Desde que hace aproximadamente un lustro escribí Creo en demonias he sido tachado repetidamente de machista y falócrata cuando mi intención era componer un tratado feminista. Ni siquiera la publicación de un anuncio en primera página de los principales periódicos del país, firmado por mi neurólogo explicando que en ese tiempo yo estaba bajo tratamiento continuo por una complicación derivada de mi último shock catatónico, sirvió para que se dejara de insultarme de una manera tan ilógica como arbitraria. Quizá por esa razón, en mi siguiente ensayo Creo en anchoas, escrito dos años después, me resarcí de la chusma retrasada con una serie de improperios espurios sabiamente parapetados tras un acervo determinado de preceptos inusuales que no entendió prácticamente nadie, ni siquiera yo o la crítica especializada.
Dentro de un par de meses saldrá a la venta el tercer volumen de la trilogía (sin relación, continuidad, unidad estructural ni argumental con los dos anteriores) al que he titulado Creo en la urología, donde doy rienda suelta a mis percepciones macroscópicas acerca de la Túnica Dartos, ese pequeño músculo estriado situado en la parte inferior del scrotum masculino.
Todos los textos escritos entre 1987 y 1997 en mi barrio fueron denominados como La nueva literatura benimacletera y hasta el día de hoy son origen de distintas controversias. Las más importantes surgieron tras dos artículos publicados en Benimaclet Culture Review y Aruspicina en el distrito número 14 en diciembre de 1999 y febrero del 2000. En el primero se enumeraron los cinco escritores más importantes y merecedores de dicha calificación:
Sin embargo en el segundo artículo no solo se echaban por tierra los cinco nombres, sino que se especulaba con que solo uno de ellos era realmente el autor y que el resto, es decir los cuatro restantes, no eran más que vulgares seudónimos, con lo cual se llegaba a una triste conclusión: La nueva literatura benimacletera era un camelo. Tres semanas después de la publicación del artículo en Aruspicina en el distrito número 14 Gregorio López llegó a un acuerdo con el director del periódico valenciano La Terreta Che Che Che y le concedió una entrevista exclusiva:
LA TERRETA: En primer lugar quiero dar las gracias a Gregorio López por concedernos esta pequeña entrevista. Gregorio, voy a ir al grano… ¿es usted también Sento Pla, Pepe Sendra, Bertomeu Catalá e incluso una mujer, Choana Fabra? GREGORIO:¡Sí! ¡Soy ellos! Creo que ha llegado la hora de comportarse con cierta gallardía. No solo soy Sento Pla, Pepe Sendra, Bertomeu Catalá e incluso Choana Fabra, ¡también soy Greg «palitos de sándalo» López! LA TERRETA: ¡No me lo puedo creer! ¿Usted es Greg «palitos de sándalo» López? GREGORIO: Efectivamente. ¡Y también «el antropósofo Greg»! LA TERRETA: ¡Es increíble! ¡Increíble y espeluznante al mismo tiempo! GREGORIO: ¡Y «Conejito jugoso López!»! LA TERRETA: ¿»Conejito jugoso López»? Nunca había escuchado ese nombre… GREGORIO: ¡Eso es porque usted no entra en las webs pornográficas!
Tras la entrevista ocurrieron dos hechos destacables, Gregorio tuvo que irse a vivir a uno de los distritos más alejados de la capital del Turia, y tanto Benimaclet Culture Review como Aruspicina en el distrito número 14 se fusionaron en una misma revista literaria llamada Limpieza general que solo pudo editar dos números más, uno un integral sobre un tal Bartolet de Albalat de Taronchers, un pintor y escultor que en lugar de utilizar las manos para crear sus obras se servía de las manos de otro artista al que apuntaba en la sien con un trabuco de avancarga, y un segundo en el que catalogaba las 300 mejores tonadillas compuestas en embarcaciones tradicionales típicas, también denominadas «albuferencs», durante los últimos trece siglos y medio.
La vida real, es decir, la que nos toca justificar a ti, a mí, y al resto de figuras que se trasladan de un sitio a otro con aparente indiferencia, no es más que un vulgar experimento. ¡No puede ser otra cosa más que un vulgar y jodido experimento! Me niego a creer que detrás de todo este sistema de juegos individuales, apretujados en una especie de gran conjunto exclusivo, y con un diseño tan imperfecto e insustancial, se esconda un milagro biológico o incluso la obra maestra de un Creador con un talento extraordinario. Te voy a confesar lo que yo pienso que significa toda esta farsa, o por lo menos voy a intentarlo, porque lo que yo creo que es la pura realidad es bastante más complicada que la versión ofrecida y doblada a múltiples idiomas para satisfacción del vulgo más interesado.
Todo lo que somos pertenece a Hymnas, que es como se conoce al gran Ixodoideo, creador y señor de todo lo que existe, lo que no existe y lo que es factible que pueda llegar a existir en algún momento del Jusriasih, que no es más que una pequeña parte de la inexistencia que se esconde dentro de la verdadera existencia. El Jusriasih fue creado por la imagen ficticia de Hymnas cuando se reflejaba en la antimateria, y no pertenece a nadie. En ocasiones se lo disputan Yuoselig y Fandnasam, los hijos de Sabadagh, el hermano del Gran Ixodoideo. Pero deberíamos retroceder hasta justo antes de lo que terminó llamándose «la inmensa permuta del deuterio» para poder construirnos una imagen de lo que ocurría en la parte superior del cuerpo de Layahs «el Desheredado». Las razones nunca quedaron demasiado explicadas, pero sí el horrible resultado: la muerte somática de todas las cantidades y proporciones y el encubrimiento de cada una de las porciones. Algunos incriminaron a Fandnasam y el resto a Yuoselig, pero en realidad todo se debió a los celos de Grafsma y al ansia de linfa de su concubina Kilanssin. Grafsma no tenía el valor suficiente para negarle ninguna atrocidad y Kilanssin se aprovechó de la ocasión. A partir de ese instante todo se convirtió en todo, pero no en el todo que Yuoselig, Fandnasam, Layahs «el Desheredado», Grafsma y la misma Kilanssin habían intuido, sino en un todo discorde y excepcional que cambió para siempre el cielo raso de las hipotéticas consecuencias débilmente perpetuadas y, sobre todo, del resto de los restos de los restos de los restos de los restos…
Lo que a partir de ahí aconteció, todos lo conocemos.
Ray Smith. Portada para el álbum de Henry Cow, Legend (1973)
Los siguientes cuatro textos, aparentemente inconclusos, aparecieron bordados en cuatro de mis calcetines durante cuatro días consecutivos hace un par de lustros. A fecha de hoy se desconoce la identidad tanto del autor o autores como del bordador o bordadores.
Primer texto inconcluso aparecido bordado en un calcetín. Mis últimos días han sido una especie de continuación de sus propias noches. Por supuesto, que me haya convertido en una clinofílica anuente no justifica absolutamente nada, sin embargo, de alguna forma lo explica todo. Pero intentaré ser lo más explícita posible sin tener que mostrar la vagina abierta. Todo comenzó el día que Irimiás salió del libro de László Krasznahorkai. En ese instante yo estaba meditando sobre las cloacas y los sumideros. Lo recuerdo perfectamente porque desde hace 25 años solo reflexiono sobre cloacas y sumideros. En un momento dado, cuando casi estaba llegando a un razonamiento no demasiado dialéctico, escuché lo que en ese instante me pareció una concatenación extraña de ruidos y ruiditos separados unos de otros por un cuarto de milisegundo. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que tanto Eberarda como su primogénita, Eberardita, las vecinas con obesidad mórbida que viven en el segundo B, habían explosionado. Pronto me di cuenta de que me había equivocado, pues vislumbré a Eberardita tendiendo uno de sus sujetadores del tamaño de un portahidroaviones. (Continuará próximamente en otro calcetín).
Segundo texto inconcluso aparecido bordado en un calcetín. Complementé casi 400 palabras. Luego comencé a sentirme bastante mal, así que me tragué dos comprimidos de Pepto-Bismol. Permití que el medicamento hiciera efecto regalándole media hora de mi día y volví a la complementación de vocablos suplementando 700 más. Cuando terminé de añadir decidí detraer. Sin embargo cuando estaba a punto de comenzar, opté por adicionar o anexionar 24 sufijos a 24 de las 1100 palabras complementadas. El resultado me pareció poco concreto y merecedor de mi propia conformidad. El problema es que en ese instante no me apetecía una puta mierda aprobarme. Ni siquiera reprobarme. Por lo que al final resolví que lo mejor que podía hacer era «descomplementar» los vocablos complementados. Incluso aunque la palabreja «descomplementar» no estuviese registrada el en diccionario. ¡Amo tanto los prefijos! ¡Tanto como odio los sufijos! Al final de la jornada tenía casi 900 vocablos «descomplementados». Me sentía henchido de alegría. Sabía que era cuestión de poco menos de tres horas lo que me llevaría «desdeducir» los 200 términos restantes. (Continuará próximamente en otro calcetín).
Tercer texto inconcluso aparecido bordado en un calcetín. Me prometí con Estifina, porque su padre me juró que su hija había sido testada moral y emocionalmente cada dos años desde que se convirtió en mujer. Debo admitir que soy una persona desconfiada por naturaleza, por esa razón no me sorprendió que a pesar de la cara de pocos amigos que lucía el progenitor de Esti, me atreviera a pedirle, casi ordenarle, que me dejara inspeccionar cada uno de los documentos que legitimaban dichos test. Al contrario de lo que creía, el tipo se dirigió hacia un mueble repleto de cajones y abrió el segundo de la derecha, removió su interior como si fuera una lavandera restregando unas enaguas sucias y sacó un puñado de papeles grapados por el lado superior izquierdo. Me los entregó reverencialmente y se retiró en silencio hacia una esquina que parecía cualquier cosa menos una esquina. Me disponía a revisarlos más o menos concienzudamente, cuando me vino a la cabeza la maldita realidad: me importaban una mierda, tanto los jodidos folios mecanografiados como el padre y la hija. Si estaba allí en ese preciso instante era porque sentía otra vez la imperiosa necesidad de matar a pares. ¡Y ellos eran dos! Recuerdo que estaba sacando la faca del bolsillo cuando escuché el ruido de unas llaves. Se abrió la puerta y entraron Escofina, la madre de Estifina, y 27 mujeres más que habían dejado lo que se suponía debían estar haciendo para venir a conocer al novio de Esti, o sea, a mí. Por supuesto volví a guardar lo poco que había sacado del puñal y me puse a besar a todas mientras algunas me daban golpecitos en los hombros y me felicitaban efusivamente. (Continuará próximamente en otro calcetín)
Cuarto (y último) texto inconcluso aparecido bordado en un calcetín. Me encontraba recitando el ducentésimo segundo ensalmo prescrito por Zancafina, el medicastro ensotanado del alfoz, cuando me di cuenta de que mi vida se estaba yendo al garete a una velocidad hiperlumínica. Sin embargo, en lugar de poner punto final a una existencia plagada de aojamientos, desdichos y oraciones corrompidas, decidí que lo único que podía hacer, dada las circunstancias, era convertirme en líder supremo, lo que equivalía a tener el poder inalterable para aterrorizar a cualquier chisgarabís perteneciente a la orden. Y eso es exactamente lo que hice, aunque me costó más tiempo de lo previsto inicialmente. Pero por favor, permitid que omita todos los sucesos que siguieron a mi toma de conciencia, si es que en realidad mi cambio fue debido a un entendimiento de mis propias responsabilidades o simplemente un acto gratuito de perversidad y egocentrismo a partes iguales. Digamos que coincido con el Bartleby de Melville y preferiría no recordar ciertos hechos. Han pasado 55 años desde que me transfiguré en líder espiritual y 54 desde que tuve que huir para salvar mi vida. Ahora, convertido en un abuelito de aspecto angelical, con una larga y espesa barba blanca papanoeliana y con tres nietos a mi cuidado a tiempo parcial, solo puedo agradecer a mi mala pretérita suerte -siempre que definamos a la suerte como un encadenamiento de acontecimientos (más o menos) accidentales o involuntarios- mi magnífica y esplendorosa felicidad actual. (No continuará jamás en ningún otro calcetín)
Georges de la Tour. Saint Jerome reading a letter (1629)
Querida:
Mi contribución global, es decir, la mía sumada a la de mis otros yo, ha supuesto la apertura de incalculables posibilidades para la evolución nadal, ya sabes, de la maldita y jodida nada, pero también para la lamentación anal. No olvides que yo fui el primer ignorante que se atrevió a proclamar que en el ano suceden cosas muy extrañas. Pero no quiero escribir sobre ese tema, pues nunca hago amigos -ni siquiera amiguitos- con él. Por el contrario me gustaría relatarte lo que sucedió el día que me bajé los pantalones y los calzoncillos en una rectoría, pero me llevaría mucho tiempo y tendría que intentar recordar cómo empezó todo. Por esa razón he decidido no escribirte nada más por hoy.
Allen Ruppersberg. Why is everything the same? (1991)
Amiga:
Todo tiene que ocurrir mientras aguanto la respiración. Tu caída por las escaleras y posterior fallecimiento. El incendio que devastará parte de las viviendas colindantes. El movimiento sísmico que acabará con dos tercios de la población del continente. La séptima venida del Espíritu Decapitador en el día después de la fiesta de Pentecostés…
Todo comienza a tomar sentado. Incluso las cosas que carecen completamente de sentado. Quizá es porque estoy sentido en el sofía de mi amiga Sofá. Siempre he pensado que es uno de los sofías más camadas que existen. Sofá está convencida de que lo digo porque en realidad quiero fallármela. Pero yo solo me fallo a mí mismo. Constantemente y en algunas de las posiciones más difíciles posibles.
Todo resulta emocionante mientras sobrevuelo esa sombra aislada. Aunque su ubicación podría proporcionar algunas pistas, estoy convencido de que no es un hecho relevante para hacer avanzar este párrafo. Sin embargo un análisis completo de sus múltiples imperfecciones me lleva a pensar que tanto la efectividad del vuelo como los numerosos ajustes sintácticos solo son parte de un inmenso espejismo ineluctable.
Todo me duele. Y cuando digo todo me refiero a una gran parte de un total indefinido. Por esa razón jamás digo que me duela la mitad. Tampoco quiero decir que porque me duela todo no me sienta la mitad de satisfecho de mí mismo. Es complicado. A veces me duele casi todo, otras veces me duele alguna parte. Cuando no me duele nada, es cuando verdaderamente creo que me duele todo. Y como el dolor es tan inmenso e inconmensurable, siento que, de alguna forma, mi padecimiento es similar a lo que sentiría en un estado absoluto de perfección. O de perfección absoluta.
Todo parece rebatir los informes de los informadores. Se comenta que los informadores nunca han informado, pero como son eso, informadores, se les tiende a colgar el descrédito de que informan. Y en realidad odian informar. Si en ocasiones en el pasado lo han hecho es porque necesitaban justificar su actividad dentro de su profesión de cara a su gremio. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que el gremio de los informadores no solo no existe, sino que si alguna vez fuera fundado por alguien, la corporación de los desinformadores les harían la existencia absolutamente imposible con sus complejas y numerosas desinformaciones.
Todo es devorable. ¿Te das cuenta de lo que quiero decir? Podría devorarte. Y devorar a tus padres, aunque estén muertos. Y devorar a todos tus vecinos. Y a los vecinos de tus vecinos. Y a los vecinos de los vecinos de tus vecinos. Sería capaz de devorar vecinos de norte a sur y de este a oeste hasta llegar a mis vecinos. Y cuando ya no quedaran vecinos me comería a las mascotas de tus vecinos. Y a las mascotas de los vecinos de tus vecinos. Y a las mascotas de los vecinos de los vecinos de tus vecinos. Sería capaz de devorar a mascotas de norte a sur y de este a oeste hasta llegar a las mascotas de mis vecinos. Y cuando ya no quedaran mascotas me tomaría uno, o quizá dos, comprimidos de Alka-Seltzer.
Por fin he podido acceder a parte de la grabación del discurso del político Bermúdez que precipitó su ingreso de por vida -y sin posibilidad de revisión- en un hospital psiquiátrico de máxima seguridad. Como sabes, el documento sonoro fue prohibido y nadie había tenido acceso a él. No te voy a revelar cómo ha llegado a mis manos un pequeño fragmento, pero te ruego que seas muy prudente y no permitas bajo ningún concepto que ninguna persona, animal o cosa analice este apresurado trasunto o nuestras vidas se verán seriamente comprometidas. Sí, has leído bien, te envío una transcripción completa y no una copia de la grabación de ese pequeño fragmento porque no me fío ni de mi propia silueta. Quizá por eso he llegado a vivir tantos años.
«Amigos y compañeros. Si tenéis un trozo deberíais esconderlo, porque poseéis un pequeño tesoro, y en los días que corren, no todo el mundo puede decir que tiene uno. Yo hace mucho tiempo fui el decidido dueño de un magnífico trozo que tuve que trocear en pequeños trozos para poder cambiarlos por un par de porciones, que no son más que trozos con certificación de origen, y que me robaron unos meses más tarde. Con cinco trozos podía obtener una porción, y con ocho porciones me concedían un pedazo. Actualmente mi trozo es del tamaño del trozo más minúsculo que se puede obtener de un trozo pequeño, sin que el vocablo «trozo» pierda su verdadero significado. Supongo que debería medirlo, pero mi metro está en un cajón. Y ya hace años que no abro los cajones. La última vez que lo hice salió una mano verde y me robó un trozo de mi trozo.»
Como verás es una verdadera bomba. ¿Crees que sería sensato reunir al resto de compromisarios y discutir el plan a seguir? Yo creo que no queda otro remedio. Imagina las consecuencias que podría desencadenar esta grabación si acaba siendo divulgada entre la chusma antes de que seamos capaces de construir una mentira lo suficientemente estructurada de raíz como para salir indemnes de este desaguisado.
Llaman a la puerta. ¡Creo que saben que la tengo! No dispongo de más tiempo. Trataré de esconder esta nota donde tú sabes. Espero que puedas leerla algún día.
Desde que inauguré mi blog, hace ya casi 13 años, he recibido multitud de emails de todo tipo. En la mayor parte sus autores me dan las gracias por haberles provocado unas cuantas sonrisas; en otros, maldicen a mis antepasados por haber sido capaces de sobrevivir a la Peste Negra, y en algunos, afortunadamente no demasiados, prefieren… Creo que lo mejor es que te lo explique transcribiendo los contenidos de algunos de esos mensajes.
Señor Gregorio López:
Hace 23 años escribí un libro titulado La lombriz Fernanda que trataba de una lombriz que se llamaba Fernanda. Si la lombriz protagonista se hubiese llamado Lucrecia, obviamente el texto no se habría titulado La lombriz Fernanda. Dos años después escribí la continuación cuyo título, La nuera de la lombriz Fernanda, causó sensación, aunque no vendió ni la tercera parte de ejemplares que el anterior. Y ayer, 21 años después, terminé el desenlace final titulado La hija de la nuera de la lombriz Fernanda que se pondrá a la venta el próximo día 11 de mayo. Mi pregunta es, ¿cuántos ejemplares firmados quiere que le mande? Si en lugar de que se los firme con mi nombre prefiere que lo haga como la lombriz Fernanda o como su nuera no tengo ningún inconveniente.
Suyo,
Vicente Ros Martín (Dueño del copyright y merchandising de la saga de «La lombriz Fernanda»)»
Buenos días, Grergorio,
Me atrevo a ponerme en contacto con usted, Grergorio, para pedirle un par. Un par de lo que sea o buenamente pueda. Pero tienen que ser un par. Si es tan amable de enviarme el par, yo, a mi vez, le puedo enviar otro par. Pero tendría que ser pronto porque se me están acabando los pares.
Un saludo, Grergorio
Rorsario Rordriguez Martos
Querido amigo:
De escritor a escritor, ¿sabe que las conjunciones copulativas son unas marranas, pues viven en un continuo contubernio concupiscente? Si lo desconocía, entonces se lo digo yo. Y créame, soy una persona que sabe de lo que habla. Usted, como copulador licencioso -por lo menos eso se desprende al leer sus textos- debería darme las gracias por existir. Porque al existir yo, como unidad perfecta e inalterable, existe usted. No sé si me explico con claridad. ¿Se da cuenta de que si yo quisiera usted no existiría? Trataré de explicárselo: yo fui el neonatólogo en el parto en el cual vino al mundo usted hace ahora 61 años. Claro que ya hace dos décadas que me jubilé y desde entonces he escrito 17 libros sobre multitud de temas (colonias, sombreros, vacaciones, campings, perros, astronáutica, etc). Si le he escrito, desde luego no ha sido para que vigile a las conjunciones, ni para intercambiar ideas para nuestros posibles futuros libros, sino para advertirle que cuando usted nació le inserté un chip extraterrestre en la próstata y desde ese instante soy el dueño absoluto de su órgano glandular. Si desea recibir más información sobre el estado de su próstata o la localización espacial del fabricante de chips, no dude en hacérmelo saber.
Basilio Parraverde Contreras
Hola:
He leído todos tus escritos del blog El desbravador sifilítico y creo que eres genial. He localizado una foto tuya y me parece que estás muy bueno. Yo también estoy muy buena. Mi madre también está muy buena. Y mi padre. Y mi hermano. Y su novia. Y Polonio. Polonio es nuestro perro. Una vez Polonio mordió los testículos a la novia de mi hermano y de la risa que le entró a mi padre sufrió un ataque mi madre. Lo raro es que ingresaron de urgencias a mi hermano. ¡Somos una familia tan rara! Te dejo mi número de teléfono, pues me gustaría escuchar tu voz y quedar contigo. Te dejo también el teléfono de mi madre. Y el de mi padre. Y el de mi hermano. Y el de la novia de mi hermano. Polonio no tiene móvil, por lo tanto no puedo enviártelo, pero te puedo facilitar en un próximo email el número de mi neuropsiquiatra y el de una de sus enfermeras, la que está en recepción.
Adios, hiperguapo.
Muy señor mío:
Por la presente le conmino a cerrar su infecta bitácora. Si no lo hace en un plazo de 75.000 días, le enviaré a cinco sicarios. O mejor, si no lo cierra en cinco días le enviaré a 75.000 sicarios. Lo que usted prefiera en estos instantes. Envíeme la respuesta a la dirección que le adjunto antes de 92 meses o daré por supuesta la contestación y obraré a mi gusto.
Sofronio Chinchurreta Pérez
Señor Gregorio López Pérez
De los cerca de 1650 textos que hay actualmente en su blog, 895 son pornográficos, 326 destilan ateísmo furibundo en cada uno de sus vocablos y 427 tienen la extraña capacidad de tocar las pelotas a cualquiera que se atreva a leerlos. Yo he leído esos 427 en varias ocasiones porque me gusta que me toquen mis partes, pero preferiría que viniese usted a mi humilde hogar y me tocara el miembro viril con las manos. Le aseguro que si lo hace, nunca podrá olvidar la experiencia por muchos años que pueda llegar a vivir. Si por el contrario prefiere usted que le toque yo su pequeña cosita no hay problema. Ayer mismo me compré una lupa de 100 aumentos. Mi dirección está en la guía.