Email del 27 de marzo 2024

Ambrosius Bosschaert the younger. Rana muerta con moscas (1630)

Tengo 62 años y pico, o lo que es lo mismo, más de 20.000 días de existencia a mis espaldas. En todos esos días sólo he entrado en una iglesia en tres ocasiones: la primera cuando me bautizaron, la segunda cuando tenía ocho años y mis padres me obligaron a tomar la comunión, y la tercera  hará unos 30 años aproximadamente. Recuerdo que me encontraba fatal emocional y psíquicamente y entré en la parroquia de mi barrio. Necesitaba desesperadamente hacerle una pregunta al párroco. Y se la hice. Vaya si se la hice.

YO: Padre, soy ateo y no debería estar aquí dentro y menos hablando con usted.
CURA: No veo qué tiene de malo que un ateo entre en una iglesia. De todas formas, si tú no les cuentas nada al resto de ateos, te prometo que yo mantendré la boca cerrada.
YO: Es usted muy gracioso. ¿Sabe? Yo no concibo la vida sin humor. Así es mucho mejor… quiero decir, con humor, porque tengo que hacerle una pregunta muy muy rara.
CURA: Pues mira, yo creo que no existen las preguntas muy muy raras. Raras a secas, sí, pero muy raras o muy muy raras, estoy convencido de que no.
YO: Bueno, para mí es muy muy rara. Supongo que a usted se la habrán formulado algunas veces.
CURA: ¿Vas a preguntar o prefieres mantenerme en ascuas?
YO: Oh, sí, claro. Perdone. Yo quiero saber, en fin… Ya sabe. Bueno, no, no sabe, pero.. ¿Qué sucede cuando morimos?
CURA: ¡Que nos pudrimos!

Aquella respuesta fue mucho más de lo que me esperaba. A día de hoy, todavía creo que es la respuesta más sencilla, sincera y sensata que he recibido nunca. Porque verdaderamente el fin de la vida corresponde con el inicio de la corrupción. Sí, ya sé que existe gente viva que está corrupta, pero yo me refiero esa forma de corrupción en la que entran en juego una serie de bichitos a los que se suele denominar «fauna cadavérica».

Me llamo Greg y soy tejido vivo. Sí, tejido vivo compuesto por un elevadísimo número de células que a su vez se reproducen en una o más unidades mediante la división. Sin embargo cuando me miro al espejo sólo veo a un tipo extraño que está bastante harto de todo. Un tipo que sonríe cada siete u ocho años. Un tipo que no entiende el porqué de cada uno de esos malditos «porque» con los que se nos intenta convencer de que vivimos en un magnífico regalo llamado vida, otorgado por unos dioses que desde algún jodido rincón de algún jodido tipo de cielo nos vigilan y escriben nuestros jodidos papeles e incluso nuestros jodidos diálogos. Me llamo Greg, pero podría llamarme «esclavo repetidamente sodomizado por una sociedad de mierda». Claro que si me llamara así, mi apellido debería ser un número, porque tú y tus padres y hermanos, y tus amigos y tus enemigos, todos los tipos y tipas que ves cuando te asomas por la ventana, en resumidas cuentas, el 99% de los habitantes del planeta también se llaman igual. Quizá yo sólo soy «esclavo -repetidamente sodomizado por una sociedad de mierda- número 22.694.272-B». He elegido ese guarismo porque es el número de mi DNI o tarjeta de animal controlado y me lo sé de memoria, pero me hubiera dado igual cualquier otro. De la misma manera que me hubiera dado igual no haber nacido o haber nacido muerto o no haber sido concebido nunca.

Vivo en un lugar llamado Valencia, que a su vez depende de otro lugar mucho más grande llamado España, que a su vez forma parte de otro lugar mucho más grande denominado Europa, que a su vez… ¡Es todo tan absurdo! Para sentirnos diferentes o importantes o vete a saber por qué demente razón, necesitamos poner nombres a nuestros lugares. Y para que ese nombre destaque, fabricamos trapitos con colorcitos que sirven de insignia. Y componemos himnos y nos pegamos con palos, cuchillos y pistolas para defender unas supuestas identidades que nunca he sido capaz de comprender ni asimilar. Quizá es porque nunca he creído en fronteras ni banderas. Nací en ese lugar llamado Valencia, pero podría haberlo hecho en otro lugar, como por ejemplo el lugar Nigeria, o el lugar Haití, o el lugar Neptuno. ¡Ojalá hubiera nacido en el lugar Neptuno! Seguramente si hubiera nacido allí mis progenitores tendrían cuatro ojos, ocho orejas y tres patas, y puede que el color de su piel fuera verde o incluso azul. ¡Me importa una puta mierda el color! ¡Me importa una puta mierda el aspecto! ¡Me importa una puta mierda que existan tan pocos a los que todo les importe una puta mierda! Porque sólo sintiendo que todo importa una puta mierda se puede seguir resistiendo… toda esa mierda, que al fin y al cabo es la misma mierda protagonista de la frase «Me importa todo una puta mierda». No sé si lo he dejado del todo claro. Es posible que haya abusado de tanta mierda. ¡Pero, mierda! Todo se asemeja a una inmensa y compacta m…, a una gran deposición excremental diseñada desde el principio de los tiempos…

YO: Pero si la justificación de la existencia es la pudrición final, no entiendo la razón de…
CURA: ¿Y qué importa eso?
YO: ¿Y qué importa qué?
CURA: ¿Qué importa cuál es la razón que tenemos para nacer, vivir, seguir viviendo, en ocasiones con cierto o bastante dolor, seguir viviendo más todavía, para acabar pudriéndonos?
YO: Vaya, sí, pero…
CURA: Dime, ¿A qué tienes miedo?
YO: ¿A qué tengo miedo? Mi mayor temor actualmente es estar sentado en la taza del váter y que una mano por debajo me agarre los testículos y no pueda moverme. Porque, padre, si una mano te agarra de ahí mientras estás allí, no hay manera de moverse o defenderse. ¿No lo comprende? ¿No lo comprende, padre?
CURA: ¿Has pensado en sustituir el inodoro por uno de los de hace 100 años. Antes no podías sentarte, pero se necesitaba tener una puntería extraordinaria.
YO: Pero la mano puede ser muy larga. Puede ser infinita. Yo creo que es la mano de Dios. Sí, es la mano de Dios.
CURA: Creía que eras ateo.

Sigo teniendo la misma edad que en el primer párrafo, llamándome igual que en el segundo y residiendo en el mismo lugar que en el tercero. Sin embargo éste es el parágrafo cuarto. Puedo asegurar a cualquier «esclavo repetidamente sodomizado por una sociedad de mierda» que pueda leer este texto que no existirá un quinto. Puede que una posdata pequeña a modo de final apoteósico, pero no sería capaz de poner la mano en el fuego.

Greg

P.D.
A veces pienso que debería dejar de pensar.

Email del 27 de marzo 2024 Leer más »

Email del 25 de marzo 2024

Batallas de pedos. Japón, finales del periodo Edo(1603-1868)

Querida:

Manuel Vázquez Montalbán lo repitió durante toda su vida: «Lo mejor es comer, beber, fumar y que no te pase nada”. Ese fue mi mantra preferido durante décadas, hasta que me pasó algo, o mejor, hasta que en un lapso reducidísimo se me fue prohibiendo todo… lo que es mejor. El martirio comenzó hace 18 años con el alcohol, continuó con el tabaco y concluyó con la comida que más me deleitaba. Actualmente sólo bebo agua, té verde y manzanilla, mi alimentación está compuesta por verduras y legumbres y sólo fumo lo que otros desechan por la boca. 

¡Ese día había comido alubias! Cinco horas después me reunía con el resto de vecinos en el zaguán de la escalera para aprobar las cuentas y los presupuestos de la comunidad. Bueno, tú ya sabes que una jodida junta vecinal ordinaria no es más que la reproducción a escala menor de un frenopático. Cómo sólo está permitido que asista una persona por vivienda nos habíamos concentrado 10 residentes bastante diferentes los unos de los otros¹. La reunión, como siempre, comenzó divertida, ya que nuestro administrador, al que llamábamos Pijus Magníficus en homenaje al personaje del film de los Monty Python, cecea al hablar, pero poco a poco fue calentándose. Lo mismo le sucedió a mis intestinos, en esos instantes transformados en una hormigonera industrial marca Elkon o Altrad Lescha. ¡Malditas legumbres de los cojones! Solté la primera ventosidad carraspeando, pues no estaba demasiado seguro de que fuera a ser totalmente silenciosa. Efectivamente, fue totalmente silenciosa, pero todo lo que tenía de totalmente silenciosa lo tenía de totalmente pestilente. Al principio mis vecinos se miraban los unos a los otros mientras el administrador intentaba vocalizar correctamente las cifras de las futuras derramas². Como mi barriga estaba saturada de gas era primordial que la fuese vaciando poco a poco o terminaría en un hospital. Y eso es lo que hice disimulando durante la siguiente hora, hasta que llegó un momento en que el hedor se hizo insoportable y no hubo más remedio que aplazar la junta. 

Al día siguiente coincidí en el rellano con un par de vecinas que despotricaban sobre lo sucedido el día anterior. Lo primero que me preguntaron fue si yo tenía un culpable. Cuando les respondí si con culpable se referían al pedorro me hice el tonto y les expuse mi opinión personal, es decir, le eché la culpa al administrador, ya que me caía fatal. Sorprendentemente ellas me contestaron que también creían que había sido él y que ya iba siendo hora de contratar a otro menos… zullenco. Mientras bajaba los cuatro tramos de escaleras tuve una visión en la que un desodorante íntimo de Cattier del tamaño de una mesa camilla (con tarima, cristal, faldilla y tapete), subido en una descomunal nube Kinton intentaba convencerme de que yo era un tipo abnegado y de corazón puro y que sólo los tipos abnegados y de corazón puro eran los verdaderos patricios de la creación y el resto, o sea, los organismos amorfos, zurumbáticos, abúlicos y sumisos no contaban para nada. 

Cuando la visión desapareció yo me encontraba en una acera encima de una anciana que se quejaba dando alaridos. A escasos metros un montón de gente me increpaba. Al parecer, preso de la alucinación había derribado a la vieja. En la comisaría me enteré de que se llamaba Acindina Vera y era la abuela del cabo Frumencio de Rais y Bathory, uno de los policías más perversos y depravados de la Unidad Central de Protección. Afortunadamente, ese tipo se encontraba a 800 kilómetros de distancia protegiendo a alguien, por lo que tras una lenta y catártica leída de cartilla no tuvieron más remedio que soltarme sin cargos. 

Ahora me encuentro en mi casa, languideciendo sentado sobre un puff incómodo aunque realmente decorativo. Intento escribir de una forma más o menos ucrónica lo que me ha sucedido en los dos últimos días. En realidad sigo siendo el mismo de siempre, pero sin azúcar añadido. En otras palabras, sigo siendo la persona que diseñó el higienizador testicular más vendido de Europa. Y todas las putas mañanas del mundo me veo a mí mismo como un redensificador al que por alguna razón no le permiten redensificar libremente. Sí, ya sé que soy un poco pinturero, un pedorro y un vacilón al estilo Garamendi, pero no me importa en absoluto.

Greg 

NOTA 1)
-Puerta 1: Habitada por una pareja de unos treinta y pico años. Ella se llama Adela es alta y guapa, él, Cosme y es bajito y feo, ¡ah!, y suele hurgarse las narices cuando alguien le mira fijamente a los ojos. En general es un tipo zurumbático de pocas palabras. No tienen hijos ni mascotas y creo que ambos son empleados públicos. A la reunión acudió el hombre de la casa, embutido en una bata de guatiné de color rosado que, debido al tamaño y el estilo, seguramente pertenecería a su pareja.
-Puerta 2: Esta vivienda está alquilada por un murciano que viste su barbilla con un insignificante chin puff. Sólo he hablado una vez con él y me pareció un monomaniaco excesivo. A la reunión asistió el propietario, un tipo al que le brillan los zapatos de charol. 
-Puerta 3: Poco puedo decir de los dos individuos que viven en esta vivienda. Deben rondar la treintena y creo que tienen un perrito, aunque ni yo ni nadie lo ha visto. Claro que también puede que ladren ellos. Desconozco sus orientaciones sexuales y a lo que se dedican.
-Puerta 4: Habitada por una mujer de unos cuarenta años que vive sola. Tampoco he hablado con ella nunca aunque me la he cruzado en la escalera en numerosas ocasiones. La vecina más anciana y alcahueta oficial del patio, doña Crescenciana, está convencida de que es monja, pero yo no acabo de creérmelo. 
-Puerta 5: En esta puerta, o mejor dicho, tras esa puerta convive una familia formada por una viuda muy circunspecta y sus cuatro hijos de ambos sexos. También tienen varios loros y un perro que todas las noches aúlla a la luna. A la reunión acudió una de las hijas… creo que la mayor.
-Puerta 6: Aquí vive una joven que no llegará a la treintena, bastante atractiva y extraordinariamente creída. Desconozco si es feliz, claro que en realidad su dicha, como la del resto de vecinos y humanos que pululan por la Tierra, me la refanfinfla.
-Puerta 7: Tras una puerta de madera de pino barnizada vivo yo, junto con un par de cientos de plantas y una treintena de guitarras. A menudo me fotografío acariciando a las plantas y regando las guitarras, o puede que sea al revés. ¡Pero siempre con una bolsa de basura cubriéndome la cabeza! 
-Puerta 8: Mariano. El propietario de este inmueble se llama Mariano, tiene setenta y pico años y es jitanjafórico profesional. Nadie es capaz de entenderle. Lo mejor es asentir a todo lo que sale de su bocaza ya sean palabras sin sentido o espumarajos churretosos.
-Puerta 9: ¡Ah! Doña Crescenciana. Esta es la morada de doña Crescenciana, nuestra Securitas Direct particular y cotorra autorizada. Tiene 92 años y baja y sube la escalera dando brincos. Todo el mundo la odia, aunque ella está convencida de que «la envidia no tiene edad».
-Puerta 10: Habitada por un cristiano mesiánico que reza incluso cuando habla. Yo estoy convencido de que es ventrílocuo o por lo menos un soprano que canta difónicamente al estilo de Tuva. 

NOTA 2)
VECINA DE LA PUERTA CINCO: ¿No huele mal?
VECINO DE LA PUERTA DOS: ¿Mal? Llevo un rato aguantando sin decir nada por cortesía, pero es inaguantable. 
ADMINISTRADOR: ¿Tienen algún problema con las bajantez?
VECINO DE LA PUERTA DOS: Esto no es un problema de tuberías. Alguien, algún guarro o guarra está tirándose pedos silenciosos y brutales…
ADMINISTRADOR: ¿Quiere decir que ezte olor inzoportable ez debido a un pedo?
VECINA DE LA PUERTA CINCO: Insoportable es poco. No sé si será un solo pedo o una serie de ellos ¿Cómo se puede estar tan podrido? Que tenga cojones el guarro o guarra y de la cara.
VECINA DE LA PUERTA NUEVE: Creo que me voy a desmayar…
VECINO DE LA PUERTA TRES: La verdad es que es un olor insoportable…
VECINA DE LA PUERTA NUEVE: De verdad, me voy a desmayar…
ADMINISTRADOR: Por favor que doz de uztedez acompañen a la zeñora Crezcenciana a la calle para que rezpire aire puro…
VECINO DE LA PUERTA SIETE (O SEA, YO): Pues yo no huelo nada…
VECINO DE LA PUERTA UNO: ¿Qué no huele a nada? Amigo, debe pedir cita con el otorrino lo más pronto posible…
VECINA DE LA PUERTA CINCO: Vamos a abrir las ventanas de los dos primeros rellanos y la puerta de salida o pereceremos todos. 
ADMINISTRADOR: Parece que ya no huele tanto. ¡Esperen! ¡Vuelve el maldito olor!
VECINA DE LA PUERTA CINCO: Ya he abierto las ventanas de los dos primeros rellanos.
VECINO DE LA PUERTA TRES: ¡Por Dios! ¡Es vomitivo! El autor de estas… de estos pe… de estas flatulencias debe estar cerca de la muerte. Una persona sana no se tira ped… ventosidades tan nauseabundas. Es un olor como de inodoro repleto de mierda de cientos de personas, que no se ha limpiado en dos o tres lustros.
VECINA DE LA PUERTA CINCO: ¡Pero que chorradas dice! ¿No será usted el guarro?
VECINO DE LA PUERTA TRES: ¡Aquí la única guarra es usted! Todos sabemos lo que hace con esos adolescentes que la visitan
VECINA DE LA PUERTA CINCO: ¡Es usted un hijo de puta integral! ¡Le voy a mat…!
ADMINISTRADOR: A ver. Dejemoz de pelear entre nozotroz. De lo que ze trata ez de dezcubrir quien ez el puerco.
VECINA DE LA PUERTA NUEVE: Creo que voy a vomitar… ¡Mi tensión! Ya soy mayor para soportar…
VECINO DE LA PUERTA TRES: Es curioso. Los vecinos de las puertas cuatro, seis, ocho y diez no han dicho ni una sola palabra. ¿No serán ellos los cochinos?
VECINO DE LA PUERTA TRES: ¿Quiere decir que los cuatro a la vez se están tirando los pedos?
VECINA DE LA PUERTA SEIS: Yo nunca me tiro pedos en público. Tengo eso que algunos de ustedes nunca POSEERÁN y que se llama «clase». 
VECINO DE LA PUERTA OCHO: Como sigan los corruncios, las falsas melaciones y este olor brigodante me largaré a casa.
VECINO DE LA PUERTA SIETE (O SEA, YO): Creo que lo mejor sería aplazar sine die esta reunión. Los ánimos se están caldeando.
VECINO DE LA PUERTA TRES: Pues yo creo que deberíamos oler los traseros de todos los presentes aquí para saber quién es el autor de esta repugnancia sin nombre…
VECINA DE LA PUERTA CINCO: ¡Yo no pienso meter mi nariz en ningún trasero!
VECINO DE LA PUERTA TRES: No se preocupen. Yo lo haré.
ADMINISTRADOR: ¡Pero zeñor Frumencio!

Email del 25 de marzo 2024 Leer más »

Email del 24 de marzo 2024

Willem de Kooning. Gotham news (1955)

La noticia de ultima hora golpeó a los oyentes como si fuera un martillo hidráulico marca Gowegroup Multitools. Algunos salieron a la calle gritando y llevándose las manos a la cabeza y otros, como el tío Isidoro Ñascla, aflojaron sus decrépitos esfínteres. En el hogar de los Ferdaz-Ferdaz nada había cambiado, si exceptuamos que el cabeza de familia, Saturnino, no se alejaba de su larario particular, ni siquiera cuando hizo acto de presencia golpeando a la puerta con un ritmo vagamente sincopado, Estrella Fozca, la criatura poco o nada sonriente, también llamada Estrellita Gelástica.

ESTRELLITA: ¡Satur, ábreme! ¡Sé que estás dentro! ¡Oigo cómo rezas a tus jodidos dioses!
VALET DE CHAMBRE: Señora, ¿qué desea?
ESTRELLITA: Quítese de delante, pobre hombre. He venido a ver al saturnino Saturnino, ese vulgar e incompetente pene blando e infecto.
VALET DE CHAMBRE: Pero… pero señora…
SATURNINO: Jérémie, deja que pase la señora.
ESTRELLITA: ¡Ah! ¡Estás ahí! Maldito cobarde…
SATURNINO: ¡Pero Estrellita! ¿Cómo te presentas en mi casa! ¡Menos mal que mi mujer está visitando a sus primos en El Havre!
ESTRELLITA: ¡Eres un cabronazo! ¡Esperaré a que llegue tu mujer y se lo contaré todo! ¡Todo!
SATURNINO: Tú no harás eso. Te vas a ir ahora mismo.
ESTRELLITA: ¡Tu mujer tiene que saber que desde hace 27 años me profundizas todos los martes y jueves!
SATURNINO: ¡Y un cuerno! ¡Mi mujer no tiene que saber absolutamente nada! Llevas 27 años dejándote profundizar, más o menos profundamente, por mí y vienes en estos momentos de angustia a descalabrar mi vida y la de mi familia.
ESTRELLITA: ¿Momentos de angustia? ¿Lo dices por la noticia de última hora?
SATURNINO: Sí, lo digo por la noticia de última hora. Y ahora, si no es pedir demasiado, lárgate a tu casa. Pasado mañana te visitaré. 
ESTRELLITA: ¡Pasado mañana es lunes!
SATURNINO: ¡Tienes razón! El martes iré a tu casa a, ejem, continuar con las profundidades…
ESTRELLITA: ¡Me voy, sí, pero para siempre! Olvídate de profundizar conmigo nuevamente!

La noticia de última hora continuaba arrastrándose por las calles de la villa como si se tratase de un ladrón sin piernas. La mayor parte de las viviendas de la zona residencial obligaron a sus perros a montar guardia a unos pocos metros de las puertas de entrada. Y en los hogares que carecían de mascota les tocó transformarse en guardia de seguridad al primogénito o primogénita. Excepto en la mansión Froasss, habitada por el viejo Froasss y el cadáver embalsamado de la que fue su tercera mujer, Santurcita.

FROASSS: Llevo solo los últimos 20 años de mi vida. Dicho así parece poco, sin embargo si los enumero… Un año. Dos años. Tres años. Cuatro años. Cinco años. Seis años. Siete años. Ocho años. Nueve años. Diez años. Once años. Doce años. Trece años. Catorce años. Quince años. Diecisiete años. Dieciocho años… ¡Caray! ¡Me he dejado un año. El año dieciséis. Comenzaré de nuevo… Un año. Dos años. Tres años. Cuatro años. Cinco años. Seis años. Siete años. Ocho años. Nueve años. Diez años. Once años. Doce años. Trece años. Catorce años. Quince años. Dieciséis años. Diecisiete años. Dieciocho años. Diecinueve años. Veinte años. Veinte años son dos veces diez años. O lo que es lo mismo, cuatro veces cinco años. ¡Veinte años! Veinte años son los que llevas lejos de mí, tesorito mío. Oh, dulce y preciosa Santurcita. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Tú me dijiste que te llamabas Santurcita y yo te pregunté si habías nacido en Santurce. ¡Nos enamoramos! ¡Nos desposamos! Convivimos felizmente durante ocho años y luego tú te fuiste a vivir en la eternidad. ¡Solo ocho años pude disfrutar de tu amor. Un año. Dos años. Tres años. Cuatro años. Cinco años. Seis años. Siete años. Ocho años. ¡Pocos! ¡Pocos años! Y ahora, cuando estaba a punto de colgarme de la viga más alta para reunirme contigo, ángel del cielo, esta maldita noticia de última hora me ha obligado a cambiar de planes. Mi amor… mi dulce pastel… tendremos que esperar un poco más de tiempo. ¿Pero qué es el tiempo? El tiempo son años…  Un año. Dos años. Tres años. Cuatro años. Cinco años. Seis años. Siete años. Ocho años. Nueve años. Diez años… 

La noticia de última hora carecía de moral y, sobre todo, de educación. Lo demostró cuando irrumpió en cada habitación habitada mientras se desplegaba como una pupa de mariposa. La mayor parte de los moradores tuvo que dar crédito a lo que creyeron que era una orden, aunque en realidad eran dos órdenes. Sí, la noticia de última hora constaba de dos partes bien diferenciadas. El primer ser humano que se dio cuenta fue Ramamamomonita, hija de la gran Ramamamomonita y nieta de Ramamamomonita de Fita. En realidad no importa quién fue o dejó de ser… ¡nadie! Ni siquiera el tío Isidoro Ñascla. Ni siquiera Saturnino o Estrella Fozca.  Ni siquiera el viejo Froassss o Santurcita. Y por supuesto tampoco Ramamamomonita, hija y nieta de sendas Ramamamomonitas. Es curioso. De todos los personajes de este texto solo dos, Saturnino y Estrella (o Estrellita Gelástica) tenían un nombre normal, o legal o como diantres se quiera denominar a esa palabra que designa a alguien único. 

Poco me queda por contar. La noticia de última hora se vio enclipsada por otra noticia de última hora. ¿He dicho enclipsada? Quería decir eclipsada. E-C-L-I-P-S-A-D-A. ¡Eclipsada! Y la noticia de última hora que eclipsó (no enclipsó) a la otra noticia de última hora se convirtió en una película varias décadas después. 


Email del 24 de marzo 2024 Leer más »

Email del 21 de marzo 2024

Rembrandt. The polish rider (1655)

Según una controvertida tesis de Henryk Kozlowski, Dios se suicidó ahorcándose con el itífalo que llevaba colgado del cuello. Henryk, además de ser uno de los más renombrados fabricantes de falos colgantes de su época, fue un estudioso evolucionista exmonoteísta zoroastrista que terminó siendo excomulgado en 1943 por el papa Pío XII, para deleite del Colegio Cardenalicio. No obstante, Henryk Kozlowski, además de joyero y filósofo también fue un superhéroe de la resistencia polaca durante la segunda guerra mundial y un conocido agitador de cócteles durante la posguerra.

Sin embargo, fuera de los círculos artísticos y revolucionarios polacos siempre fue un completo desconocido. Por esa razón, y aprovechándome de que su principal biógrafo, Maksym Grzeskowiak, estaba en España tratándose de unas purgaciones en uno de los más prestigiosos hospitales benimacletenses, decidí armarme de valor y pedirle que aceptara una pequeña interviú. Por supuesto Maskym aceptó y dos semanas más tarde me reuní con él en el Sheraton Cabanyal.

AA: En primer lugar me gustaría darle las gracias en nombre de los lectores de la Revista AA (aprisco atiborrado) y en el mío propio por su inmensa amabilidad a la hora de aceptar esta entrevista. Me gustaría saber cómo conoció la figura de Henryk Kozlowski.
MG: Sucedió un día de mayo de 1965. En realidad recuerdo la fecha porque ese día mi abuelo Bartosz cumplía 87 años. Estábamos reunidos a la mesa yo, mi abuela Halina, mi madre Bronia, mi padre Dariusz, mis tres hermanos, Adalbert, Jadwiga y Dobrogost y mi perro Bóg. Bueno, mi perro Bóg no estaba sentado sino tumbado en el suelo. En un momento dado, no recuerdo por qué razón, mi abuela Halina se cagó en un tal Kozlowski, siendo brutalmente increpada por mi abuelo Bartosz y mi perro Bóg. En realidad Bóg siempre secundaba a Bartosz con uno o dos ladridos. Ese día fue el primero que escuché ese nombre.
AA: ¿Pero no fue el último, no?
MG: Efectivamente. Unos meses más tarde, mientras mi abuela Halina enceraba el sombrero tradicional montañés de mi abuelo Bartosz volvió a maldecir el nombre de Henryk Kozlowski. Supongo que estaba un poco borracha tras haberse bebido nueve vasos repletos de nalewka. Por supuesto, tanto mi abuelo como mi perro gritaron y ladraron y mi abuela terminó castigada en el tejado. Como yo también me había bebido varios vasos de nalewka me sentí reforzado y le pregunté al abuelo quién diantres era ese Henryk Kozlowski que tanto desagradaba a la abuela. Y Bartosz me lo contó todo mientras Bóg asentía con cada una de sus afirmaciones.
AA: ¿Y a partir de ese día…?
MG: ¡A partir de ese día consagré mi existencia a averiguar todo lo que pudiese sobre Henryk Kozlowski!
AA: ¿Cuándo y dónde nació Kozlowski?
MG: Sabemos que nació el 14 de enero de 1890 en Częstochowa y que murió el 24 de octubre de 1958 en Olsztyn. Sabemos que durante su infancia fue un muchacho muy introvertido y algo afeminado. También sabemos que a los nueve años compuso un poema titulado Cremitas y afeites. ¡Y poco más!
AA: Me gustaría saber por qué razón… (En ese instante suena su teléfono móvil).
MG: Perdone un instante me llaman por teléfono…
AA: Por supuesto. (Durante 55 minutos Maksym mantiene una conversación bastante crispada interrumpiéndola de una manera agresiva y lanzando el aparato contra una pared).
MG: ¡Lo siento! ¡Me tengo que marchar! ¡Mi análisis ha dado positivo! Espero que tenga suficiente entrevista para su revista. ¡Adiós! Recuerde, ¡Cremitas y afeites!, con efe.

Así terminó nuestro encuentro… Y repitiendo una de las frases de Maksym Grzeskowiak en la mini entrevista, ¡y poco más! La verdad es que la frustración me pasó factura y durante las nueve semanas siguientes estuve borracho como una cuba. El día que decidí dejar de beber descubrí por casualidad un antro cuyo propietario era un hijo de polaco y española. Acabé haciéndome amante de ambos y el 18 de julio del año pasado les compré el garito. Cambié el nombre de bar «Czcibor y Manuelita» por «Tasca Skurwysynu» y ahora sirvo vino y nalewka mientras espero que Dios, en su infinita misericordia, me envíe un rayo sagrado para que me fulmine de una jodida vez.

Email del 21 de marzo 2024 Leer más »

Email del 20 de marzo 2024

Edvard Munch. The murderer in the lane (1919)

Querida: 

Todavía carezco de una buena respuesta para describir lo que vi aquella noche cuando entré en la habitación, aunque intentaré ser lo menos explícito posible. Ella, la que había sido la segundogénita hija de sus padres y mi juguete sexual preferido durante 15 años y a la que no quería en absoluto, yacía extasiada con la boca abierta mientras el tipo aquel intentaba llenar esa cavidad con una dosis de su más preciado liquido, cuya textura espesa y granulada me recordó a la de un exfoliante barato. Lo primero que hicieron ambos antes de que les asestara varias puñaladas mortales fue suplicar clemencia, pero en aquellos instantes mi corazón era una caja fuerte repleta de inhumanidad y ferocidad sádica. Recuerdo que mientras le amputaba a aquel mierdecilla robamujeres lo que solo media hora antes habían sido unos genitales arrebatados e impetuosos, observé fijamente la hendidura de su uretra mientras me preguntaba por qué todo lo que sale de ahí acaba irremediablemente en destrucción o desgracia. Sin embargo no tuve tiempo de contestarme. De repente una sombra alargada me obligó a darme la vuelta. Lo que vi no me gustó en absoluto. Ella, la segundogénita, no estaba muerta, aunque el brillo mortecino de sus ojos podría haber convencido al más escéptico de que solo le quedaban seis o siete inspiraciones con sus seis o siete espiraciones. Como nunca me gustaron las matemáticas decidí que había que hacer algo y efectivamente hice algo: la cogí fuertemente del pelo rojizo con las manos rojizas y la empujé por la ventana rojiza. Luego recogí del suelo rojizo la picha rojiza de su amante, la metí en el bolsillo de atrás de mis Levi’s y salí del apartamento rojizo a toda velocidad. Sabía que era cuestión de horas que la poli averiguara a nombre de quién estaba registrada la vivienda. Mientras trataba de llegar lo más pronto posible a alguna parte me entró hambre. No me atrevía a dejarme ver por nadie, pues estaba convencido de que mi foto estaría en todas partes, así que busqué entre mis pantalones y… ¿Has probado alguna vez un pene? Quiero decir… sé que has probado muchos penes, me refiero a si lo has comido, con todo lo que implica comer, es decir, saborear, masticar, tragar…

Te escribo este texto mientras me escondo en un agujero grande. No te voy a dar pistas sobre qué clase de agujero es. Como todos o casi todos los agujeros, ya sean grandes o pequeños, es oscuro y en ocasiones se me antoja como el interior de una vagina ortopédica. Tengo frío. Vuelvo a tener hambre. Creo que todavía me queda un testículo en el bolsillo.


Email del 20 de marzo 2024 Leer más »

Email del 18 de marzo 2024

Johannes Itten. Flames (1961)

Querida:

Mi hermano pequeño, el que es casi 10 años más joven que yo, fue una vez un crío. Me imagino que como todos los que ahora rondamos los 50, 60, 70, 80, 90, 100 o 110. Recuerdo perfectamente el día en que le interrogué sobre qué es lo que quería ser de mayor. Aunque tenía unos doce años, estaba completamente convencido de que me enviaría al carajo por hacerle una pregunta tan ridículamente tópica, sin embargo me respondió que lo había estado meditando ampliamente en los últimos meses y había llegado a la conclusión de que le gustaría ser antropófago. ¿Antropófago? Cuando le repliqué aduciendo que nunca, ni siquiera en los momentos más galácticos, hubiera pensado que tendría un allegado caníbal se encogió de hombros y me dirigió una mirada en la que se podía leer atafagamiento y contumelia a partes iguales.

—¡Joder, Sergio, antropófago significa caníbal! ¿En serio quieres alimentarte de carne humana cuando seas mayor? Si quieres que te sea sincero, me estás acojonando.
—¡Ah! ¡No, antropófago no! ¡Perdona! ¡Proctólogo! Me fascinan las culturas humanas.
—¿Y qué tienen que ver las culturas humanas con la región perianal?
—Pero, Gori, ¿qué cojones estás diciendo?
—Un proctólogo cura hemorroides, fisuras anales, prolapsos rectales, prúritos anogenitales y hasta el cáncer conorec…
—¡Antro…! ¡Antropólogo! Sí, eso ¡Antropólogo! ¡Caray!
—Bueno… creo que podrías estudiar proctología y antropología y además convertirte en antropófago. Entonces serías un proctólogo antropólogo antropófago.
—Muy gracioso. ¿Y tú? ¿Tú qué quieres ser cuando seas más mayor?
—¿Más mayor todavía? ¡Tengo casi 23 tacos! Y aunque parezca mentira, las cosas ya no significan mucho para mí… Estoy demasiado ajado, ¿sabes?. Vivir casca, fractura, resquebraja. No sabes lo que daría por tener tu edad. Llegar a la veintena quiebra, troncha, rasga y escacharra. Y ser tan inteligente estropea, deteriora, destruye…
—Desde luego eres viejo, en eso estoy completamente de acuerdo. ¡Y también un hermano bastante cargante! ¡Pero no me has contestado!

Y tenía razón. Nunca le contesté. Y no lo hice porque no tenía respuesta válida para esa tramposa pregunta. Hasta ese momento de mi vida siempre había sido yo el que se la arrojaba directamente y sin aviso previo a los amigos y familiares incautos. Pero ¿qué significa hacerse mayor? ¿Perder la mayoría de las piezas dentales? ¿Perder orina? ¿Perder la razón? Hum, demasiadas pérdidas. Si no he perdido la memoria, a los veintipocos años me consideraba una jodida víctima de la sociedad. Ahora, superados los 60, estoy convencido de que soy una víctima de la ansiedad. Ni siquiera soy capaz de prever el PIB español para el año que viene. Y mucho menos predecir el año de mi fallecimiento. Solo sé que ocurrirá antes de que el asteroide Apophis se aproxime peligrosamente a la Tierra a mediados de abril de 2068.

Pero hasta que eso suceda, es decir, mi muerte o un posible impacto de ese asteroide perteneciente a la clasificación Atón, tengo suficiente tiempo para pensar en mis cosas. ¡Y en mis cositas! También en las cosas y cositas de los 8.500 millones de personas que pueblan el planeta. Claro que una cosa o cosita de un tipo, por ejemplo, chennaite de Madrás, no es ni siquiera remotamente parecida a las cosas o cositas de un portusmagnense de Almería. Incluso de un portusmagnense de Almería residente en Granada. ¡Ahí es donde entra en juego mi congénito agibílibus y mi fingida eudemonía! Pero… Pero creo que me estoy alejando del razonamiento cabal y proporcionado con el que comencé este texto. Ojalá dispusiera de la suficiente fuerza de voluntad racional para no volver al camino más sencillo (literariamente hablando), es decir, el de las estupideces sin sentido; pero algo muy dentro de mí me empuja como un émbolo desequilibrado. Te pondré un par de ejemplos:

1

PRESIDENTE: Me gustaría animar a los pequeños y medianos asesinos en serie a seguir creando puestos de trabajo y a incorporarse al tren de la revolución digital y las oportunidades que este representa.
-MUJER DEL PRESIDENTE: ¿Qué haces hablando con el espejo, cariño?
-PRESIDENTE: Estoy ensayando. Mañana tengo comparecencia en el reingreso.
-MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Será en el Congreso!
-PRESIDENTE: Tenemos que hacer lo imposible para que a partir de una reacción como respuesta a una acción que a su vez representaba a otra reacción anterior todos seamus… seamos.. semos…
-MUJER DEL PRESIDENTE: Te dejo ensayar. Por cierto, ayer perdí el dispositivo intrauterino en una mano de póker.
-PRESIDENTE: …Me gustaría ver anidar a los pequeños y medianos pajarillos que gráciles revolotean por encima de Daoíz y Velarde, los leones de piedra que progeten… proteínica… protervas… proteasa… protervia…

2-

MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Por fin estoy con alguien cabal! Cuando he salido de casa mi marido pretendía convencer a un espejo…
-AMANTE DE LA MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Prolongue la vida de su lavadora con Calgón!
-GATO DEL AMANTE DE LA MUJER DEL PRESIDENTE: Miauuuuuu.
-MUJER DEL PRESIDENTE: Deja de hacerte el gracioso. ¡Quiero que me nepetres! ¡Dios! Ya hablo como el subnormal de mi marido.
-AMANTE DE LA MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo!
-MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Quiero ser penetrada, empalada, atravesada, ensartada, horadada, perforada…
-GATO DEL AMANTE DE LA MUJER DEL PRESIDENTE: Miau. Miau.
-AMANTE DE LA MUJER DEL PRESIDENTE: ¡No se nota! ¡No se mueve! ¡No traspasa!
-MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Del Caserío me fío!
-AMANTE DE LA MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Cuate, aquí hay tomate!
-MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Y un poco de pasta bastaaaa!
-GATO DEL AMANTE DE LA MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Giooooor!

A veces, sobre todo cuando estoy convencido de que nadie me mira, suelo imaginar que todos me miran. Sin embargo, cuando todos me miran me cabreo. Creo que me miran porque no tienen nada mejor que hacer. Por esa razón solo permito que me miren los familiares de Yákiv Kujarenko ¿Sabes cuántos familiares de Yákiv Kujarenko viven en Valencia? Ninguno. Por eso les permito que me miren. En contadas ocasiones incluso les permito que me hagan cosas que no permitiría que me hiciera nadie, como impotabilizar mis secreciones o eolizar mis regüeldos. Si pudiera ser capaz de ser incapaz otro gallo me cantaría. Pero ya me conoces, estoy perfectamente capacitado para no ser incapaz de incapacitarme. Si la capacidad está estrechamente relacionada con la aptitud, entonces está clarísimo que yo no soy apto, ni idóneo, pese a ser un sujeto eficaz, dinámico y eficiente. Pero llegados a este punto, ¿cómo podríamos definir la eficiencia? ¿Eficacia? ¿Efectividad?


GATO DEL AMANTE DE LA MUJER DEL PRESIDENTE: Miauuuuuu.
-AMANTE DE LA MUJER DEL PRESIDENTE: ¡Michiiii, veeeeen!


Yo soy capaz de saber hasta dónde puedo llegar. Y soy capaz de saber hasta dónde puedo llegar en bicicleta o patinete. También soy efectivo inventando incapacidades previsibles en sujetos de diferentes calañas. Hace un tiempo me ganaba la vida así. Por eso vivo en este armario empotrado tan grande. En una de las paredes hay escrito un mantra, en otra una letanía y en la que hace de fondo, una invocación.

Greg


Email del 18 de marzo 2024 Leer más »

Email del 17 de marzo 2024

Rembrandt. Old man sleeping (1629)

Querida:

Es indudable que el viejo filisteo que administra esta anárquica y acatéxica bitácora, que a su vez hace de ergástula para un número indeterminado de visitantes, ya sean invitados, forasteros o incluso turistas, ha decidido interrumpir su descenso, por otra parte perfectamente planificado, a la alienación egótica más descomedida. De la misma manera que un sugar daddy cerraría su chequera ante una meretriz edéntula, Gregorio López, o sea, yo, creador y señor de textos ridículos y defensor a ultranza de los procesos más abyectos y teriantrópicos acreditados, mantengo la pueril aunque inmarcesible pretensión de cerrar el blog durante cinco minutos y echarme una sucinta siesta de cuatro minutos. ¿El motivo? Me gusta echarme alguna minisiesta de vez en cuando. ¡Pero también me gusta cerrar las cosas! Mejor dicho, me gusta abrir las cosas. Claro que para abrir antes hay que cerrar. No se puede abrir o cerrar nada que ya estuviera abierto o cerrado previamente.

Hace tres siglos y medio el francés Corentin de La Grange, duque de Montpensier, conde de Gerloc, vizconde de Évreux, barón de Dunois y ávido coleccionista de otolitos fosilizados de celacanto, intentó sin éxito abrir un portón que llevaba abierto más de cuatro décadas. Al no conseguirlo en tres tentativas sucesivas, paulatinas y progresivas, se sintió tan humillado que abandonó a su familia y a sus 37 perros (nota: algunos historiadores opinan que en realidad abandonó a sus 37 familias y a su perro), se cambió el nombre a Odilon Fructosa y se hizo poeta. Escribió siete espléndidos poemarios, siendo el más alabado Ratitas salvajes, redactado a base de tripodios dactílicos catalécticos.

Gregorio L.


Email del 17 de marzo 2024 Leer más »

Email del 13 de marzo 2024

Edward Munch. Melancolía (1894)

«Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno»
(Pascal Quignard)

G era completamente insensible a los cambios. ¿Qué cambios? Cualquier clase de alteración condicional o incluso física o moral que le afectara de una manera más o menos patológica. ¿Quien era G, ese gilipollas insensible a los cambios? 

¡Yo! ¡Yo era G! En realidad, me pese o no, sigo siendo y comportándome como G. Afortunadamente, estoy sujeto a unas leyes no escritas que me proporcionan la protección que me brindan esas extrañas esencias estenopeicas que vagan libremente por el lóbulo occipital de mi exhausto cerebro, más o menos cercano al espectro autista. Escudriñan, consideran, comprueban, verifican, acreditan y me lobotomizan transorbitalmente mientras hago como que miro a otra parte. Esos espíritus sobrenaturales se llaman Arhatev, Solinenhot, Cobintio y Onarmón. Sí, ya sé que podrían llamarse Quique, Pepe, Fede o Luismi, pero para bien o para mal se llaman Arhatev, Solinenhot, Cobintio y Onarmón, aunque para abreviar normalmente los invoco por sus iniciales: A-S-C-O. 

Arhatev tiene rostro de uintatherium. Mientras me solidifica con su mirada, no puede dejar de pergeñar una tímida sonrisa. Para él yo solo soy un decumbente cenutrio en modo omnímodo y a menudo me lo recuerda. Siempre he pensado que es el jefe y que los otros tres simplemente son eso, otros.
Solinenhot es un ente peculiar. Nunca lo he visto en solitario, pues siempre aparece a la derecha de Onarmón o a la izquierda de Arhatev. En realidad estoy casi seguro de que está enemistado con Cobintio, lo cual no resulta nada extraño porque…
Cobintio es despreciable, ruín, abyecto; y su inherencia, si es que los espectros racionales son capaces de experimentarla, casi inexistente. Incluso Arhatev le rehuye. Solo los otros dos lo aceptan, o por lo menos eso parece.
Onarmón canta por la noche y se lamenta por la mañana. No hace demasiado bien ninguna de las dos cosas pero lo intenta con todas sus fuerzas. En ocasiones ulula o baladra. A menudo me pregunto de qué materia bariónica estará manufacturado.

Mientras escribo esta serie de lamentos imperfectos escucho los rumores rojos de la noche. Después de muchos años de perfeccionamiento he llegado a un punto en el que soy capaz de percibir e identificar cada uno de los colores que emiten los murmullos. Incluso he catalogado y clasificado algunos en una libreta con cubiertas opacas que guardo dentro de un falso libro. A menudo lo consulto simplemente por el placer que experimento ejecutando un verbo. ¡Resulta tan maravilloso conjugar! Solamente enunciando con cierto orden soy capaz de apreciar el caos y el pandemónium resultante de una acción o su consiguiente reacción. 

Si pudiera dormir más de cuatro horas cada noche…


Email del 13 de marzo 2024 Leer más »

Email del 16 de febrero 2024

Nicholas Roerich. Magician (1905)

Extractos de los actos III, V, VI, IX y XXI de «El taumaturgo Silfundrín».

1-Am haba bu rumn.
La perspectiva que le permitía la aspillera era limitada, pero Silfundrín creyó que era la adecuada para gritar a cada uno de los árboles, arbustos y matorrales que vivían alrededor, que todo lo que eran y para lo que habían sido concebidos iba a cambiar drásticamente.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces las nubes modificaron su estructura.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces el agua en forma de gotas de rocío dejó de ser perceptible.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces el viento alcanzó la colindancia extrema.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces la luz se precipitó sobre el blasón de su destino.
Am haba bu rumn. Am haba bu rumn.
Entonces las veredas y los atajos se escondieron tras un dosel de imposibilidad domeñante.
Entonces las rocas y los guijarros, que en otra época fueron sangre y corazones desperdigados, asumieron el coste parcial adicional.
Entonces el gran gamo y sus primogénitos mielgos lloraron tres amargas lágrimas mientras Silfundrín oteaba un horizonte que estallaba…

2-Yo no soy Silfundrín (soy una mosca).
Soy una mosca y busco cadáveres adipocirosos. Pero podría ser un ave enjaulada. O una serpiente venomoide. O una mariquita aplastada. O una madre aturdida. O un cáncer avanzado. O un expositor de clavos antiguos. O ese perro que te mira. O los quelíceros ponzoñosos de Haliena Porpotuacarena.

3-Romanza de Haliena Porpotuacarena.
[Si menor] Mientras preparaba algo semejante a una pipa, rinrín,
[La menor] la mandíbula de Silfundrín se protuía, rinrín, [Do, La menor, Re menor]
[Si menor] llegando a alcanzar la cuarta parte de dos palmos mal señalados, ronrón,
[La menor] e impidiendo demostrar su valía a Haliena Porpotuacarena. ¡Ena! ¡Ena! [Do, La menor, Re menor]

4-La venganza de Haliena.
Las arañas patinaban por las paredes mojadas. Haliena intentaba guardar la compostura, pero en esas condiciones resultaba prácticamente imposible. Ella sabía que como emperatriz de las dríadas de ocho ojos debía parecer indestructible, pero un arácnido empapado, es un arácnido impedido. Al otro lado, Silfundrín se sentía satisfecho. Siempre le sucedía lo mismo cada vez que orinaba sobre los tabiques de la barbacana. Sabía que ese era el lugar favorito de algunos arácnidos e insectos pero no le importaba lo más mínimo, pues todavía no se habían inventado los inodoros.

Sucedió el tercer día de la decimonovena semana del año. Haliena sabía que el mago malandrín tarde o temprano miccionaría, así que se escondió en un resquicio permanente esperando lanzarse sobre el falo del nigromante, pero sus planes fracasaron estrepitosamente porque el tiempo y el espacio se fundieron en un viaje paralelo…

5-Silfundrín en la calle Colón.
Todo se asemejaba a una irrealidad contraproducente. Silfundrín no había probado bocado ese día, por lo que todo lo que veía alrededor formaba parte de una verdad aterradora. Los coches, la gente, los paquetes y las compras, El Corte Inglés, Massimo Dutti, Zara, Yves Rocher, MediaMarkt, Intimissimi, Lush, Mango, Benetton, H&M, Foot Locker, EK Design, The Body Shop, Apple store, Cupcake o Beguer y Misako.


Email del 16 de febrero 2024 Leer más »

Email del 14 de febrero 2024

Sultan Muhammad. Allegory of drunkenness (1525)

Querida:

Después de permanecer tan estático como un tabique de Pladur durante varias horas, he decidido cambiar de posición y proseguir con mi inmovilidad física durante el resto del día. Pero antes de iniciar esa segunda parte de inactividad claramente determinada, he sentido una especie de necesidad primigenia de contarte algunas cosillas que me sucedieron ayer y que, de alguna manera, han sido el detonante de la inacción orgánica tan prolongada de hoy.

– Etofenamato Joe:
En realidad su verdadero nombre es José Mato aunque es conocido en el barrio con ese apoteca-hollywoodiano remoquete. Me encontré con él en la calle Casilda Petricor y me invitó a una cerveza, que por arte de magia al final se multiplicó por cinco cervezas acompañadas de cacahuetes, papas y morros de cerdo.

– Martita y Aidita:
Me tropecé con las gemelas «Ita» en la calle Torcuato III, justo cuando intentaba llegar a mi casa tras haberme despedido de Etofenamato Joe y las nueve cervezas (¿o fueron cinco?). Cuando Martita dejó caer que era el cumpleaños de ambas me alegré un montón y, al mismo tiempo que yo hipaba, Aidita expresaba con cierto encanto su intención de invitarme a tomar un aperitivo. Ese aperitivo se transformó en dos vodkas con limón, dos vodkas sin limón, dos vodkas con tónica y dos vodkas sin tónica.

Josefina:
Cuando me encontré a mi tía Josefina en el paseo Santísima Trinidad, también denominado por un número considerable de benimacleteños como «paseo tres en uno», era totalmente incapaz de diferenciar a un perro mediano de un equidna grande, sin embargo intenté poner cara de abstemio resignado y le di dos besos en las mejillas, llevándome en uno de ellos un pendiente enganchado en el arco de Cupido del labio superior.

– Etofenamato Joe:
Volví a encontrarme con Joe en la calle zigzagueante y mareante que en realidad no sé como se llama y volvió a engatusarme con su verborrea ferial. ¿El resultado? 20 euros y otras nueve cervezas (¿o fueron cinco?) acompañadas de cacahuetes, cacahuetes y cacahuetes.

– El cobrador del frac:
Mientras trataba de arrastrarme hacia mi casa como si fuese un alpinista de calzadas, noté que algo o alguien me tocaba la espalda suavemente. Cuando me di la vuelta lo único que fueron capaces de enfocar mis viejos y ajumados ojos fue algo parecido a un pingüino de Humboldt más satisfecho de sí mismo de lo que es normal, que mientras me ayudaba a incorporarme suplicaba perdón por haberme confundido con un tal Eugenio Flores.

– Preguntas:
Una vez que el Sphenisciforme se hubo largado buscando a Godot Flores intenté recobrar cierta verticalidad y gallardía. Cuando creía que lo había logrado se acercó un tipo cuyo pico de viudas craneal me recordó al del conde Drácula y que me preguntó dónde estaba la plaza de las Palmeras. Mi primer impulso fue agarrarle la nariz con la mano derecha, arrancársela con un rápido movimiento desgarrador, comérmela allí mismo y escupir el etmoides al suelo. Sin embargo traté de comportarme de una manera civilizada y me contenté con vomitarle sobre la parte frontal de la camisa barata un líquido bastante espeso de color verdinegro que olía a esmegma de rucho. El sujeto, al verse homenajeado de esa manera tan poco amistosa salió corriendo con los brazos en alto mientras gritaba algo a su mamá, aunque existen muchas probabilidades de que en realidad estuviera refiriéndose a la mía.

El afilador:
No habrían pasado ni cinco minutos desde mi accidente regurgitante cuando casi me atropella una furgoneta blanca mientras trataba de cruzar la calle Hermann Göring. El fulano que la conducía frenó de golpe, se bajó del vehículo totalmente abatatabado y se acercó a mí con cierta precipitación. Cuando estuvo a mi lado me preguntó si me había hecho daño, a lo que yo le respondí que no. En ese momento su cara se iluminó y me contestó que «Nenaaaaas, que ha venido el afiladooooor. Para afilar el cuchillo, la tijera y la navajaaaaaa.» Luego se incorporó, se dio la vuelta y se dirigió a su coche, recordándome a una máquina de tren de la colección Ibertren.

– Etofenamato Joe:
Aunque pueda parecer una boutade, te juro por la barba de Sri Aurobindo que volví a encontrarme con José Mato. Ocurrió cuando estaba a menos de 100 metros de mi casa. Afortunadamente, Etofenamato llevaba tal cogorza que aparte de imitar el grito de Wilhelm y confundirme con un electroencefalografista callejero, hizo imposible que yo terminase de lleno en otra orgía alcohólica.

Odio admitirlo, pero creo que ayer compelí a que mi hígado se hiciera algo semejante a un seppuku glandular. El problema no es si haber reducido mi esperanza de vida en aproximadamente dos minutos es contraproducente o no para el resto de mi existencia. Lo que verdaderamente me saca de quicio es esta terrible y oleaginosa resaca que todo lo pringa y que me obliga a permanecer ausente como un esquizotípico. Supongo que en algún momento debería comenzar a cuestionar mis propias ideas. Sobre todo las más disparatadas, o las que como un párrafo mediocre, no sirven para hacer avanzar un texto.

Greg

Email del 14 de febrero 2024 Leer más »