octubre 2011

Email del 7 de Octubre 2011

Marc Chagall, «Yo y el pueblo» (1911)

Buenos dias, querida:

La incapacidad e inutilidad del ser humano por abrirse a nuevas experiencias enriquecedoras o incluso aprender conceptos que desconocía me sigue pareciendo esclarecedora.  A una gran mayoría de animales no les disgusta aprender, aunque para ello hayan de ser recompensados con una golosina, por lo que he llegado a la conclusión de que nosotros, bípedos inteligentes, estamos más cerca de de la inutilidad absoluta que cualquier bicho que se desplace con cuatro, seis, ocho patas o incluso repte.

Hace unos días, intenté razonar con un amigo las diferencias sustanciales que existen entre un tabique nasal caucasiano y uno judío, pero se negaba a aceptarlas. Y no por el hecho de que aborreciera el tema, sino porque no quería desarrollar su mente. Según su teoría, francamente errónea, estaba convencido de que expandir su materia gris con temas que no le iban a traer ningún beneficio era contraproducente para su cerebro, para su dignidad y por encima de todo para su futuro.

Visto como está el percal humano, he decidido comunicarme exclusivamente con plantes y animales; por lo menos ellos, en su maravillosa incapacidad para hablar cualquier idioma entendible o traducible, no me producen malestar y ganas de asfixiarlos con sus propias estulticias. Puedo comunicarme con un vegetal acariciándolo, regándolo y abonándolo cuando lo necesite y silbándole cuando se contonee sinuosamente mecido por el viento. Puedo interactuar con un animal no racional dándole golpecitos amigables en el lomo o rascándole la barriga, pero no puedo hacer esto con un ser humano porque me golpearía en la quijada o me denunciaría a las autoridades competentes por lascivia u obscenidad.

Llegados a este punto, no me queda más remedio que excluirme de la sociedad y abrir unas oficinas de ayuda para inadaptados sociales donde, por medio de gruñidos y onomatopeyas, pueda ayudarlos a quitarse definitivamente esa maldita  costumbre llamada «razonamiento conceptual» que tanto daño está haciendo al planeta. Estoy convencido de que por medio de berridos, rebuznos y ululaciones podemos vivir en nuestro pequeño gueto exclusivo etiquetado como «asocial» por quienes creen poseen un motor que hace rodar al mundo y que resulta necesario para que este se mueva (¿hacia delante?).

Hace apenas media hora me he asomado a la ventana y he piado; no ha pasado ni un minuto hasta que un mirlo se ha posado en la ventana contigua a la mía y me ha contestado. No necesito el anillo del Rey Salomón para mantener una conversación pseudointelectual con los animales, un diálogo serio y que me llene por dentro, una charla amena repleta de instinto (¿para qué diantres sirve la inteligencia?), sabiduría y educación.

Un abrazo y dos besos

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Email del 6 de Octubre 2011

Kasimir Malevich, «Cuadrado negro» (1913)

Hola querida:

Un día tiene 24 horas que son 1440 minutos, es decir 86400 segundos. En un mes de 30 días habremos consumido 2.592.000 segundos y en un año 31.104.000.  Yo en estos momentos tengo 49 años y 266 días, lo cual es lo mismo que decir que tengo 18.162 días, osea, 1.089.720 minutos o lo que es lo mismo, 65.383.200 de segundos de vida. Pues bien, en estos 65.383.200 segundos pasados de mi vida, no ha habido prácticamente ni uno en que no haya esperado que sucediera algo, cualquier cosa.
Las dos últimas palabras de la frase anterior son mis preferidas de las cerca de 300.000 que tiene el idioma castellano. Cualquier cosa significa, «todo», pero todo, por lo menos para mí no es suficiente. Necesito más, o por lo menos un poco ese todo inexistente.

Si quisiese menos de lo que realmente sé que quiero, no podría ser un amante y seguidor de cualquier cosa, por el contrarío, si obtuviese más de lo que necesito estaría poniendo las cosas muy feas, puesto que cada vez necesitaría más y llegaría un punto en que cualquier cosa ya no significaría nada, porque tendría todo. LLegados a este punto, creo que debería conformarme con obtener lo que la casualidad quiera darme, hasta el momento en que escribo estas líneas, muy muy poco, aunque podría ser demasiado para otros.

Me gustaría que alguien, cualquiera, inventase un MUN (medidor universal para la necesidad). Es casi seguro que el nivel que marcaría el aparatito en mi persona sería suficiente para quemarlo. Entonces otro «alguien cualquiera» tendría que diseñar y fabricar otro mucho más sensible y con un número ilimitado de dígitos y una apariencia cuidada y futurista. Pero entonces yo, con ese peculiar espíritu de contradicción con que la naturaleza me ha obsequiado, lo rechazaría, o por lo menos me negaría a utilizarlo.

Mientras tanto, los segundos pasan incesantemente y yo sigo esperando algo que nunca llegará, quizá porque no existe o porque esta es la forma que tengo de justificar la existencia: desear algo indeseable, invisible, intangible, incongruente o en una sola palabra, inútil.

Es curioso, he necesitado un montón de líneas para definir algo que podría haber sido escrito en una sóla palabra; a veces me complico demasiado y mis razonamientos tienden a ser insufribles, con una mezcla de vanidad y desasosiego. Esa palabra, por supuesto, tú la conoces, y aunque sintácticamente es fea y desagradable su significado, por lo menos para mí, es aplicable, y en cierto modo la venero: anhedonia.

Besos

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Email del 5 de Octubre 2011

Hieronymus Bosch, «La nave de los locos» (1490-1500)

Creo que voy a presentarme al Libro Guinnes de los Records en la categoría de Hipnosis, pues la domino completamente y creo que no tengo rival. El año pasado ganó un tipo de Cracovia que cuando se lo proponía hacia que ciertos humanos se olvidaran de ponerse los calcetines. Mi poder es superior, sólo con un pequeño esfuerzo soy capaz de hacer que un langostino congelado cante My way en re menor y sin acompañamiento. Mis días de charlatán se han terminado, pienso cambiar al mundo por medio del poder de la mente y la concentración. Esta mañana he intentado que la dentadura postiza de mi corsetero habitual saliera de su boca y se introdujera en la de su mujer; el experimento no me ha salido como yo esperaba pues a su parienta la han tenido que ingresar presa de un ataque de nervios y Manuel, el corsetero, me hecho pagarle todos los atrasos que eran muchos, después de felicitarme efusivamente, eso sí. Pero mi moral no ha decaído ni por un instante. Esta tarde, después de ver el documental de la 2 pienso hacer que nuestra alcaldesa traspase sus poderes a un gato callejero y ella se fugue con un rastafari.

Muchos me llaman gamberro sin escrúpulos o desficioso paranoico, pero no es más que envidia. ¿A cuántos les gustaría poder hacer la mitad de las cosas que yo hago con la fuerza del cerebro, ese aliado menospreciado que la mayor parte de gente usa para decidir si se toma un café o un carajillo?. Ya estoy harto de las conversaciones estériles, estoy cansado de escuchar patrañas de zoquetes que no saben ni siquiera deletrear la palabra «Octangolonoplasentaiconósico» sin sufrir un ataque de histeria. Pienso pintar el universo con colores y hacer que la idiotez congénita se mude a otra galaxia.

Es posible que pienses que me meto donde no me llaman, pero es necesario que los moradores bípedos de este sufrido planeta cambien antes de que nos vuelva a salir rabo y empecemos a roznar. ¿No te entra un desasosiego alarmante cuando ves de lo que son capaces algunos estamentos sociales para evitar que se les acabe el chollo? Vamos a ponernos duros y a transformar la ignorancia cerril en algo que pueda servir a la humanidad, por ejemplo patatas, arroz, avena o sorgo. Es más necesario un grano de trigo que un idiota baboso, además de increíblemente más nutritivo.

Mientras te escribo estas líneas estoy escuchando música del futuro, pero el futuro sólo es factible si nos lo proponemos los que soñamos en utopías o quimeras. Para acabar, te transcribo una frase estupenda que se le ocurrió a una ardilla mientras talaban su árbol: ¡¡¡ Hay que joderse!!!

Besos

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Email del 4 de octubre 2011

 

Edward Hopper, «Excursion into philosophy» (1959)


Pudo ser él, o quizá fue ella

PUDO SER ÉL

Se encendió un cigarro y le dio cuatro caladas salvajes que lo redujeron a cenizas; mientras apagaba la colilla chamuscada notó un repentino deseo de rascarse la pierna, cosa que hizo con enorme delectación, apreciando el roce de sus uñas contra la piel cubierta de pelos duros y encanecidos. Sentado y completamente abstraído, fabricó cuatro pensamientos ruines y volvió a sentirse indispuesto. Como era hombre de principios inamovibles no creyó correcto volver a fumar o restregarse la epidermis e inventó un pasatiempo: imaginaría palabras que no existieran en el diccionario y que jamás nadie llegaría a entender. Manufacturó «porcil», «sabas» y » compesio», pero las consideró fáciles y sintácticamente débiles y sintió pena de su atrofia mental. Ocho lágrimas espesas cayeron de sus ojos y recorrieron sus mejillas como si fueran hilillos de cristal líquido, pero se evaporaron antes de mojar sus labios duros y desprovistos de emoción. Acurrucándose en un rincón oscuro, meditó en silencio mientras la rabia se balanceaba incesantemente, y cuando cerró los ojos creyó ver a dios. No era el Dios del que se habla en las escrituras pero su luz centelleaba a lo largo de la estancia; mientras trataba de comprender los misterios de su agonía un ruido seco le saco del letargo. En las tres últimas horas sólo había sido feliz durante cinco minutos y calculó las horas de felicidad verdadera que había tenido en su vida. Cuando encontró la cifra, una niebla espesa cubrió su delirio. Entonces comprendió los «porqués» y algunos «cuántos»  y «cómos» de su existencia. Penetró entre los recovecos de su apatía y descubrió una mancha en la que nunca había reparado antes. La pintó de varios colores y la bautizó con su nombre.

O QUIZÁ FUE ELLA

Le gustaba acariciarse el cabello mientras forzaba sus recuerdos a mantenerse despiertos; únicamente lo hacía por desesperación, sin importarle la razón. Siempre había pensado que no existen los deseos y que estos sólo se materializan cuando las fuerzas biológicas decaen, pero los sabores que se arremolinaban en su intimidad transformaban la agonía en fe infantil. Las intenciones eran buenas pero no así la forma de atraerlas, engañarlas y esclavizarlas para que siguieran a su lado. Cuando un destello de energía la arrancó de su imperfecta ensoñación ya fue demasiado tarde, todos los recuerdos que significaban algo se deslizaron contracorriente y desaparecieron de su memoria, en esos momentos herida de muerte. Presa del pánico, se concentró en un millón de espíritus que no existían y su cuerpo se volatilizó entre tinieblas dejando una habitación solitaria huérfana de moradores y exenta del calor que proporciona la vida.

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Segundo email del 3 de Octubre 2011

George Grosz, «Alemania, cuento de invierno» (1917)

Si Angela Merkel fuera un poco más guapa y su cuerpo estuviera más compensado llegaría a parecerse a una orangutana exuberante; de momento, y mientras no se someta a 42 operaciones de estética, se asemeja más a una pelota de baloncesto con faja que a una mujer rechoncha y con opiniones dignas de un marsupial, que es la imagen que ella cree que proyecta a Europa. A veces, he llegado a pensar que es hermana de cierta alcaldesa de cierta provincia española que linda con el mediterráneo, ese mar tan sufrido en ladrillazos y orines infectos que en otras épocas fue la base y el motor de la verdadera economía.

Puestos a mejorar su imagen, imaginémosla con un gran bigote estilo Adolf y unos bonitos ojos a la Reichskanzler. Tratemos de cambiar su barriga amenazadora y sustituyámosla por una del estilo de la de Cristóbal Montoro, y su gran trasero cucurbitáceo, por uno que al sentarse en los cómodos sillones del parlamento europeo no deslice parte de sus fofas carnes hacia el suelo de mármol. Para acabar, estaría bien reducir la talla de sus pezuñas, perdón, pies, de la 54 a la 33, que es totalmente femenina. ¿Qué es lo que tendríamos después del cambio? Al Yeti deshumanizado, pero de todas formas la señora saldría favorecida con la transformación. Incluso su marido (si es que lo tiene) agradecería no tener que decir «te quiero» a esa osa cuaternaria sin sentir arcadas y descomposición estomacal.

Y ella, actualmente es la jefa de nuestro sufrido continente, con la ayuda de ese otro impresentable llamado Nicolás Paul Stéphane Sarkozy; ambos hacen y deshacen, toman o dejan; entre los dos suman un ego del tamaño de Ganimedes y, entre los dos y con la ayudita de unos cuantos colegas de diferentes países, tratan de que nos quedemos en la ruina y nos dediquemos a cazar ciervos para podernos alimentar. ¡Y lo están consiguiendo! Sólo es cuestión de que sus alianzas con los usureros de las diferentes bancas nacionales den su fruto. Quieren repartirse el sucio papel de los beneficios, a costa de un montón de esclavizados atemorizados y parados que no tienen el valor para unirse, salir a la calle y poner a cada aprendiz de político donde se merece: en el contenedor de la basura y los desperdicios.

Sinceramente, amiga mía, esto no tiene solución; la solución es una cuestión del pueblo, pero el pueblo está tan ocupado haciendo cábalas para conseguir llegar a fin de mes que no ve la que se avecina. Es como la sardina que se muerde la cola o la ameba que se muerde lo que puede. Si todos los ciudadanos que clamamos al viento ante tanta injusticia dejáramos de salpicar con nuestra saliva al aire y nos dedicáramos a leerles la cartilla a esos ineptos, seguramente las cosas cambiarían. Pero como sabes, no tengo fe en el ser humano y, hoy por hoy, la suerte está echada.

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Email del 3 de Octubre 2011

George Grosz, «Eclipse de sol»  (1929)

Querida camarada, además de amiga:

Como ya estamos casi en fechas pre-campaña electoral los políticos empiezan a prometer más que un yonki y con idénticos futuros resultados. Todos sabemos que el oficio de político está a la altura del de puta o gigoló pero tiene mucho menos morbo, por lo menos para el cliente, en este caso votante. Depositar la confianza en las urnas votando a cualquiera de los políticos sinvergüenzas y sin moral que pululan a ambos lados del espectro izquierda-derecha es como introducirse una cucaracha por la oreja: un sinsentido y una imbecilidad. Pero no hay más remedio que decantarse por unos u otros; sabemos que ambos lo van a hacer fatal, más que nada porque lo único que realmente les interesa es salir bien en las fotos y arramblar con lo que puedan. Desde luego, puestos a mangar la derecha tiene más arte, pues ha estado muchos más años haciéndolo y por supuesto tienen más práctica, pero la izquierda ha demostrado que tiene aptitudes.

A veces, cuando miro al futuro inmediato y me veo otra vez machacado por los acólitos del señor Rajoy y compañía siento unos sudores fríos y unas repentinas ganas de exiliarme en Madagascar. Y de hecho lo haría si pudiera pagarme el billete, pero lamentablemente lo que tengo en el banco sólo me da para desplazarme a Valladolid y, si me estiro un poco, a Palencia o León. ¿Qué se puede hacer cuando la coyuntura amenaza con la debacle total en manos de esa panda de memos con ideas dignas del medioevo? La respuesta en mi caso es clara: suicidio. He estado diseñando algunas formas de auto eutanasia sin dolor y he llegado a la conclusión de que las mejores, por orden de facilidad para llevarlas a cabo, son:

1) Esnifar una víbora.
2) Lamer los calcetines de mi amigo José Manuel.
3) Escuchar un par de chistes de ese horrible cómico llamado Leo Harlem.
4) Acostarse con Carmen de Mairena.
5) Prepararse y comer una crema de adelfas.

Las formas 2 y 4, aunque son más factibles las descarto totalmente. Puedo ser un suicida pero no un masoquista. La opción de la víbora me entusiasma pero como tengo sinusitis aguda no me queda más remedio que eliminarla. ¿Qué me queda? Escuchar a Leo Harlem o la crema de adelfas. Entre ambas opciones, considero que la crema de adelfas es la más realizable pues no sólo acabará conmigo en un plazo de dos horas sino que además me reducirá los niveles de colesterol.

Volviendo al tema que nos interesa, si como proclaman las encuestas nos esperan una o dos legislaturas martirizados por el partido de la gaviota antropófaga, lo mejor es la resignación y la lucha mental. Por supuesto, esta última solo pueden llevarla a cabo seres increíbles del calibre del que escribe estas líneas. Tú ya conoces mi poder mental pues lo sufriste en tus propias carnes, cuando por medio de la concentración hice que tu tampax saliera a toda pastilla del lugar donde se suelen llevar y golpeara en la cara a un guardaespaldas de nuestra amada alcaldesa, proporcionando un sano divertimento a la gente que pasaba por la calle. Por lo tanto sabes que este método de lucha es posible  y además lícito. Propongo que creemos escuelas mentales exclusivas para rojazos que quieren y necesitan ver y disfrutar del fin de esta derecha que repleta de infrahumanos va a regir los pasos de este país, que por culpa de unos y otros se acerca al desmoronamiento total.

Un besazo muy grande.

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Email del 2 de Octubre 2011

Martin Johnson Heade, «Passion Flowers and Hummingbirds» (1870-83)

Hola querida:

Hoy me he despertado sobresaltado y con un cabreo del copón; la culpa la tiene un gorrión que se aloja a pocos metros de mi ventana y que seguramente es insomne pues a las seis de la mañana ya estaba piando como un poseso. Tras lavarme la cara y las orejas intenté localizar, sin resultado, el nido del ave con genes de gallo, así que me he decidido a denunciarlo a la policía nacional. El sargento primero de guardia me ha explicado amablemente que era poco factible que la denuncia pudiese llegar a buen término si no les facilitaba la dirección de correos del pájaro, pero que intentarían ponerse en contacto con él y conminarle a que respetase las normas básicas de convivencia. Así que no he tenido más remedio que volver a casa con la moral en la bragueta y dedicarme a limpiar la cocina y el baño una vez he podido distinguirlos. Para el wc he utilizado un producto que robé el viernes en Mercadona y para la cocina un desinfectante de marca muy conocida que me recomendó mi psicólogo.

Como he acabado con la limpieza antes de lo que creía, me dispongo a contarte los últimos pensamientos y reflexiones que me pasan por la cabeza y que hacen que ésta se incline hacia la derecha cuando bostezo. Si me atrevo a comentarte mis deducciones filosóficas es porque sé que intentarás comprenderlas sin gemir para tus adentros ni pensar que soy un loco desquiciado.

El ser humano es básicamente bueno, por lo menos eso es lo que nos han metido en la sesera desde que empezamos a razonar justo en la misma época en la que luchábamos sin descanso contra el acné, pero si todos nacemos sin maldad ¿por qué algunas personas se divierten descuartizando a sus semejantes? Las razones de esta conducta incívica no son fáciles de dilucidar, personalmente creo que es debida a los gases intestinales, pero hasta el momento ningún reputado psiquiatra me ha dado la razón. Pongamos por ejemplo a Hipólito Gazmuña, el célebre asesino de abogados. Este tipo mató, troceó y se comió a 18 abogados en 24 horas. Cuando lo detuvieron, pidió por favor que le concedieran unas horas más pues su número de la suerte era el 19. Cuando la guardia civil se negó en redondo a aceptar su petición, Hipólito se puso a bailar una rumba en el pasillo de las dependencias y se rompió una muñeca con las esposas. Hoy en día este fulano sigue en prisión, se ha reformado y ha estudiado abogacía y nutrición. Hasta la fecha sigue echándole las culpas a los flatos, sobre todo a los que se alojan cerca del hígado, pero nadie cree que esta fuera la causa de su psicótico comportamiento.

¿Te acuerdas de Lucrecio Banderas? El asesino de las almorranas, como así lo llamaban, se hizo famoso porque sólo mataba a personas que padecieran hemorroides, por lo que para encontrar posibles víctimas tenía que ir bajando los pantalones y las prendas interiores a todo ser viviente que pasar junto a él. ¿Y quién no recuerda el caso de Hanibal Esparta, que coleccionaba las verrugas de sus víctimas y las etiquetaba por tamaños o colores?

Podría seguir intentando racionalizar el comportamiento psicótico humano, sus generalidades más comunes y sus posibles consecuencias para el bienestar social, incluso podría darte el número de teléfono de algún majara, pero acabo de recordar que hoy es domingo, esa fecha señalada en el calendario para descansar, y eso es lo que me dispongo a hacer. Te pido perdón por las imbecilidades de este mail, pero la culpa no es mía, sino de cierto gorrión tenor que me ha jorobado parte del día.

Besos

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Email del 1 de Octubre 2011

Max Beckmann, «Retrato de familia» (1920)

Querida amiga y senadora de la honestidad:

Mi vecina del segundo tiene artritis reumatoide y principio de esclerosis múltiple. ¿Te preguntarás cómo tengo acceso a información tan intima? Ella misma me lo cuenta o mejor dicho, lo cuenta a la comunidad de propietarios entera y posiblemente a gran parte del barrio. Esta mujer de unos setecientos años tiene una voz prodigiosa que haría palidecer de envidia a la mismísima María Callas. Las conversaciones con sus visitantes o victimas auditivas se pueden escuchar incluso con la tv puesta y la lavadora centrifugando. Te transcribo la que acabo de oir hace un rato:

VECINA: Ay Marujita, menos mal que me has comprado las sardinas porque yo con esta artritis no puedo ni levantarme, Ay. AY. AY.
MARUJITA: Pues para ir al bingo sí que puede, la ví ayer entrando por la puerta.
VECINA: ¿A mí? Seria a Emerenciana, dicen que nos parecemos mucho de lejos…..
MARUJITA: ¿Pero si Emerenciana tiene 35 años?
VECINA: ¡Es verdad!, ¡Es verdad! Calla, que no me acordaba. Sí. Sí. Entré al bingo a comprar tabaco, ahora me acuerdo.
MARUJITA: ¿Pero si usted no fuma?
VECINA: Era para Adolfo, él no podía salir y me pidió si yo podía comprar…..
MARUJITA: ¿Pero si Adolfo lleva 23 años muerto?

Por si esta clase de contaminación acústica no fuera suficiente, mi vecino de al lado se está entrenando para el concurso provincial de regüeldos (¿o será nacional?), porque no para de eructar a todas horas: o eso o es que es un facóquero. Ayer conté 72 y antes de ayer 47; pero lo que más me fastidia de esta situación son las risitas bobaliconas de su mujer y sus hijos retrasados mentales después de cada asquerosidad del padre de familia. Es normal que cada día el número de eructos se incremente; de seguir está progresión, me imagino que en un par de semanas este hombre se habrá quedado tísico y su mujer se habrá liado con el cartero, que tiene cuerpo de descargador de muelles y rostro de sapo desequilibrado. Para que te hagas una ligera idea de la demencia que se respira es ese hogar, te dejo unas muestras:

PADRE: (Eructo brutal que hace moverse las paredes) ¿Qué os ha aparecido este? Jajajajaja ¿Ha sido bueno, eh?
MUJER: Jajajajaja, Fermín, vas a derrumbar el edificio, jajajaja.
PADRE: (Cuatro eructos seguidos y una flatulencia) Tomaaaaad, esto es para vosotros. Jajajajajaja.
HIJO 1: (Dos flatulencias entrecortadas) Joder, casi me cago.
MADRE: Joselito no seas mal hablado que te pego una hostia.
PADRE: (Dos flatulencias impresionantes) Soy el mejoooooor. Soy el mááááás……
MUJER: Guarro, el más guarro, jajajajaja.
HIJO 2: Mamáááááá, ¿donde esta mi gayumbo rojoooooooo con florecitas verdes donde descansa el nabo?
MUJER: Creo que está encima del tronquito del Brasil, mira a veeeeer.
PADRE: (Eructo sensacional que seguramente ha sido escuchado en Afganistán) Tengo que cortarme un poco, coño, igual lo van a oír los putos vecinos, jajajajaa.

Ante semejantes marranos y semejante nivel de estupidez, sólo tengo dos opciones: la primera sería denunciarlos a Sanidad, pero me temo que no serviría de nada, pues cuando comenté el asunto con otro vecino de otra finca, me respondió que estaba seguro de que ese fulano trabajaba allí. La segunda pasaría por introducirme en su hogar una noche mientras todos duerman y sellarles el culo y la boca con silicona. Mientras barajo la mejor opción voy a tratar de pensar en praderas verdes y caballos corriendo libres al viento o paisajes similares; cualquier cosa que me abstraiga de los mugrientos guarros que tengo al lado y de los cuales sólo me separa una estrechísima pared de ladrillos del nº 6.

Besos

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