febrero 2024

Email del 16 de febrero 2024

Nicholas Roerich. Magician (1905)

Extractos de los actos III, V, VI, IX y XXI de «El taumaturgo Silfundrín».

1-Am haba bu rumn.
La perspectiva que le permitía la aspillera era limitada, pero Silfundrín creyó que era la adecuada para gritar a cada uno de los árboles, arbustos y matorrales que vivían alrededor, que todo lo que eran y para lo que habían sido concebidos iba a cambiar drásticamente.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces las nubes modificaron su estructura.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces el agua en forma de gotas de rocío dejó de ser perceptible.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces el viento alcanzó la colindancia extrema.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces la luz se precipitó sobre el blasón de su destino.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces las veredas y los atajos se escondieron tras un dosel de imposibilidad domeñante.
Entonces las rocas y los guijarros, que en otra época fueron sangre y corazones desperdigados, asumieron el coste parcial adicional.
Entonces el gran gamo y sus primogénitos mielgos lloraron tres amargas lágrimas mientras Silfundrín oteaba un horizonte que estallaba…

2-Yo no soy Silfundrín (soy una mosca).
Soy una mosca y busco cadáveres adipocirosos. Pero podría ser un ave enjaulada. O una serpiente venomoide. O una mariquita aplastada. O una madre aturdida. O un cáncer avanzado. O un expositor de clavos antiguos. O ese perro que te mira. O los quelíceros ponzoñosos de Haliena Porpotuacarena.

3-Romanza de Haliena Porpotuacarena.
[Si menor] Mientras preparaba algo semejante a una pipa, rinrín,
[La menor] la mandíbula de Silfundrín se protuía, rinrín, [Do, La menor, Re menor]
[Si menor] llegando a alcanzar la cuarta parte de dos palmos mal señalados, ronrón,
[La menor] e impidiendo demostrar su valía a Haliena Porpotuacarena. ¡Ena! ¡Ena! [Do, La menor, Re menor]

4-La venganza de Haliena.
Las arañas patinaban por las paredes mojadas. Haliena intentaba guardar la compostura, pero en esas condiciones resultaba prácticamente imposible. Ella sabía que como emperatriz de las dríadas de ocho ojos debía parecer indestructible, pero un arácnido empapado, es un arácnido impedido. Al otro lado, Silfundrín se sentía satisfecho. Siempre le sucedía lo mismo cada vez que orinaba sobre los tabiques de la barbacana. Sabía que ese era el lugar favorito de algunos arácnidos e insectos pero no le importaba lo más mínimo, pues todavía no se habían inventado los inodoros.

Sucedió el tercer día de la decimonovena semana del año. Haliena sabía que el mago malandrín tarde o temprano miccionaría, así que se escondió en un resquicio permanente esperando lanzarse sobre el falo del nigromante, pero sus planes fracasaron estrepitosamente porque el tiempo y el espacio se fundieron en un viaje paralelo…

5-Silfundrín en la calle Colón.
Todo se asemejaba a una irrealidad contraproducente. Silfundrín no había probado bocado ese día, por lo que todo lo que veía alrededor formaba parte de una verdad aterradora. Los coches, la gente, los paquetes y las compras, El Corte Inglés, Massimo Dutti, Zara, Yves Rocher, MediaMarkt, Intimissimi, Lush, Mango, Benetton, H&M, Foot Locker, EK Design, The Body Shop, Apple store, Cupcake o Beguer y Misako.


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Email del 14 de febrero 2024

Sultan Muhammad. Allegory of drunkenness (1525)

Querida:

Después de permanecer tan estático como un tabique de Pladur durante varias horas, he decidido cambiar de posición y proseguir con mi inmovilidad física durante el resto del día. Pero antes de iniciar esa segunda parte de inactividad claramente determinada, he sentido una especie de necesidad primigenia de contarte algunas cosillas que me sucedieron ayer y que, de alguna manera, han sido el detonante de la inacción orgánica tan prolongada de hoy.

– Etofenamato Joe:
En realidad su verdadero nombre es José Mato aunque es conocido en el barrio con ese apoteca-hollywoodiano remoquete. Me encontré con él en la calle Casilda Petricor y me invitó a una cerveza, que por arte de magia al final se multiplicó por cinco cervezas acompañadas de cacahuetes, papas y morros de cerdo.

– Martita y Aidita:
Me tropecé con las gemelas «Ita» en la calle Torcuato III, justo cuando intentaba llegar a mi casa tras haberme despedido de Etofenamato Joe y las nueve cervezas (¿o fueron cinco?). Cuando Martita dejó caer que era el cumpleaños de ambas me alegré un montón y, al mismo tiempo que yo hipaba, Aidita expresaba con cierto encanto su intención de invitarme a tomar un aperitivo. Ese aperitivo se transformó en dos vodkas con limón, dos vodkas sin limón, dos vodkas con tónica y dos vodkas sin tónica.

Josefina:
Cuando me encontré a mi tía Josefina en el paseo Santísima Trinidad, también denominado por un número considerable de benimacleteños como «paseo tres en uno», era totalmente incapaz de diferenciar a un perro mediano de un equidna grande, sin embargo intenté poner cara de abstemio resignado y le di dos besos en las mejillas, llevándome en uno de ellos un pendiente enganchado en el arco de Cupido del labio superior.

– Etofenamato Joe:
Volví a encontrarme con Joe en la calle zigzagueante y mareante que en realidad no sé como se llama y volvió a engatusarme con su verborrea ferial. ¿El resultado? 20 euros y otras nueve cervezas (¿o fueron cinco?) acompañadas de cacahuetes, cacahuetes y cacahuetes.

– El cobrador del frac:
Mientras trataba de arrastrarme hacia mi casa como si fuese un alpinista de calzadas, noté que algo o alguien me tocaba la espalda suavemente. Cuando me di la vuelta lo único que fueron capaces de enfocar mis viejos y ajumados ojos fue algo parecido a un pingüino de Humboldt más satisfecho de sí mismo de lo que es normal, que mientras me ayudaba a incorporarme suplicaba perdón por haberme confundido con un tal Eugenio Flores.

– Preguntas:
Una vez que el Sphenisciforme se hubo largado buscando a Godot Flores intenté recobrar cierta verticalidad y gallardía. Cuando creía que lo había logrado se acercó un tipo cuyo pico de viudas craneal me recordó al del conde Drácula y que me preguntó dónde estaba la plaza de las Palmeras. Mi primer impulso fue agarrarle la nariz con la mano derecha, arrancársela con un rápido movimiento desgarrador, comérmela allí mismo y escupir el etmoides al suelo. Sin embargo traté de comportarme de una manera civilizada y me contenté con vomitarle sobre la parte frontal de la camisa barata un líquido bastante espeso de color verdinegro que olía a esmegma de rucho. El sujeto, al verse homenajeado de esa manera tan poco amistosa salió corriendo con los brazos en alto mientras gritaba algo a su mamá, aunque existen muchas probabilidades de que en realidad estuviera refiriéndose a la mía.

El afilador:
No habrían pasado ni cinco minutos desde mi accidente regurgitante cuando casi me atropella una furgoneta blanca mientras trataba de cruzar la calle Hermann Göring. El fulano que la conducía frenó de golpe, se bajó del vehículo totalmente abatatabado y se acercó a mí con cierta precipitación. Cuando estuvo a mi lado me preguntó si me había hecho daño, a lo que yo le respondí que no. En ese momento su cara se iluminó y me contestó que «Nenaaaaas, que ha venido el afiladooooor. Para afilar el cuchillo, la tijera y la navajaaaaaa.» Luego se incorporó, se dio la vuelta y se dirigió a su coche, recordándome a una máquina de tren de la colección Ibertren.

– Etofenamato Joe:
Aunque pueda parecer una boutade, te juro por la barba de Sri Aurobindo que volví a encontrarme con José Mato. Ocurrió cuando estaba a menos de 100 metros de mi casa. Afortunadamente, Etofenamato llevaba tal cogorza que aparte de imitar el grito de Wilhelm y confundirme con un electroencefalografista callejero, hizo imposible que yo terminase de lleno en otra orgía alcohólica.

Odio admitirlo, pero creo que ayer compelí a que mi hígado se hiciera algo semejante a un seppuku glandular. El problema no es si haber reducido mi esperanza de vida en aproximadamente dos minutos es contraproducente o no para el resto de mi existencia. Lo que verdaderamente me saca de quicio es esta terrible y oleaginosa resaca que todo lo pringa y que me obliga a permanecer ausente como un esquizotípico. Supongo que en algún momento debería comenzar a cuestionar mis propias ideas. Sobre todo las más disparatadas, o las que como un párrafo mediocre, no sirven para hacer avanzar un texto.

Greg

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Email del 13 de febrero 2024

Norman Rockwell. Doctor (1958)

La Editorial Superferolítica ha editado un nuevo número de sus afamados TE (Tratados Empresariales) dedicado al trust ERLA. Con sus 2897 páginas es hasta el momento el más extenso y exhaustivo de la serie. El Despotricador Anhedónico se congratula por haber sido la única bitácora no empresarial autorizada para publicar a continuación un extracto.


El personal de recuperación se negó en redondo a recuperar. El capataz lo achacó a un brote psicótico en masa, sin embargo el doctor Valverde emitió un diagnóstico en forma de frase rimbombante: «pase lo que pase, debería comenzar a pasar ahora». Como nunca sucedió nada, el doctor Valverde fue forzado a abandonar su puesto. Todavía conservo su carta de renuncia voluntaria:

Valencia a 23 de febrero de 1993
Señor Faustino Lázaro Cruzado
ERLA (Empresas levantinas de recuperación asociadas)

Dimito.

Doctor Valverde


Tres días después, el señor Mario Medina Conde, subsecretario en jefe del ERLA se puso en contacto con el doctor Valverde para conminarle a que volviera a redactar la carta de renuncia voluntaria, pero esta vez con un poco más de extensión y de la cual se infiriera un sentimiento genuino de agradecimiento. Es una suerte que gracias a mi incipiente síndrome de Diógenes conserve la misiva, la cual tengo el gusto de reproducir aquí por primera vez desde que sucedieron los hechos:

❝Valencia a 23 de febrero de 1993
Señores Faustino Lázaro Cruzado y/o Mario Medina Conde
ERLA (Empresas levantinas de recuperación asociadas)

Me dirijo a ustedes con el objeto de comunicarles que dimito.

Doctor Valverde❞


Supongo que ni el señor Mario Medina Conde ni su jefe más inmediato quedaron satisfechos, pues el día 9 de marzo de 1993 volvieron a atosigar al doctor Valverde para que remitiera una carta de renuncia «en condiciones». Mientras esto sucedía, en la planta 14 del ERLA sito en el polígono de Vara de Benimaclet el personal de recuperación seguía negándose a recuperar. Lo mismo sucedía en el resto de las filiales, delegaciones y dependencias repartidas por toda la Comunidad. La situación se estaba volviendo insostenible, y por si esto fuera poco, los equipos de limpieza de las plantas 8, 11, 12, 17, 32, 33, 34 y 42 amenazaban con dejar de limpiar si las circunstancias no mejoraban en el curso de media semana y la cuadrilla de matones que generalmente se utilizaba para reprimir sublevaciones desafiaba al comité con una huelga indefinida.

El siguiente intento de carta de renuncia del doctor Valverde es bastante interesante…

Valencia a 23 de febrero de 1993
Señores Faustino Lázaro Cruzado y/o Mario Medina Conde
ERLA (Empresas levantinas de recuperación asociadas)

Por medio de la presente carta, me permito comunicarles mi deseo de renunciar a mi puesto de trabajo en su consorcio por motivos de índole gastrointestinal.

Doctor Valverde


Nadie, y resalto el pronombre indefinido «nadie», de los cerca de 1400 asalariados de la ERLA a los que he entrevistado ha sido capaz de recordar ninguna dolencia gastrointestinal ni ningún tipo de desorden o indisposición relacionado con el doctor Valverde en los casi 20 años que ejerció para el monopolio ERLA. Es más, algunos incluso me contaron que en la mayoría de plantas, sobre todo las alicantinas, se cuchicheaba sobre la salud de titanio enriquecido del galeno. En resumidas cuentas el doctor Valverde era un sujeto fuerte, vigoroso y vital. Siempre que conversaba con alguien o cuando examinaba a un paciente lo hacía ejercitando repetidamente el músculo pubococcígeo. De ahí que la teoría de que en realidad fue obligado a dimitir es la que siempre ha cobrado más fuerza. Lamentablemente el doctor falleció el 24 de  junio de 1998 debido a un repentino desprendimiento del ombligo, por lo que nunca podremos saber qué es lo que ocurrió en realidad.

La última tentativa de carta de renuncia voluntaria del doctor Valverde tiene fecha del 2 de marzo de 1993:

Valencia a 23 de febrero de 1993
Señores Faustino Lázaro Cruzado
ERLA (Empresas levantinas de recuperación asociadas)

Mediante este documento quiero expresarle que desde el día de hoy he tomado la decisión de dar por terminado mi vínculo laboral y contrato con su empresa, teniendo en cuenta lo ocurrido el día 23 de febrero de este mismo año, cuando debido a su incompetencia e ineptitud, el personal de recuperación se negó en redondo a recuperar. Una compañía donde todo el personal de recuperación se niega a recuperar no se puede denominar empresa, quizá proyecto fallido empresarial, pero nunca empresa, entidad, firma o grupo.

Doctor Valverde

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Email del 11 de febrero 2024

Bruce Nauman. My Name as Though It Were Written on the Surface of the Moon. (1968)

Mi nombre es Gregorio, aunque Verónica me llama Gori. Adela llama Rónica, en lugar de Vero, a Verónica. Bernardo me llama Greg y yo llamo Bernar a Sergio, por lo que suelen haber bastantes líos cuando Yolanda se dirige a Yeyo, que es como el resto de amigos llama a Sergio, o a Bernardo que siempre ha preferido que no usen con él ninguna clase de diminutivos. Adela es Lita para todos excepto para Vero, que a menudo se dirige a ella como Psss. Yolanda… bueno, Yolanda en realidad no existe, o por lo menos eso cree ella. 

GORI: No pretendo ser omnisciente, pero si alguno de vosotros está convencido de que… 
LITA: Oh, cállate ya, Greg.
BERNAR: ¡No! ¡Déjale que acabe de decir lo que quiere decir.
GORI: Decía que no pretendo ser omnis…
YOLANDA: ¡Ciente! 
RÓNICA: Sí, eso ya lo habíamos escuchado, Gori… 
LITA: En resumidas cuentas, Greg no pretende ser omnisciente…
YEYO: En realidad se trata de un claro caso de vulnerabilidad. Greg, o Gori, es un tipo, digamos, delicadito…
GORI: Yo no soy delicado, ni vulnerable. Solo trato de no ser omnis…
YOLANDA: ¡Ciente! 
RÓNICA: Es increíble cómo ha degenerado la conversación. ¡Sólo porque Greg haya dicho que padece macrosomía genital.
GORI: No la padezco. Nací con ella…
YEYO: Bueno, no es malo que la minga te mida 29 centímetros…
GORI: ¡27! 
RÓNICA: Veréis, yo creo, mejor, estoy completamente convencida, erróneamente, a mi juicio…
BERNAR: ¿Estás completamente convencida, erróneamente? Creo que me estoy volviendo loco…
RÓNICA: Quiero decir que estoy convencida de que tener un pene tan largo es… bueno, Psss lo podría explicar mejor que yo, porque folló una vez con John Holmes antes de que la palmara de sida.
ADELA: ¡Yo no follé con él! ¡Sólo le hice una entrevista!
GORI: ¡Nunca he querido presumir de falo! Por eso llevo casi 10 minutos tratando de explicar que no pretendo ser omnis…
YOLANDA: ¡Ciente! 
YEYO: Pues yo estoy convencido, verdaderamente, a mi juicio, que una polla gorda es una polla gorda.
BERNAT: ¡Desde luego! Jamás pensé ni por un momento que una polla gorda no fuera una polla gorda, pero en este caso se trata de una polla larga, no gorda…
GORI: Bueno, también es gruesa…
RÓNICA: ¿Y qué más da que Gori tenga un supernabo? Un supernabo solo funciona con un superchocho.
YEYO: Mirad chicos, mi pene sólo mide 2,7 pulgadas, pero os aseguro…
GORI: ¿2,7 pulgadas? 
YEYO: ¡7 centímetros! Y jamás, y repito, jamás ninguna mujer se ha quejado de su rendimiento.
RÓNICA: Sinceramente, Sérgio, o Yeyo, o como quieras que se te llame… Tus penetraciones son inefectivas, indiferentes e inficionadas.
YEYO: ¿Cómo te atreves? ¡Gemiste hasta el paroxismo! 
RÓNICA: Porque mientras trataba de fingir que me gustaba me picó una abeja…
GORI: Siento que la conversación se está torciendo. ¡Y eso que no pretendía ser omnis…
YOLANDA: ¡Ciente! 

Sigo llamándome Gregorio. Y sigo poniendo buena cara cuando se dirigen a mí como Gori o Greg, aunque en realidad odio esos sobrenombres. Preferiría Goyo, que es como llamaban a mi padre. Y eso que él siempre quiso ser conocido como Gri o incluso Gorio. ¡Putos apelativos del demonio! Tenía razón Yeyo cuando habló de mi vulnerabilidad. Sí, ciertamente soy una presa fácil, moralmente hablando, por supuesto. Soy Gregorio y al mismo tiempo soy, o debería ser alguien.

LLamémosme  Alguien. ¿Alguien? Alguien no soportaba a alguien, pero no tenía más remedio que tragar saliva y escuchar las memeces que salían de su bocaza porque ese segundo alguien era un familiar cercano de la persona con la que vivía. Y a la que quería. Y que por alguna estúpida casualidad de la existencia también se llamaba Alguien. ¿Alguien?

LLamémosme y llamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien era alto y aunque estaba demasiado pagado de sí mismo podía permitirse odiar a los individuos monotemáticos y a los que por encima de cualquier otra cosa sólo les interesaba huir. Esa clase de gente que cuando la miras te das cuenta de sus terribles carencias disfrazadas de felicidad engañosa, esos a los que supuestamente nada asusta, quizá porque sus neuronas no saben distinguir entre lo que es real y lo que es pura patraña. ¿Patraña?

LLamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien amaba la soledad, pero no la que proporciona el aislamiento o el ascetismo, sino la interior, la que alimenta sabiduría y entendimiento. La que no reniega de un buen libro o una película clásica y a la que las conversaciones banales provocaban un inaguantable sopor que Alguien somatizaba en enfermedades misteriosas. La soledad por la que era tildado de rarito y loco. ¿Loco?

Llamémosme Alguien. ¿Alguien? Alguien coartaba la libertad del alguien a quien tanto amaba, simplemente hablando, hablando de cualquier cosa. A veces se sentaba en el suelo en total oscuridad y se preguntaba para qué había nacido, si todo es tan irreal, tan confuso. En esos momentos, los colores que formaban sus circunstancias se desteñían. Y mientras eso sucedía, un remolino de sentimientos antagónicos centrifugaba su conciencia. ¿Conciencia?

LLamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien no podía cruzar el océano que separa los continentes del «mi culpa» y «tu culpa». Por eso un día llegó a su casa, saludó a sus paredes y se cortó las venas. Su sangre acuosa formó un riachuelo en el suelo y se deslizó hacia ninguna parte: esa zona es la única en la que todo está permitido. Nada supone nada. El lugar donde palabras tienen el valor que esos muchos alguienes quieran darle y donde los necios sin cerebro no trasmiten su mierda a quien no esté interesado. Esa porción de una totalidad difusa, aparente, tan difuminada como una flema pisada en la arena mojada y que de alguna forma, se rinde ante la plenitud de lo inalcanzable. ¿Inalcanzable?

Llamadme Gregorio…


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Email del 10 de febrero 2024

Albrecht Dürer. Bat (1522)

Queridísima amiga:

Sería demasiado complicado tratar de explicar cómo me siento en estos momentos, además no tengo tiempo para sutilezas, pero intentaré que experimentes la angustia que recorre mi cuerpo y se parapeta en mi cerebro, con el grito de 36 segundos que te adjunto en un archivo MP3, en este mismo email. Al final del terrible alarido toso un poco, y quizá eso puede restar dramatismo al documento sonoro, pero te aseguro que es un grito tan desgarrador como el de Munch. La única diferencia estriba en que el protagonista del cuadro de Edvard se encuentra en un puente y yo me encontraba en el aseo cuando inmortalicé mi desesperación. Pero no pienses que el chillido fue provocado por la astricción, simplemente lo grabé para aprovechar la reverberación del lugar y de esa manera dramatizar un poco más, lo que de por sí ya era (y es) increíblemente dramático.

Según el gilipollas de Otto Rank, tanto tú, como yo y el resto de zombis que habitan en el planeta, somos seres teológicos y no biológicos. Supongo que en aquella época era natural estar completamente hechizado por las palabras, no siempre lógicas, de un filósofo hoy bastante pasado de moda llamado Søren Kierkegaard, tipo al que admiro y sigo desde hace décadas. Y seguramente lo disfruto por el mero hecho de ser ateo y apóstata (yo, desde luego, no él). Pero me llena de sarpullidos la piel leer tanto a uno como a otro, cuando derivan cualquier hecho, acción, cosa o circunstancia a la jodida teología. No tienes ni idea las veces que me he cagado en esa maldita doctrina. Algunas de forma natural, otras con ayuda del picosulfato de sodio. Porque solo se puede creer en algún Dios, si se es un completo, ridículo e irrecuperable imbécil. Y que conste que no trato de insultar a los borregos que usan la religión como escape de todas sus mierdas (Nota: te adjunto también una hoja de Word repleta de insultos eclesiásticos para que veas la diferencia). Simplemente trato de que te queden claras algunas de las razones por las cuales soy incapaz de sonreír o creer que nuestro mundo es el mejor mundo posible. El mejor mundo posible sería uno donde los badulaques y los creyentes solo fueran ficción.

A veces, sobre todo cuando no he escuchado ninguna memez en dos o tres días, siento que todo lo que somos, conocemos y parecemos es una obra maestra de la creación biológica, pero en cuanto el primer gilipollas se cruza en mi camino y me demuestra de una manera brutal la realidad, veo claro mi futuro y siento unos terribles deseos de correr hasta la ferretería más cercana para comprar unos cuantos metros de soga que puedan ser transformados fácilmente en corbata de diseño. Incluso podría montar una empresa…

Corbatas de soga López Pérez.
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Fuera, es decir, en el exterior, caminan las personas, pero también viven los murciélagos. Francamente, si me dieras a elegir, me quedaría con los quirópteros. Si no me dieras a elegir, también. No es que piense que un murciélago es superior a un humano, es que estoy totalmente convencido. La prueba la tienes en la cantidad de millones de años que existe la primera especie. Tú eres mi amiga y te quiero un montón porque tu cara me recuerda a la de un Myotis daubentonii. Si tu rostro me recordara a el de un Homo sapiens, seguramente ni te dirigiría la palabra.

Greg

P.D.:
Creo que he tratado verdaderamente mal a los religiosos y a las religiones, quizá por eso siento remordimientos. Tantos remordimientos como el que pisa a una asquerosa cucaracha.


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Email del 8 de febrero 2024

Kristoffer Zetterstrand. Match (2009)

Querida:

¿Qué es lo que estoy haciendo? O mejor dicho, ¿qué se supone que debería hacer? Quiero decir, con mi vida. En una reencarnación anterior fui greguesquero, ya sabes, exportaba y vendía y, aunque no te lo creas, fui el principal causante de la denominada «debacle de los greguescos de 1687», hecho que sumió a parte del territorio hoy conocido como Europa occidental, en una especie de depresión general que originó que la evolución natural de los alfayates y costureros se bloquease durante aproximadamente diez minutos. Por lo menos eso me confesó una vidente a la que llamaban «la ajumada del barranco de Otonel» hace un par de décadas. Pero pensar que hace cuatrocientos años y pico fui un hijo de puta con éxito, no me impide llegar a la terrible conclusión de que actualmente no solo desconozco por completo lo que es el éxito, sino que ni siquiera soy un hijo de puta.

Recuerdo una orden que me dio mi abuelo Maximino, también conocido como el Tajadera, pocos meses después de fallecer: «Gregorio, tráeme un cojín». Lo que no soy capaz de recordar es si le llevé o no el cojín a la tumba. En aquella época yo robaba lápidas de mármol y las convertía en preciosas encimeras, por lo que pasaba una cantidad considerable de tiempo en los cementerios. Quizá por esa razón mi memoria no es capaz de llegar a alguna conclusión. Seguramente se lo llevaría, pues nunca más volvió a pedirme otro cojín, aunque cuatro años más tarde me rogó que exhumara su cadáver y lo acercara a su mancebía favorita, cosa que hice, naturalmente. Por supuesto yo acabé en la cárcel dos años, el prostíbulo fue clausurado y los despojos de mi abuelo regresaron a su féretro con cierta pompa y casi ninguna circunstancia.

Supongo que algún día creceré como persona. Y al crecer dejaré de suponer. Pero también podría menguar y convertirme en lo que siempre he ansiado: un perfecto hijo de la gran puta. Entonces supondría y volvería a suponer una y otra vez, así hasta llegar a un punto en que cualquier consideración no relativa a la conjetura o a la simple sospecha, quedaría automáticamente relegada a un mero accidente asocial. Quizá de esa manera me sentiría libre de organizar mi nuevo rol sin atender a razones interesadas o justificaciones contradictorias. En resumidas cuentas: me convertiría en un sangrador emocional, asexuado, depravado e insensible y, aunque lejos -todavía- del epíteto «Hijo de puta», significaría que he mejorado gracias al extenuante entrenamiento y que camino en la dirección correcta.

Gregory Yo

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Email del 7 de febrero 2024

Max Kurzweil. Despair (1910)

Querida:

En ocasiones, me doy cuenta directa e irónicamente de que todo en lo que, de alguna forma, estoy implicado o simplemente depende de mis criterios fundamentales, no es más que una especie de imagen especular creada con el único propósito de indizar cada uno de esos determinados instantes. Y aunque en el primer termino de esas representaciones siempre aparezca una mancha caliginosa con aspecto desagradablemente freudiano que se supone me representa, no puedo dejar de sentir un escalofrío recorriéndome la columna vertebral, pues cada uno de los pretendidos píxeles que conforman esos detestables y ridículos desdibujamientos están marcados con una referencia con forma o apariencia de cifra. ¡Soy un maldito guarismo! ¿Debería responder por cada dígito numérico? Quizá, aunque estoy convencido de que todo se reduce a una simple y fundamental carencia de objetivos, a una rendición incondicional o un pogromo del que formo parte, seguramente sin proponérmelo realmente. Podría intentar desembarazarme del sudario de crinolina que me aprisiona, hacer un agujero en el ataúd de cartatextiel con los puños y no volver a preocuparme de los queloides formados en los nudillos. Pero también podría tratar de darme cuenta de que ese mysterium tremendum et fascinosum que me impide comportarme como un jodido mono erguido repleto de corpúsculos absurdos, ilógicos e irracionales, no es otra cosa que eso que algunos llaman anormalidad revolucionaria, que tanto dolor causa y que no sirve absolutamente para nada. Si realmente soy tan inteligente como he creído durante todos estos años, debería haberme convertido en buscona profesional hace algunas décadas (o por lo menos en macarra profano).

La totalidad de la estupidez humana se manifiesta en la sumisión masoquista ante cada una de esas figuras que representan a un Dios absoluto, omnipotente y vindicativo. Solo tenemos que identificarnos con algo similar al punto más bajo y con menos retorno existente para sentir que el poder y la gloria de esa especie de Mierda Suprema está a nuestro lado y se alimenta de nuestros espíritus. Y mientras ese culto cruel, caníbal y sanguinario predice nuestros días y maldice nuestras noches, una forma con apariencia de espectro enardecido y complejidad de helminto cilíndrico y alargado se apodera de nuestras contradicciones manipulándolas sádicamente. Y es en esa mistificación donde se produce el vínculo. ¡Sí, es un vínculo, aunque sin conexión empírica! No se me ocurre una forma comprensible de expresarlo, aunque cuando medito sobre esa trabazón, a menudo vienen a mi cabeza las imágenes de ese hombre sin rostro que rivaliza con el héroe protagonista de Nuits rouges, el fabuloso homenaje-parodia a Feuillade y la Gaumont.

La mente es sin duda el definitivo obstáculo (¿cuestión lógica?) que impide al ser humano comportarse como un verdadero ser humano. En lugar de respaldar los conceptos neurobiológicos que pretendidamente nos definen, preferimos seguir y respaldar líderes. Y mientras insistimos en horadar nuestra bajísima autoestima, nuestros destinos se corrompen. ¿Qué es lo que queremos ser? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar para ser lo que queremos ser? Una vez más, la respuesta a dicha cuestión es tan utópica como los sueños de la lechera de Samaniego. ¡El quid de la naturaleza humana es tan elemental y se deteriora tan rápido como un queso poco curado! Y créeme, entiendo un montón sobre la dinámica de la maduración y fermentación. No sé… Y me pregunto si consigo al menos legitimar adecuadamente mi desesperación.


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Email del 5 de febrero 2024

Goya. Monje hablándole a una vieja (1824)

Querida amiga:

Todas las conversaciones, por muy interesantes que sean, siempre llegan a un punto en que hay que detenerlas, sobre todo, para que no se conviertan en un cúmulo de despropósitos y vacuidad a partes iguales. Personalmente, intento no mostrarme demasiado elocuente cuando el interlocutor es muy indeciso o no sabe bien cómo articular las frases, pero por el contrario, cuando de la boca de este surge un torrente logorreico de palabras perfumadas y congruentes, siento la necesidad de cortarle continuamente, quizá en un vano intento de que sienta que está perdiendo el tiempo intentando dar coherencia a su retórica. Porque lo que realmente me interesa de cualquier diálogo es transformar los conocimientos individuales, tanto del emisor como del receptor, en este caso yo, en cacofonía verborreica fácilmente olvidable. No me interesan los coloquios profundos ni las chácharas perdurables. No tengo el suficiente tiempo como para enamorarme de una conversación, a menos que esta invariablemente acabe en confusión, desorden y desconcierto.

Puedes pensar que esta forma de afasia inducida con la que me enfrento a cada intento de diálogo, no es más que una manera de zafarme de los problemas inherentes a la razón o a la sociabilidad. Pero después de tantos años perdidos escuchando palabras inconexas, desafortunadas y carentes de verdadero significado, he aprendido a no esperar demasiado de la inelocuencia disfrazada de elocuencia; de la falsa fluidez transformada en inexpresividad pueril; de las conexiones corrompidas que destruyen cada uno de los intentos de expresar algo, en definitiva, de mejorar nuestras vanas expresiones de gloria (humana) y desconcierto (animal).

Existen cerca de 7000 idiomas y dialectos, pero a la hora de exteriorizar las emociones, sólo los gruñidos tienen algún sentido. Han tenido que pasar 62 años para darme cuenta de mi ingenuidad infantil que pensaba que las palabras habían sido inventadas para engrandecer un peligroso defecto de la creación: el idealismo.


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Email del 1 de febrero de 2024

Anselm Kiefer. Eisen-Steig (1986)

Cuando se justifica un pensamiento erróneo, no tanto como una motivación preconcebida, sino simplemente como una serie de realidades conscientes y exactas, estamos dejándonos maltratar por ese proxeneta denominado ego. Él idealiza lo que no es o no debiera ser y acaba transformándolo en un conjunto asimétrico de síes extraordinariamente peligrosos. Y son cada uno de esos síes manufacturados y deificados por la mano del dios de la anosognosia, que nos acarician suavemente mientras aplauden cada desviación, los que terminarán apuñalándonos. Lamentablemente, cuando eso suceda ya nos habremos convertido en una masa deforme repleta de pompas disparadas y casualidades modificadas.

En su forma más general, el egocentrismo desmesurado, unido a una especie de maldad adquirida, siempre puede diferenciar o elegir entre dos o más opciones. La cuestión no radica en la posibilidad, ni siquiera en la eventualidad o la aptitud, sino en esa vaga consideración que se tiene de uno mismo y la facilidad con que se puede representar un papel en una naturaleza irreal, escogida simplemente para otorgar un poder inexistente al lemniscate interior.

Muchas personas creen en sí mismas, porque creen que de esa forma justifican su propia concepción. Por el contrario, existen otras que están convencidas de que su propia concepción es omnímoda y que el resto de concepciones no son más que un instrumento, una herramienta puesta en sus manos para hacer patente la diferencia entre el sentido común y las respuestas pretenciosas y pueriles. Son ese último tipo de entidades vampíricas las que hacen que nada ruede hacia su destino, las que detienen o paralizan los devenires. Y contra esa clase de iniquidad concentrada no existen medicinas ni placebos, ni recapitulaciones ni soluciones. Conviven con nosotros para hacernos la existencia insoportable y, sobre todo, para recordarnos eternamente que todo es una pequeña parte de un Nada considerable y no una serie concatenada de apariencias desordenadas.

Enfrentado a estos hechos, un superviviente se verá forzado a sospechar que está contemplando una sociedad donde se valora más el juego que a los propios jugadores. Asumiendo que un participante sólo puede mover los peones conociendo las reglas de cada partida, ¿por qué razón debe callar cuando otros se comportan como fuleros? Quizá dependa del carácter, de la lógica y de algunas de sus circunstancias. Esto podría explicar por qué los hijos de puta, que carecen en cierto modo de carácter, de lógica, y que tienen completamente estructuradas sus circunstancias, se opongan a participar en cualquier juego cuando otro individuo de su misma calaña toma parte en el mismo lance.

La desagradable realidad es que cuando aumenta el número de probabilidades, disminuye virtualmente la cantidad de inversión equitativa. Y cuando la inversión equitativa y, la mayor parte de las veces, imparcial y asumida, compite en un terreno que depende por entero del tiempo, en un espacio predeterminado, con unas reglas adulteradas, y sin jueces que determinen cada movimiento, el resultado no puede ser otro que la privación, la pérdida y, por consiguiente, el verdadero y temido vacío.

P.D.:
Ayer volvió a incrustarse en mi sesera la intoxicación estultícica en forma de mantra que se ha repetido durante las tres o cuatro últimas décadas: «tengo que hacer algo con mi vida, coño». El problema es que a mi edad ya no estoy demasiado seguro de si realmente se podrá hacer algo con mi vida. Quizá sería más sensato seguir con esta vida sin hacer absolutamente nada. Supongo que ya no vale la pena continuar impetrando a san Bela Tarr y a san Alexandr Sokurov para que se apiaden de mí y me otorguen una solución aceptable. Sin embargo, como estoy totalmente convencido de que todo tiene una explicación (cuando la tiene, bien sûr), existe una mínima posibilidad de que en realidad todo sea una farsa ideada ex nihilo por mi meditabunda cabecita, o lo que se oculta dentro, para justificar la pérdida del control sobre los acontecimientos que conforman cada uno de los días y las noches. 

Últimamente, mi actividad como escribidor crapuloso, está tan estancada como mis ganas de seguir rodando. Cada día que pasa me siento más saturado con todo lo que me rodea, se cruza, me bordea, me circunvala, se dobla delante de mí o directamente se tuerce. Ya estoy harto de restañar y enchiquerar. Mis fuerzas atajadoras y contenedoras se encuentran totalmente obstaculizadas y mis ganas de soslayar yacen decumbentes en un catre formado de rastrojos y tachuelas a partes iguales. Ni siquiera sacar la cabeza por la ventana y gritar con todas mis fuerzas tranquiliza mis impulsos primarios, esos que codifican las órdenes de evanescencia. Quizá debería cortarme una oreja y obsequiársela a Dios, creador y señor de todo lo que existe y lo que parece que existe pero en realidad no existe, el problema es que desconozco sus apellidos y su última dirección. 


Email del 1 de febrero de 2024 Leer más »