1-Etnia. Cada día se hacen más de 7000 llamadas por medio del tam-tam en la tribu sudafricana de los Ushasha. De ese centenar, un poco menos de la cuarta parte comunican y los emisores tienen que volver a golpear los tambores una o dos veces más para poder conversar con los receptores. Por supuesto, algunas de esas llamadas son equivocaciones y muchos de los que las reciben suelen enviar a la cueva negra a los que las hacen. La cueva negra es uno de los insultos más horribles que un ushashés puede gritar a otro y solo se permite enviar a ese lugar a alguien si después del improperio se sacrifica una vaca, tres ovejas o nueve zumlans (una especie de ratoncillo zambullidor que siempre está enfadado) a Mandiana, la diosa de los denuestos y los oprobios. Fue en esa aldea casi perdida donde conocí y trabé amistad con el estereotómico hombre Ulahla Sinlahla. Y fue en su choza compartida donde talló mi perfil derecho a partir de un viejo tocón de iroko.
Durante los cinco años que pasé con los Ushashas, y sobre todo con el estereotómico hombre Ulahla Sinlahla, jamás llegué a sentirme solo. Me refiero a solo por dentro, esa infame sensación que poco a poco se transforma en una mano fuerte y aguerrida que te estrangula y que los médicos occidentales definen como ansiedad. Sin embargo tuve que sufrir varias veces de dolorosas purgaciones que me curé con una especie de crema verdiamarilla que el hechicero elaboraba con encéfalos anuros.
2-Piña colada (o el cordero de Dios). Me colé en la casa de los Azúa. Luego me colé en la de los Martínez y en la de los Cleese, los ingleses que habían arrendado el hogar de los Altamira. Durante tres años me colé en casi todas las casas de mi barrio, aunque nunca robé nada. La verdad es que lo hacía por el subidón de adrenalina que experimentaba al hacer algo prohibido y que me permitía sentirme vivo. Cuando me cansé de colarme en domicilios, y eso sucedió en mayo, comencé a colarme en tanatorios y en coches fúnebres. Y en septiembre me colé por primera vez en la cama de un ministro sin que ni él ni su mujer repararan en ello. Para diciembre ya me había colado en los catres de todos los ministros y ministrables pertenecientes al partido que gobernaba en aquella época y a menudo sentía que debía llegar más lejos. Por esa razón me colé en el aseo de un miembro de la realeza en el momento justo en que se ponía un enema. La visión me trastornó y decidí prepararme para colarme dentro del hipotético cuerpo de Dios Padre, creador del universo y adorado por más de 2.920 millones de borregos.
3-Greg gravis est scriptor (o el cordero de Dios, parte II). Mientras trataba de dilucidar si soy un mero calandrajo o simplemente una rara avis, preparada y dinámica, noté como alguien me respiraba en el cogote. En seguida supe quien era, pues aquel olor nauseabundo similar al que emite la cerveza mezclada con orina solo podía corresponder a Fuencisla, la dipsómana del suburbio. Cuando me di la vuelta para celebrar triunfalmente mi inteligencia imaginativa me llevé un chasco, pues en frente se encontraba el espectro de Poncio Pilatos asaz malhumorado que me sentenció a morir crucificado.
Recuerdo con cariño ambos maderos de tilo atravesados, y a los cuatro legionarios, pertenecientes a la misma cohorte, que me clavaron por las extremidades. Y recuerdo que me entraron unas tremendas ganas de hacer de vientre, así que los soldados me desclavaron y me permitieron graciosamente hacer mis necesidades detrás de un olivo joven. Por supuesto, cuando acabé volvieron a clavarme y situaron la cruz en lo alto de la loma. El resto es historia.
4-Nolo contendere. Me encontraba como pez en el agua rodeado de mujeres desnudas. De pronto, a cada una de esas mujeres sin ropa les empezaron a crecer bigotes y barbas, les desaparecieron los pechos y sus sexos cambiaron drásticamente. Ya no me encontraba como un pez en el agua, sino como Tiburcio García, mi compadre hiperheterosexual que falleció debido a un ataque repentino y fulminante de hombría. Mi primer impulso fue transformarme en mujer para así hacer más llevadera esa cadena de alteraciones, pero al final me decanté por cambiar el sueño.
Ahora estaba tumbado sobre tres metros cuadrados de tarlatana que me proporcionaban un descanso suave y mullido. Nada me importaba. La luz del sol entraba por las ventanas, convirtiendo mi absoluta relajación en una especie de liturgia solemne. De repente se abrió la puerta y entraron todas las mujeres transformadas en hombres del sueño anterior y me jodieron una vez más la fantasía.
5-Microalgodón. A veces siento ganas de mandar todo al carajo, pero si tiro la toalla tengo que secarme las manos en la camisa. Por más que intento no permanecer siempre en el mismo lugar, termino estando siempre allí, siempre allí, siempre allí. Y allí no puedo esforzarme para demostrar lo que soy o no soy a nadie, porque allí solo estoy yo, desprovisto de cualquier vestigio de cordura. La locura nunca ha sido una elección personal, pero allí es una responsabilidad y una necesidad crucial. Allí no existen las disimilitudes, pero tampoco las afinidades, las correlaciones, solo ese multicolor fuego cósmico que se asemeja a una farsa perfectamente elaborada. Pero no creas que me siento aherrojado allí. No creas que mis propósitos inherentes se desarticulan allí. No creas todas las estupideces racionales que estás acostumbrada a honrar, porque allí ni siquiera puedo reconocer la imagen distorsionada que tengo de mí cuando no estoy allí, aunque incluso cuando no estoy allí, sigo estando allí. Nadie que no haya estado allí puede comprender lo que quiero decir. Ni siquiera algunos que han estado allí.
Un laboratorio independiente confirmó que yo había estado allí. Al principio nadie creía que mi permanencia allí había sido la causante de mi cambio radical, pero al final no tuvieron más remedio que creer la notificación general sellada y timbrada. Algunos dicen que estaba lacrada. Otros que solo estaba precintada. Sin embargo, la mitad del total parcial que creían firmemente en el comunicado sellado me preguntaron por qué razón ya no seguía allí. Uno fue más lejos y me preguntó por qué cojones estaba aquí y no en cualquier otra parte. Un niño incluso me orinó en los zapatos. Mis respuestas siempre eran las mismas, aunque no recuerdo cuáles fueron. Supongo que me limitaría a gritar que allí nadie puede decidir sobre su permanencia o alguna tontería parecida. Pero si quieres que te sea sincero, absolutamente sincero, aquí todo se desvía de lo natural y allí lo natural es gratis.
En realidad lo peor casi siempre suele ser lo mejor. Pero hasta el momento en que algún ser más inteligente que todos nosotros y procedente de otra galaxia muy muy muy lejana nos regale o venda a buen precio alguna especie de instrumento o utensilio medidor que nos indique que lo que es mejor es ciertamente mejor y lo que parece peor es con toda probabilidad peor, no seremos capaces de distinguir entre ambos términos. Mientras eso sucede, yo me dedico a regar aproximadamente una vez a la semana -y siempre desde arriba- todos los ejemplares que poseo de Pilea peperomioides, releer una y otra vez Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski (en la traducción de José Fernández), tocar mis 26 guitarras acústicas (y los cinco ukeleles) y escuchar las Gymnopedie 1 y 3 de Erik Satie. A veces, si me sobra un poco de tiempo, intento practicar las asanas Maksikanagasana, Vrksasana, Ganda Bherundasana y Achilipú a pu a pu.
Y aunque creo que soy demasiado viejo para llegar a ese punto en el que uno mismo se permite el lujo de mandar todo lo que conoce y a todos a los que conoce al jodido carajo o a la puta mierda (lo que esté mas lejos), he decidido seguir escribiendo los peores textos que sea capaz de concebir. Ya sabes: nosotros escribimos, nosotros decidimos.
SEGUNDA PARTE.
Para jorobarte un poco te voy a transcribir a continuación una serie de pequeñas meditaciones que fueron garrapateadas para este blog y que por un motivo u otro nunca me decidí a postear. Las razones por las cuales nunca las publiqué son meramente demenciales, es decir, debido a la demencia senil que creo que me afecta. Lo que está claro es que no tienen nada que ver con lo que algunos anafrodisiacos sin aprisco donde cobijarse llamarían «excusa autobiográfica». Si me he decidido a hacerlas públicas hoy es porque todas tocan temas sexuales de una forma u otra, y hoy tengo un día repleto de lascivia reprimida. ¡Pero sobre todo, porque odio tirar párrafos enteros a la papelera de reciclaje!
1 Tengo una jofaina. Cuando la utilizo para tirarme agua por encima de la cabeza sé. ¿Qué es lo que sé? No sé. Pero sé. ¡Te lo aseguro! Es muy extraño. Sin embargo cuando en lugar de la jofaina utilizo un jarrón de plástico, un vaso o cualquier otro recipiente, entonces no sé. ¿Qué es lo que no sé? Pues si sé o no sé. Saber que sé o que no sé es algo que me produce cierta indisposición protuberante o mamaria. Quiero decir, cuando eso me sucede, cuando sé que sé o que no sé, me resulta imposible ser amamantado. Sin embargo las mujeres a las que pago para ese fin tienen que cobrar sus honorarios.
2 Descubrí que era capaz de estimular -a distancia- el clítoris de cualquier mujer, o lo que es lo mismo, por medio del poder sin límites de mi mente, cuando tenía unos 20 años. Desde entonces lo practico a menudo y cada vez lo hago mejor. Lo que más me satisface de mis extraordinarios poderes es tener la posibilidad de proporcionar grandes orgasmos en el momento menos esperado. Es posible que sea un poco gamberro, no lo discuto, pero me encanta observar la cara que ponen las víctimas agraciadas mientras están hablando con los amigos, paseando por la calle o comprando kiwis en Mercadona. Solo una vez me pasé de la raya. Sucedió hace un año. Por alguna razón que desconozco le proporcioné a una señora de unos 45 años una cantidad indeterminada de orgasmos continuados (creo que 37) mientras tomaba un café con leche -o quizá un cortado de máquina- en una cafetería. ¿El resultado? Un rostro mas feliz que el de un quokka. ¿Se puede pedir más? Deberían otorgarme el premio al trabajador del año, sin embargo la poli comienza a sospechar que detrás del aumento descontrolado de espasmos orgásmicos en el barrio de Benimaclet se oculta algo muy muy turbio.
3 Cuando era un niño bastante pequeñajo le toqué su cosita a una niña también muy pequeñaja que era mi vecinita. Se la toqué dos veces porque sólo sabía contar hasta ese número. Ella a su vez me tocó mi cosa cinco veces. Estaba claro que ella era más inteligente a pesar de tener ambos la misma edad. Dos décadas después volvimos a encontrarnos por casualidad, nos hicimos amigos y amantes y le volví a tocar su cosita 37 veces en la primera sesión amatoria. Estaba claro que había avanzado mucho con las matemáticas. Sin embargo ella, en lugar de devolverme el tocamiento en un número similar o superior, me miró a los ojos y me dijo que no sabía tocar su cosita, que no hacía falta llegar a una cantidad tan desorbitada y que ella me enseñaría cómo se tocan esas cositas. Y me enseñó. Se tumbó sobre una alfombra y me enseñó. Se sentó sobre una silla y me enseñó. Se puso a hacer el pino y me enseñó. Luego se dio la vuelta y siguió enseñándome. Y al final aprendí tanto que acabé internado en un centro para el tratamiento y rehabilitación de la adicción al sexo. Allí permanecí cuatro meses hasta que me expulsaron por no intentar tocar la cosita de la esposa del director mientras este miraba y se excitaba. Ahora camino sin rumbo por las calles. Ya no me interesan las cositas, ni siquiera las cosas. ¿Sabes? Todo lo que existe, podamos o no verlo, son cosas.
4 Hace algunos años conocí a una chica a la cual le gustaba que le metiera por la vagina figuras de santos talladas en madera. No estoy de broma; ni siquiera tratando de ser grotesco. Es la pura verdad. Solíamos vernos los viernes y los sábados, por lo tanto todos los jueves acudía a una tienda donde vendían artículos religiosos y compraba una talla. El problema era que mi amiga no quería que repitiera nunca con un santo o una santa, así que llegué a convertirme en el mejor cliente de ese establecimiento. Cada vez que entraba por la puerta, el propietario salía de su despacho a recibirme mientras se santiguaba. Luego me invitaba a tomar un café casero que él mismo preparaba y me ponía al día sobre las ultimas noticias ecuménico-piadosas. Por supuesto él pensaba que yo era algo similar a un beato bonachón. Con el tiempo llegó un punto en que mi habitación parecía una iglesia. Un día intenté contar la cantidad de figuras e imaginería religiosa que tenía, pero no pude acabar pues perdí la cuenta cuando llegué al número 509. Pasaron un par de años y mi relación sacra-sexual con esa muchacha llegó a su fin. Un día mientras decidía qué cojones hacía con toda esa mierda mística de artesanía, se me ocurrió que quizá el tipo que me las vendió podría comprarlas otra vez a un precio más o menos comercial y de esa manera ganaríamos todos, así que me dirigí a su establecimiento y ante mi asombro se quedó toda la colección por un precio realmente justo. A día de hoy ignoro en qué hogares se encontrarán dichas esculturas. Lo único que puedo agregar es que nunca limpié ninguna de ellas aunque, afortunadamente, dicen que el flujo vaginal no huele una vez evaporado.
5 Yo siempre follé bien. Por esa razón cuando la fiscalía me acusó de ser un muermo sexual decidí saltar hacía los asientos donde se encontraban todas mis amantes para rogarles que retiraran las denuncias. Pero no pude llegar demasiado lejos, dos miembros de la Policía Judicial (que por cierto pertenecían al sexo femenino) me agarraron con fuerza de los brazos mientras la taquígrafa me arreaba una tremenda patada en los testículos y los espectadores aplaudían con vehemencia. Lo que todos ellos desconocían era que yo estaba allí para transformar sus existencias. Lo que sucedió a continuación es de una demencia tan absolutamente abrumadora que he decidido escribirlo en un documento anexo a éste y que sólo podrá ser examinado cuando libremente me diluya en ácido fluoroantimónico.
6 -¿Y yo quién soy en realidad? -Un farsante. -Pero si yo soy eso y tú eres yo…
Era muy guapo. Yo era muy guapo. O por lo menos eso decían las mujeres que me triplicaban en edad. Ahora, con 40 años más encima (y alrededor) soy bastante repelente. Sin embargo las mujeres que me triplican en edad no dicen que soy feo. Seguramente porque están muertas. Eso me quita un peso de encima. Todavía recuerdo cuando algunas de ellas me agarraban con fuerza de la nuca y dirigían mi rostro y mis labios a sus labios… inferiores. Ahora los únicos labios a los que puedo acceder son los que se reflejan en el espejo cuando me miro. Y en numerosas ocasiones están afeados con esas amenazadoras pupas que algunos denominan herpes labial, aunque no dejan de ser meras calenturas.
Corto una rodaja. Corto una rodaja de mi pene e imagino que es una hostia consagrada. La sujeto con ambas manos y con los brazos extendidos hacia el cielo mientras recito los salmos que mi abuela me enseñó a base de hostias sin consagrar. Eucaristía. Tabernáculo. Carne del Señor. El Señor soy yo. Y estoy aquí para atornillaros en el eje del propulsor del rotor perteneciente al succionador sacramental donde se guarda el verdadero Cuerpo de Cristo y la verdadera Sangre de Cristo. Del verdadero falso Cristo. Del Cristo pastor de borregos. Del Cristo al que tuve que sojuzgar. Sojuzgar. Sojuzgar para que todo lo que era antes volviera a ser después… tras… ¡Posteriormente! Todo sucedió en cuestión de segundos. Imaginé que como era tan fácil convencer a los idiotas y el mundo está tan lleno de idiotas… ¡Posteriormente! Adoro te devote, latens Deitas, quae sub his figuris vere latitas. ¡Jesús, creo que tengo una erección! ¿Una erección posterior?
Era muy hijo de puta. Yo era un grandísimo hijo de la gran puta. Ni siquiera me lavaba las manos después de mear. Ahora, varias décadas después sigo sin lavármelas y sin embargo soy un tipo mucho mejor. Pero no me gustaría que alguien pensase que soy un marrano, porque no es cierto. No me lavo las manos después de mear porque de esa manera cada vez que toco a otra persona es como si esa otra persona me hubiese tocado el pene. Y a mí, como hombre, como macho henchido de virilidad, me encanta que me lo toquen. Pero por algún motivo ya nadie me lo toca. Y si consigo que alguien me lo toque o me lo manosee, me cuesta una pasta. Una pasta de la que no puedo disponer sin antes emitir un pagaré. Y los pagarés que yo firmo casi siempre son un «no pagaré», por lo que con cierta frecuencia acabo en los hospitales católicos, donde las monjas canturrean salmodias mientras curan las enfermedades venéreas.
-¿Y tú quién eres en realidad? -Un farsante. -Pero si tú eres eso y yo soy tú…
De repente lo comprendí todo. Y la consecuencia de ese entendimiento fue que mi talante -hasta ese instante bastante estimulado gracias a ciertos alcaloides tropánicos- se transformó en profunda desesperación. Mientras trataba de trepar a la ventana para salir por ella hacia abajo, volví a comprender todo nuevamente. Fue como una especie de reseteo, así que decidí posponer el intento de terminar con la existencia y regresé a mi habitación. Nada más traspasar la puerta y sentarme sobre la cama, volví a comprender todo. Y a esa comprensión le sobrevinieron diecisiete comprensiones más. Al final de la jornada llegué a comprender tantas cosas que durante unos instantes me hice un lío tremendo con el entendimiento séptimo y el doceavo y a punto estuve de volver a trepar por la ventana para salir por ella hacia abajo.
La luz del nuevo día se filtró por las cortinas y aterrizó sobre mis ojos como un Boeing 747. Mientras trataba de cambiar de postura para no quedarme ciego, repasé para mis adentros cada una de las comprensiones del día anterior. ¡Menudo desastre! ¡Recordaba menos de la mitad! Me incorporé para ponerme los pantalones y me dirigí a la ventana. Estaba a punto de trepar por ella para salir hacia abajo, cuando de repente volví a comprender los entendimientos olvidados y 23 más que ni siquiera sabía que existían. Me sentí eufórico, así que cerré la ventana, me apoyé sobre una pared y traté de apuntar cada uno de esos entendimientos para que nunca se me olvidaran. Pero se me olvidó buscar papel y mientras trataba de dilucidar dónde escribir esas comprensiones sufrí un infarto de miocardio y fallecí.
Te escribo esto desde el otro mundo. En ese otro mundo, es decir, en este mundo en el que me encuentro ahora, no se necesita comprender nada, porque nada tiene sentido. Tampoco existen las ventanas, pues todo lo que se puede contemplar es como una gran ventana pero con un inmenso cierre de seguridad para que no nos caigamos hacia abajo. Dentro de 14 años, cuatro meses y veintitrés días morirás aplastada por una manada de ñus en Murcia. Te veré entonces y te enseñaré todas estas instalaciones. Hasta entonces, y con un sentimiento de positividad extrema, se despide de ti,
Un sonido delicadamente melodioso que me recordó al canto del uirapuru me despertó muy temprano. Lo primero que hice nada más levantarme de la cama fue intentar averiguar de dónde procedía. Abrí la ventana y saqué medio cuerpo fuera. Estaba claro que del silencio de la noche no, así que intenté seguir la epatante dulzura de ese sonido mientras recorría toda la casa, hasta que me di cuenta de que esa especie de trino se hallaba dentro de mi cabeza, junto a toda la mierda que procesaba diariamente mi cerebro.
Recuerdo como si fuera ayer que, mientras intentaba afeitarme, el trino se transformó en un gorjeo y un poco más tarde en un gorgorito. Mientras me hacía el desayuno el sonido se alteró drásticamente hasta acabar convertido en una ululación lastimera y cuando me vestí, una serie de chasquidos y crujidos que aumentaban brusca y enérgicamente amenazaban con resquebrajar mi cordura para siempre.
De repente recordé que en el cajón de los cubiertos de la cocina tenía un cuchillo filetero y una hachuela. Decidí que debía filetearme la garganta. ¡O por lo menos realizar una serie de cortes precisos en el cráneo! ¡En mi cráneo! Sabía que si fallaba con la trepanación acabaría ingresado en un manicomio escuchando ese sonido ignominioso e inestable y rebuznalmente alterable. Y por supuesto, a un sinnúmero de matasanos divagando sobre la etiología suicida del paciente Gregorio López.
DOCTOR 1: Creo que deberíamos dejar dopadísimo a este pobre chalado y feo de salud mental más que dudosa hasta que se nos ocurra algo… No sé… Cualquier cosa. Mientras, podríamos echar otra partidita al parchís. DOCTOR 2: ¡No, al parchís, no! ¡Siempre nos ganas tú! DOCTOR 3: Estoy de acuerdo con mi colega. ¿Por qué no damos la vuelta al tablero y jugamos a la Oca? ENFERMERA RUBIA OXIGENADA: Ustedes hagan lo que quieran. Yo me voy a comprar una negligé a Mercadona.
Mientras meditaba sobre el miedo interior y cada una de las extrañas formas que suele adoptar, reparé en que el jodido ruido había desaparecido dejando paso a un anuncio que ofertaba bolígrafos personalizados con leyenda a elegir. Ummmm. ¿Greg, el tipo que padece trastorno antisocial de la personalidad con rasgos psicopáticos? ¡Demasiado largo para que cupiera en el boli! ¿Gregory Pez is back in the toilet? ¡Demasiado antisocial y con ciertos rasgos psicopáticos!
DOCTOR 1: ¿Churro, mediamanga o mangotero?, adivina lo que tengo en el fregadero… DOCTOR 2: Será en el mortero… DOCTOR 3: ¡Sigo estando de acuerdo con mi colega! ¿Por qué no colgamos las batas y nos vamos a la cantina? ENFERMERA RUBIA OXIGENADA: Ustedes hagan lo que… YO: ¡Estoy harto! ¡Salgan de mis pensamientos! ¡Bastante tengo con los putos bolígrafos!
Recuerdo a mi madre, una mujer bella, amable y resignada. También recuerdo a mi padre y la verdad es que no sé por qué. Era un tarugo y supuraba malicia. Teníamos un perrito al que llamábamos Organus Maximus, pues iba siempre empalmado, y un periquito tartamudo. ¿Dónde estarán todos… ahora? Porque supongo que estarán aunque no sean. ¿Se puede estar sin ser? ¿Sin parecer? ¿Sin perecer? ¿Sin carecer? ¿Merecer? ¿Meretriz? Dorotea era una furcia. Cuando requería sus servicios siempre me cobraba una tasa Vectigal urinae. Sí, entonces me encantaba la lluvia dorada. Ahora sin embargo me cuesta tanto mear… Jodida próstata y jodido planeta me gustaría tanto traspasar ese círculo cromático no no hace falta
estar
loco
para cometer unaputalocuraporejemploesapersonaqueestaacuatropasosdemiyseapoyalapatasobresuotrapatacomosifueraunamalditacigueña adinamicaataxica en el interior de mi habitaci on on no estapermitido regoldar
Hace algunos años intenté escribir un libro sobre el suicidio. Durante un largo periodo de tiempo recogí datos que almacenaba sistemáticamente en una gaveta de mi despacho. Cuando el cajón estuvo tan repleto que incluso se hacía difícil cerrarlo sin la ayuda de una patada de karate, decidí de repente que el tema ya había sido tratado en numerosas ocasiones y que sería mejor escribir sobre los condicionantes subjetivos del aislamiento voluntario. De modo que un día cualquiera de un mes cualquiera, preparé una hoguera en mi terraza y quemé todos los datos que había recopilado. Al cabo de cinco o seis meses descubrí ocho folios traspapelados con algunas notas escritas por suicidas que se habían salvado milagrosamente de la pira.
Como mañana es el día de mi 61 cumpleaños, he decidido reunirlos en un solo texto que seguramente contiene frases que pueden afectar la sensibilidad de algunos mindundis y la casi mayoría de anatomopatólogos.
NOTA NÚMERO 1 SUJETO: Roberto Sánchez Quiles EDAD: 34 años PROFESIÓN: Maestro FORMA DE SUICIDIO: Ahorcamiento
A menudo pienso en la infatuación humana y en sus consecuencias omnímodas más onerosas y extremas. Intento razonar el cómo y el porqué de dicha conducta provocadora y excesiva, pero no soy capaz de llegar a una conclusión lógica. Y eso me sume en una especie de afasia ciclotímica de la que me cuesta demasiado liberarme. Mientras permanezco cautivo en esa ergástula patológica, cuyos muros están construidos con argamasa sólida y enajenación vesánica, no puedo dejar de repetirme una y otra vez que en realidad la hipersensibilidad exacerbada es mi verdadera enemiga, pues la alimento con masa putrilaginosa de origen demoníaco y acepto cada una de sus propuestas con auténtico júbilo inconsciente.
Mis verdaderos enemigos están convencidos de que todo es un juego que manufacturo para sentirme especial y no cesan de darme algunos consejos malintencionados. Mis amigos, los pocos que me quedan en estos momentos, piensan que me complico la existencia y que se la enredo a ellos. No son capaces de discernir un lamento que no proceda de sus propias gargantas. Se autoconvencen de que sus preocupaciones son reales y las mías una serie de sobreactuaciones amaneradas y repletas de tics inoportunos y reviviscentes. ¡Me gustaría tanto que destrozaran los espejos! Esos espejos que reflejan sus pretendidas bellezas… ¿interiores? Esos espejos que alimentan sus carencias emocionales. Las mismas que se afanan en achacarme a mí. ¡Es tan fácil enamorarse de uno mismo! Tan sencillo como dibujar una sonrisa complaciente en un rostro indefinido o difuminado.
Me gustaría tanto expresar lo que siento ahora que estoy tan cerca del nudo…
NOTA NÚMERO 2 SUJETO: Héctor Domínguez Alberola EDAD: 45 años PROFESIÓN: Actor, cómico FORMA DE SUICIDIO: Arma de fuego
He decidido poner fin a mi vida porque las gomas de los calcetines me dejan unas marcas horribles en las pantorrillas. Escribo esta pequeña e incoherente nota para dejar claro que me encuentro en posesión de mis facultades mentales intactas, y que si he tomado esta trascendental decisión es porque quiero saber si en mi próxima reencarnación seré feo. Me gustaría también aprovechar para dejar unos mensajes cortos a algunos de mis mejores amigos:
1-Para Lalo: Yo fui quien te dibujó un caniche defecando en el testículo derecho mientras dormías. No sigas buscando al culpable. Lo siento. Lo siento mucho.
2-Para Menchu: Nunca me atreví a decírtelo, pero roncas como un chancho cropostasofobico. Tu mínima actividad neuronal transformada en incultura natural no te permitirá dilucidar qué es eso. Trataré de explicártelo. Un chancho es un Sus scrofa spp. doméstica. En cuanto a la cropostasofóbia… mejor olvídalo. ¡Cuídate mucho!
3-Para Chicho: ¿Recuerdas ese film que vimos juntos, Autofelación en el descampado? Te comenté que me había gustado mucho, pero no era verdad. Solo lo dije para que te sintieras arropado. Supongo que podrás perdonarme esa mentira piadosa.
4-Para Magda: Vete a la puta mierda, Magdalena. En solo dos años has pasado de ser una genuina cenutria arrabalera a algo semejante a un primer accésit de consolación en un hipotético concurso comarcal de badulaques oligofrénicos y prostibularios.
5-Para mi hermano Richi: Tete, no olvides cortarme la mano y dejar una moneda sobre cada uno de mis ojos. Ya sabes como se las gasta el puto barquero de Hades.
NOTA NÚMERO 3 SUJETO: Marisa Latorre García EDAD: 51 años PROFESIÓN: Ama de casa (Exsecretaria) FORMA DE SUICIDIO: Sobredosis de somníferos
Llevo 31 años casada con el mismo idiota y 14 usando las mismas bayetas para limpiar la cocina. Me levanto cada día pensando que no voy a poder soportarlo, pero por alguna razón mi cuerpo no implosiona. Supongo que se ha acostumbrado al infortunio y a la adversidad de la misma forma que mi marido se ha acostumbrado a ningunearme como norma básica firmemente establecida. Aunque me cueste admitirlo, mi señora madre tenía razón cuando me repetía que de adulta sería una desgraciada. Recuerdo a mi padre intentando mediar entre nuestras continuas discusiones y recuerdo a mi hermano aquel fatídico día que salió por la puerta cansado de «broncas de féminas», como él las llamaba, y no regresó jamás. Nunca olvidaré el frío que hacía en la morgue. A menudo me he preguntado si aquel cuerpo que descansaba sin vida sobre una mesa de aluminio anodizado sintió alguna clase de paz mientras vivió con nosotros. Aunque ahora ya nada importa. Ni siquiera soy capaz de preguntarme si tendré valor para hacerlo. Pero ¿para qué sirve tener valor, o coraje, o como quiera que se llame esa fuerza inhóspita que me librará de seguir combatiendo con todo esta bahorrina mañana? Es curioso, pero siento vergüenza al pensar que alguien pueda leer mis palabras. Aunque al mismo tiempo me regocija que ese animal inmaduro con síndrome de amok latente que me prometió felicidad eterna se encuentre con mis despojos cuando regrese de acariciar el pene de su furcia dilecta.
NOTA NÚMERO 4 SUJETO: Francisco Orriols Ibáñez EDAD: 32 años PROFESIÓN: Desconocida FORMA DE SUICIDIO: Salto al vacío
Una de las preguntas que más he tenido que responder en mi vida es cómo he llegado a ser tan asquerosamente rico. Exceptuando a algunas mujeres a las que me he intentado trajinar (siempre con éxito) nunca he contestado con la franqueza que me ha hecho tan deseado a esta espinosa y delicada cuestión. Al ser hoy mi último día en el planeta Tierra, he decidido relatar (a quien pueda leer estas líneas) cómo llegué a convertirme en un hombre tan magnífico.
Mi padre fue un ludópata y mi madre una alcohólica. O quizá fue al revés. El caso es que desde mi más tierna infancia aprendí a distinguir entre el bien, el mal, y el azul cobalto. Y a raíz de eso, entre lo máximo, lo mínimo, y el azul egipcio. Por esa sencilla razón, nunca me contenté con nada que no estuviera cerca de la superlatividad absoluta o, por lo menos, lo pareciese.
Abandoné el nido familiar a los 22 años sin una puta moneda en el bolsillo y antes de cumplir los 24 ya amasaba una pequeña fortuna. Al principio no fue demasiado fácil, pero pronto aprendí a distinguir entre un idiota y un espabilado. Y no pasó demasiado tiempo hasta que comprendí hacia dónde debía dirigir mi atención, que al mismo tiempo, por lo menos según algunos de mis psicólogos, no era más que interés vampírico oportunista y desalmado. Desvalijar de sus posesiones más preciadas a un montón de panolis incrementó mis ganas de desvalijar a muchos más montones. Llegó un punto en que si no arruinaba a alguien en un par de semanas no me sentía plenamente realizado. Y un tipo que no se siente realizado es algo parecido a una brosse de toilette de un garito de mala muerte en un barrio especialmente deprimido.
¡Me alegro tanto de haber comprado este ático!
NOTA NÚMERO 5 SUJETO: Nepomuceno Almeida Suñé EDAD: 32 años PROFESIÓN: Representante FORMA DE SUICIDIO: Explosivos
Teresa:
Has vuelto a comportarte de una manera estúpida e inconsciente. No voy a ser yo quien reproche tu forma de proceder, aunque me gustaría que reconsideres tu decisión de una manera menos egoísta. Sabes que si todo hubiera sido al revés, yo me alegraría por ti. Claro que si después de leer estas líneas te mantienes en tu trece, no me quedará otra opción que desearte toda la suerte del mundo, porque con tu forma de pensar, estoy seguro de que la vas a necesitar. Y ahora, para quitar hierro al asunto, voy a permitirme un cambio de tercio. Por esa razón escribiré sobre tarimas flotantes.
Una buena tarima flotante es mejor que la mayoría de las baldosas de gres más económico que se pueden encontrar a la venta hoy en día. Pero un suelo de gres de calidad extra siempre será más seguro que cualquier pavimento de madera. Además te evitarás tener que acuchillarlo cada cierto tiempo, reduciendo así las posibilidades de que quieras matar dos pájaros de un tiro y acabes acuchillándote a ti misma. No voy a entrar en la discusión de si acuchillándote a ti misma el mundo pierde una gran concentración de egoísmo emocional compactado en bloques desiguales en cuanto a tamaño y calidad. Ya sabes que no soy un experto en miserabilidad humana, y que mis ambiciones no pasan de levantarme por las mañanas escuchando el dulce gorjeo de las tostadas con mermelada y de desayunar un par de pájaros acompañando a un café colombiano cargado y realmente caliente.
Cuando leí tu hiriente carta, creí por un instante que eras una persona normal, con cierta incontinencia explicativa, pero del montón. Ahora que medito tus palabras con serenidad he llegado a la conclusión de que eres una gulatosurina, una palabra que me he inventado para definir algo que no existe. ¡Y que nunca debería existir! Por lo menos en un planeta como este, donde todo tiene un precio, y donde si por alguna razón te niegas a pasar por caja, automáticamente eres un proscrito, un paria, un desarraigado. Pero acusándome de vileza has ido demasiado lejos. Yo puedo ser idiota, creído, incluso frío, pero jamás me comportaría de una manera despreciable con alguien que quiero. Y a ti te quería. Ahora ya no existes. Y no puedo dejar de pensar de la que me he librado. ¡Gracias! Gracias por devolverme la cordura de un manotazo. Gracias por perder los papeles y dejar que contemple con absoluta claridad lo que se esconde en algún recoveco de tu interior imperfecto y pringado con óleo de baratillo. Algo tan nauseabundo como las heces que se hacinan en una cloaca abandonada por el tiempo. De repente me han entrado unas terribles ganas de sonreír, de saltar, de empujar los sombreros de los ancianos que pasean por la calle, de darles un beso tierno y real entre las manchas marrones que salpican sus cabezas y que implican vejez, senectud, senilidad.
A lo largo de mi vida he sido acusado de forma injusta, a veces de forma arbitraria o inaceptable. Con cada uno de esos juicios sumarísimos he aprendido algo y me he hecho mucho más fuerte. Carcajeándome de tus incongruencias textuales he alcanzado la inmortalidad. Y cuando los gusanos se coman mis despojos sin importarles demasiado el sabor rancio de mis vísceras, de alguna extraña manera habré rendido pleitesía a lo que no fui y a lo que debería haber sido.
Ahora puedo retirarme en silencio. La misa ha terminado.
NOTA NÚMERO 6 SUJETO: Maximiliana Tormo Martínez EDAD: 72 años PROFESIÓN: Costurera (Jubilada) FORMA DE SUICIDIO: Envenenamiento
¡Sucias! Las cortinas están sucias. Llevo varias horas mirándolas y sólo puedo reparar en el polvo que descansa sobre los flecos. ¡Y en las arrugas! Es curioso, cuando miro mi imagen reflejada en el espejo también veo polvo y arrugas. Ayer un amigo me dijo que estaba guapísima y radiante. Eso quiere decir que estoy horrible y decrépita. La verdad es que no me importa en absoluto. Soy una mujer bastante simple. Nunca he intentado conscientemente gustar a nadie. Ni siquiera a mí. He vivido de acuerdo a una máxima absoluta: «acercaos, pero no os incrustéis». El resto de consideraciones nunca han sido importantes y siempre han estado perfectamente codificadas. Si pudiera volver atrás, creo que repetiría todos los momentos, excepto el próximo. Necesito hacer daño a alguien. No importa a quién.
NOTA NÚMERO 7 SUJETO: Carlos García Maqui EDAD:55 PROFESIÓN: Capitán de buque mercante FORMA DE SUICIDIO: Sobredosis
Hace un rato he sentido que algo se movía junto a mis pies descalzos. Al agacharme he advertido que una extraña e hipnagógica insuficiencia con aspecto de repentización claramente perfectible trataba de morderme un tobillo. Mi rápida reacción ha sido determinante para salvar la vida. No conozco a nadie que haya sobrevivido al mordisco de algo que no solo no existe, sino que además es indiscernible. Después de tranquilizar mis nervios y preguntarme si no debería estar internado en una especie de frenocomio alejado de la civilización, he optado por concentrar mi atención en los arácnidos gigantes y de aspecto metálico que anidan en algunos de los charcos putrefactos que cuelgan del techo del puente de mando. No las he visto nunca, pero sé que existen porque a menudo escucho las vibraciones que emiten cuando se sodomizan las unas a las otras.
La imaginación me transporta al pasado, pero el pasado no es más que un suicidio elaborado. Si a esa forma de inmolación lenta y dolorosa sumamos los naufragios de un presente repleto de timoneles con formas de espectros y mástiles corroídos de enfermedad y óxido, el resultado siempre es el mismo: cadáveres macilentos ahogados en los que se alojan los espíritus de krakens y morwaurs.
NOTA NÚMERO 8 SUJETO: Sinforoso Castelvi Velasco EDAD: 87 años PROFESIÓN: Modisto (Jubilado) FORMA DE SUICIDIO: Electrocución
La gente me llama Sinfo pero mi nombre es Sinforoso. Mi padre también se llamaba Sinforoso y mi madre, por extraño que parezca, Sinforosa. Ya sé que suena a coña, pero tengo un sinfín de documentos que pueden atestiguarlo. Hace un par de meses cumplí 80 años y desde entonces siento que no vale la pena seguir existiendo. Estoy seguro de que mi abuelo paterno, Sinforoso, estaría de acuerdo conmigo. Él y yo siempre estuvimos muy unidos. Hasta que su muerte nos desunió. Dicen que murió de cáncer de músculos isquiotibiales y poplíteo, pero yo no me lo creo. Tampoco me creo los diagnósticos de las enfermedades que supuestamente acabaron con mi abuela paterna, mi abuelo materno, mi abuela materna, mi tía abuela materna y el perro de la nuera de mi tío abuelo paterno. Siempre he pensado que en mi familia existía (y posiblemente sigue existiendo) un conjuro o una maldición sobre los sujetos de más de 85 años. ¡Todos mueren! Recuerdo un día, tendría yo unos 14 años, que me encontraba olisqueando la próstata de mi vecino. Quiero decir, bueno… al tipo le habían operado y tenía parte de ese órgano en una botellita sellada. Le encantaba prestar el recuerdo a sus conocidos. Yo lo tuve durante media jornada en la que sucedieron cosas absolutamente inexplicables. La primera de ellas sucedió cuando mi periquito tosió como si fuera un ser humano. La segunda fue todavía más espeluznante si cabe, pues mi hámster tosió como un periquito. La tercera me pilló de sorpresa, aunque la verdad es que ya no la recuerdo, y la cuarta, la cuarta no fue para tanto.
Sí, he decidido quitarme de en medio. Mañana por la mañana me humedeceré ese pingajo que cuelga entre mis piernas y luego lo introduciré con sumo cuidado en una línea de alto voltaje.
NOTA NÚMERO 9 SUJETO: EDAD: 27 años PROFESIÓN: Periodista (jubilado por PDD) FORMA DE SUICIDIO: No especificado
He intentado descomponer el movimiento, pero me ha sido imposible seguir su constante cambio de posición, por lo que al final he optado por desordenar cualquier muestra de inacción visible. Y podría haberlo conseguido si uno de los testigos no hubiera avisado a un psiquiatra. Ahora me encuentro en una de las salas de su consulta, esperando que llegue y certifique si es o no posible desarreglar la inmovilidad. Si legitima mi afirmación podré regresar a casa y seguir con las investigaciones, pero si por el contrario certifica la total inviabilidad del objetivo terminaré sometido a interminables sesiones terapéuticas completamente sedado. No me desagrada ser sedado, aunque prefiero ser masturbado. Ambas maniobras tienen la misma terminación fonética y ambas producen salivación y éxtasis. Me han dicho que el frenópata es una mujer, aunque en la puerta de su despacho se puede leer perfectamente «Rodolfo Casillas Robles». Nunca he conocido a ninguna mujer que se llamara Rodolfo, aunque hace algunos años me acosó durante un tiempo un encofrador que se llamaba Encarnación.
Separar las partes de una totalidad es un trabajo singular, sobre todo si alguna de esas partes son inseparables. Algunos lo comparan con lo que hacen los susurradores de parcialidades, aunque me niego a ser tildado de susurrador, musitador o incluso bisbiseador de generalidades. Ni siquiera pesquisador multimiscelánico o inspector de estructuras básicas de los sistemas de archivos. Soy un simple descomponedor y mi existencia es una inmensa y completa descomposición, pero no putrefacta o diarréica, sino analítica y científica. ¿Quién si no yo se atrevió a manifestar que tres descomposiciones y media seguidas y presentadas en forma perpendicular equivalen a dos descomposiciones alternas paralelas? ¿Y quién fue el primero que descompuso una descomposición ya descompuesta en siete ocasiones anteriores y se comió después un bocadillo de tortilla?
Mientras escribo estas líneas escucho berridos. Algunos me recuerdan al que emiten las doulas misándricas y androfóbicas cuando las puérperas a las que tratan de ayudar se convierten de repente en varones sementales empalmados. Otros, por el contrario, me producen escalofríos y escalocalientes. Espero que el jodido doctor o doctora Rodolfo Casillas Robles me visite de una puta vez. En la inmensa quietud de mi habitación me esperan decenas de descomposiciones a mitad de descomponer, un pack de seis yogures desnatados bífidus con nueces y cereales prácticamente descompuestos y una navaja filosa.
NOTA NÚMERO 10 SUJETO: Gregorio López Pérez EDAD: 61 años PROFESIÓN: Escribidor y bloguero FORMA DE SUICIDIO: Ahogamiento
Mi última novela, El caso del carpintero sin calzoncillos, ha sido un tremendo fracaso de ventas. Sinceramente, no puedo comprender a los lectores. Mi anterior libro, El caso de la costurera sin bragas, se convirtió en un best seller en menos de tres semanas. ¡Y ambos son, bueno, no quiero decir parecidos, pero por lo menos beben de la misma fuente y su protagonista es el mismo, el sargento primero retirado Crescencio Echagüe y Andía.
Por lo tanto y pese a todas las crudas contradicciones que adornan ambos textos, puedo constatar de manera inequívoca que éstos solamente son una lastimera forma de llamar la atención sobre mi salud mental. ¡Pero a nadie parece importarle! Por esa razón me gustaría hacer dos observaciones de extraordinaria trascendencia:
1- He rechazado continuar con la escopolamina porque me impide ser coherente. 2- He rechazado continuar con la escopolamina porque me impide ser coherente.
Aunque pueda parecer que ambas declaraciones son similares, existen varias diferencias fundamentales. De hecho, y al margen de las limitaciones racionales que puedan llevar a algún lector dotado de cierta insuficiencia intelectual a interpretar de forma errónea los dos enunciados, he decidido llevar al límite la demostración con una explicación expresada mediante mimo corporal. Cualquier lector de mi blog, amigo, enemigo, fiador o deudor, está invitado el próximo 14 de enero a las 10:00 horas a asistir a la actuación-declaración que representaré en el Jardín Luerna del barrio de Benimaclet (Valencia). La «performance» tendrá una duración de 2 horas y dos actos bien definidos:
Acto 1: Intuición ritual y esencia de mi rechazo. Acto 2: Intuición ritual y esencia de mi rechazo.
Puede parecer que ambos actos son el mismo, pero desde la posición epifánica que otorga mi enfermedad, estoy en condiciones de apreciar y, por supuesto, tolerar tal confusión; pero también de condenar y sentenciar la ausencia de lucidez en los sujetos que hayan llegado a dicha conclusión. Para tratar de insuflar un poco más de discernimiento en dichos estultos, cenutrios y badulaques, he preparado una serie de conferencias que impartiré haciendo submarinismo en la modalidad «escafandra autónoma» sin escafandra autónoma el mismo día 14 de enero a las 18:00 horas en la playa de la Patacona, en el que intentaré por todos los medios ahogarme para convencer a los escépticos sobre la naturaleza de mis disquisiciones. A continuación, enumeraré los tres puntos básicos que desarrollaré con total libertad y en toda su extensión una vez haya palmado:
Punto 1: Razonamiento sobre la progresión infinita. Punto 2: Razonamiento sobre la progresión infinita. Punto 3: Razonamiento sobre la progresión infinita.