha apoderado de mi razón durante casi cuatro horas, pues no quiero parecer un añoso pusilánime, aunque en realidad, o por lo menos según las apariencias, debo de estar muy cerca de serlo.

Todo comenzó después de cenar. Me encontraba tan exultante y, sobre todo, reforzado gracias al queso semicurado de oveja y al jamón ibérico que me acababa de zampar, que desistí de acercarme al club Las pitufinas lujuriosas, hecho que repito todos los días después de comer y cenar, sobre todo para facilitar la digestión y mantener a rajatabla los niveles de glucosa mediante el durísimo entrenamiento sicalíptico, cuando sentí un dolorcillo en el epigastrio. En unos cuantos minutos ese dolor leve se convirtió en una tortura inaguantable que se trasladó al mesogastrio. Cuando la sensación lacerante terminó en el hipogastrio decidí acostarme, no sin antes haberme tomado tres comprimidos de Tranxilium con un vaso de tubo repleto de Jack Daniels.

Lo que sucedió, ya lo sabes. Por lo menos deberías saberlo si has empezado a leer este email por el primer párrafo: monstruos, brujas, demonios y cruasanes voladores. Ahora me encuentro un poco mejor, aunque si quieres que te sea sincero, ha habido un momento en que he estado a punto de dirigirme al cementerio municipal con un pico y una pala para intentar cavar una fosa lo suficientemente grande como para que cupiese mi cuerpo.

Por esa razón creo que debemos aplazar nuestra cita para asistir juntos a misa esta tarde.

Gregory

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Email del 4 de diciembre 2019

Vincent van Gogh. Country road (1890)

¡Ejem!:

Paseaba por un camino angosto y repleto de hierbas y vegetación a los lados, cuando de repente sufrí cierto desorden craneomandibular -posiblemente una subluxación en la articulación temporomandibular- que me impidió durante el resto del día gritarle a cualquier forma de vida (humana, animal, vegetal o espectral) que quisiera escuchar mi mantra axiomático predilecto, que no es otro que «Absolutamente todo en lo que se encuentren involucrados uno o varios descendientes bípedos de los monos primigenios, irremediablemente acabará siendo o pareciendo una respetable y caldosa mierda». Sin embargo, al verme impedido para esparcir mi acuosa negatividad gratuitamente, decidí que lo mejor que podía hacer en ese estado de enmudecimiento absoluto era tumbarme entre la hojarasca y ponerme a pensar.

Como no estaba demasiado acostumbrado a razonar, noté cierta parálisis en el lóbulo izquierdo, a pesar de ello, en menos de media hora llegué a la serie de conclusiones que unos meses más tarde formarían parte de mi ensayo Autodiagnóstico afásico y optimización de sus consecuencias y que se convertiría en el octavo libro con peores ventas en la historia de la literatura española contemporánea. No obstante, su descalabro comercial ayudó a transformar mi contristamiento existencial en desmoronamiento estomacal. Desde entonces, nunca salgo de casa sin un intestino delgado de repuesto.

G.

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Email del 2 de diciembre 2019

Pablo Picasso. Our futures is in the air (1912)

«El futuro es oscuro, que es lo mejor que puede ser, en mi opinión».
(Virginia Woolf)

¡La hiperfagia me produce aerofagia! Pero si no trago de una manera porcina me siento demasiado humano. Lo de las flatulencias y el meteorismo es una cuestión secundaria, pues más allá de algún ocasional golpe de los vecinos en la pared del tabique mientras me llaman guarro y cochino, no supone ninguna alteración a mi trampantoja y estoposa, aunque epispástica y estomagada, pseudoexistencia. Desde luego eso no implica que en limitadas ocasiones me guste aparentar que soy un individuo más o menos ingenuo y extraordinariamente agerásico, cuyo lema es «Hay que alejarse a toda prisa de este summum fecal en que hemos convertido nuestras subsistencias individuales». Sin embargo, mientras escucho cómo rueda este muladar denominado Tierra no puedo dejar de sentir escalofríos recorriéndome los fondillos.

Sun Ra decía que puesto que hemos intentado todo lo posible y hemos fallado, deberíamos intentar lo imposible. Y no puedo estar más de acuerdo con él. En realidad estoy del lado de cualquier freak o rabdomante nacido a años luz. Y mientras espero que una señal del infinito destroce los cristales de mi absoluta e ineludible irresponsabilidad, sueño con cucarachas eléctricas sabiendo de antemano que no soy, ni he sido, ni seré nunca, un androide Philip K. Dickensiano.

Hosco Greg

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