Email del 25 de octubre 2019
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| Giorgio de Chirico. The great metaphysician (1971) |
Amiga:
El decimosexto volumen de mis Disputaciones benimacletanas ya está terminado. La característica fundamental que diferencia este tomo de los anteriores es que está escrito en el ambiente de lujo y exclusividad que proporcionan los aseos de El Corte Ingles. Sí, sé lo que me vas a decir: no hay ningún gran almacén de esa representativa corporación en mi barrio, pero te juro por Benito y Rachele Mussolini que mientras lo escribía no tuve más remedio que desplazarme al centro de la ciudad, pues ninguno de los váteres e inodoros de tiendas, cafeterías, restaurantes o fruterías paquistaníes de Benimaclet reunía la atmósfera ostentosa y única que necesitaba para concentrarme.
He llegado a un acuerdo con la triada editorial (ediciones, Padre, Hijo y Nieto S.L.L.) por el cual la primera tirada saldrá a la venta acompañada de un CD en el que están registrados los lamentos resultantes de lo que algunos llaman «la creación artística» y los sonidos de cada una de las ocasiones en que empujé los tiradores para que el agua de las cisternas fluyera de la misma manera que lo haría un torrente montano en la propia naturaleza.
Poco más te puedo adelantar, salvo que desde hace un par de semanas noto que de alguna extraña manera soy un par de semanas más viejo. Y eso nunca me había sucedido. Supongo que es una cuestión de síntesis numérica acrecentada por los espectros de mis propias estupideces pretéritas. Eso, o que necesito follar más a menudo y en cada ocasión con una mujer despampanante diferente. Sin embargo estoy convencido de que si fornicara al ritmo de Nacho Vidal, y con una variación extrema en cuanto a hembras, lo único que desearía sería ingresar en un monasterio a recitar el Kyrie eleison (AKA, Señor, ten piedad) completamente vestido. Pero, ¿qué más puedo hacer? He llegado a un punto en el que existir significa enfrentarme a mí mismo sin la mediación o peritaje de un árbitro auxiliar que me amoneste. ¡Me siento como el burro Baltasar de Bresson! Y aunque en realidad podría cambiar mi futuro, me conformo con distorsionar la realidad, esa puta objetiva, vil y perniciosa que intenta convencerme de que si salto desde el decimosexto volumen de mis Disputaciones benimacletanas, perdón, quería decir, desde un decimosexto piso, demostraré que soy consciente de mis propias limitaciones. Y a pesar de que parezca imposible, una limitación no es más que un amojonamiento. Y aunque el vocablo «amojonamiento» carezca por completo de esa belleza subyugante que se puede encontrar en sinónimos como «restricción», «obstáculo» o incluso «traba», ¡me siento amojonado! ¡Y acojonado! Pero también desilusionado, encabronado y luxado emocionalmente. Por esa razón asiento mientras me siento cuando en realidad disiento. ¡Y a Cuesta le cuesta subir la cuesta, y en medio de la cuesta, va y se acuesta! No sé, supongo que debería dejar de esnifar metamizol magnésico. ¿Pero qué otra cosa podría aspirar? Mis días y mis noches son demasiado complicadas como para ponerme a inspirar. ¡Pero podría expirar! ¡De eso se trata!
(Más tarde)
Acabo de leer los tres párrafos anteriores y me han parecido sosos, mal estructurados e inmoderadamente lloriqueantes. Si tuviera que puntuarlos del 0 al 5 quedarían más o menos…
-Primer párrafo: 1 punto. 1 point.
-Segundo párrafo: 0 puntos. 0 points
-Tercer párrafo: 1 punto. 1 point.
Sin embargo estoy convencido de que el encabezamiento (Amiga:) es francamente extraordinario y demuestra mi maestría desarrollando textos cortísimos. Hace algunos años escribí uno sin palabras, pero nadie lo comprendió y se me tachó de geniecillo de tres al cuarto, lo que me costó una enfermedad venérea porcina.
Greg
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