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| No importa ni el título ni el autor, pues este cuadro es una putísima mierda (¿eterna?) |
Cuando le preguntaron a Yahveh Pérez cuál era la razón por la que decidió abrir las puertas, él simplemente contestó que porque estaban cerradas. Luego añadió «yo soy Yahveh Pérez, la imagen de la percepción, la sensación de placer inhibido, ese influjo nervioso semejante a un polímero de emociones mecánicas y recuerdos inconscientes. Y justo por ser quien soy, en realidad no soy porque no estoy. Sí, acabo de abrir la puerta. ¿Es necesario explicar las razones? ¿Acaso no sois capaces de escuchar el chisporroteo abyecto e infame que produce la lluvia cuando penetra en el interior de mi cabeza? Hermanos, acercaos. ¿No comprendéis que…? Oh, ¡Padre! Estoy llegando a ese puntito en el que ya no me atengo a teorías manufacturadas o manipulaciones discursivas que de una u otra manera transforman y transfiguran cualquier deseo nostálgico, cualquier imposibilidad exhalada en el aire, en impulsos erráticos escrupulosamente patológicos de inspiración claramente demoniaca».
Tras sonreír a cada uno de nosotros, Yahveh Pérez desapareció. Mientras la mayor parte de sus adeptos nos dirigíamos a ofrecer dos litros de leche de burra por cabeza al monumento que solemnizaba a la familia Pérez, alguien comentó que quizá la evaporación instantánea de Yahveh había sido producida gracias al anillo mágico de Giges. Pero como en esos instantes no estábamos para resoluciones platónicas, decidimos obviar el comentario y comenzamos a canturrear la Oda 24 perteneciente a la serie XI de los Cánticos Armónicos y Espirituales compuestos por el propio Yahveh Pérez en conmemoración de su propio ser.
