Email del 7 de marzo 2020

Francisco de Goya. Una reina de circo o Disparate puntual (1823)

Querida:

No sé si soy auténtico, por esa razón he llamado a un experto para que me legitime, pues me quiero vender a un conocido coleccionista europeo. Mientras espero una contestación de su anoréxico secretario y marchante, he sacado la cabeza por una ventana y el viento rampante me ha empujado con fuerza hasta hacerme caer al suelo. Mi abuela, experimentada patócrata coleccionista de yaguasas y cauquenes, decía que cada vez que se tropezaba y caía, se mantenía viva. Cuando mi abuelo la escuchaba decir ese tipo de sandeces siempre le contestaba «¡Bienvenido el señor Dulubúdulu y su hija Dorotea!».

Mientras mi abuelo permaneció con vida, nunca llegué a saber quién era el señor Dulubúdulu. ¡Y eso que se lo pregunté en numerosas ocasiones! La única respuesta que pude arrancarle sobre el tema fue que Dorotea era muy guapa. A mi abuela no le gustaba nada que su marido considerase atractiva a alguien que no existía, pues estaba convencida de que ambos, padre e hija, eran representaciones de su propia senectud. Sin embargo cuando mi abuelo hablaba de ella sus ojos se cristalizaban.

Hace unos pocos años, mientras miraba un álbum de fotos familiar, descubrí una imagen de mi abuelo de finales de los años cuarenta. Junto a él aparecía un hombre de unos sesenta tacos, sonriente, con un sombrero muy extraño a un lado de la cabeza y una niña de espaldas. Detrás de ambos y llenando por completo el fondo de la fotografía destacaba un inmenso cartel donde se podía leer «¡El señor Dulubúdulu y su hija Dorotea, directores y propietarios de El Circo de los Lirófolos, les dan la bienvenida!». Según averigüé bastantes meses después por Internet, se trataba de un pequeño circo familiar de provincias que había funcionado durante la posguerra. Su propietario el señor Dulubúdulu murió de causas naturales en 1953 y su hija Dorotea se hizo cargo del negocio hasta 1959, año en que se les pierde la pista.

Cuanto más lo pienso más seguro estoy de que, para mi abuelo, el señor Dulubúdulu y su hija Dorotea eran como el trineo para Charles Foster Kane, es decir, una puerta o un escape al pasado. ¡A los mejores instantes del pasado! Poco importa si ese pasado ya estaba demasiado contaminado por las alteraciones de la memoria. Yo no tengo una imagen fija en la cabeza. Tengo un montón de fotos amarillentas en una caja. Casi nunca las miro. ¿Acaso ganaría algo haciéndolo? Sin embargo la foto de mi abuelo junto al señor Dulubúdulu y su hija Dorotea destaca nada más entrar a mi casa. Cuando alguien me pregunta quiénes son, yo simplemente le respondo que mi Rosebud particular.

Gregorio Randolph Hearst