“Te pasas la vida despidiendo a los que se van, hasta el día en que te despides de los que se quedan”. (Vera de Talleyrand-Périgord)
Cierro los ojos. ¿Para qué sirve cerrarlos? Para acercarse a la nada. Pero entonces, ¿qué es la nada? La nada es la ausencia total, una respuesta sencilla e inútil con la que poder disimular el vacío. Existen infinidad de vacíos. El mío poco se puede parecer al vuestro, o al de cualquiera que sea capaz de reinterpretar este texto. Mi vacío lo he construido yo. ¿Yo? ¿Qué es el yo? El yo es una línea virtual que divide y, a veces incluso, aísla a los individuos. Mi yo es infinito y limitado. Eterno y perecedero. Yo soy una piedra a la orilla de un riachuelo. Soy una gota dentro de una nube. Soy los días, los meses, los años, pero también soy parte del espacio y del tiempo. Soy la esquina doblada de un libro. Soy el filo de un cuchillo. Soy la sangre que se escurre por un antebrazo. Soy una semilla. Soy un hueso, pero también soy lo que he sido en mis días y en mis noches anteriores. Y he sido un árbol. He sido una mortaja. He sido un alfil y he ganado algunos juegos. He sido guitarra. He sido hechicero. He sido cristal y he sido hierro.
El número tres es sagrado, así como las historias en las que se ve involucrado, Por favor, no mancillar con ideas preconcebidas o hechos improbables y sesgados. (G. de Lopezei-Perezei)
Tres son las oraciones con las que Beatriz intentó ponerse en contacto con Dios. Ninguna surtió efecto. O bien la omnipotencia estaba demasiado ocupada o ella no era digna de ser escuchada. Con aspecto triste se dirigió hacia su habitación, extrajo de un cajón un cilicio de metal bastante viejo y oxidado y se lo enrolló en un muslo. Cada vez que lo apretaba la sangre brotaba de su carne. -Por ti, mi Señor, por tu Hijo y por el Espíritu Santo. De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó rítmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, su cara se desencajó mientras que con su mano derecha se persignaba. -¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero. -No soy digna de que entres en mi casa, pero… -¿Sabe por qué he venido? -No, pero mi casa es tu casa… -Muchas gracias. Su arrendador me ha dicho que su pila no traga. Quiero decir, ejem, creo que está embozada. -¿Entonces no es usted Dios? -Bueno, en realidad hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós señora.
Tres son las veces que Darío intentó hacerse un huevo frito. Desde que su mujer lo abandonara hacía tres semanas había estado alimentándose con latas de atún y comida prefabricada, de esa que venden en las grandes superficies. Hoy era el día en que por fin se atrevía a encender el fuego y nada salía como él pensaba. -Mierda, esto es más difícil que levantar la ceja izquierda. De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó ritmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, su cara se iluminó mientras dibujaba una gran sonrisa. -¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero. -No sé quien es usted, pero por favor, ayúdeme a prepararme un huevo frito. -¿Sabe por qué estoy aquí? -No, y si quiere que le sea sincero, no me importa en absoluto. Pase a la cocina y enséñeme a freír un huevo y le invito a una copita de Jerez. -Su arrendador me ha dicho que su nevera está tibia. Quiero decir, ejem, que su refrigerador no enfría. -¿Entonces no me va a ayudar? Bueno, en realidad hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós señor.
Tres son las historias que Patricio contaba cada día a su nieta antes de que ésta se fuera a la cama. Aunque siempre se las inventaba, en ocasiones se confundía y las repetía hasta que ella le regañaba. Cuando eso sucedía tenía que inventar una excusa a toda prisa para poder sentirse bien. La edad le pasaba factura y su genio, que hasta entonces nunca había salido de su cabeza, luchaba por desplazarse al exterior. -¡Maldita pequeñaja petulante y engreída! De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó rítmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, no se le ocurrió otra cosa que mandarlo a la mierda. -Espere, no me cierre la puerta. ¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero. -Supongo que un maldito Testículo de Jeováh o un vendedor de aspiradores. ¿Me equivoco? -O sea, que no sabe por qué estoy aquí. -Maldita sea, si lo supiera no le habría abierto la puerta. -Su arrendador me ha dicho que su nieta es una chulita, ejem, que arma mucho escándalo y algunos vecinos se quejan. -Dígale a ese exprimidor fascista que me paso por los cojones lo que diga y las molestias de los vecinos. ¿Se ha enterado, pedazo de imbécil? -Bueno, en realidad hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós.
El jueves, mientras desmontaba un mueble feo y carcomido sufrí un terrible y dolorosísimo ataque de lumbago que me mantiene doblado todavía. Te escribo estas líneas en una posición que resultaría obscena si fueras una malpensada o acabaras de ver un film porno. ¡Me estoy haciendo viejo! Me gustaría decir que me estoy haciendo joven, pero nadie se lo creería, sobre todo si me pillan lubricando las articulaciones anatómicas con aceite del árbol del té, que es lo que hago a todas horas en un vano intento de amortiguar los sonidos que hacen éstas cuando me muevo. Ahora ya sé por qué los vecinos golpean las paredes: para que no haga ruidos osteoartríticos. Quizá debería meterme en la cama y esperar a la muerte, pero temo que esta se metiera en el catre conmigo y me sometiera a tocamientos libidinosos. No sé qué hacer, si ingresarme en una residencia para ancianos, una para neuróticos o una para ancianos neuróticos. ¡Y sólo tengo 60 anos! Perdón, ano sólo tengo uno, y no funciona demasiado bien pues se atasca, pero es que la tecla que representa a la decimoquinta letra, ya sabes, esa tan típicamente castellana, se desprendió de mi teclado hace unos meses.
Recuerdo cuando era joven y lo único que me importunaba era pensar en el futuro, este que ya ha llegado y me está haciendo la vida insoportable. Hace unos pocos días estornudé y al hacerlo incrusté la dentadura postiza en una columna dórica. Y el mes pasado, mientras trataba de seguir los movimientos sinuosos del trasero de una bella señorita, un globo ocular se me cayó al suelo y fue mordisqueado salvajemente por un sintecho que sintecheaba por allí en ese preciso instante. Envejecer es un fastidio, pero contemplar cómo envejecen tus amigos una satisfacción. ¡Ahora ya sabes cual es la razón por la que colecciono catálogos de funerarias! Quiero estar preparado para cuando ese instante final se presente de improviso. Antes, era coleccionista de enfermedades, hasta que alguien me ofreció una suma considerable por mi colección y me vi obligado a vendérsela. El sujeto que la adquirió ya ha fallecido, pero eso no importa demasiado ahora mismo. Lo que realmente me importa es saber que cada uno de nosotros morirá tarde o temprano, y que una vez muertos y enterrados, todo carecerá de sentido. Todas las noches que he pasado en modo pluripatológico y en constante vigilia se verán reconfortadas con el perfectísimo sueño perpetuo, ese que sucede cuando nuestro cuerpo se niega a seguir pagando facturas, escuchando idioteces, descomponiendo las totalidades, en definitiva, a seguir malviviendo.
Puede resultarte gracioso, pero mientras tecleaba el párrafo anterior mis dedos han sufrido una parálisis discinética y no tengo más remedio que mecanografiarte el resto con una oreja. Para despedirme te enviaría, como hago siempre, un besazo, pero mis labios han contraído herpes labial, queilitis y liquen plano, todo a la jodida vez, y no puedo permitirme el lujo de propagar tanta mierda vírica, por lo que esta vez te envío un narizazo.
Durante muchos años alguien pensó que estaba equivocado. Sin embargo, en 2005 se anunció el hallazgo de unos manuscritos redactados por cierto antepasado de aquel alguien, un tal alguien-quizá-posiblemente que deshizo y corrigió cada uno de los velos que enturbiaban el incidente. Pero, ¿qué tiene que ver esto con lo que trato de explicar? O mejor, ¿qué es lo que realmente trato de explicar? Para que podáis confiar en que lo que estáis leyendo tiene cierta lógica, trataré de hacer un pequeño resumen introductorio:
Alguien asumió los costes de su teoría y otros se lo hicieron pagar muy caro. Entonces se descubrieron aquella serie de papeles viejos y casi ilegibles que demostraban que nadie tenía razón, porque la razón no es aplicable en ciertos sucesos en los que el factor tiempo ha dejado impresa su huella. Entonces ellos y el resto, es decir, los demás, iniciaron unas maniobras de desprestigio que a punto estuvieron de llevar a alguien al suicidio, pero que en ultima estancia lo hicieron más fuerte. Y quizá las palabras escritas por alguien-quizá-posiblemente fueron el detonante de lo que sucedió a continuación y que todos se atrevieron a negar tajantemente. Como todos vosotros deberíais saber, sólo niega el que desconoce. O el que conociendo, está demasiado ocupado consigo mismo y sólo contradiciendo siente que justifica su lógica.
Supongo que puesto todo en perspectiva, estaréis en disposición de tomar partido por uno u otro. Mi consejo es que neguéis dos veces antes de llegar a una conclusión que os satisfaga. Alguien se comportó de manera honesta, pero nadie necesitaba sentir la razón de su lado envolviéndole completamente. Ambos perseguían un mismo fin. Si nunca hubiesen aparecido los papeles de alguien-quizá-posiblemente, el corolario de todos estos hechos seguramente hubiera sido diferente. Y es esa diferencia la que emponzoña la información que sobrevive. Sois libres de tomar partido por uno de ellos. Por mi parte, sólo puedo deciros que la razón sustentada por la lógica no siempre es infalible. Si hemos de ser honestos deberíamos no dejarnos llevar por la infatigable descomposición de las circunstancias.
La aceptación como demostración de voluntarismo es un mal superfluo al que debemos cierto respeto. Aquí es donde empieza el verdadero problema…
Habría sido capaz de todo¹. Pero no siempre todo significa por entero o en conjunto². En ocasiones mis «todo» y mis «nada» se complementan, por lo tanto, podría haber sido capaz de nada. Y eso fue lo que sucedió: no hice gran cosa³. Bueno, sí, protesté⁴ con cierto comedimiento y con esa manera típica, aunque discreta y sumamente hipócrita, con la que se debe desafiar a los semidioses⁵. Sabía que tenía perdida de antemano la condición y la situación⁶, por lo tanto mis circunstancias y, sobre todo, mi disposición, se pusieron en mi contra. Y una vez allí yo ya no tenía nada que hacer. Tampoco es que fuera mi porvenir o incluso mi vida⁷ en ello. Simplemente decidí comportarme como un dinámico e intrépido pusilánime⁸. Me encanta ese papel. Creo que está hecho para mí. Y cada vez que lo interpreto lo bordo⁹. Las leyes sociológicas no están desencaminadas: siempre habrá un pequeño número de imbéciles¹⁰ que se crean superiores porque perdonan. Y si quieres permanecer lo suficientemente lejos de cualquier tipo de amnistía, tienes que estar absolutamente convencido de que todo y todos te la sudan¹¹. Es terriblemente sencillo. Al fin y al cabo lo que otros puedan pensar de uno mismo no es lo que uno mismo piensa de sí mismo¹². Tampoco es lo que uno mismo cree que es uno mismo¹³ u otro mismo¹⁴.
Greg L. Pérez¹⁵
Notas:
Referido al inútil acto de sobrevivir. Subsistir implica dolor. El dolor implica sufrimiento. Sufrir conlleva numerosas entradas a los centros de salud de la Seguridad Social y numerosas salidas de estos con uno o varios papelitos en la mano (o en el bolsillo). Son las llamadas recetas. Estas se canjean en las farmacias por medicamentos. Una gran parte de estos fármacos solo producen cosquillas en el píloro, sin embargo el resto trasforma en zombis submongoloides a los pacientes-víctimas que los ingieren.
Algunos creen que Todo es una especie de sentimiento fascinante, un arrebato causado por una intensidad específica, una elevación y un éxtasis. Yo, sin embargo, estoy convencido de su banalidad, su intrascendencia. ¡Entre ambos criterios existen tantas derivaciones! Quizá sólo los que puedan mantenerse en un lugar alejado del punto de partida o de convergencia, sean capaces de vislumbrar esa objetividad que yo renuncio a aprovechar. ¡El Todo es confuso! Tratamos de permanecer al lado de quien proclama al viento cada una de nuestros maravillosos todos en forma de bondades, pero huimos como posesos cuando nuestros padres nos gritan. Somos fragmentos desperdigados que esperan ser recompuestos. ¡Mentimos, delatamos, justificamos! Falsificamos nuestras sensaciones con el extraordinario propósito de obtener una indemnización, pero, al mismo tiempo, nos sentimos importantes, exclusivos y únicos.
Creo que soy un tipo relativamente coherente, pero en demasiadas ocasiones me frustro terriblemente al no ser comprendido y en ese estado me siento incapaz de hacer nada, excepto escribir, por supuesto siempre que estemos convencidos de que escribir significa no hacer nada en absoluto. Las palabras están al servicio del que las organiza, bien sea en forma hablada o por medio de la escritura. Y estructurar frases con el único propósito de que sean entendidas o interpretadas implica esfuerzo y tiempo. Conozco a demasiadas personas que hablan por hablar, es decir, para justificar sus existencias. Inculpan, determinan y juzgan, pero nunca entienden, intuyen, y mucho menos, asimilan. Los niveles de significados de sus locuciones se encuentran tan dispersos como las partículas de un coloide. Cuando intento acercarme a ellos mirando al mundo a través de sus ojos, tiendo a ver todo borroso, difuminado, básicamente distinto.
Si se me acabaran las ganas de reprochar, trazaría una circunferencia sobre la tierra empapada de agua y viviría dentro. Me convertiría en un extraño, pero seguramente alcanzaría unas cotas de bienestar de las que ahora carezco. Si cada una de las palabras que a veces me acarician suavemente desaparecieran llevadas por el céfiro, gesticularía hasta estrangular sus pretendidos significados. Si pudiera, si pudiera. No puedo. Lo intento. Os juro que sigo intentándolo. Pero el espacio que media entre dos sucesos es un cercado insalvable. Prefiero esperar junto a la puerta, preguntándome si el castigo es proporcionado, o si por el contrario, merezco otra jodida oportunidad.
Cuando presto atención a las reacciones de los que se creen únicos, pero que en realidad son unos auténticos imbéciles, advierto claramente que son unos auténticos imbéciles. Y después de concluir que son unos auténticos imbéciles, suelo quedarme pensativo y, a veces, me pregunto: «¿qué hago yo perdiendo el tiempo analizando a unos auténticos imbéciles? ¿Me habré convertido también en un auténtico imbécil? ¿Por qué no me dedico a intentar cambiar mi Aquí y Ahora? O por lo menos, ya que estoy convencido de que mi presente se agota, ¿por qué no preparo un buen final a toda esta farsa en que se ha convertido la existencia, rodeado de tantísimos auténticos imbéciles? Pero casi nunca me respondo. Es imposible encontrar una respuesta sin sentir que debes algo a nadie, o que nadie te debe nada, porque algo es demasiado poco. O que nadie es nada, y que yo soy una conjunción específica de varios, algunos, y suficientes. No quiero sentirme tan vacío, pero admito que jamás he necesitado sentirme colmado. He caminado por el lado equivocado sin saber que todos y cada uno de los lados son incorrectos, erróneos, inexactos. Por esa razón ya no me muevo. Simplemente permanezco sin saber si existe una determinada razón. Ni siquiera cierro los ojos. ¿Serviría para algo? ¿Transformaría mis circunstancias? Soñar despierto es una ocupación extenuante e inútil, pues ninguna de las representaciones alteradas que se forman en mi cerebro permanecen el tiempo suficiente como para que el experimento me sobrecoja.
En ciertos instantes es demasiado tarde para fingir, para compartir. Demasiado tarde para moldear un rápido arrepentimiento o una súplica delatora. Demasiado tarde para aislar los murmullos permanentes. De cualquier manera, estoy demasiado asqueado como para pretender que ocurra algo.
Distingo dos clases de vida. Una me provoca ansiedad en Technicolor y en sesión continua. La otra está supeditada a mis impulsos sádicos. Esos estímulos despiadados transforman mi tolerancia inocente e inmaculada en delirios repletos de imágenes de sangre, dolor y peladillas de Casinos.
Supongo que la única salida que me queda es convertirme en una especie de kamikaze solitario y echarme a la calle a golpear a alguno de esos hijos de puta con piedras y palos mientras grito «Tora Tora Tora». Podría ser más patriótico y hacerlo al estilo ibérico, pero me siento más japonés, africano, neozelandés o incluso marciano que hispano.
Me gusta bordar y me gusta bordar. La primera acepción del verbo me entretiene, aunque debo hacerla a escondidas, pues si no los pocos amigos que todavía me quedan terminan insultándome y comparándome a una campesina vieja y paleta. La segunda, es decir, la que significa realizar cualquier cosa con talento y perfección, sencillamente, me define, me delimita, me constriñe, y en ocasiones, me estriñe.
¡No! No quiero pertenecer al club de los auténticos imbéciles. Prefiero formar mi propio club.
Sin embargo, en muchos casos, ese proceso de desinterés e indiferencia o pasotismo condonativo comparativamente simple esconde una serie de particularidades marcadamente sombrías que desarrollaré en su totalidad una vez me haya convertido en cadáver y esté enterrado en una fosa común.
Porque uno mismo nunca será uno mismo. Es imposible. Esta sociedad jamás lo permitirá. Cada uno de nosotros pertenece al estado de su propio país, y este depende de las corporaciones. El estado nos suministra con cuentagotas, y cierto júbilo neroniano, prodigios serendípicos patológicos, y las corporaciones, o mejor, los OTI, organismos tóxicamente independientes, suministran a cada uno de los estados garantías y depósitos que luego son transformados por los politicastros farsantes en regalías para ellos y pan (¿integral o de centeno?) y circo (Gaby murió, pero creo que Fofito está vivito y coleando) para el resto de nosotros. Los miles de millones de «uno mismo» que se conforman con todo porque poseen televisores de altísima gama con tecnología OD Zero, QNED, LED, OLED, MiniLED y motherfuckerLED.
Según Serrano Ruiz, psicólogo, antropólogo y excuidador de la cabra de la Legión, un «uno mismo» tiene algunas características principales. Lamentablemente se desconocen cuáles son ya que el autor no las cita.
A menudo tengo la sensación de haber salido de un frenopático.
En estos días repletos de melancolía existencial y garambainas, tengo que comunicar un acontecimiento muy importante que creo puede cambiar las tristísimas vidas de todos mis amigos y lectores. A partir del día de mañana, XX de septiembre de 2022, mis testículos cambiarán de nombre y pasarán de llamarse Victorio y Peregrino a Cástor y Pólux, siendo Cástor el derecho y Pólux el izquierdo. Si alguien tiene alguna duda o necesita una aclaración en cualquier idioma, incluido el siamés, puede ponerse en contacto conmigo por los circuitos habituales.
El tiempo, esa magnitud física marcadamente omnímoda que estruja nuestros recuerdos, nunca defeca. Tiene suerte. Yo tengo que hacerlo como mínimo una vez al día. Mientras mantengo el interior de mi cuerpo libre de mierda, él, ese grandísimo hijo de puta, el tiempo, se dedica a agrupar y ordenar mis instantes (también los tuyos y los del resto de monos), sin dejar que nada le afecte lo más mínimo. ¡Y hace un trabajo de primera! Jamás se malquista consigo mismo ni prolonga sus jodidos errores hasta llevarlos a una dimensión enteléquica peligrosa como hacemos la práctica totalidad de badulaques erguidos.
Nunca me he definido como un teporingo, aunque soy tan asustadizo como ellos o incluso más. Jugué con el Exin Castillos que me regaló mi abuelo hasta que cumplí los 47. Y si no continué con los capiteles, modillones, rosetones, ménsulas y voladeros fue porque las piezas de plástico terminaron convirtiéndose en partículas (cenizas a las cenizas, polvo al polvo) gracias a esa abacanada e inexplicable magnitud de la que hablaba en el párrafo anterior y que es tan graciosa como un berro. Bueno, supongo que también ayudaron varios factores endógenos y exógenos francamente contumeriosos que no vienen a cuento.
¿Has leído alguna vez algún libro de un tipo llamado Teodoro Osoro Montoro? Fue un magnífico ensayista y domesticador de garrapatas apátridas mexicano, aunque nacionalizado español, que produjo la práctica totalidad de su obra en la década de los años 30 del siglo pasado. Lamentablemente solo he sido capaz de conseguir cuatro de sus siete obras publicadas, pero te puedo asegurar que a pesar del aspecto prostibulario con el que aparece en las fotos de las contraportadas, su técnica literaria es de primera categoría. Él fue el primer escritor que se atrevió a manifestar que en la Sede de la Real Academia Española anidaban ratas del tamaño de un portaviones, aunque luego matizó que quizá confundió a las señoras de la limpieza con roedores. Eso le valió el desprecio de la práctica totalidad de trabajadoras de la limpieza y de algunas ratas sociológicamente avanzadas.
Si quieres puedo dejarte el que considero que es el mejor libro de los cuatro que atesoro, de momento. Se titula Salalalá o la desfachatez de los ácaros menos atractivos y sus registros íntimos de interacción grupuscular, y está escrito a medias con una tal Carmela Varela Tudela. A día de hoy he sido incapaz de averiguar quién era esa dama, y qué narices significa ese salalalá, aunque no me extrañaría que se tratase de una bufonada doble para diversión propia y de sus lectores más extravagantes. Otra cosa que siempre me ha llamado la atención es la dedicatoria…
«Dedico este libro a Javier Busquier Samitier y a su preciosa monga-monga Araceli Canteli Benimeli. Y por supuesto a Adriana Santana Orellana, Alberta Huerta Puerta, Fernando Pando Herrando, Ramón Guillamón Limón, Antonieta Zabaleta Mendieta y a Gregorio Tenorio Osorio López Pérez».