Email del 20 de Octubre 2011
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| Gustave Courbet, «Le désespéré» (1848) |
Hola:
Mi psicosis de ayer ha remitido dando paso a una nube de depresión más oscura pero al mismo tiempo más relajante. Las articulaciones de los huesos hacen un ruido que se puede escuchar incluso con la música puesta a todo volumen y los bostezos continuados se han transformado en lo que Pepe Pótamo definía hace más de treinta años como «gritos hipohuracanados». Incluso mis moscas domesticas han desaparecido, no sé si por miedo a mi comportamiento desigual y taciturno o simplemente por la bajada tan radical de las temperaturas.
Sin la compañía de los dípteros que alegraban las horas zumbando alegremente y posándose en mi piel para absorber la sal mezclada con el sudor, mis horas de enclaustramiento se antojan apáticas, tediosas, indiferentes. Ni siquiera los berridos de pánico por estar vivos de la gente en la calle pueden alegrar la indescriptible macilencia de mis sentidos modificados. Acepto que existen razones para vivir y razones para morir, aunque realmente no sepamos el por qué; acepto la misantropía como forma de supervivencia o escape moral de las normas establecidas, pero no puedo asumir este incesante goteo de preguntas sin respuesta que se alojan comprimidas en mi cerebro y que hacen que los momentos de paz interior se transformen en dudas irracionales.
Me imagino que prefieres los mails humorísticos y desmadrados, pero ¿qué se puede escribir cuando, de alguna forma, uno se pregunta constantemente y de una manera letánica y cruel si la carretera que ha elegido es la indicada o si existe realmente algún camino que lleve a alguna parte? A veces pienso que todos somos nuestra propia dirección, pero no tengo más que mirar a los ojos de cualquier ser vivo para darme cuenta de que esto no es así. Todas las carreteras poseen multitud de bifurcaciones y estas, a su vez, se ramifican en una infinidad increíble y al mismo tiempo agobiante de desvíos y escisiones sin sentido. Es como una inmensa tela de araña inútil, pues no va a alimentar a ninguna boca, sólo al destino. ¿Destino? ¿Qué es el destino sino un vil juego de azar, fatalidad y contingencias? ¿Hay alguien entre los amigos que aún me puedan quedar que pueda definirlo sin sentir arcadas o remordimientos?
Mientras trato de vomitar toda la mierda que se arremolina en alguna parte de mi conciencia afectada y sumisa, no puedo dejar de escuchar una voz que entre susurros se lamenta; las palabras de Hammill cada vez tienen más sentido y se agazapan en mis entrañas:
«Mientras el cometa extiende su cola por el cielo
de ninguna manera define el trayecto que sigue,
tampoco encuentra su propia dirección.
Aunque el camino del cometa sea seguro,
no lo es su constitución,
por lo que probablemente su significado sea algo más
que el trazado de una cola
en un breve disparo a la gloria.»
Todos mis mails son malos y tontos, pero este ha batido records. No me enfadaría si me dijeras que parezco un niño, ya que es la verdad convertida en dogma. En algunas personas el circulo tiende a cerrarse, en mi caso es la cuadratura, pero no me molesta, ¿cómo iba a molestarme si ya nada me importa?
Besos.
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