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| Vincent van Gogh. The Town Hall at Auvers (1890) |
Qué aspecto tiene un apremio y qué cosas se pueden hacer con él.
Si estudiamos con detenimiento una notificación de providencia de embargo y reflexionamos sobre ella, saltará a la vista que su cuerpo está construido sobre papel de ínfima calidad y adornado con una retahíla de locuciones absurdas e ininteligibles, editadas e impresas a toda prisa con el único propósito de hacer el mayor daño posible. Pero si nos hacemos con un microscopio y observamos aumentados cada uno de los vocablos que lo componen, llegaremos a una conclusión poco o nada satisfactoria que terminará inevitablemente por amargarnos un número indeterminado de jornadas. Por esa razón, estoy convencido de que lo mejor es no tener posesiones a nombre propio. Ni siquiera una jofaina o un cantarillo.
Pedro Barroso era atador de manojos, una profesión que le llenaba emocionalmente. Una tarde de abril, mientras se cortaba las uñas de los pies con la boca, recibió una carta urgente adornada graciosamente con el matasellos del ayuntamiento. Cuando la abrió y comenzó a leerla reparó en que la uña del dedo hallux del pie derecho no estaba correctamente mordisqueada, así que dejó la circular encima de una de las baldosas menos dañadas estructuralmente e intentó tarascar los salientes córneos que afeaban el trajín adecentativo. Una vez se dio cuenta de que el acabado era de primera categoría volvió a asir el requerimiento e intentó leerlo. Tras estrujarse la chola y rascarse varias veces la zona inguinal con la mano izquierda, no reparó en que la dichosa nota, en complicadísimas palabras, venía a decir que si en un plazo de cinco días laborables no abonaba los 25.7 euros que debía por la compra a plazos de una canastilla bordada personalizada le embargarían el chamizo, los útiles de trabajo y a Chinchina, su rucha amaestrada.
Lo primero que se le pasó a Pedro Barroso por la cabeza fue tirarse un pedo. Siempre que no comprendía algo acababa con su malestar intelectual por medio de una serie corta de ventosidades bastante ruidosas. En una ocasión el estruendo de una flatulencia destrozó el techo de ramas variadas de su choza, lo que se tradujo en cerca de dos meses de duro esfuerzo para arreglar los desperfectos y dejar el tejado totalmente funcional. Esta vez, Pedro se taponó el trasero con la mano izquierda, que es la que usaba para las acciones más banales y el estrépito, salvo asustar a un par de cuervos que volaron hacia el oeste, pasó completamente inadvertido.
El día transcurrió como solían pasar los días, y a medianoche Pedro se acostó en el jergón y se sumió en lo que podría denominarse unos naturales, sin azúcar añadidos y dulces sueños. Por la mañana, mientras desayunaba junto a Chinchina, Pedro barroso volvió a leer la notificación de embargo y siguió sin comprender gran cosa. Chinchina a su lado, relinchaba «Equus» una canción de éxito entre los animales de granja pertenecientes al susodicho género y el día terminó con una maravillosa puesta de sol radiante y no demasiado peculiar.
Pasaron 45 años. Chinchina había muerto y Pedro era un anciano apergaminado. Mientras trataba de dilucidar por enésima vez lo qué realmente quería decir la providencia de embargo sintió un dolor en el brazo izquierdo. Cayó al suelo y su cabeza cuadriforme fue a dar con la canastilla bordada personalizada y la rompió en siete trozos cuadrilongos. ¡De repente comprendió todo! La luz que entraba por uno de los agujeros de una de las paredes se transformó en un ángel de Dios tocado con ornamentos de oro y su alma, el alma de Pedro Barroso, ascendió verticalmente 35 kilómetros.
