Todo está cambiando. En realidad lleva sesenta años haciéndolo. Los mismos que tengo yo. Es posible que el proceso comenzara mucho antes, por lo menos eso me dicen los que son todavía mas viejos. Sin embargo, estoy convencido de que de alguna extraña manera estamos entrando en el ciclo final. Muchas son las evidencias que me indican que TODO va a estallar. Por si acaso he tomado algunas precauciones y desde el presente email le insto a que haga lo mismo. ¡Haga algo! ¡Prepárese de la mejor manera posible!
Suyo,
Señor Tanatosis
Querido Tanatosis:
Siempre he pensado que sería totalmente lícito desjarretar o emascular a cualquiera que se atreviese a darme un consejo, por muy maravilloso que este llegara a ser. Sin embargo, usted, uno de mis últimos y más queridos amigos, posiblemente anatematizado por algún funesto designio me ha instado a que haga algo de la mejor manera posible. Pues lo acabo de hacer: he producido un sonido opaco estridulando la tuberosidad isquiática de ambas nalgas. Aunque dudo de que mi experimento, carnoso y redondeado, llegue a ser apreciado por alguien, en realidad se lo debo a usted. Ahora hágame caso a mí: ¡no se tome la existencia tan a pecho! Siempre, desde que el primer mono consiguió erguirse, todo lo referente al ser humano y sus misterios, conductas distanciativas incluidas, ha sido analizado hasta la saciedad, y me atrevería añadir, si usted me lo permite, que inútilmente. Siga con su vida y no mire hacia atrás.
He estado releyendo algunos de sus correos electrónicos del pasado, cuando todavía era feliz. ¿Recuerda lo ilusionado que se encontraba con su diseño de enderezador lingual? ¿Y qué me dice de su extraordinario rascador fosorial proyectado para mejorar la vida de los topos discapacitados? Por favor, amigo mío, no se deje llevar. Sí, lo sé… ¡todo es una mierda! Pero de momento es la única mierda que conocemos.
Suyo también,
Señor Mortadela
Hola de nuevo, señor Mortadela:
En su último correo me habla usted, desde luego sin venir a cuento, del apego evitativo. De verdad, creo que lleva demasiado tiempo alimentándose de mortadela ibérica. A menudo, después de leerle, me siento como cuando vi por primera vez uno de esos videos que circulaban por la red donde aparentemente Fidel Castro se masturbaba mientras especulaba sobre el anilingus. ¿O era sobre el cocomordan? Sí, ya sé que la comparación es forzada, pero no se me ocurre ninguna otra manera de expresar mi turbación. ¿De verdad cree usted que cuando diseñé tanto el enderezador de pezones (y no de lenguas, tal como usted refiere) o el rascador fosorial yo era un tipo feliz? Déjeme que le diga un par de cosas: odio los pezones y siento un asco legítimo por los topos. También odio las palabras bifrontes y los palíndromos. Y los cuencos antiguos. Y los numerosos nombres que se le han dado a la Diosa Mujer en las civilizaciones sucesivas. ¡Demeter! ¡Perséfone! ¡Neith! Cibeles! ¡Cotio! !Ngame! ¡Danú! Pero ojo, eso no implica que odie a las mujeres. Quizá si usted fuera una mujer comprendería lo que llevo días tratando de explicarle: ¡todo lo que somos y conocemos va a implosionar!
Le desea máxima felicidad,
Señor Tana, antes conocido como señor Tanatosis
Apreciadísimo señor Tana:
¡Una vez asistí a una implosión! Uno de mis más húmedos sueños explotó hacia dentro mientras dormitaba. Cuando me recompuse y busqué el botijo, lo encontré colgado de un almendro. Desconozco si era el mismo almendro que hacía sombra a Eloísa. Yo estaba seguro que lo había dejado apoyado en una roca que se hallaba aproximadamente a siete metros y medio de uno de los lados de la era de trilla. Sí, sucedió en mi pueblo cuando era un crío. Desde entonces, siempre he deseado ver un estallido refulgente. ¡Por favor, avíseme media hora antes de que este ocurra!
Suyo, aunque cada vez menos,
Signore Mortadella
Mortadelo:
O Mortadella. O mortadela boloñesa. O como quiera hacerse llamar hoy. ¿Recuerda cuando decidimos no darnos los nombres? Usted me escribió que deseaba llamarse señor Ajillo, a lo que le respondí que dada mi condición de ajofóbico debería reconsiderar su mote. Entonces usted propuso a la mortadela, que aunque lleva ajo entre sus ingredientes, me pareció una mejor alternativa. Yo entonces me bauticé como señor Fimosis, pero a usted le desagradó desde el principio y me aseguró que si no me cambiaba el sobrenombre jamás interactuaría textualmente conmigo. De señor Fimosis pasé a señor Tanatosis. Y todos quedamos contentos. Por lo menos durante un tiempo. Lo mismo sucedió con nuestras ideas propias, con nuestras disquisiciones. Quiero decir, no sé como explicárselo. Verá… usted ha pasado de ser un tipo indiferente a convertirse en algo semejante a una vieja quisquillosa y autoritaria. Ya no me reconforta seguir con nuestro intercambio epistolar electrónico. Lo enviaría a la porra si no fuera consciente de que en la porra vive mucha otra gente que no tiene ninguna culpa.
Suyo, mientras clavo alfileres sobre un muñeco de trapo,
Señor Fimosis
Señor Fimosis:
Me encantaría su prepucio si fuera un matasanos. Como de momento solo soy un exinhumano, prefiero que envíe este (su prepucio) a los herederos del señor Josef Mengele.
Le saluda con afecto,
Señor Ajillo Tradicional