octubre 2020

Email del 27 de octubre 2020

 

Vincent van Gogh. Beer tankards (1885)

Querida:

Cuando escribí el Primer tratado elemental desconocía que unos pocos años después editaría mi afamado Primer tratado monumental y el actualmente considerado como un clásico de culto, Primer tratado ornamental. Actualmente trabajo en el Primer tratado fundamental y en el Primer tratado sentimental, aunque la AHF (Asociación Heces Fétidas) me ha encargado un Primer tratado excremental y el expercusionista de la Banda de los Jiujitsuistas Longanimidos se esta poniendo un pelín pesado para que escriba y le dedique, el Primer tratado instrumental, aunque si al final claudico y me pongo manos a la obra lo titularé Primer tratado procedimental

Greg

P. S.
He ganado 15 cervezas en el bar que visito asiduamente con el siguiente poema…
Soy venal y tílico. 
Soy disímil y jacarandoso. 
Soy un ósculo y soy una estroma. 
Soy un gulumeante, pero también soy un mostrenco. 
Sin embargo, tengo sed. 

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Email del 25 de octubre 2020

 

Morton Shamberg. Telephone (1916)

Cuando Fulstrucio Anabi escribió Pterigopodio, yo estaba en la mili. No, no, perdón. Yo escribí Pterigopodio mientras mi amigo Fulstrucio Anabi estaba en la mili. A decir verdad ninguno de los dos escribimos Pterigopodio y mucho menos estuvimos en la mili. El verdadero autor de Pterigopodio se llamaba Fulstrucio Banni, de ahí el error. Cuando Fulstrucio Banni escribió Pterigopodio, yo estaba atracando un banco junto a Fulstrucio Anabi. Lo recuerdo perfectamente porque a ambos nos cayeron 20 años. Sin embargo obtuve la libertad por buena conducta a los cinco años. Lo primero que hice nada más poner los pies en la calle, fue averiguar el número de teléfono de Fulstrucio Banni y llamarle para darle las gracias…
FULSTRUCIO: ¿Dígame?
YO: ¿Señor Fulstrucio?
FULSTRUCIO: El mismo. ¿Quién es usted? No le reconozco la voz.
YO: No importa cómo me llamo. Simplemente quería decirle que su libro Pterigopodio ha sido un referente en mi vida.
FULSTRUCIO: ¿Pp pgorodio? ¿Qué es eso? Yo no he escrito un libro en mi vida. Ni siquiera soy capaz de escribir la lista de la compra.
YO: ¿No es usted Fulstrucio Banni?
FULSTRUCIO: No. Se ha equivocado. Yo me llamo Fulstrucio Anabi.
YO: ¿Tú eres Fulstrucio Anabi?
FULSTRUCIO: ¿Me conoces?
YO: Qué casualidad más cósmica, tío. Soy yo. Soy Amastrio. ¡Amastrio Suca! Acabo de salir del trullo.  
FULSTRUCIO: ¡Amastrio! ¡Amastrio Suca! ¡Nos encalomaron juntos! Pero, ¿has estado todo este tiempo dentro?
YO: Sí. Llevo solo 3 horas fuera. ¿Y tú? ¿Cómo es que no estás en el talego?
FULSTRUCIO: Nunca estuve preso. Mis padres contrataron a Injundrio Losa, un abogado de renombre y… ¡Incluso el juez me pidió perdón! 
YO: ¡Pero qué hijo de la gran puta! Me alegro de saber de ti, coleguilla, pero ya hablaremos otro día. Tengo que averiguar el número de teléfono de Fulstrucio Banni. 
FULSTRUCIO: ¿Quién es ese tipo?
YO: Es bastante largo de contar. ¡Hablamos! Adiós.
Tras colgar a Fulstrucio Anabi, me dispuse a investigar sobre Fustrulcio Banni y en menos de una hora tenía otro número apuntado en la esquina de una servilleta de papel. 
FULSTRUCIO: ¿Sí?
YO: ¿Señor Fulstrucio?
FULSTRUCIO: No. Soy su mujer. ¿No sabe distinguir unas voces? Es broma. Soy Fulstrucio. Jajaja.
YO: Señor Fulstrucio, es usted mi referente y su libro Pterigopodio ha sido mi Biblia desde que lo leí por primera vez hace 11 años.
FULSTRUCIO: ¿Cómo? ¿Otra vez tú, Amastrio?
YO: ¡Joder! ¡Fulstrucio Anabi! Pero si he llamado a otro número.
FULSTRUCIO: Es que tengo tres números. El de antes, este de ahora y el 679552528.
YO: ¿Tres nemros diferentes? 
FULSTRUCIO: ¿Nemros? ¿Que es un nemro?
YO: Nemro no, número. Es que estoy de los nervios. Ya te cuento luego. Adiós.
Tras colgar a Fulstrucio Anabi por segunda vez me metí en un ciber y me senté delante de un ordenador Acer. Indagué un par de horas y salí de allí con otro número de teléfono. El último, pues solo habían cuatro reseñados a nombre de algún Fulstrucio.
FULSTRUCIO: Le habla el contestador automático de Fulstrucio Banni. En estos momentos no estoy en casa. De hecho ni siquiera estoy en el país. Si es usted un ladrón comprobando si hay alguien en la casa, por favor, le aseguro que no guardo objetos de valor. Si es usted un cobrador, pásese dentro de siete u ocho años. Le juro por la perfecta disposición de la Santísima Trinidad que le pagaré a mi regreso. Si es usted un amigo o simplemente un conocido, pídale las llaves a la portera y riégueme las plantas. Si quiere decirme algo, por favor deje su mensaje cuando escuche los tres gemidos. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
YO: ¡Señor Fulstrucio! Necesito ponerme en contacto con usted. Para mí, us… usted es un ferecente, digo un referente en mí existencia, y su magnífico libro Pterigopodio ha sido…
FULSTRUCIO: Le habla el contestador automático de Fulstrucio Banni. En estos momentos no estoy en casa. De hecho ni siquiera estoy en el país. Si es usted un ladrón comprobando si hay alguien en la casa, por favor, le aseguro que no guardo objetos de valor. Si es usted un cobrador, pásese dentro de siete u ocho años. Le juro por la perfecta disposición de la Santísima Trinidad que le pagaré a mi regreso. Si es usted un amigo o simplemente un conocido, pídale las llaves a la portera y riégueme las plantas. Si quiere decirme algo, por favor deje su mensaje cuando escuche los tres gemidos. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
YO: ¡Se ha cortado! ¡Señor Fulstrucio! Necesito hablar con usted. Por favor, ¿en qué país puedo encontrarle? ¿Y en qué calle o avenida? Usted lo ha sido todo para mí y Pterigopodio, su libro ha…
FULSTRUCIO: Le habla el contestador automático de Fulstrulcio Banni. En estos momentos no estoy en casa. De hecho ni siquiera estoy en el país. Si es usted un ladrón comprobando si hay alguien en la casa, por favor, le aseguro que no guardo objetos de valor. Si es usted un cobrador, pásese dentro de siete u ocho años. Le juro por la perfecta disposición de la Santísima Trinidad que le pagaré a mi regreso. Si es usted un amigo o simplemente un conocido, pídale las llaves a la portera y riégueme las plantas. Si quiere decirme algo, por favor deje su mensaje cuando escuche los tres gemidos. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
YO: Señor Pterigopodio, su libro Fulstrucio me salvó la diva. Ne… necesito verle, tocarle, hablar con usted. Le dejo mi numro… número de teléfono. 679552528. ¡No! Ese no. Ese es del imbécil de Fulstrucio. Bueno, del otro Fulstrucio. De Fulstrucio Anabi. Mi número es 655243… 
FULSTRUCIO: Le habla el contestador automático de Fulstrucio Banni. En estos momentos no estoy en casa. De hecho ni siquiera estoy en el país. Si es usted un ladrón comprobando si hay alguien en la casa, por favor, le aseguro que no guardo objetos de valor. Si es usted un cobrador, pásese dentro de siete u ocho años. Le juro por la perfecta disposición de la Santísima Trinidad que le pagaré a mi regreso. Si es usted un amigo o simplemente un conocido, pídale las llaves a la portera y riégueme las plantas. Si quiere decirme algo, por favor deje su mensaje cuando escuche los tres gemidos. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
YO: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

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Email del 23 de octubre 2020

 

Joshua Miels. Eye study (21st century) 

Querida:

Esta mañana, mientras me comía una barrita de avena con chocolate negro, he llegado a la conclusión de que la magnitud física que mide la duración de los acontecimientos no es más que una jodida puta mierda paranoide, o expresándolo con palabras un poco más sencillas y amables: el tiempo no significa nada. ¡Nada! Hoy estoy aquí pero mañana puedo estar allí, aunque la verdad es que estoy seguro de que estaré también aquí. Porque solo aquí me siento lejos de allí. Cuando estoy allí, solo quiero regresar aquí. Aunque en realidad aquí y allí son el mismo lugar y nadie tiene garantizada la existencia en ninguno de entrambos emplazamientos. Aquí puedo inventar mentiras que miden la misma longitud que allí, sin embargo nunca he medido una verdad indubitable. ¿Existen esa clase de evidencias tan indiscutibles? La verdad es que no me interesan en absoluto. O quizá es que no estoy acostumbrado a tratar con ellas. ¡Todo el mundo vive una soporífera ficción! ¿Por qué debería yo ser el único que representa el papel que tiene establecido? ¡Odio a los dramaturgos! ¡El argumento es el cebo! ¡Y odio a los directores de escena! ¡La coreografía es el veneno! El único guion que estaría dispuesto a representar debería estar escrito con esa extraordinaria mezcla de agua de lluvia y tierra llamada cieno. Y el único director al que realmente haría caso estaría picado con escaras de arriba a abajo. Yo me sometería. Me arrastraría. Pero solo hasta la primera marca, la que delimita mi posición en el espacio escénico… saturado… 

Eliminé todos los estímulos axiomáticos. Deseché cada una de las repeticiones que… ¡No, no me refería a las escansiones! Hablaba sobre ese tipo de repetición insoluble que implica nerviosismo patológico. Ya sabes, esa pequeñas reiteraciones que casi nunca obedecen a ninguna razón establecida y que tienen el mérito de resultar inaguantables. Pero con la precipitación impuesta por el deseo de sentirme dentro y fuera, dentro y dentro, fuera y fuera, me olvidé de que yo era yo, y que yo pretendía aguijonearme a mí mismo, y que de la misma manera podía llegar a ser cualquiera y a aguijonear o incluso punzar o picar a cualquiera. Entonces creí que había llegado la hora de transformarme en una coincidencia definitiva y enfocar con mi luz descabellada a cualquier clase de circunstancia no perfectamente documentada, dispersa o incluso enigmática.

Luego, rellené la ausencia, mi propia ausencia, la reconocí como una pequeña parte indivisible y la enumeré. Me sentí tan satisfecho como un autócrata consagrado a encomendar sus más preciadas humillaciones. Y cuando escuché el ruido despectivo de cada uno de los reyes y reinas descartados de la primera versión registrada y autentificada, me vine abajo. Todavía estoy abajo. Pretendo quedarme aquí, porque solo aquí me siento lejos de allí. Cuando estoy allí, solo quiero regresar aquí. Aunque en realidad aquí y allí son el mismo lugar y nadie tiene garantizada la existencia en ninguno de entrambos emplazamientos.

G

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Email del 20 de octubre 2020

 

Salvador Dalí. Niño geopolitico mirando el nacimiento del hombre nuevo (1943)

Amiga:

Antes de desconectar el cable USB, conecto el cable USB. Siempre he odiado a la gente que desconecta los cables, cualquier tipo de cable, antes de conectarlos. Sí, vale, es un acto de rebeldía que en cierta manera les honra, aunque me gustaría saber para qué cojones sirve sentirse virtuoso o creer que se tiene un mérito que francamente se merece. Yo desconecto el USB cada día a las siete menos cuarto de la mañana. A esa horas mi ordenador está apagado y el cable en un cajón. No me preguntes cómo lo hago porque ni yo mismo lo sé. Pero te juro por la ranura para tarjetas TF que desconecto el USB. Quizá por esa razón odio a los tipos y tipas que, y vuelvo a repetirlo, desconectan los cables antes de conectarlos. Y te aseguro que en mí no se trata de un acto subversivo o asocial, ni siquiera de una rabieta insocial o antisocial, sino una forma de vida alternativa. ¡Una elección propia y libre! Pero si esa clase de imbéciles, los que desconectan los cables antes de conectarlos, no existiesen, o por lo menos existiesen en otro mundo que no fuese este, yo sería proclamado el tipo más excéntrico del planeta. Y se me amaría como se debería amar al tipo más excéntrico del planeta. Sin embargo, todos los habitantes de este mundo me odian. Lo sé porque me lo solté de repente a mí mismo hace más de 50 años, y desde entonces me lo repito cada día, cada tarde y cada noche como si fuese una «toria toria toria» (jaculatoria laudatoria suplicatoria).

Mis perros APE, WAV y FLAC están destrozando el sofá. Los oigo desde el otro sofá. Cuando terminen con él, con el sofá, me refiero al sofá que están destrozando, supongo que vendrán a destrozar este sofá. Mientras destrocen este sofá yo estaré tumbado en lo que quede del otro sofá. Supongo que meditando sobre los perros y los sofás. ¡Creo que podría escribir un libro sobre pingüinos! ¡Ja! ¡Te pillé! Estoy seguro de que pensabas que iba a decir que podría escribir un libro sobre perros y sofás. 

Creo… creo firmemente en la fragilidad, en la inconsistencia. También creo firmemente en la seguridad auditiva. Mi abuela, una mujer muy consistente y sólida, solo podía escuchar cuando sabía que nadie la escuchaba escuchar. Sé que es difícil entenderlo, pero aunque ella está muerta puedo demostrártelo por medio de algunos vídeos en Súper 8 que le filmó mi abuelo, que también está muerto, en las décadas de los 70 y 80, cuando ambos todavía vivían, aunque en realidad comenzaban a morir lentamente. Gracias a ese referente en forma de recuerdo fílmico he llegado a la conclusión de que siempre hay que comprobar los conectores de los auriculares, pues la suciedad se transforma en ruido. 

Mis perros APE, WAV y FLAC acaban de destrozar el segundo sofá y una vidriera que heredé heredé heredé heredé heredé (MODO REPETICIÓN) de mi tía Josefina, a la que cariñosamente llamaba «Interfaz principal». En realidad ella nunca supo que yo la llamaba así. Tampoco supo nunca cómo diantres se podía iniciar una grabación en su equipo HiFi sin tener que apretar un botón. Y mucho menos predefinir una sintonía. Por esa razón se lió con un vendedor de tocadiscos ficticio que le duró bastante poco. 

Antes de desconectar el cable USB, conecto el cable USB. A veces incluso me toco el ombligo de forma arbitraria mientras lo desconecto (el cable USB, no el ombligo). Soy uno de los pocos humanos pertenecientes al género masculino que son capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo. Eso sí, jamás me verás chupar una batería de iones de litio mientras me limpio los lentes monofocales. Y suelo limpiar mis lentes monofocales cada vez que he llegado a la resolución, o deducción, o como quieras llamarlo, de que mis gafas están realmente sucias. Ya sé que es una memez, pero yo soy así. De todas formas, según los valores con los que este mundo fabrica a sus adalides y paladines, el mejor limpiador de cualquier tipo de superficie fue (y sigue siéndolo, je suppose) la gorda del anuncio de Cillit Bang, que con un flus-flus, es decir, una pasadita, le dejaban de agobiar las gotitas de la mampara del baño.

G

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Email del 19 de octubre 2020

 

Egon Schiele. Woman masturbating (1913)

El siguiente cuento arquitecto-pornográfico corto se titula Onanismo grupal y en realidad no es más que un resumen de otro larguísimo que escribí hace siete años y que fue un fracaso total de ventas. Recuerdo que el día que finalizó mi contrato con la editorial que tuvo la osadía de publicarlo fui arrinconado por el editor en jefe que, no sin cierta sorna, me ladró que igual si escribía lo mismo en unas pocas líneas y descartaba toda la paja, es decir, el 99,9 % del total, quizá podría convencer a otro incauto para que me lo publicara en una recopilación de relatos eróticos y húmedos para camioneros internacionales. 

«La habitación de la derecha era espaciosa y estaba perfectamente iluminada. Las 234 camas se distribuían alrededor de las paredes y en el centro solo se podía divisar algo parecido a un pequeño altar pagano. En la habitación de la izquierda resaltaban dos columnas de mármol blanco que descansaban cerca de la pared situada al oeste. En en el centro del intercolumnio se alineaban otras 198 camas, dispuestas en nueve filas. Entre ambas habitaciones había una especie de cuartucho pequeño que se utilizaba para diferentes menesteres.

¡Ellas se corrían en la habitación de la derecha! ¡Ellos se corrían en la habitación de la izquierda! En la habitación central esperaban las dos mujeres de la limpieza de la empresa MultiserVicio SL. Ambas señoras tenían la orden de no salir de su cuchitril hasta que no hubiese pasado media hora desde que escuchasen el último gemido. Y eso hicieron. Cuando terminaron de pasar los mochos y escurrirlos en los cubos de metal, y como excepto ellas dos ya no quedaba nadie más, decidieron meterse cada una en una habitación. ¡Cristina Lafuente se metió en la habitación de la derecha! ¡Rosita Flores se metió en la habitación de la izquierda! 

¡Cristina Lafuente se corrió en la habitación de la derecha! ¡Rosita Flores se corrió en la habitación de la izquierda! En la habitación central no esperaba nadie.»  

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Email del 18 de octubre 2020

 

Alfonsín de la Punción. Ficus lyrata apañándose como puede (1893)

Hey:

Durante los tres años que trabajé con los Aojados Transitivos, esa formación artística atenaceante que se hizo famosa por la baqueteada existencia de cada uno de sus integrantes, nunca me apoqué, ni me ovillé, ni me acuclillé. Sin embargo fui capaz de ensortijarme en un par de ocasiones en que no estábamos de gira. Obviamente, desde que dejé de ser un aojado transitivo, y de eso hace ya casi ocho meses, mi manera de comportarme cambió de forma radical. En cuanto puedo y me siento libre, me tiro al suelo y me rizo, y algunos fines de semana incluso me arqueo mientras viro. Por cierto, la última vez que viré no me arqueé, sino que me alechugué. Afortunadamente ninguno de mis amigos se dio cuenta y eso me libró de que llegara a oídos de algunos de los componentes de los Aojados Transitivos, que ahora se hacían llamar los Mustios Semihirsutos. Por cierto, uno de ellos, de los Mustios Semihirsutos, se acercó a mí unos días después al mismo tiempo que se alejaba, por lo que llegó un momento en que se quedó detenido a mitad de camino. Como yo sabía que lo que él quería era averiguar si les había robado algún numerito de la época en que yo fui un ahojado transitivo, decidí que lo mejor era distorsionarme, pero con las prisas acabé estableciéndome para siempre. Desde entonces soy el protegido del dueño del lugar. Lo curioso es que el lugar pertenece a alguien que sube cada vez que baja, por lo que a veces he sentido el impulso de preguntarle si es pariente del tipo que se alejaba mientras trataba de acercarse al que te he hablado unas líneas antes y que actualmente trabaja como Ficus lyrata en el mismo sitio en que se quedó detenido.

G

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Email del 14 de octubre 2020

 

John Heartfield. The hand has five fingers (1928)

Amiga:

Acababa de terminar de escribir lo que años más tarde se consideraría como mi Magnum opus, es decir, Rodosfredo y los Grujau, esa novela tan extraordinariamente extensa que trataba sobre mí y la nada, cuando decidí que no volvería a salir de mi habitación hasta que los diez impresentables de mi lista muriesen. Pero creo que voy demasiado rápido, como siempre. Si no recuerdo mal fue a los siete u ocho años cuando aprendí lo que significaba odiar a alguien. Sin embargo no comencé a redactar la lista hasta hace poco menos de una década. Al principio el inventario, por llamarlo de otra manera, estaba supeditado a personas de ambos sexos que me hubiesen llevado la contraria, pero poco a poco fui incluyendo a tipos y tipas por diferentes motivos. En un momento dado el listado llegó a los 43000 individuos, por lo que tuve que descartar a la inmensa mayoría, pues si esperaba a que falleciesen todos estaba claro que jamás volvería a salir a la calle, ni siquiera al callejón más cercano. En realidad no sé cuándo ni cómo ocurrió, supongo que me levanté un día con la idea bailando en mi sesera de la misma manera que bailaría un loro gris de cola roja al que han lobotomizado con un exprimidor de pomelos. Como no me gusta sentir psitácidos bailoteando en mi cabeza, decidí que debía vengarme de no más de 15 o 20 imbéciles. Pronto decidí que el número perfecto era el 10. Desde entonces espero que me notifiquen sus muertes. Hasta el momento han palmado tres, y según Adolfa Afloda Doafla, mi pitonisa a tiempo completo, la espicharán cinco más en los próximos 17 años, con lo que sumarán ocho. Dentro de ese lapso, yo tendré 75 tacos, 74 si hago trampas, y supongo que estaré bastante estropeadito, aunque eso no implica de ninguna manera perdonar la vida a esos dos desgraciados. Si es preciso contrataré a alguien para que se los lleve por delante. ¡O por detrás! Me es indiferente.

Mientras espero que todo suceda como lo tengo planeado, gasto la totalidad de mi tiempo trabajando en Rodosfredo sin los Grujau, que básicamente trata sobre mi marcapasos de terapia de resincronización cardíaca, aunque el capítulo 14 está íntegramente dedicado a las perfusiones rectales con Midazolam. 

Greg

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Email del 6 de octubre 2020

 

Antonio Berni. Demonstration (1934)

Querida:

¡Me resulta tan difícil situar los pensamientos, absurdamente tristes y somnolientos, en una perspectiva adecuada! De hecho me resulta igualmente complicado poner en perspectiva el vocablo «perspectiva», pues las ideas que se arremolinan repletas de conceptos erosionados y soluciones injustas en la subzona kárstica que es mi cabeza, tienden a solaparse unas con otras como si fueran estructuras paradigmáticas. En realidad nunca he conocido a ninguna estructura paradigmática, aunque una vez me presentaron a un arquetipo jungiano, sin embargo me apetecía utilizar un lenguaje sodomizante, ya sabes, ese tipo de jerigonza que a ojos de los badulaques implica instrucción, conocimiento y sabiduría. 

Hablando de instrucción, me apetece contarte lo que sucedió en un minuto de un día cualquiera de los pertenecientes al lapso de tiempo comprendido entre el 16 de marzo al 27 de junio de 1983 mientras realizaba la instrucción militar en el CIR de Zaragoza…

—¡Derecha! ¡Derecha, izquierda, derecha!
—¡Derecha! ¡Derecha, izquierda, derecha!
—¡Derecha! ¡Derecha, izquierda, derecha!
—¡Altoooo! ¡Ein! ¡Fiiiirmeeees! ¡Ein! Eeeen maaaarchaaa! ¡Ein!
—¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda!
—¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda!
—¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda!

Hablando de conocimiento, ahora voy a demostrarte algo que muy pocas personas han sido capaces de demostrar, o sea, que he cambiado de idea. En realidad voy a mostrar. Demostrar es demasiado sencillo para mí, o para lo que se oculta dentro de mí. Y voy a mostrarte algo que casi todos los hombres muestran para demostrar (creía que solo iba a mostrar) su sempiterna virilidad: la moto. Te envío adjuntas un par de fotos mías montado en sendas máquinas con cilindradas verdaderamente salvajes. Por supuesto, ninguna de ellas me pertenece. Es más, odio con todas las fuerzas que heredé del gran chimpancé corsario escandinavo Grukugra VII, tanto a esa clase de vehículos como a sus dueños, pero necesitaba demostrar… o mostrar… o cualquier hecho o cosa acabada en «ar» excepto acabestrillar, arrodrigonar o baladronear.

Hablando de sabiduría. Hace más de 7000 años vivía en lo que hoy es la valenciana plaza de la Virgen una barba que ocultaba a un tipo. Era el tipo más sabio de entonces y aunque solo existía para recapacitar, debía escuchar continuamente a sus 35 mujeres cuando le solicitaban o suplicaban un poquito de movimiento carnal cada noche. El tipo, al que llamaremos Himuz, el hiposexual, nunca decía nada. Le bastaba con mostrar su gran sonrisa que dinamizaba todo. Y con todo me refiero a lo que se considera por entero. Un día de lo que actualmente se conoce como el mes de septiembre, pero que entonces era denominado «Hasinu sinu sinu sinu» sucedió algo que cambiaría por completo el remanso de paz que era el corazón de Himuz. Aunque no se conoce lo que ocurrió ese infame día, se da por sentado que fue algo que cambió el devenir de lo que el profesor Ramón Derecha (¿¡Derecha! ¡Derecha, izquierda, derecha!?) bautizó como «Perspectiva autónoma», lo que me lleva directo, es decir, sin la utilización de atajos, al primer párrafo:

¡Me resulta tan difícil poner los pensamientos, tristes y somnolientos, en perspectiva! 

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Email del 1 de octubre 2020

 

Correggio. Head of an Angel (XV-XVI cent.)

Ácido. Pero no del ácido producido por el reflujo gastroesofágico. ¡Me siento como si fuera de ácido! ¡Dietilamida del ácido lisérgico! Y lo único que he hecho es asistir a una junta de vecinos. Ácido. ¡Ácido fluoroantimónico! SbHF6 en botella protegida. ¡Cómo me hubiera gustado verter dos o tres gotitas sobre los ojos de cada uno de los asistentes! Y tres o cuatro (¿chorritos?) sobre la excepcional totalidad perimetral de la presencia ectoplásmica del administrador. ¡Sí! ¡El señor gestor! ¡El señor gestor! Un gestor gestiona. Un administrador administra. Los vecinos se quejan porque no comprenden una puta mierda y yo… Ácido. ¡Me siento como si fuera de ácido! C20H25N3O en cuadrados de papel secante. He follado con Dios en colores. Luego he dejado que me hiciera un fist fucking con el puño y parte del brazo celestial. La bajada ha sido suave, pero solo porque no he mamado whisky y speed a partes iguales. Me duele el culo, pero me siento satisfecho. ¡No todos los días puedo dejarme penetrar por Dios! ¡Me siento como si fuera de ácido! Me siento como si yo fuera tú, y tú fueras él, y él no existiese, por lo menos en presencia de irreconocibles desconocidos. ¿Entiendes lo que quiero decir? ¡Mírame! ¡Quítate las jodidas gafas! Te presento al ser supremo, creador de los orinales y las bacinillas. ¡Joder, creo que voy a vomitar! ¿Dónde está el administrador?  ¡Sí! ¡El señor gestor! ¡El señor gestor! Quiero vomitar encima de su jactancia. ¡Gallardo y ufano, ya no me pone! Solo me excita la barba blanca de algunas de las deidades que fueron creadas para sufragar los gastos que implican mantener la fe. ¡Quiero follarme a los ángeles! ¡Y a los arcángeles! Pero no a todos. ¡Solo a Gabriel, Rafael, Uriel y Carmencita! Quiero comportarme como un verdadero chico malo  mientras sigo sintiéndome de… ácido. ¡Me siento como si fuera de ácido! ¡Me siento como si fuera de ácido! ¿Te he dicho que me siento como si fuera de ácido?

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