noviembre 2020

Email del 31 de noviembre 2020

 

Daniel Richter. Delirium tremens (1996)

Amiga:

Cada vez que bebo despierto más alejado de la realidad…

Arrostré enormes dificultades para que mi amante, Paquita «la Ita», pudiera ser incardinada en el grupito que iba a salir en la instantánea. Mientras todos posaban con sus sonrisas más desquiciadas y el fotógrafo se lamentaba mirando al cielo con rostro lastimero, yo me alejé hacia la lontananza. Una vez distanciado lo suficiente me senté junto a un muro y me dispuse a hacer una de las pocas cosas que detestaba, es decir, esperar. Desde esa distancia podía contemplar al grupo y al retratista convertidos en puntitos poco enfocados, así que decidí contar los vanos exteriores del edificio de enfrente para no aburrirme demasiado. Sin embargo pronto reparé en algo que parecía un texto garabateado torpemente. Me acerqué con un par de graciosas zancadas y después de limpiar mis lentes con la parte inferior de la camisa leí el grafito:

«Quien lo desee, podrá denunciar a la persona que viva o fije su morada en una tumba».

Todavía estaba intentando descifrar qué diantres querría decir la jodida frase cuando escuché algo semejante al gruñido de un úrsido. Como sabía que en ese barrio -y en cualquier otro barrio de la ciudad- no habitaban osos me pareció un sonido engañoso y me giré para contemplar quién cojones lo producía. 

El tipo parecía un zombi de película de serie z, sin embargo acertó de lleno al morderme el cuello. Mi sangre comenzó a salir como un chorro de vino tinto cuando se agujerea un tonel con una piocha. Procuré zafarme del muerto viviente o bestia infrahumana y al final pude romperle el cuello con mis poderosas manos. Mientras intentaba pedir ayuda a los puntitos desenfocados agitando ambos brazos reparé en que mi pene se retorcía como si fuera un ratoncillo atrapado en una jaula diseñada para albergar un zunzuncito. Al cabo de unos pocos segundos tuve lo que solo se podría calificar como una erección zómbica que desgarró mi pantalón de Shein y mi calzoncillo de Alcampo.

Lo que sucedió a continuación es confuso. Recuerdo al fotógrafo devorando las vísceras de Paquita «la Ita» y poco más… 

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Email del 25 de noviembre 2020

 

Luigi Nanni. L’Idiota (XXI century)

Reflexiones sobre algunos imbéciles. Parte I

El impregnado manuscrito descansaba sobre la mesa de madera lacada. Resalto esto último porque en aquella casa extraordinariamente húmeda la mayor parte de los muebles lucían sin barnizar. No en balde llamaban a su propietario Jonás Gilberte de Soberron, alias «el Antiesmalte». Jonás había comenzado a escribir a mano su biografía, a la que había titulado Empapamiento, hacía unos pocos meses, y aunque todavía no la había finiquitado se sentía muy orgulloso de sí mismo y de su innata capacidad para recordar cualquier cosa relacionada con la higrometría. Según se comentaba entre su círculo de amistades, Jonás era incluso capaz de evocar lo que sintió en el mismo instante que salió del húmedo vientre materno y tuvo que enfrentarse con una toalla áspera y reseca. 

Aquel día -me refiero al ultimo día en la vida de Jonás- transcurrió con absoluta normalidad. Se despertó a las nueve, desayunó sobre las diez. A las once y pico se puso a tocar su Framus Riviera 5/54 del 67 y no terminó hasta las dos del medio día de rasguear las cuerdas. Luego comió, se hizo una paja y desapareció. El experto en evanescencias y enigmas sin resolver, Eladio Iscla, mantiene que su cuerpo se desintegró debido a un extraordinario y extra-terrenal O. C. (orgasmo cósmico). Desde que sucedió su, ejem, evaporación, ninguno de sus amigos y conocidos se ha sentido a gusto tomando una reconfortante ducha o dándose un buen baño con sales de epsom o magnesio. El vaho, el vapor, el rocío, la lluvia, y en general cualquier fenómeno húmido casi siempre termina por recordarles las risotadas caballunas de Jonás cuando se carcajeaba de cualquier hecho que tuviera poca gracia, por supuesto, higroscópicamente hablando.

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Email del 24 de noviembre 2020

 

Friedensreich Hundertwasser. Le grand chemin (1955)

Mi sentido de la propiocepción debe estar de vacaciones en Vantablackland o algún lugar con igual insuficiencia lumínica, pues desde hace un tiempo fracasa estrepitosamente en cada una de sus razonables pretensiones. Todo comenzó el día que asistí a un seminario nacional sobre la soledad existencial producida por el insomnio. Recuerdo que en una de las pausas regladas por la organización decidí entrar en uno de los aseos dispuesto a mirar mi reflejo en el espejo fabricado por el señor G y su ayudante L. Según se especificaba en el apartado C de la hoja de ruta diseñada por los insignes F, M y P, miembros del concejo colectivo, dicho espejo y su particularidad cuasi cósmica, pues no creo que se pueda llamar de otra manera a una luna cristalina que refleja las imágenes de cada uno de forma grotesca y vacías de toda subjetividad hipostásica, fueron diseñadas con la única pretensión objetiva de proporcionar a los asociados, afiliados e invitados egregios, una sensación profunda acerca de lo que es, o por lo menos, debería ser, según los cánones establecidos en anteriores reuniones, la sofocante y absoluta Nada. 

Cuando salí del «aseo de los reflejos condicionados», como a partir de entonces denominé a ese martirio desapasionante, sentí la necesidad imperiosa de regocijarme con cada una de las imágenes excrementales en forma de orla que pendían gravitatoriamente sobre las cabezas del resto de asistentes, contertulios y ponentes. Porque, aunque yo era el único que podía observarlas o diferenciarlas, y no se trataba de un proceso esquizofrénico o paranoico, sino una especie de estado inductor de una percepción absoluta avasallante, todos sentían que algo les presionaba desde la parte superior del cráneo hacia abajo, como si de una fuerza irracional y desmedida se tratase. 

Al final comprendimos que todo era otro jodido sueño del maldito borracho protagonista del email del 14 de noviembre de este mismo año y nos felicitamos efusivamente por la actuación. Algunos incluso se dieron palmaditas a sí mismos mientras prometían que en la próxima cabezada lo harían incluso mejor. 

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Email del 15 de noviembre 2020

 

Vincent van Gogh. Man writing facing left (1881)

Querida amiga:

Si no tienes nada importante que hacer, por favor, lee el siguiente párrafo de mi próxima narración corta.

Estilístico Zarapico tenía mucho sentido del humor, ¡sentado! Mientras permanecía de pie era más bien un tipo triste, mustio y sin chispa. Por eso su mujer, Distinciosa Pruñonosa, nunca, o casi nunca, le permitía adoptar una postura erguida. Al principio de su relación la cosa resultó bastante sencilla. Algunos amigos y vecinos de la pareja sostienen que Estilístico siempre estaba sentado por amor, es decir, por hacer caso a Distinciosa, y que las pocas veces que se le podía ver de pie era cuando ella no se encontraba en el apartamento. Pero todo cambió con el paso del tiempo, esa terrible magnitud física degradante y opresiva. Lo que antes había sido pasión se transformó en frialdad y odio. Siempre que estaban juntos en una misma estancia, Estilístico se las arreglaba para permanecer derecho, a veces incluso se tenía que apoyar en los muebles o sobre alguna de las paredes laboriosamente estucadas. Distinciosa solía hacer de tripas corazón, pero a menudo estallaba restregándole su nula gracia y su extinta jovialidad. 
Si te ha gustado y deseas conocer el nudo y desenlace tendrás que joderte, pues ni yo mismo tengo la más ligera idea. ¡La creación artística es como la grifería de un bidé! 
(En realidad no sé qué diantres tiene que ver la creación artística con un lavabo íntimo, pero tenía que finalizar este email de alguna manera).

Greg

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Email del 14 de noviembre 2020

 

Friedensreich Hundertwasser. The right to dream (1987)

Los reflejos de la luz que entraban por la ventana se transformaron en algo semejante a un bailarín de Butoh huyendo de la impermanencia subliminal, casi atávica. Cuando me levanté de la cama, lo primero que hice fue maldecirme a mí mismo por haber arrojado las cortinas por la misma ventana el día anterior. Sin embargo una desequilibrada idea me taladró la cabeza: entraría por la fuerza en casa de mis vecinos, los asesinaría a todos, incluido al periquito, y robaría sus cortinajes. Si no lo hice fue porque de repente me di cuenta de que ni yo, ni los vecinos, ni el perico, y mucho menos las cortinas de los cojones, existíamos. Se trataba de un caso bastante elemental de sueño de ebrio. Algún jodido dipsomaniaco se encontraba durmiendo la mona e imaginando personajes que en realidad no existían. Cuando reparé en la injusticia existencial a la que se nos sometía a los protagonistas del jodido sueño, sobre todo a mí y a los pretendidos vecinos -el psitácido no contaba, pues era parte de lo que podríamos definir como daños colaterales de la ficción- decidí que ya había tenido bastante e invoqué al Gran Cuat-rrem (no confundir con cuatrirreme) y su brazo ejecutor Quin-rrem (no confundir con quinquerreme), ambos, azotes de los dosdosdos (mamados intoxicados y alucinados). Pero no sucedió absolutamente nada. Supongo que ambos exterminadores tampoco existían y no eran más que unos putos personajes de mi propio sueño dentro del sueño del maldito borracho. 

 

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Email del 13 de noviembre 2020

 

Vita Schagen. Coca-Cola (2018)

Querida:

Mi desaliento es incoercible y a menudo está causado por una plétora existencial. Incluso tras varios días de paralización emocional, me siento tan indefenso como un perro que ha sido obligado por sus protectores a dar la patita a un espectro. Y mientras intento imaginar una continuación apresurada a ese letargo ornado, recamado, cincelado y engalanado con tristeza, escepticismo y desconfianza, mi cuerpo atiborrado de átomos de hidrógeno homogéneos se desintegra como una figura de origami en manos de un cuadrumano incorrectamente adiestrado.

Por esa razón, y por otras muchas, gemebundas y francamente jeremíacas, he decidido dejar de beber Coca-Cola Zero. 

Greg

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Email del 11 de noviembre 2020

 

Alfred Jensen. The apex is nothing (1960)

Querida: 

Hace algunos años diseñé una almorrana que funcionaba a control remoto. Fabriqué cuatro prototipos que presenté en diversos holdings dedicados a la juguetería, pero fui rechazado sin contemplaciones. Me llamaron enfermo. Me llamaron demente y excéntrico. Me llamaron sicofanta teratológico. Y fui humillado. Y fui menospreciado y sometido. Y acabaron emasculando mi gurruño.
 
Aunque ha pasado un decalustro, todavía sigo preguntándome por qué me llamaron enfermo, demente, excéntrico y sicofanta teratológico. Y cuál fue la razón que les llevó a humillarme, menospreciarme, someterme y enmascular a mi gurruño.

Greg  

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Email del 10 de noviembre 2020

Edouard Manet. The spanish singer (1860)

 

Amiga mía:
Llevo toda la tarde canturreando algo así:
Ta, tararará, tararará, ta ta ta.
Ta, tararará, tararará, ta ta ta.
Tararará, ta ta ta.
Tararará, ta ta ta.
Tararará, ta ta ta.
Ta ta ta, ta ta ta, ta ta ta.
Ta.
Como al final ha terminado gustándome lo he titulado Tatás y tarararás en cloisonné.
Greg
P.S.
Podía haber entonado lo mismo con ayayays en lugar de tarararás, pero estoy completamente seguro de que algunos lectores del blog podrían haberlo confundido con orgasmos.

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Email del 8 de noviembre 2020

 

Mikalojus Konstantinas Ciurlionis. Truth (1905)

Querida:

¡He mezclado verdades con mentiras! En una ocasión intenté mezclar verdades con palitos de cangrejo y la cosa no funcionó, aunque acabé comiéndome los palitos uno a uno mientras las verdades huían aterradas por el conducto de la ventilación. Quizá te preguntes cuál ha sido la razón que me ha impulsado, sobre todo a mi edad, a mezclar ambas proposiciones. La respuesta es sencilla: no ha habido ninguna razón. Lo he hecho porque he sentido la necesidad de hacerlo. ¡Y punto! Por eso he escogido verdades indefinidas, mentiras modificadas y filigranas desgastadas. Con las primeras he tejido un gran manto inveterado, con las segundas he desgarrado el mismo manto inveterado, mientras que con las filigranas he intentado disimular las tres horas y media invertidas en la operación. Luego, tras relamerme la herida, me he sentado sobre un chusco sin mezcla que llevaba aparcado en la silla desde esta mañana y he sentido que verdaderamente yo soy yo, pero no el yo que tú y otros conocen, sino un yo diferente y circunstancial al que le ha estado vetado durante lustros sentirse a sí mismo. 

Lo más increíble de todo es que mientras me sentía a mí mismo también me he sentido a sí mismo. Y de la misma manera que me sentí el día que intenté parecerme a los demás, hace hoy año y medio. No me entiendas mal. Me importan una puta mierda los demás, ya lo sabes, pero en ocasiones es placentero convertirse en algo que se desprecia, sobre todo si uno conoce hasta donde puede llegar. Dicho lo dicho, voy a tratar de explicarte algo más: no solo me importan una puta mierda los demás, sino que de la misma manera me importa una puta mierda todo lo que pueda sucederles, tanto a ellos como a sus familiares y a sus mascotas. Y a las mascotas de las mascotas, es decir, a los parásitos externos e internos (pulgas, garrapatas, tricúridos y anquilostomas).  

Hay una mentira sobre la alfombra turca adquirida en Castellón. Puede que se me cayera cuando hice la mezcla. O puede que haya aparecido para vengar a sus coterráneas. En ese caso se trataría de una alfombra superhéroe. Está claro que ese tejido desconoce mi aborrecimiento por las alfombras admiradas por sus proezas. En el armario empotrado del recibidor guardo un cubo de hojalata repleto de defecaciones y semideyecciones guardado por si algún día ocurría lo que acaba de ocurrir. Es cuestión de tiempo que todas las moscas y tábanos del barrio entren por la ventana a apurar el grandioso banquete. Mientras medito la forma de proceder, voy a ponerme en contacto con Alfonsico, mi neurólogo maño afásico, aplásico y litiásico. ¡Y protanómalo!

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Email del 2 de noviembre 2020

 

Vasily Vereshchagin. Politicians in opium shop (1870)

Amiga:

Dios nos odia a todos. A mí, como ateo, apóstata y fabricante de pantáculos de juguete indicados para niños de dos a cinco años, me la suda hasta extremos imponderables. Pero conozco a algunos cenutrios y badulaques que se sienten impotentes porque han pasado de considerarse los agraciados y amorosos borregos de esa divinidad venida a menos a unas simples cacas amarillentas y resecas. Es lo que tiene el paso inexorable del tiempo. Está bien que cualquier imbécil espiritual se sienta totalmente libre abriéndose de mente (en ocasiones incluso de  piernas) ante lo que otros más imbéciles (espiritualmente, of course) todavía denominan «dimensión profunda», pero de ahí a que intenten pregonar sus propias patrañas quebradizamente manufacturadas por medio del mensaje político adulterado, existe una escandalosa e inaceptable brecha. 

Tengo un amigo que lo resume de otra manera: «os voy a matar a todos, fascistas hijos de puta». Por supuesto mis ideas están bastante alejadas de las de este tipo. El quiere matar. Matando se mata a sí mismo. Yo quiero que todos los fascistas padezcan colitis isquémicas o ulcerosas durante la mitad de sus autoritarias existencias. Claro que si mi conocido se mata a sí mismo por querer matar, entonces yo me condeno a sufrir alguna de esas malditas enfermedades del jodido colon. Bueno, supongo que ya nunca podré meterme una berenjena por el… 

Dicen que Dios es la irradiación del gozo de los sentidos. Cada vez que escucho esa o alguna pamema parecida, mi polla se humedece y termina empalmándose hasta triplicar el tamaño de los panes y de los peces. Lo mismo me sucede cuando algún politicucho soberbio, arrogante y con la jeta vestida con una barba negra y repugnante invoca a don Pelayo para reivindicar su antediluviana visión de España, ese país que, como tal, nunca ha existido. Spain (AKA torero y olé) es una amalgama de pequeños países conjuntados a la fuerza con la inestimable ayudita de ese Dios intransigente y sus innumerables permisiones divinas. 

En realidad he llegado a un punto en el que todo me importa una mierda. 

Greg

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