enero 2019

Email del 31 de enero 2019

John Kacere. Kristina (1991)

Querida:

Si me envías unas bragas tuyas antes del sábado estaré en condiciones de reenviártelas de nuevo el martes o miércoles de la próxima semana.

Greg

P.D.
Cada día que pasa me siento peor. Seguramente la culpa es de las sillas y sofás de mi casa que son todavía más viejas que yo. Porque no nos engañemos: soy asquerosamente viejo. Quizá por ese motivo (me refiero a ser asquerosamente viejo) me ha dado por caminar de una habitación a otra repitiendo algo parecido a «ummm manaaaa ummm manaaa horé horé». Sin embargo cuando me dirijo desde la salita a la cocina suelo sustituir el «ummm manaaaa ummm manaaaa horé horé» por «Ummm manaaaa, Ummm manaaaa, ¿manaaaa ummm?, ¿manaaaa ummm? Creo que necesito ayuda oftalmológica urgente. No encuentro un ojo.

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Email del 30 de enero 2019

Antonio López. Taza de váter y ventana (1971)

Querida amiga:

Antes de que me olvide quiero comenzar este texto recordándote que…

¡Diantres! ¡Lo he olvidado!

G

P.D.
Una mujer camina por la calle. Se desplaza totalmente inmersa en sus pensamientos. De repente, uno de esos pensamientos le toca un pecho. Ella se pone  gritar y acude un poli. El pensamiento es denunciado y acaba en prisión. Pasan cinco años. Un hombre camina por la calle. Se desplaza inmerso en sus pensamientos. De repente, uno de esos pensamientos practica una felación. Cuando el pensamiento se está limpiando la boca, el hombre le obliga a que le haga otra. Y después otra. Y otra. Cuando todo parece que ha terminado, el hombre se siente totalmente realizado, aunque piensa que la última mamada dejaba mucho que desear. Pasan cinco anos. Cada uno de esos anos va pegado a un ser humano. El hombre los mira con lujuria. Mientras eso sucede, una mujer camina a su lado. Se desplaza totalmente inmersa en sus pensamientos. De repente le cae en la cabeza un paquete de pensamientos ajenos y le provoca una conmoción. El hombre deja de mirar los culos e intenta ayudarla. De repente, de ese paquete de pensamientos ajenos surge un concepto que rápidamente se transforma en hecho. El hecho asciende como un globo aerostático hasta llegar a la parte más alejada de la realidad trasmitida por una o varias representaciónes mentales. Pasan cinco minutos. La mujer se incorpora mientras la mano del hombre descansa sobre… No puedo seguir relatando lo que sucedió porque en ese mismo instante mi hiperplasia prostática benigna se puso imbécil y tuve que acudir a toda prisa a un váter público.

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Email del 29 de enero 2019

Peter Mazell. A Proboscis monkey holding on to a tree with its left arm while clasping a round object in its right hand (18th century)

He estado observando a una salamanquesa. O quizá ella me contemplaba a mí. Supongo que no importa demasiado. Ambos intentábamos hacer lo que mejor sabemos: resistir. Mientras ella trataba de cazar una mariposa nocturna bastante tontorrona que no dejaba de revolotear drogada por la luz que desprendía una farola, yo intentaba escribir en la hoja cuadriculada de un cuaderno encolado las cosas de las que me sentía satisfecho. Pero no llegué demasiado lejos. Quiero decir que no se me ocurrió absolutamente nada. Sin embargo cuando pensé en ellos, en Kieslowski, Tarr, Fassbinder, Sokurov, Hammill, Walker, Moondog, Ferlosio, Cortazar, Graves, Borges, Goya, Caravaggio, Vermeer, Velazquez y algunos pocos más, las comisuras de mis labios formaron algo semejante a un puente -con exceso de peso en la zona central- dibujado por un niño de dos años (o menos). Quizá ese bosquejo de sonrisa y el ruido que hizo mi amiga reptiliana mientras masticaba triunfalmente fueron los detonantes para que llegara a la conclusión de que a lo mejor, esa idea recurrente sobre la muerte que me ha perseguido durante las dos o tres últimas décadas solo era una forma de hacerme el interesante cara a la galería (¿femenina?).

Estoy solo porque así lo he decidido. Cuando miro las cuatro paredes de mi habitación y no veo más que carteles y afiches clavados con chinchetas o impresiones baratas de cuadros suspendidos sobre ganchos cuelga fácil, sé que eso es exactamente lo que quiero. Porque he llegado a un punto en el que cualquier conversación vacía me lastima. Y la mayor parte de la gente que conozco ni siquiera sabe conversar. Por esa razón, generalmente solo mantengo diálogos conmigo mismo y en ocasiones, como hoy, con algún animal o alguna planta.

Cuando me tiro al suelo e intento rodar…
Cuando me reflejo sobre el vidrio…
Cuando…
-¿Has comido bien, pequeñaja?
Cuando mis muecas se transforman en puntos…
Cuando mis súplicas…
Cuando…
-¿Has comido bien, pequeñaja?
Cuando extraigo de la caja todos esos resguardos que certifican que estoy jodidamente vivo…
Cuando arranco las bombillas de los portalámparas a balazos…
Cuando…
-¿Has comido bien, pequeñaja?
El cráneo del esqueleto…
La planta artificial…
La farlopa sobre la mesa…
La…
El…
La…
El…

¡El silencio es alargado! Lo intento comprimir, pero rápidamente vuelve a su estado. Lo sumerjo en el agua y su estructura no se altera. Lo meto en una bolsa de plástico y lo ojeo desde arriba, pero no veo nada aunque sé que él sigue ahí, posiblemente cabreado por tantos experimentos. Pero no puedo detenerme. Algo me empuja. ¿Por qué me empuja algo? Debería empujar yo, aunque fuese por una vez en la vida. Recuerdo cuando… Esperad… ¿He dicho «cuando»? Creo que debería dejar de decir «cuando». Sobre todo después de los nueve «cuando» anteriores. ¿Eran nueve? Necesito repasarlos.
Cuando me tiro al suelo e intento rodar…
Cuando me reflejo sobre el vidrio…
Cuando…
Cuando mis muecas se transforman en puntos…
Cuando mis súplicas…
Cuando…
Cuando extraigo de la caja todos esos resguardos que certifican que estoy jodidamente vivo…
Cuando arranco las bombillas de los portalámparas a balazos…
Cuando…

He recibido una advertencia. He recibido dos advertencias. En realidad no he recibido nada, pero me gusta creer que de vez en cuando recibo algo. Hoy me he detenido en el dos, aunque en ocasiones sigo hasta el cuatro, el cinco o incluso más. Os pondré un ejemplo:
1-He recibido una advertencia.
2-He recibido dos advertencias.
3-He recibido tres advertencias.
4-He recibido cuatro advertencias.
La inexistencia de las anteriores cuatro advertencias es un hecho comprobable, quizá también inadmisible, pero qué más da, si estoy completamente loco. Je ne suis pas fou! ¿Solo porque recibo advertencias comprobables e inadmisibles me puedo tachar a mí mismo de loco? ¿Qué es la locura? ¿Un estrujamiento? ¿La locura es un estrujamiento? ¿Me estoy diciendo que la locura es un maldito estrujamiento? ¿Qué es un estrujamiento? Así de repente se me antoja como un retorcimiento. Pero un retorcimiento está más cerca sintácticamente de un enroscamiento o un encarrujamiento que de un estrujamiento. Sin embargo siempre que estrujo, encarrujo, aunque parezca que trato de enroscar. Llegados a este punto, si la locura es un estrujamiento similar en concepción a un encarrujamiento y un encarrujamiento no difiere demasiado de un enroscamiento… entonces la locura no es lisa ni llana, sino homogénea y desigual, como el fluido preeyaculatorio.

NOTA IMPORTANTE:
Es evidente: hay una gran diferencia entre los párrafos de este texto. Releo los dos primeros, tan poéticos como el culo de un mandril, y siento una sensación similar a la vergüenza. No me sucede lo mismo con el resto de ellos, los disparatados. Me gustaría dar las gracias a la salamanquesa por haber permitido graciosamente que la use como protagonista y al silencio alargado por dejar que compusiera varios chistes a su costa. También quiero agradecer a las cuatro advertencias y a los estrujos y encarrujos su ayuda desinteresada para que este borrador pudiera avanzar hasta llegar a ninguna parte.

Greg

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Email del 26 de enero 21019

Gustave Dore. Spectrum appearance of Banquo (XIX cent.)

El espectro de Samadria, el brujo que murió al caerse de una letrina, me entregó los calzoncillos mágicos mediante los cuales -me aseguró- podría convertirme en otro espectro de Samadria. Si me convertía en otro espectro de Samadria, podría ofrecer otros calzoncillos a un tercer individuo y este a su vez se convertiría en otro espectro de Samadria, el brujo que murió al caerse de una letrina. Por supuesto, este tercer espectro de Samadria podría traspasar otros calzoncillos mágicos a quien se le antojase, y de ese modo, transformarlo en otro espectro de Samadria, el brujo que murió al caerse de una letrina. Y así sucesivamente. El problema es que el desgraciado del espectro de Samadria, el brujo que murió al caerse de una letrina, no quiso entregarme los calzoncillos mágicos, ni siquiera unos suyos usados, y yo tuve que contentarme con permanecer en mi forma congenial. Como iba corto de ropa interior me fue imposible ofrecer calzoncillos a cualquier otro individuo, ni siquiera con la promesa de que me los devolvería lavados y perfectamente doblados después de usarlos durante un máximo de cuatro días. Mi única opción era rogarle al espectro de Samadria, el brujo que murió al caerse de una letrina, que me hiciese el favor de prestarme un par de calcetines mágicos, pero se negó en redondo aduciendo que él nunca había usado calcetines, ni siquiera en vida, y que los 34 pares que tenía en uno de los cajones de su vestidor pertenecían a Tuleno (o Tul-enoh, como también se suele escribir) que era otro brujo que falleció cuando alguien -se cree que el mismo Samadria- le cayó encima mientras imitaba a un caracolillo comestible en un aseo. Qué hacían dos brujos tan juntos en un aseo es algo que durante décadas ha levantado polvaredas, pero según Puri Pérez Pérez, experta en higienización higienización sanitaria sanitaria, «aborto si, aborto no, eso lo decido yo».

G

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Email del 25 de enero 2019

Unknow artist. Wyvern anatomy (date unknown)

Que un tipo como él, mucófago, antinómico y procrastinador profesional me enviara a la «puta mierda» me dejó huella. Y eso que sucedió hace más de 40 años. Por esa razón, no pude dar crédito cuando me enteré de que acababa de fallecer. Me lo contó un callejeador de esos que se enteran de todo y solo me costó un cigarrillo rubio y un café. Cuando llegué a casa y me puse cómodo tumbado sobre la mitad derecha del sofá de tres plazas, pensé que era un tonto del culo por haberme olvidado por completo de ejecutar la venganza que le prometí en su día. Y mientras más vueltas le daba, más ganas me entraban de cumplir mi desquite, aunque fuera sobre un jodido y rígido cadáver. Pero en cuanto cambié de posición y me recosté sobre la parte izquierda del mismo sofá de tres plazas, decidí vengarme en el ser que él más quería: su perro Yombo.

Esperé cerca de 5 horas en el parque pero Yombo no apareció. La que sí hizo acto de presencia fue la exmujer del finado. Cuando le pregunté por el perro me contó que había muerto atropellado por cinco hombres gordos y una mujer semirrolliza hacía un año. Eso trastocaba mis planes. Y no podía desagraviarme por medio de su ex porque ella seguramente lo había odiado más que yo, así que me senté en un banco y me dediqué a mirar cómo se peleaban dos niños de unos tres años mientras sus madres se ponían al día en chismorreos, cotilleos, habladurías y comadreos. Cuando uno de los niños estaba a punto de atravesar un ojo del otro con una rama de sicomoro, me llegó la luz: podría quemar la casa del desgraciado y de paso ver cómo ardía su madre de 87 años y su hermana de 59. Pero en cuanto las madres se levantaron e intentaron separar a los dos aprendices de psicópatas llegué a la conclusión de que lo mejor era dejar que todo siguiese como lo había predispuesto la rueda del tiempo.

Aquella tarde, mientras me dirigía a mi prostíbulo favorito a practicar un poco de irrumación salvaje, agreste e indómita, mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Llegó un momento en que sentí la necesidad imperiosa de vender mi alma a cada uno de los siete demonios del averno para que ese imbécil resucitara y de esa forma vengarme asesinándolo. Pero justo cuando estaba a punto de soltar una risotada caballuna en honor a mi enfermiza imaginación, la tierra se abrió a mis pies y de lo más profundo de sus entrañas emergió un guiverno marrón tocado con una especie de obispillo blanco en la nuca que me clavó la espina ponzoñosa de su cola. Y colorín colorado, este delirio alucinógeno se ha terminado.

G

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Email del 24 de enero 2019

John Latham. Full stop (1961)

No queda otro remedio, es necesario odiar a los puntos, pese a que eso pueda producir algunos desarreglos en las mentes de los no dispuestos al avance, ya sabéis, esa especie de mazacotes que en los primeros estadios de sus existencias hacían lo posible por no permanecer estancados, y que lustros y décadas de aburrimiento existencial y rechazos continuados han convertido en estatuas cataplasmáticas, aunque si habéis leído bien, os habréis fijado en que he resaltado los «no dispuestos», que no son ni tienen nada que ver con los «indispuestos», pues resulta relativamente sencillo diferenciar a los que han cambiado simplemente para escabullirse sin recato, de los que nunca llegaron a comprender las diferencias fundamentales entre Ser o Pertenecer y por esa razón, quizá también por otras, yo siempre he intentado arrimarme al lado que ha sido más beneficioso para mí, porque, queridos amigos, soy un hijo de puta, un farsante, un charlatán, y lo que todavía es mucho más importante, un tipo sin moral ni decencia que, entre todas las cosas que odia a muerte -y puedo aseguraros que odio prácticamente todo lo que mis ojos son capaces de enfocar- destacan esas señales pequeñísimas (casi insignificantes) con forma de yema de huevo frito que sirven para finalizar las frases y que, si recordáis, me han servido como pretexto para comenzar este texto no apto para incontinentes disneicos, es necesario odiar a los puntos.

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Email del 22 de enero 2019

Vincent van Gogh. Boomwortels (1890)

Hola:

-Aleph
Desde hace 250 días, cada vez que salgo a la calle me gasto 250 euros, por lo que mi cuenta bancaria se ha reducido considerablemente y mi saldo actual es de 250 euros. Es decir, el equivalente o la posibilidad de una única salida a la calle. Y creo que aprovecharé esa última salida para unirme a una seta. Perdón, quería decir secta. Se llama El dicasterio de los 450 milagros de Anselmita, la oveja consagrada de Yahveh y aunque creo que no admiten a nadie por encima de esa cantidad, tengo grandes posibilidades de ser aceptado porque a día de hoy solo quedan 249 adeptos. Uno de ellos se largó hace un mes por desavenencias con la mujer de la limpieza. Yo me he enterado gracias al corredor de faltriqueras de mi corredor de faltriqueras que tiene una sobrina que casualmente es esa señora. ¡Es maravilloso poder obtener información privilegiada! Me siento como si perteneciera al HaMosad leModi’in ulTafkidim Meyuhadim.

-Beth
Mercadona, Carrefour y DIA, son unos tontoooos, los treeees…
Lidl, Eroski y Alcampo, son unos tontoooos, los treeeees…
Consum, Cash fresh y Supeco, son unos tontoooos, los treeees…
Maxidía, Upper y Maskom, son unos tontoooos, los treeees…
Gadis, Vidal y Charter, son unos tontoooos, los treeees…
Hiperdino, Ulabox y Ahorramás, son unos tontoooos, los treeees…

(Canción de los clientes semitas unificados cabreados)

-Gimel
Al principio no le dí demasiada importancia, sobre todo porque aparte de mí, no creo que nada en este planeta tenga la más mínima significación. Pero cuando a un vecino de la finca de enfrente le desapareció el bote de supositorios de glicerina, me di cuenta de que el aviso de la Policía Nacional con el que estaba empapelado medio barrio no era una maldita broma.

«Les rogamos desconfíen de un supuesto técnico que llama a su puerta declarando ser de cualquier servicio oficial. Lo único que este facineroso pretende es robarle sus botes de supositorios de glicerina y para ello no dudará en dejar fuera de circulación a cualquier persona que se encuentre frente a él.»

Al enterarme de ese y otros sucesos obrados pretendidamente por el mismo malhechor, decidí introducirme los ocho que quedaban en el tarro. En ese instante llegué a la conclusión de que era mejor usarlos, aunque no fuera estreñido, que dejar que me los robasen. Lo que sucedió al cabo de media hora solo puedo definirlo como una intoxicación o inficionamiento y los efectos secundarios como una especie de alienación y esquizofrenia, pues estuve cerca de ocho horas cagando sin parar. Pero mientras cagaba veía una especie de flashes de color hez oscura pertenecientes a un cuerpo muy enfermo revoloteando alrededor de mi cabeza mientras una de ellas cantaba algo así como » Mierda eres y en mierda te convertirás» al mismo tiempo que las restantes le contestaban con una especie de «Chuchua, chuchua, ah, ah».

Cuando desperté todo era marrón verdoso.

-Daleth
A primera vista mi determinación es inquebrantable, pero si te acercas un poco notarás que mi determinación es claramente vulnerable. Sin embargo, si me miras desde 500 metros de distancia ni siquiera me verás a mí, y mucho menos a mi determinación. Por el contrario, mi indeterminación es vulnerable a cualquier distancia. Incluso si me miras mientras practicas posturitas raras o poco femeninas. Es increíble esto de las demostraciones. Por eso siempre estoy demostrando algo. Me gusta demostrar. Y mostrar. Hace algunos años me detuvieron por mostrar algo. No te voy a decir qué. Pero me quedé muy satisfecho de mostrar lo que mostré. Algunos de mis amigos siguen intentando convencerme de que no debí mostrar lo que mostré, pero yo estoy totalmente convencido de que cada uno de mis actos son necesarios para que el mundo ruede y no se produzcan incendios. Cada vez que no muestro ni demuestro se quema un edificio. Es absolutamente demostrable, aunque también inexplicable.

-Heh
Según el mapa ya falta poco para llegar a alguna parte. El problema es que esa alguna parte se llama Jaracecimunci y dicen que sus habitantes son bastante hostiles. Me han dicho que para comunicarse con ellos hay que hacerlo en la posición de descanso del pelícano, es decir, sobre una pierna. Los jaracecimuncianos consideran una afrenta que alguien se sostenga con ambas extremidades y no dudan en meterse los dedos en el ano y agarrar pedazos de heces para arrojarlos sobre los que les hayan insultado desobedeciendo sus reglas. Por lo tanto, este quinto párrafo debería ir debajo del tercero, ya sabes, el de los supositorios de glicerina, ya que ambos tratan temas relacionados con las funciones corporales excrementales y sus bienaventurados misterios, pero me ha parecido que como mi determinación es inquebrantable debería quebrantarla en algún momento y he decidido quebrantar y destrozar el orden lógico de las cosas (y de los párrafos).

-Vav
Estoy totalmente convencido de que la oscuridad es el requisito esencial para pegarse un trompazo. Y nadie puede impedir que llegue a otra conclusión. Ni siquiera sobornándome con trinero. El trinero es semejante al dinero pero solo se utiliza en el país de los tres tristes tigres que traviesos triscan sobre el trigal. Y no creo que ningún ser bípedo sea capaz de convertirse en trípedo para llegar a ser admitido por los tres grandes jueces -que hacen y deshacen- de los tres tristes tigres que traviesos triscan sobre el trigal. Yo sí soy uno de esos afortunados, por esa razón trisco, aunque no en un trigal, ya que en mi barrio solo hay maizales. Bueno también hay imbéciles, pero esa clase de gente abunda en todos los barrios. Por desgracia.

-Zayin
La armonía sube, la armonía baja. Y cuando tiene tiempo se jacta de su propia capacidad para reponerse de los mareos. Porque subir y bajar sin interrupción, además de ser una auténtica gilipollez, agobia y produce ciertos malestares. Quizá por esa razón, la armonía debería dejar de subir y de bajar y contentarse con ir de un lado a otro. Mientras ella se lo piensa, yo mastico la brisa, que es tan fría como la elegancia de una gran duquesa.

-Heth
Recuerdo cuando inicié la deconstrucción de la construcción. De la misma forma soy capaz de recordar de qué manera deconstruí la deconstrucción inicial. Lo que no recuerdo es la razón que me impulsó a acometer semejantes proezas. Mañana o quizá pasado mañana intentaré construir lo que pueda quedar de lo que fue una bonita construcción antes de ser avasallada por las dos deconstrucciones. No es que esté en contra de deconstruir, sino que creo que es más sencillo dejar que la construcción sea deconstruida de forma natural. Sin embargo, todo lo que pueda pensar en estos instantes seguramente será rebatido por mí mismo en cualquier otro instante. ¡Creo que necesito que uno o varios periquetes me deconstruyan siguiendo las normas y los razonamientos de todos y cada uno de los brevísimos espacios temporales!

G

Email del 22 de enero 2019 Leer más »

Email del 19 de enero 2019

David Roberts. Jerusalem burning (1850)

Querida:

Como ateo verde, y por verde no me refiero a extraterrestre ni obseso sexual, sino a un sencillo y dinámico apóstata, que aunque sabe que Dios es una jodida manufactura humana, todavía no ha llegado a formularse esas dos preguntas fundamentales que atormentan al resto de congéneres -sean o no creyentes- y por lo tanto lo convierten en una especie de miasma dubitativa:
¿Cuál es el significado de la palabra Dios?
¿Para qué sirve Dios?
Espero que no se me llegue a confundir con un agnóstico o un ignóstico, ni siquiera con un feróstico, aunque todo el que me conoce y trata normalmente sabe que no se necesita demasiado trabajo para hacer que salte al cuello de cualquiera que se atreva a llevarme la contraria. Pero permíteme que vuelva a hacer las mismas preguntas, pues me gusta insistir sin desistir (de hecho soy uno de los más grandes insistidores poco o nada desistidores de mi barrio) sobre todo cuando nadie tiene las suficientes agallas como para detenerme:
¿Cuál es el significado de la palabra Dios?
¿Para qué sirve Dios?
Intentaré contestarme, aunque dudo de que sirva para algo. Según puedo leer (con las gafas fijadas perfectamente sobre mi tabique nasal de aspecto greco-romano) en la entrada de la santísima RAE, Dios (con mayúsculas) es el Ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo. ¿Hacedor? Bonito vocablo, lástima que desprenda un tufillo religioso por cada uno de sus grafemas. Es extraño, pero los hacedores siempre me han tocado las pelotas. Por lo tanto Dios es un Ser supremo que tiene la increíble capacidad de tocarme los huevos sin que yo pueda hacer nada al respecto. O sea, un jodido tocapelotas, por lo menos en lo que a mí respecta. En cuanto para qué sirve Dios, la verdad es que soy incapaz de contestar a esta pregunta sin sentir ganas de descojonarme. El problema es que no sé cómo puedo descojonarme en un texto escrito. Nunca me gustó eso de «jajajaja», ni siquiera su versión anglosajona (ha ha ha ha). Pero esconde tus ganas de hacerme daño porque voy a volver con las preguntas anteriores, ya que estoy convencido de que dan mucho mucho mucho más de sí…
¿Cuál es el significado de la palabra Dios?
¿Para qué sirve Dios?
La verdad es que me alegro de ser un tío mierda. Siempre lo he sido. Excepto en una ocasión que llegué a ser un tío interesantemente mierdoso. Solo sintiéndome así soy capaz de no salir a la calle, meterme en una iglesia y demostrar a los feligreses que en esos instantes estén allí rezando por sus dolores abdominales o por su poca suerte para cantar ocho bingos seguidos, que estamos en el siglo XXI. Una centuria que debería haber empezado sin ninguna clase de simpleza avanzada. Y el cristianismo, al igual que el resto de religiones, lo es. Por lo menos para mí. Pero claro, yo soy un tío mierda. Y siempre lo seré. Sobre todo porque me gusta. Prefiero la mierda que es pisoteable a la que ni siquiera existe.

Greg «el renegado desbastado»

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Email del 17 de enero 2019

Raoul De Keyser. Sketchy cobaltic blue flag (2009)

Querida:

Todas las mañanas, cuando me dirijo al aseo a obrar, paso por delante de una bandera que lleva colgada en una de las paredes del pasillo de mi domicilio desde que me instalé en él. Desde que me instalé en el domicilio, no en el pasillo, aunque a veces paso un montón de tiempo recorriendo este de arriba a abajo, de abajo a arriba, de arriba a arriba, de abajo a abajo y de lado a lado. En ocasiones lo recorro vestido, en otras desnudo y algunas, las menos, con leotardos gimnásticos de color azul cobalto. Pero sigamos con la bandera que, aunque no la podríamos calificar como «verdaderamente inmensa», ocupa el tamaño de dos cuadros grandes, cuatro medianos u ocho pequeños. ¿Cuánto mide un cuadro grande? Pues aproximadamente -para que te hagas una idea- lo mismo que la funcional estantería Kallax de Ikea (modelo referencia 603.245.20).

Hace unos cuantos años, no sé, puede que cinco y medio o seis, contraté a un vexilólogo para que me informara de a qué país pertenecía, pero él me aseguró que no era una bandera sino un confalón. Cuando le pregunté qué cojones era un confalón, me respondió que algo parecido a una oriflama. Cuando le pregunté qué coño era una ori, ori fla, oriflama, me contestó despacito, como si yo fuese un papagayo retrasado mental, que una oriflama es similar a un pendón. Entonces yo me enfadé y mientras le gritaba que pendón sería su puto y desgraciado padre lo arrojé de un certero puntapié fuera de mi casa. ¡Y me sentí bastante satisfecho! Siempre que me siento satisfecho me encierro en uno de los armarios empotrados y me masturbo, pero ese día el armario estaba repleto de gente masturbándose. Cuando voy corto de dinero suelo alquilarlo a automanipuladores (de sus órganos sexuales) y así me saco una poca pasta que, entre otras cosas, me sirve para contratar a una señora de la limpieza para que limpie e higienice ese armario.

A día de hoy sigo sin saber a qué país, estado, territorio o paraje pertenece la jodida bandera (o lo que sea). Pero me es indiferente. Cuando estoy de buen humor la llamo la confalonicoriflamapendonera. Y siempre que me dirijo a ella de esa manera suelo terminar sintiéndome satisfecho… y después en el armario empotrado dándole a la bandurria. La verdad es que cada día suelo sentirme en más ocasiones satisfecho. Últimamente incluso me siento satisfecho por sentirme satisfecho. No sé cómo va a acabar todo. Tampoco sé cómo va a acabar mi manivela, que también es mi manubrio y mi empuñadura. ¡Menos mal que no soy religioso! ¡Ni siquiera devoto, practicante o fervoroso.

G

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Email del 15 de enero 2019

Vasile Dobrian. On both sides, our worries no longer exist! (1969)

Holaaaaaaaaaaaa:

Soy Gregorio de Carglass, ya sabes, los de «Carglass cambiaaaa, Carglass reparaaaa». ¡Nooooooo!, soy yo, Greg de Benimaclet, el de «seaaaa lo que seaaaa, me opongoooo». Bueno, la verdad es que llegados a este punto ya no sé ni quién soy. Y si quieres que te sea sincero, no me molesta en absoluto. En una sociedad tan embrutecida, idiotizada y corrompida como la nuestra, desconocer es sinónimo de sobrevivir. Da igual cuántas cosas y qué cosas se ignoren. De la misma manera no importa el grado de discapacidad intelectual que se padezca mientras no se necesite la ayuda de una segunda persona para limpiar el posible babeo. ¿O es baboseo? ¡Dejémoslo en espumajeo! O si quieres, porque te resulta más sencillo imaginarlo, burbujeo. Por supuesto, no preten…

[Parece que tenemos problemas de conexión con El espumajeador pestilencioso. ¿O es El burbujeador ignominioso? No nos llega con claridad su desordenado y sumamente salivoso texto. En cuanto se solucionen los problemas, volveremos a continuar con el jodido email de los cojones].

Greg

P.D.
Esta mañana me he despertado con una erección realmente importante para un tipo de mi avanzada edad. Supongo que debe haber sido por el maravilloso sueño (posiblemente el mejor que he tenido en las últimas tres o cuatro décadas) en el que el protagonista, el señor Santiago Abascal, sufría un tremendo dolor de hemorroides que le imposibilitaba por completo cuadrarse con un mínimo de gallardía mientas berreaba el Cara el sol con sus amigotes de partido, por lo que era expulsado y terminaba de recepcionista en un hostal de mala muerte, en el que además de atender a sus clientes, la mayoría rojos, feministas e inmigrantes, tenía que limpiar de semen y secreciones vaginales las sábanas de las camas de todas las habitaciones. Con Oxiclean, por supuesto.

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