octubre 2011

Email del 20 de Octubre 2011

Gustave Courbet, «Le désespéré» (1848)

Hola:

Mi psicosis de ayer ha remitido dando paso a una nube de depresión más oscura pero al mismo tiempo más relajante. Las articulaciones de los huesos hacen un ruido que se puede escuchar incluso con la música puesta a todo volumen y los bostezos continuados se han transformado en lo que Pepe Pótamo definía hace más de treinta años como «gritos hipohuracanados». Incluso mis moscas domesticas han desaparecido, no sé si por miedo a mi comportamiento desigual y taciturno o simplemente por la bajada tan radical de las temperaturas.

Sin la compañía de los dípteros que alegraban las horas zumbando alegremente y posándose en mi piel para absorber la sal mezclada con el sudor, mis horas de enclaustramiento se antojan apáticas, tediosas, indiferentes. Ni siquiera los berridos de pánico por estar vivos de la gente en la calle pueden alegrar la indescriptible macilencia de mis sentidos modificados. Acepto que existen razones para vivir y razones para morir, aunque realmente no sepamos el por qué; acepto la misantropía como forma de supervivencia o escape moral de las normas establecidas, pero no puedo asumir este incesante goteo de preguntas sin respuesta que se alojan comprimidas en mi cerebro y que hacen que los momentos de paz interior se transformen en dudas irracionales.

Me imagino que prefieres los mails humorísticos y desmadrados, pero ¿qué se puede escribir cuando, de alguna forma, uno se pregunta constantemente y de una manera letánica y cruel si la carretera que ha elegido es la indicada o si existe realmente algún camino que lleve a alguna parte? A veces pienso que todos somos nuestra propia dirección, pero no tengo más que mirar a los ojos de cualquier ser vivo para darme cuenta de que esto no es así. Todas las carreteras poseen multitud de bifurcaciones y estas, a su vez, se ramifican en una infinidad increíble y al mismo tiempo agobiante de desvíos y escisiones sin sentido. Es como una inmensa tela de araña inútil, pues no va a alimentar a ninguna boca, sólo al destino. ¿Destino? ¿Qué es el destino sino un vil juego de azar, fatalidad y contingencias? ¿Hay alguien entre los amigos que aún me puedan quedar que pueda definirlo sin sentir arcadas o remordimientos?

Mientras trato de vomitar toda la mierda que se arremolina en alguna parte de mi conciencia afectada y sumisa, no puedo dejar de escuchar una voz que entre susurros se lamenta; las palabras de Hammill cada vez tienen más sentido y se agazapan en mis entrañas:

«Mientras el cometa extiende su cola por el cielo
de ninguna manera define el trayecto que sigue,
tampoco encuentra su propia dirección.
Aunque el camino del cometa sea seguro,
no lo es su constitución,
por lo que probablemente su significado sea algo más
que el trazado de una cola
en un breve disparo a la gloria.»

Todos mis mails son malos y tontos, pero este ha batido records. No me enfadaría si me dijeras que parezco un niño, ya que es la verdad convertida en dogma. En algunas personas el circulo tiende a cerrarse, en mi caso es la cuadratura, pero no me molesta, ¿cómo iba a molestarme si ya nada me importa?

Besos.

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Email del 19 de Octubre 2011

Alan McDonald, «Fanman» (2006)

Hola querida:

Como sabes, he vuelto a fumar, pero como los paquetes de cigarrillos están a un precio parecido al del jamón de bellota, me he comprado una maquinita para liar tabaco de marca en tubos vacios, es decir para fabricar mis propios cilindrines y ahorrarme cerca de un 50 %. El primer cigarro me ha salido bastante raro, es más, yo diría que se asemejaba a una lombriz famélica con instinto lujurioso, pero el segundo ha sido una obra maestra de la redondez y me lo he fumado en un periquete. Por fin podré humear sin sentirme ruborizado por el gasto que representa. Como ya sabes, me gusta aspirar humo porque me siento más sexual con un pitillo en la boca y un poco de humo en los pulmones. Además, prefiero morir de un cáncer de laringe antes que por un chiste mal contado y en un momento poco adecuado.

Fumar es un placer del mismo calibre que emplumar a un banquero y desde luego extremadamente menos corrosivo desde el punto de vista ético. ¿Qué importa lo perjudicial que resulte a nuestro organismo? Actualmente, todo lo bueno deviene en enfermedad mortal, incluso lamer una juncia puede acabar con la salud de cualquiera; claro está que hay pocos sujetos que pierdan el tiempo chupando un cebollino salvaje, pero las ciperáceas existen y están para algo. Algunos como yo las lengüetean, otros se las introducen por el….

Lo que quiero decir es que en esta vida hay que hacer lo que incremente la satisfacción personal, sin miedo a enfermedades ni a disgustos morales y, por supuesto, sin sentirse un bicho raro. Hasta hace unos años me encantaba insultar a los rábanos. Sabía que estos no podían escucharme y que aunque alguno realmente avanzado lograra entenderme, su amabilidad natural le impediría contestarme. Pasé los mejores años de mi vida ultrajándolos y ofendiéndolos hasta que descubrí algo que los sustituyó como blanco de mis iras y frustraciones: la palabra «tendencias». No existe en ningún idioma, exceptuando el siamés, un vocablo tan subnormal y que defina a los que lo pronuncian de una forma tan clara como esta palabreja. Cada vez que la escucho siento unas terribles ganas de coger al sujeto que la articula y hacerle una autopsia en vida. Te desafío a que encuentres otro término más imbécil y que quiera decir tan poco con menos de diez letras.

Cada día que pasa me encuentro más cansado y cínico, de seguir así creo que voy a transmutarme en un orinal de porcelana metálica, ya sabes de esos que cuando orinas suenan a Prokokiev. De momento, las víboras que se alojan en mi cabeza tienen trabajo con la cantidad de malos rollos que les proporciona esta lúgubre existencia; cuando se acaben estos y el mundo sea un remanso de paz, virtudes y buenos propósitos, tanto los ofidios como yo emigraremos a otro planeta que esté repleto de ceporros malhumorados y acémilas desventuradas y donde introducir un puñal en el ojo de cualquier imbécil no esté tipificado como delito.

Todo me aburre y necesito bostezar a cada instante pero mi mandíbula se niega a seguirme la corriente; ayer estuve con las quijadas desencajadas durante diez minutos por culpa de una maldita rampa. Cuando estaba a punto de dirigirme a urgencias con la boca como la de un zombi de película, afortunadamente, y después de un sonido semejante al que hace una rana cuando un elefante con varices le cae encima desde un décimo piso, mi boca pudo volver a cerrarse, aunque estuve prácticamente todo el día con un ligero aunque molesto dolor de maxilares.

¿Qué puedo hacer para entretenerme sin que me cueste dinero? Ya he intentado todo: he cambiado los números de las puertas de mi finca; he dibujado penes erectos en la ropa interior de mis vecinas ancianas cuando secaba tendida en la terraza; he dado sustos de muerte a los gorriones cuando se posaban en la barandilla de mi balcón. Necesito ideas o me hundiré en la más absoluta de las miserias. Ni siquiera imaginarme a la alcaldesa de mi ciudad delgada y guapa me divierte.

Creo que voy a ponerme a jugar con soldaditos a las guerras napoleónicas, pero como no dispongo de militares de plástico o incluso de plomo, voy a sustituirlos por calcetines (ya conoces mi obsesión por esta prenda). El agujereado será el mariscal de campo y los blancos de lana con rayas rojas los oficiales. Para los soldados rasos, creo que utilizaré los de nylon o puede que los acrílicos de canalé con puño antipresión. El campo de batalla será el sofá y los cañones los tubos de Hemorrane. Si esta maldita terapia no surte efecto, buscaré consuelo sodomizando la llama que sale de mi mechero y si esto tampoco resulta, me largaré a Lourdes: dicen que el agua milagrosa que brota del manantial del mismo nombre cura hasta las psicosis más agresivas y delirantes.

Mi trastorno paranoico empieza a preocuparme, no sé si ponerme a cantar salmos inventados o tomarme un kilo de diazepan. Incluso mis manos tiemblan cuando intento expresar lo que siento, claro que es posible que el principio de Alzheimer me esté pasando factura o quizás el paso del tiempo, invariable y con el mismo compás día tras día, hora tras hora, más parecido al cántico fúnebre llamado como mi diminutivo (gorigori) que al extremo frenesí de una rumba gitana.

Estoy casi seguro de que después de leer estas líneas totalmente enajenadas e incoherentes, sentirás ciertos escozores en las gónadas, pero no te preocupes, es algo normal. No le des ninguna importancia y por supuesto ni se te ocurra pedir hora con tu ginecólogo. Si quieres pedir algo, pide una hamburguesa en un confesionario: te divertirás muchísimo más y al párroco se le teñirá la piel de la cara de un bonito color rojo «infierno» que favorece bastante a los que visten de negro (y les aporta cierta gallardía).

Besos y abrazos (XOXO)

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Email del 18 de Octubre 2011

Frida Kahlo, «Mi nacimiento» (1932)

Queridísima amiga y cerebro adelantado a tu época:

Aunque a veces, según las circunstancias, pueda parecer que tiene más o incluso menos, un día tiene veinticuatro horas y las administra de la misma manera que un usurero lo hace con su fortuna, es decir, roñosa pero inteligentemente. De entre todas esas horas repartidas entre luz y oscuridad  existe una que es especial, pero no por su magia o hechizo, sino porque representa el culmen de la degradación humana de camino a su destino inexorable: el renacimiento del rabo y la exaltación onomatopéyica.

El periodo comprendido entre las ocho y media a nueve de la mañana es el momento en que las madres corren henchidas de alegría con sus hijos cogidos de la mano hacia el colegio o guardería; caminan con paso veloz y radiantes de felicidad porque saben que en unos momentos se van a quitar de encima, aunque sólo sea por unas horas, a sus amados hijos, es decir los futuros descuartizadores, santos, banqueros, refugiados o avasalladores que regirán el destino de este mundo. Hasta aquí todo me parece correcto; las criaturitas tienen que prepararse para sus roles posteriores y las mamás necesitan justificar su martirio. Es justamente después de dejar a sus retoños en esos campos de concentración llamados colegios cuando empieza la degradación suprema que te comenté hace apenas unas líneas. Ese instante donde las progenitoras con pocas luces se reúnen con otras especímenes de su mismo calibre y sentadas en cualquier cafetería hablan de sus cosas: la comidita para el marido, lo guapos e inteligentes que son sus niños, la enfermedad de mamá o los picores testiculares de la mascota recientemente adoptada. Algunas llegan más lejos y tocan el tema de los amantes, lo gruesa que la tienen y lo mucho que les gusta cuando le meten la lengua de cinco kilómetros y medio en lo más profundo de la faringe. Supongo que bastantes hombres harán lo mismo y posiblemente de una manera más denigrante para el género humano, me refiero a sentarse en el bar, beber alcohol etílico, rascarse el trasero y mantener conversaciones filosóficas de un calibre indescriptible.

Si yo fuera el presidente del gobierno mi primera medida sería prohibir las reuniones de las nueve de mujeres con pocas luces y hombres hipertestosterónicos. Luego me suicidaría no sin antes haberle hecho un corte de mangas a la primera dama. Se supone que nuestro cerebro es una compleja fábrica de neuronas y no un basurero de células muertas donde todo huele. Nunca he conocido a un padre o una madre inteligente que haya dedicado ni siquiera un minuto de su existencia a charlar de gilipolleces con otro progenitor a las puertas del colegio o alrededor de una mesa repleta de cafés, bollitos y zumos de piña. Jamás.

Amiga mía, como tú no has sido madre, me imagino que después de leerme no te encontrarás en la tesitura de alabar o fustigar mis palabras, y eso realmente me complace. Ahora necesito poner en orden mis ideas, así que me despido de tí hasta mañana, o quizás hasta siempre, o hasta nunca, o vete tú a saber hasta cuándo. Me despido y punto……

Besosssss

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Email del 17 de Octubre 2011

Andreas M. Wiese, «Die blaue Stadt» (1997)

Querida:

Las noches son más frescas y mi edredón espera entusiasmado salir del armario, el que no se encuentra tan eufórico ante la idea de que salga soy yo, pues prefiero mil veces darle un morreo a Mariano Rajoy antes que introducir ese diabólico trasto de plumas y plumón en la sábana o funda que lo aloja. La última vez  que lo intenté el año pasado, sufrí un traumatismo severo en lo más profundo de mi dignidad y recordar ese instante no hace ningún bien a mis nervios, actualmente bastante debilitados al pensar lo que nos espera a partir del próximo veinte de noviembre. Pero no quería contarte mis aventuras con las fundas nórdicas en este mail, sino quejarme enérgicamente sobre un tema que normalmente pasa desapercibido y que según mi opinión debería ser causa de debates en todos los medios de comunicación: las tapas de las alcantarillas y el ruido que hacen cuando pasa por encima un coche o una persona gorda. ¿Es que a estas tipejas metálicas las fabrican para no cerrar bien? Eso es lo que yo creo a propósito de las que se encuentran situadas en las cercanías de mi calle. Esta noche hasta que he cogido el sueño he contado cuatrocientos ochenta y tres golpes; como cada coche hace ruido dos veces (ruedas anteriores y posteriores) deduzco que hasta las cuatro de la madrugada han pasado doscientos cuarenta y un coches y medio; o doscientos cuarenta y un gordos y un niño de seis años obeso, con deficiencias psíquicas severas y un chupete de color azul celeste.

He llegado a tal punto de maestría en el conocimiento de los ruidos alcantarilleros que estoy en disposición de señalar sin llegar a equivocarme cuando, por poner un ejemplo, pasa por encima una anciana, su peso, el color del bolso, el tamaño del moño  y si usa o no faja. Mientras escribo esta línea, acaba de pisar la que tengo más cerca un estucador calvo, de unos cincuenta y seis años, con hernia discal y suegra diabólica. ¡Y no he tenido que mirar por la ventana! Todo intuido y con un margen de error que no llega al uno por ciento, pues no olvides que llevo viviendo en mi casa cerca de treinta años. Cuando termine mi «Estudio comprimido sobre la descompresión tras salir de la ducha» pienso ponerme a trabajar en un libro denuncia de más de 900 páginas sobre este insufrible fenómeno.

Por cierto, y cambiando de tema, ¿es verdad que ayer durante la manifestación un tipo te pellizcó el culo? Me lo ha contado el mismo pellizcador, que lleva una detallada relación de los culos pellizcados con datos como la hora, fecha o sensación táctil de cada uno de ellos; es la forma que tiene de justificar su existencia. Ya sabes, cada uno hace lo que le dejan………

7 besos y medio

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Email del 16 de Octubre 2011

Antonio Berni, «Manifestación» (1934)

Hola querida:

Me imagino que ayer te unirías a las manifestaciones diseñadas por ese grupo de soñadores llamado «los indignados» que tanto está haciendo fantasear a una pequeña parte de la sociedad. Creer en utopías no es malo, el problema se presenta cuando la solución no se materializa. Una parte de mi endurecido corazón está con ellos, pero la otra, mucho más realista y sabia, entiende que esa no es una solución factible y que, aparte de sembrar un poderío absolutamente devastador sobre la derecha caníbal, no va a cambiar las cosas ni un ápice. Los políticos que gobiernan todas las pequeñas porciones de este enrarecido mundo son realmente inteligentes (salvo el bolivariano Hugo Chávez que es subnormal) y no van a permitir un cambio de esas dimensiones de una forma tan radical y en un lapsus tan corto de tiempo, pues la mayor parte de ellos aún no han saqueado lo suficiente. Personalmente, y tú lo sabes, opino que el único cambio decisivo sólo puede conseguirse por medio de la fuerza y a un precio muy alto en cuanto a bajas humanas; y no estoy haciendo proselitismo catastrofista, simplemente barajo las posibilidades por medio de las estadísticas desde que el ser humano aprendió a subyugar a sus semejantes. Pocas veces en la historia un cambio semejante se ha producido sin víctimas inocentes, los ejemplos se pueden contar con una mano (quizás con dos manos).

Sé que mi opinión fría y perniciosa para la psique de los ingenuos puede inducir al vómito, pero no hay que olvidar que por encima de seres humanos somos animales, y hasta que se demuestre lo contrario, obraremos de una manera muy poco racional cuando estén en juego nuestras piscinas climatizadas y defenderemos estas con uñas y dientes. ¿Qué importa que un puñado de gente inteligente quiera vivir mejor? Las piscinas son los castillos de los cenutrios que gobiernan el mundo; los vasallos, el vulgo, la plebe, solo han nacido para desinfectar el agua y de vez en cuando echar un poco de cloro. Nadie puede cambiar la rueda del tiempo con ensoñaciones quiméricas o ilusiones vanas, pero si con fuerza y barricadas.

El tiempo dará la razón y pondrá las opiniones donde merezcan ser puestas. Personalmente lo único que espero es estar equivocado y que con la fuerza de la razón podamos sintetizar un espacio donde se pueda vivir en ligera armonía, sin amos ni esclavos; pero mientras los peones deban luchar por la supervivencia y los alfiles estén demasiado abstraídos por la ignorancia que brindan las posesiones, los reyes y reinas dominarán el tablero por los siglos de los siglos.

Un besazo

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Email del 15 de Octubre 2011

Gustave Caillebotte, «L’éditeur» (1885)

Querida:

El protagonista de uno de los cuentos que estoy escribiendo ha salido de su historia y se ha introducido en otra matando al héroe y a algunos de los secundarios, por lo que no he tenido más remedio que tirar ambos textos a la papelera. Ahora tengo que volver a empezar, es decir, pensar un argumento, desarrollarlo mentalmente mientras me ducho o camino y luego trasladarlo a una hoja en blanco. Si hay algo que me repatea en esta vida es que un personaje se salga del papel que tenía asignado. Imagínate si la lluvia del comienzo de La Tempestad se transformara en granizo y Ariel se hiciera fontanero, ¿crees que Shakespeare hubiera llegado a ser el genial escritor que todos veneramos? Si quiero que mis narraciones no me den más dolores de cabeza tengo que hallar la manera de retener a los personajes e impedir que reine la anarquía. Hasta el momento, y después de pensarlo detenidamente, he llegado a la conclusión de que la única forma de que esto no suceda es dejar la creación literaria y hacerme costurero. Hasta el momento, no se conoce ni un sólo caso de un patrón que se haya rebelado contra su modisto y si a eso le sumamos que el oficio de corte y confección tiene una buena salida laboral, las ventajas son innumerables: por un lado no tengo que enfrentarme al horror que produce tener un folio en blanco desafiante encima de la mesa y por otro, puedo manufacturar pecherines, delantales y baberitos con mi propia marca registrada.

Llevo un montón de tiempo preguntándome cual es la razón por la cual me he metido en este durísimo mundo de relecturas y revisiones constantes, pero no he llegado a ninguna conclusión lógica. Es posible que el incesante paso de los años, además de dibujar algunas arrugas en mi ceño, haya trastocado la mayor parte de mis neuronas y estas hayan alimentado un ego insaciable y creado una especie de monstruoso esperpento que no me deja demasiadas elecciones. ¡Podría ser tan feliz esquilando corderos o castrando alces en Laponia!

¿Te imaginas como hubiera sido mi existencia si la comadrona me hubiera golpeado accidentalmente con una quijada de bisonte en la cabeza? Yo sí, y estoy convencido de que andar babeando por las calles hubiera sido un destino más acorde con mi atormentada personalidad. Además, si lo piensas, babosear es un arte, y si no estuviéramos tan carcomidos por la sociedad, incluso podríamos decir que es el verdadero y único arte. Ser estúpido es un papel que nadie quiere asumir, prefieren ser reyes, magnates, estupradores, arzobispos o senadores, pero alguien tiene que asumir ese rol y yo estoy dispuesto a aceptar el sacrificio.

Jamás visitaré a nadie que no tenga un sonajero para prestarme, y eso te incluye a ti. Si no tienes un sonajero me contentaré con dos o tres pelotitas de goma o un chupete.

Besos

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Email del 13 de Octubre 2011

Edgar Degas, «La baignoire» (1886)

Holaaaa:

Mientras regresaba a casa después de mi paseo matutino, me he encontrado en una esquina a mi viejo amigo Vicente Flor y he tomado un carajillo con él. Ausonia, como lo llamamos sus íntimos, es traficante de compresas; las compra por mayor en Madrid y las envía a Ruanda donde el gobierno las distribuye entre los poblados indígenas, que fabrican con ellas figuritas tribales de celulosa que después tratan de vender a los turistas y enfermos mentales. Ausonia se encontraba realmente cabreado porque su último envio ha acabado en San Petersburgo y no ha parado ni por un momento de increpar a las fuerzas celestiales que controlan el destino y la casualidad. Cuando, cansado de la misma cháchara repetitiva, he tratado de desviar la conversación hacia temas menos higiénicos, se ha deprimido hasta un extremo en que he dudado seriamente de su cordura y he necesitado de mis increíbles dotes psicológicas para impedir que se suicidara haciendo palanca con la cucharilla de café en el globo ocular derecho. Más tarde, y ya totalmente relajado, me ha confesado que ha llegado a la conclusión de que existen tampones con síndrome bipolar y que la única forma de comerciar con ellos es disfrazando la etiqueta de venta. Aunque su disertación acerca de los productos de higiene íntima femenina ha sido reconfortante y he aprendido un montón, ha llegado un momento en que he necesitado respirar aire fresco y me he despedido de él. Dos manzanas antes de llegar a mi patio, un gato me ha mirado a los ojos y ha maullado lastimeramente por lo que no he tenido más remedio que agacharme y acariciarlo; estaba repleto de pulgas y en un estado lamentable. Por un segundo he sentido deseos de llevármelo a casa, pero, afortunadamente, se ha impuesto la lucidez y he acabado despidiéndome de él y de sus inquilinos con un gesto que me ha recordado al de un dandi con cáncer terminal de escroto. Pero me ha salido bien, pues el felino depresivo no me ha seguido sino que ha intentado venderle su pena a una gorda vestida de negro de los pies a la cabeza que salía con cara satisfecha de una frutería.

Ahora ya estoy en mi habitación, ese lugar donde ejerzo de ser supremo y dicto las leyes y donde no cumplirlas equivale a un ataque de pánico seguido de parálisis facial periférica. En mi cubículo no existen banderas, ni normas, ni por supuesto fronteras, solo quietud, paz e inactividad en fase suprema. Cuando me arrastro de un rincón a otro no tengo que escuchar ninguna voz que me exija hacer las cosas bien o de una manera humana. Aquí soy mi propio dios y dicto las leyes a mi antojo, sin importarme si soy ecuánime o subjetivo, generoso o asquerosamente indigno. Son mis preceptos y hasta las moscas que osan internarse en mis dominios tienen que cumplirlas.

No sé que mas contarte, bueno sí, ayer me comí un croissant que me recordó a Tierno Galvan, pero sería demasiado largo explicarte la razón, por lo que creo que lo más sensato es que me despida de ti hasta el próximo mail, no sin antes darte uno de mis grandes consejos: no te compres nunca un pijama en un «todo a cien».

Besazos

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Email del 11 de Octubre 2011

Pablo Picasso, «Les pauvres» (1903)

Hola:

Hasta hace unos meses, cuando andaba por la calle y pasaba por delante de una pareja de abuelitas o un grupo de gente que estaban parados en la acera hablando de sus cosas, la conversación siempre e invariablemente trataba sobre cánceres y enfermedades que aquejaban a un familiar o conocido de alguno de los reunidos. Ese horripilante tema ha sido sustituido por otro no menos aterrador y que es el que actualmente está en boca de todos: el dinero o la falta de este. Hasta mis conocidos más pudientes en otras épocas se dedican a lloriquear en esta; han pasado de tener 4 coches y 3 chalets a tener una moto y un adosado compartido, y eso, aunque de alguna forma les une con el vulgo, también les corroe las entrañas y les tinta el otrora bonito negro «ala de cuervo» del pelo, de un vulgar blanco sucio tipo Gandalf el gris.

Ayer me tomé un cortado en un bar que ahora pertenece a un chino, y aunque el café y la leche sabían a lo que se supone deberian saber, no así la cara de los cuatro clientes que se sentaban desperdigados en las mesas. Cada uno de ellos miraba a algún punto del cosmos traspasando incluso el techo. Ellos no lo sabían, pero escudriñaban su futuro y la negrura que se avecina. Incluso el dueño del local, asiático como ya te he comentado, se atrevió a pronunciar unas palabras que, sinceramente, creo que deberían ser publicadas como titular en todos los periódicos del país: «tolo estla muy jolilo».

Mientras espero que suceda algo (me refiero a algo como un estallido de cólera popular, que instaure una república en toda Europa mientras fusila a cierto tipo de políticos abusadores y chorizos y envía al resto a las islas Tonga, por supuesto certificados y sin derecho de vuelta), intento gastar el tiempo haciendo lo que hacen los úrsidos durante sus muchos meses de brumación: absolutamente nada. Incluso me permito el lujo de no desgastar las neuronas cerebrales por medio de una auto-lobotizacion inducida que, por lo menos en mi caso, contiene o frena los arrebatos de furia insana que hacen que cada vez que veo a un humano sienta unos deseos incontrolables de abalanzarme sobre él y meterle una Oxyuranus Scutellatus por la boca.

Ahora, mientras estoy escribiendo este mail, en demasiadas partes del mundo hay un montón de tipos que ganan dinero haciendo más pobres a los que ya las pasaban canutas. Me imagino que esos fulanos alguna vez tuvieron buenos sentimientos, por lo menos el día de su concepción biológica; quiero pensar que el transformarse en autenticos hijos de puta no fue simplemente una cuestión de poder o de gloria, sino de maldad viciosa, ruín y depravada. No soportaría la idea de que ese tipo de seres omnipotentes que quieren hundir en la miseria absoluta a las tres cuartas partes de la población mundial tuvieran como meta fundamental la posesión y el placer como única excusa.

Me imagino que tú, queridísima amiga -caray, parezco Carmen Sevilla-, estás por encima de esos impulsos autodestructivos que hemos programado para nuestro amargo futuro. Desde tu Olimpo particular puedes ver cómo se desarrolla nuestro juego e incluso apiadarte de gente como yo enviándole un dios menor en forma de sabio consejo que generalmente es rechazado con alegría y determinación.

4 besos

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Email del 10 de Octubre 2011

Lucian Freud, «Leigh on a Green Sofa» (1993)

Hola:

No sé si conoces a algún hombre interesante que se depile las ingles pero no importa, no quiero hablarte sobre montes de Venus ni cortafuegos artificiales, sino del placer que experimento cuando no hago absolutamente nada. Lo he meditado cientos de veces y he llegado a la conclusión de que vaguear es uno de los sentidos fundamentales de mi existencia. No hay nada que me produzca un bienestar de cuerpo y mente tan reconstituyente como quedarme tumbado en cualquier rincón de mi castillo y dar rienda suelta a las ensoñaciones; al fin y al cabo, dejar volar la imaginación mientras la carne que rodea mis huesos se encuentra en estado de postración absoluta me libera del infierno que significa interactuar con merluzos mal rebozados y, al mismo tiempo representa una agradable justificación al hecho de sentirme un misántropo lunático.

Si pudiera volver atrás, te aseguro que lo único que cambiaría de mi auto fustigadora personalidad sería esa inaudita capacidad que poseo para sentir pena de mi mismo sin llegar a lloriquear como una niñita de nueve años. Que conste que no siento ninguna clase de placer o satisfacción comportándome como un Simón, transmutado de estilita a estilista de tercera y además ateo, pero estoy convencido de que si obrara de otro modo acabaría mis días internado en una institución mental de seguridad destinada a albergar psicóticos peligrosos o políticos sinceros.

Hace diez minutos que muevo mis manos intentando escribirte estas líneas y ya puedo sentir esa sensación hormigueante rasgueando mi estómago que me indica con una precisión brutal que es hora de detener cualquier movimiento corporal que pueda inducir a mi cerebro a creer que mi cuerpo en actividad inusitada es de utilidad pública. Necesito sentir el plomo que me inmoviliza pero que al mismo tiempo no impide que manufacture sueños falsos para regocijo de mis neuronas, en esta fase de mi vida, totalmente borrachas de cinismo y absurdez neurótica.

No sé si conoces a algún hombre interesante que se depile las ingles………

Besos

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Email del 8 de Octubre 2011

Johnson Eastman, «Writing To Father» (1863)

Querida e ilustrada amiga:

Cuando hace meses me alertaste sobre mis queísmos, al principio pensé que esa palabra designaba una variedad de queso manchego desconocido para mí y fui a Mercadona a comprarlo, pero la dependienta me explicó que estaba agotado esa semana y que en unos cuantos días volvería a recibirlo. Ahora que ya sé lo que significa, no puedo sentirme orgulloso de mi asnal uso del lenguaje escrito, pero te prometo por Charles Manson que intentaré redimirme. Siempre he pensado que una persona que día a día no intenta mejorar en cualquier aspecto de la vida, está más cerca de un kleenex que de un ser vivo, y yo, de momento, estoy convencido de que estoy vivo, pues no conozco a ninguna servilleta de papel que padezca sinusitis. Te prometo que intentaré no volver a lastimar al castellano con otra puñalada emponzoñada y que si esto sucede, será más por mi velocidad al pensar y trasladar dichos pensamientos al bloc de notas que por dejadez o vagancia. Tú me conoces, sabes que odio releer lo que escribo, pues cuando lo hago, siento repentinos deseos de abrir agujeros en las paredes con la cabeza o practicar el salto libre desde cualquier ventana. Supongo que es una cuestión de timidez, o quizá porque no confío demasiado en mi prosa y en lo que realmente quiero expresar con ella.

Escribir es uno de los placeres más desagradables que existen, si exceptuamos el que produce la sensación de provocarse un vómito respirando cerca de la faja de una alcaldesa. Desagradable, porque es realmente duro intentar plasmar lo que le pasa a uno por la «quijotera» y que no pierda demasiado al transcribirlo al papel. En ese proceso, que puede durar algunos segundos, es donde realmente te juegas todo; es un instante en el que se decide si realmente tienes aptitudes o es mejor buscar otra forma de expresión, como la danza clásica o el asesinato en masa. Personalmente, yo disfruto escribiendo, pero también alimento demonios que me asustan y que en ocasiones me incitan a recluirme en un rincón mientras gimo desesperadamente maldiciendo mi pobreza intelectual. Está claro que si me comparas con alguno de los muchos cenutrios que pululan por las calles, mi intelecto sería comparable con el de Einstein, pero por dentro sé que necesito 30 vidas más para poder llegar a ser algo en este mundo de comas, punto y comas o puntos finales.

Desde luego no voy a dejar de intentarlo aunque para ello provoque que mi úlcera se transforme en tumor; de alguna forma me siento enganchado a esta tortura, desconozco el motivo pero comprendo el significado: catarsis.

Un beso

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