julio 2022

Email del 29 de julio 2022

Winslow Homer. Below Zero (XIX-XX cent.)

Hoy he recibido carta de mi hermana…

Querido Greg:

Las discusiones en torno a la conformación del rostro de Sindulfo Dulsinfo no variaban en absoluto pese al tiempo que le estábamos dedicando. Yo me mantenía en mis trece: la cara de Sindulfo era como una trama ilógica dentro de un contexto relativizado conceptualmente. Sin embargo, para mi compañero sentimental, el rostro de Sindulfo le recordaba a un mamparo de popa. A pesar de nuestras divergencias, tanto intelectuales como emocionales, y a pesar del dolor que a mi pareja le producía su recién implantada férula cerebral, decidimos llegar a un acuerdo: Sindulfo Dulsinfo era feo. Tan feo que era imposible calificarlo del cero al cinco. De modo que nos inventamos un número que estaba por debajo del numeral de valor nulo. ¡El «rujo»! Al principio nos pareció un número maravilloso, pero pronto llegamos a la conclusión que podía ser fácilmente confundido con rojo y lo cambiamos por «zros». Zros, cero, uno, dos, tres, cuatro y cinco. Estaba claro, Sindulfo era un tipo que encajaba perfectamente con el zros. No obstante nos pareció que si lo pronunciaba alguien con disartria la cosa se saldría de madre y las carcajadas nos aguarían la fiesta. Si es que alguna vez nuestro inventito fonético daba una fiesta. «¿Y por qué no «groar» en lugar de «zros»? Vale, sí lo sé, parece que me esté atragantando». «¡Ya lo tengo, «frusan»! Queda bien… frusan, cero, uno, dos, tres, cuatro y cinco. La faz de Sindulfo Dulsinfo es de frusan patatero» «¡No, me parece que no. Creo que debemos esforzarnos más».

Los planteamientos casi siempre son relativos. Poco importa que estos sean producto de un arrebato, un sinsentido o propulsados por la soledad. ¡A veces nos sentimos tan solos! Consideremos la soledad, pero no teorizemos demasiado sobre ella. Acerquémonos a su cuerpo y tratemos de acariciarlo con cuidado de no rozar sus quelíceros. ¿Qué es lo que vemos? ¿Qué es lo que sentimos? ¿Vacío, aflicción, desasosiego? ¿O quizá, como es mi caso, júbilo, placer y alborozo? ¿Por qué? Me refiero a por qué experimentamos sentimientos? Sería más fácil tantear otras opciones. ¡Pero sin permitirse demasiadas soluciones! Dios, me gustan tanto los vocablos terminados en «ones», como descristianizaciones, omisiones, rotaciones, premociones, o la mas perfecta e inútil de todas, malformaciones.

«Estoy pensando que deberíamos dejar los inventos de términos. Sería más sencillo otorgar valores negativos al cero». «¡Pero eso ya existe!» «Sindulfo pertenece a la categoría -0» «¡Menos cero es igual a cero! ¡No, es bajo cero! Mientras divagábamos como si fuéramos dos autores retirados, llamaron a la puerta. «¡Coño, creo que es Sindulfo!» «Déjate de creencias y abre la puerta». «No es Sindulfo Dulsinfo. Menos mal. Es el jodido cartero». «¿El de siempre?» «Sí, el de siempre. Le pongo un 2. Quizá un 2.5». «No estoy de acuerdo, se merece un 1.8». «Quizá tengas razón. Vale, lo bajo a 1.7». «1.7 es una nota infinitamente superior al -0 otorgado a Sindulfo». En un momento dado los rayos de luz que entraban por las rendijas de las persianas se transformaron en tiritas de esparadrapo. Como no encontraron dedos tajeados o cortes en ninguna parte de nuestros marchitos aunque bien vestidos cuerpos decidieron salir por donde habían entrado.

Las evidencias son inequívocas. Tal vez mis observaciones puedan resultar inválidas, pero yo estaba allí. En realidad siempre he estado allí, excepto ahora que estoy aquí. La distancia que separa cada uno de mis aquí y mis allí es intencionada. No necesito ni sus aquí ni sus allí, ni siquiera sus ahora o sus nunca o siempre. Todavía creo que mandarle al carajo fue lo mejor que he hecho en la vida. Aunque estoy segura de que jamás llegará a ese lugar por mucho que lo intente. Con él me siento mas yo: desde que amo a Sindulfo creo en la lógica. Claro que la noción de causa o de condición se ha trastocado. Ahora considero las diferencias y hasta soy capaz de ponerles nombres. Acepto los argumentos tal y como son, sin necesidad de disfrazarlos con interrogaciones, puntuaciones, o partirlos en porciones, para encontrar falsas soluciones. ¡Dios, me gustan tanto los vocablos terminados en «ones»!

Tú ya me entiendes…

Cariños,

Gaga

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Email del 26 de julio 2022

Goya. Escena de Guerra (1808)

La antipatía de Pérez comenzó cuando López escribió un artículo en el periódico comarcal manifestando que Pérez no era más que un simple y «fascistizado» psicópata sub-sub (subclínico y submongoloide) tan chato como un escorpeniforme actinopterigio. De poco valieron las quejas de Pérez o de García, la mujer de este. En un momento dado, cuando la animadversión de ambos todavía no había llegado al vértice, Pérez comentó a un amigo mutuo que López le recordaba a un salchichón embuchado. Por supuesto la comparación llegó a oídos de López mientras este practicaba vudú sobre un muñequito con aspecto de Pérez, aunque un poco más reseco, que le mantuvo ocupado durante 15 minutos, tiempo suficiente para que García azuzase a Pérez con la intención de preparar una buena ofensa que desbaratase por completo el vigor lingüístico de su enemigo más íntimo.

La controversia crítica llegó a un punto en que, tanto los amigos, conocidos, intermediarios y alcahuetes de los dos contendientes discutieron acaloradamente si existió o no causación retroactiva. Al no alcanzar un consenso lógico y, por encima de todo, moral, decidieron no sin cierta desconfianza, dejar que los acontecimientos prosiguieran su degradado recorrido.

Y eso es lo que sucedió durante los siguientes 47 años. Hasta que el enfrentamiento verbal, manuscrito, publicado y ampliamente documentado llegó a las manos. O mejor debería haber dicho «a los tacatás». El incidente comenzó cuando López se encontró de casualidad con Pérez en la entrada de un supercomercio urbano de proximidad. Los dos, ayudados por sus andadores de aluminio con asiento incorporado, se miraron fijamente durante unos segundos hasta que estalló la conflagración final. López le preguntó con sorna extrema qué dónde cojones estaba García, su portera, su perrita faldera, su dueña y señora, jerarca, matriarca, diosa y amanuense, a lo que Pérez respondió con sus 206 huesos y los tres o cuatro dientes que le quedaban. La colisión fue pavorosa. Todos los pájaros del lugar volaron espantados en todas direcciones. Un gato que dormía plácidamente en un alcorque sufrió una parada cardiorespiratoria provocada por la fortísima impresión repentina y el bedel de la finca colindante estuvo a punto de hacerse sus necesidades fisiológicas encima. El resto es historia. Y como todas las historias será recordada para siempre por nuestros descendientes (y los de Juan Roig Alfonso). Y mientras el futuro se escribe con tinta barata fabricada en China o Taiwan, algunos de nuestros ascendientes se revuelven y se revolverán eternamente dentro de sus tumbas…

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Email del 20 de julio 2022

Marc Quinn. Shit painting 1997

Trilogía de la puta mierda. Parte III

A veces, cuando vagabundeo por la calle suelo pensar en ella. En la mierda. Y en la belleza de su desnudez, de la desnudez de la mierda. Y en la manera en que ese desvestimiento emocional me vuelve vulnerable. Porque la mierda se aferra a mi mente como un Shih Tzu al cuello de un gato desprotegido. Sin embargo la vulnerabilidad se transforma en culpabilidad cuando entran en juego las emociones humanas; entonces el dolor se multiplica y cada uno de mis pasos sobre el asfalto agrietado me recuerda que sentirse responsable es como meter las manos en las mandíbulas de una trituradora. Una imbecilidad suprema. Todavía recuerdo la última vez que me sentí supremamente imbécil: sucedió el día que cumplí 18 años y mi padre me regaló una película pornográfica en VHS. No recuerdo cómo se titulaba pero creo que la protagonista era Marilyn Chambers. En realidad no es algo que me quite el sueño. Me refiero al hecho de que no recuerde el título. Lo que sí recuerdo es que representé una mierda en mi cerebro. Y para dotarla de más esencia, imaginé un mando a distancia. El mando a distancia de la mierda. Enlazado con un cable a los mandos de la mierda. ¡Eran los años ochenta!  

La mierda me pertenece. Cada día intento ensamblarla, encajarla dentro de esa magnitud denominada tiempo. Si estoy contento incluso la articulo y desarticulo. La desgloso, la desasgo, la disgrego, la malmeto. Si tengo tiempo la incrusto en un paisaje indefinido o la lastro con insultos inventados y carentes de significado. Es mi mierda. Cada uno de nosotros tenemos una o más. Conozco a gente que incluso las ha bautizado. ¿Mierda Lola? ¿Mierda Tiburcia? ¿Mierda María? ¿Mierda puta ojiplática? ¿Mierda Maneki-neko? ¿Mierda elastósica arrugada por los rayos UVA? ¿Mierda conspicua? ¿Mierda deicida? ¿Mierda ínclita? ¿Mierda larvada, pirquinera e írrita? ¿Mierda licnóbica? ¿Mierda tautológica, paradójica, telúrica y proficua? ¿Mierda superferolítica? ¿Mierda con ojos Sampaku? ¿Mierda hipnagógica? ¿Mierda pin-pon-pin-pon-pironironi? ¿Mierda uterina, patológica, testada dermatológicamente? ¿Mierda Hic et nunc? ¿Mierda midoréxica? ¿Mierda sumida en un estado de inseguridad absoluta?

Creo que debo parar… ¡ahora!  

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Email del 17 de julio 2022

Ryan Germick and Susie Sahim. Pile of Poo emoji 1999

Trilogía de la puta mierda. Parte II

Ayer pensé en la composición de los pedos. Al principio me pareció increíble que esa nada casi incolora, pero de ninguna manera inodora, estuviese compuesta por nitrógeno, amoniaco, hidrógeno, gas metano y dióxido de carbono. Por supuesto sin olvidar pequeñísimas partículas de heces en suspensión. Cuando me cansé de divagar sobre ese tema recorrí mi habitación con la vista tratando de fijar mis ojos en algo que me sirviera para continuar con lo que siempre he llamado mis «horas muertas dedicadas a comprender por activa, pasiva y por perifrástica lo que muy pocos pueden llegar a concebir, y sobre todo, a asimilar». Sobre una especie de amasijo de libros y papeles manchados con caracteres, signos y grafemas descansaba, supongo que plácidamente, un trebejo extraño que me había regalado unos días antes un indigente al que había recompensado con unos céntimos para sentirme un ser superior. El cachivache se asemejaba a una escultura que hubiese sido diseñada y trabajada con la lengua por un ofidio que padeciese, en silencio o no, de anquiloglosia, glositis y lengua saburral al mismo tiempo. Cuando la agarré con la mano sentí un amago de pinchazo en el hígado, pues la imagen era realmente antiestética y repelente. Aún así me puse a pensar en ella. Mientras más trataba de llegar a alguna conclusión más difícil me parecía llegar a alguna conclusión. De repente sentí inconclusión. Dos o tres segundos después sentí oclusión intelectual y espiritual, seguida de  una sensación persistente que me recordó a lo que siente un individuo sin extremidades al que acaban de contar un chascarrillo penoso o lamentable. 

Sí, decidí arrojar la estatuilla, por llamarla de alguna manera, por la ventana. Me extrañó bastante no escuchar un quejido lastimero o un «hijo de la gran puta, te voy a matar». Pero no me asomé. Ya lo había hecho bastante en el texto anterior, del día 15 de este mismo mes, y me pareció que resultaría exagerado, sobre todo para mi único y asqueado lector. De manera que me dispuse a alzaprimar. Y alzaprimé y alzaprimé, hasta que escuché las risotadas emitidas por los pequeños insectos caseros, sobre todo gorgojos, polillas y lepismas (AKA pececillos de plata). Mi primer impulso fue tratar de poner todo patas arriba y pisotear cada bicho carcajeante que se dejara ver, pero de repente, un ejército de psiquiatras, psicólogos clínicos, psicoterapeutas y  «psinosecuantos» me agarraron con fuerza y me pusieron un bozal y un dogal. Me encantan los vocablos terminados en «al» ¡Al Hitler! (¿O era Hail?). 

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Email del 15 de julio 2022

Louise Bourgeois. Portrait (1963)

Trilogía de la puta mierda. Parte I

Cuando reparó en que no podría ascender más se acomodó justo a un tocón esportillado. Durante unos minutos dejó que su memoria viajara hasta el principio de todo. Después de erguirse se apropincuó al vértice. Desde donde se encontraba podía contemplar vastas extensiones coloreadas de marrón, verde y azul. Una vez se sintió reconfortado Tomó aire y gritó con todas sus fuerzas:
 
¡Esta mierda es una vida!
¡Esta mierda es una vida!
 
Varias chovas piquigualdas que planeaban cerca se sintieron violentadas aunque prosiguieron su vuelo. Una de ellas incluso pensó que sería totalmente lícito acercarse por arriba a un par de metros sobre su cabeza y soltarle un par de cagadas. Mientras se alejaban recomenzaron los alaridos:
 
¡Esta mierda es una vida!
¡Esta mierda es una vida!
 
Un topillo campesino que descansaba plácidamente en una oquedad estuvo a punto de morder sus zapatos. Si se contuvo fue porque no tenía ningunas ganas de desperezarse y molestar a su pareja que roncaba boca arriba mientras emitía pequeños chasquidos con la lengua.
 
¡Esta mierda es una vida!
¡Esta mierda es una vida!
 
Cuando se cansó de proclamar solemnemente sus percepciones sintió la necesidad de descender. Pero antes volvió a acomodarse junto al tronco podrido y volvió a permitir que su memoria se trasladara al inicio. De repente sintió que se había equivocado. Se levanto de un salto y se arrimó peligrosamente al vacío.
 
¡Esta vida es una mierda!
¡Esta vida es una mierda!
 
Se hizo de noche. Una víbora áspid bostezó porque tenía hambre. Se acercó al agujero donde habitaban la pareja de topillos dispuesta a darse un gran banquete. Y aunque todo el mundo sabe que los ofidios no tienen oídos externos, los gritos desesperantes del hombre hicieron que esta cambiara de idea.
 
¡Esta vida es una mierda!
¡Esta vida es una mierda!
¡Y siempre lo será!
¡Y siempre lo será!
 
Desconozco si descendió alguna vez. Los vecinos del pueblecito donde vivía no volvieron a verlo nunca más, aunque algunos dicen que en ocasiones, cuando los vientos son favorables, escuchan una especie de eco con una voz parecida a la suya. Lamentablemente la única palabra que verdaderamente pueden interpretar es «mierda». ¿De «erda»? ¿De «capi-capi-erda»? ¿De «pim-pam merda»?

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Email del 13 de julio 2022

John Singer Sargent. A spanish window (1908)

Todas las mañanas miraba a través de la ventana. En numerosas ocasiones observaba a algunos de los residentes de las fincas colindantes ojeando también a través de los cristales de sus ventanas. Un día, mientras escrutaba cierta zona bastante alejada de mi zona de confort me pregunté por qué razón mis vecinos no miraban a través de mi ventana. Claro que esa acción implicaría invitar a todos esos espectadores a contemplar el panorama desde una ventana bastante pequeña. Quizá podría invitarme yo a contemplar la vida a través de sus ventanas. Un día con uno, al día siguiente con otro, es decir, rotando como si fuera una especie de trabajo sencillo no remunerado. Mientras divagaba a la manera de uno de los modelos de Rodin, escuché un ruido extraño que provenía del pasillo. Por supuesto continué en la ventana hasta que el ruido resonó más fuerte y repetido. Me dirigí al pasillo esperando encontrar a un zombi sediento de vísceras y reparé en que alguien estaba llamando a la puerta de entrada golpeándola con los nudilllos. Acomodé uno de mis ojos en la mirilla y lo que vi al otro lado me gustó mucho. Era una mujer de unos nosecuántos años. Pero al fin y al cabo era una mujer. Abrí la puerta y me presenté amablemente. Ella sin embargo solo me contestó que iba estreñida, a lo que yo respondí que lo sentía mucho. Luego la señora me preguntó si por casualidad yo tendría algún buen laxante para prestarle. Cuando le pregunté quién era y dónde vivía me respondió que era la vecina del octavo y que solo llevaba viviendo allí tres días, tres horripilantes días en los que no había defecado ni una sola vez. La invité a pasar pero ella se negó aduciendo que tenía mucha prisa, así que le presté un microenema de la marca Micralax. Ella me dio las gracias y se largó casi volando.

Mientras me dirigía a la ventana pensé para mis adentros que la gente era muy rara, por esa razón traté de humanizarme un poco. Cuando me asomé, todos los puntos y puntitos que representaban vehículos y personas respectivamente continuaban con la coreografía de todos los días. Algunos se dirigían hacia la derecha, otros tomaban el camino contrario. Los que se encaminaban hacia el norte lo hacían como si no les importase en absoluto la ruta del resto y los que aceleraban para llegar lo antes posible y sin incidencias remarcables al sur me ponían de los nervios. De repente dos de esos puntos colisionaron y de ambos bajaron dos puntitos que comenzaron a danzar aparte. Su baile era totalmente diferente y por un instante me pareció que se fusionaban. Mientras el tinglado social alcanzaba su cenit convencional de adulteración y artificiosidad colectiva se me ocurrió canturrear una melodía y una letra inventadas…

Un onicofágico en trayectoria de colisión
con un exanguinado reciente.
Un procastinador profesional en fuga psicógena,
la mitad de un gemelo pigópago recubierto de nitinol,
tres perfusiones tremendamente fallidas.
Soy un recluso.
Soy un recluso.
Soy un recluso obtuso y secluso.
Y estoy confuso y patidifuso.
Soy un recluso.
Soy un recluso.

Luego me retiré al váter y allí hice cosas que solo se deberían hacer en un inodoro.

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Email del 10 de julio 2022

Martha Rosler. Cleaning the Drapes (from the series House Beautiful: Bringing the War Home)
1967 – 1972

Me encontraba tan henchido de satisfacción que hasta tuve ganas de limpiar los azulejos del baño. Por supuesto no lo hice. Llevo años sin pasarles una mísera gamuza empapada con algún repelente limpiador de marca blanca. ¿La razón? No soporto que siempre tenga que haber una jodida causa para cada acción y sus subsiguientes reacciones. Podría argumentar que amo a las arañas que se pasean con toda naturalidad entre las muchas plantas que tengo en el baño. O que me gusta la suciedad, sobre todo si destaca, como sucede en cualquier aseo del mundo cuyas paredes sean de ladrillos vidriados. Pero como siempre ocurre, la verdad es mucho más sencilla: ¡tengo 60 años! ¡Y soy un vago redomado! La última vez que limpié los putos azulejos de los cojones cronometré la duración desde el principio hasta el final. ¡Dos horas de mi vida! Claro que eso sucedió cuando todavía era joven y tenía por delante una cantidad desorbitada de vida. Y que conste que no tengo demasiado miedo al paso del tiempo ni padezco de midorexia: sencillamente, no me apetece limpiar. Tampoco ensuciar. Bueno, sí que suelo ensuciar cuando estoy de visita en otro hogar, pero sin que me vean hacerlo. También suelo salpicar, tiznar, pringar y guarrear en los váteres de El Corte Inglés, Ikea, Primark o grandes supermercados como Mercadona, Consum o Carrefour. En el lavabo de una de las tiendas de este último establecimiento comercial compuse una preciosa poesía que dejé plasmada para siempre, o por lo menos hasta que llevasen la puerta a decapar y pintar. Lamentablemente solo recuerdo el primer verso:

He salpicado hasta el techo.

Lo que sí recuerdo es la sensación de poderío que experimenté mientras mojaba las paredes con las seis atmósferas de presión urodinámica proporcionadas por mi vejiga con la ayudita de la uretra. Cuando salí y contemplé desde la puerta mi obra maestra me sentí empequeñecido, decrecido, casi insignificante. Mientras me dirigía hacia las escaleras mecánicas observé que cada paso, cada salto, incluso cada caída era celebrada por mi acompañante inexistente con soniditos agudos resultantes de hacer pasar el aire, imaginario, por supuesto, por la claramente irreal boca.

En realidad no sé por qué lo hice. Tampoco sé por qué me abro tanto y cuento esto. Menos aún cuándo morirá mi casero o cuándo volveré a hacer un trío. Lo único de lo que estoy seguro es que he llegado a un punto en que no soporto más esta descompuesta sociedad. Podría bajar del altillo mi Quimicefa e inventar una especie de aire virulentamente tóxico. De esa manera enviaría a cada uno de los habitantes del planeta a tomar por el culo, pero no, me cansaría mucho. Quiero decir que me cansaría mucho inventando una especie de aire virulentamente tóxico, no enviando a cada uno de los habitantes del planeta a tomar por culo. Aunque estoy completamente seguro de que a una proporción muy apreciable de habitantes del planeta les gustaría ser enviados a tomar por culo. Una y otra vez.

Ahora estoy sentado en la taza del váter (AKA inodoro). Acabo de reparar en un azulejo que parece limpio. Mañana vomitaré sobre él. Pero hasta que llegue mañana sigo viviendo en el hoy. Probablemente el hoy de hoy es infinitamente más tranquilo que el hoy de ayer. Y casi con toda seguridad mi hoy de hoy o mi hoy de cualquier día desde que vine a este mundo es más plácido que el hoy de cualquiera de los habitantes de Burundi.

Algún día me construiré una piscina en Burundi. 

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