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| Richard Hess, Insomnia. SXXI |
Hola:
Lo bueno que tiene el insomnio es que durante ese largo espacio en el que la vigilia se impone a la relajación puedo repasar los productos de alimentación y limpieza que necesito y componer una futura lista de la compra. El problema surge cuando en lugar de apuntar lo que necesito, a mi cerebro le da por repasar lo que no necesito.
Lista del martes 1 de enero.
Comprar:
1 Esternocleidomastoideo
2 Enagüillas
1 Mancera
1 Almocafre
1 Nonius
2 Acendrados con forma de prismatoide paralelepípedo
1 Escabel anti-urente
3 kg de gallofas
1 Excerpta completa de aljofifas del siglo XIX
No hace falta que te explique lo mucho que me costó buscar en el diccionario algunos de esos «productos», por llamarlos de alguna manera. A decir verdad, excepto el primero que me sonaba por la letra de una canción, el resto me parecían palabras inventadas por un académico demente al que le han escondido sus calcetines de lana favoritos. Pero, por favor amiga mía, permíteme que te copie un par de versos de la canción de la que te he hablado hace unas pocas líneas:
«Mi chica tiene un esternocleidomastoideo voluptuoso y sexy,
aunque no se lo veo (no se lo veo, oh, no se lo veo)
puedo notarlo (puedo notarlo, si, puedo notarlo)
cuando intento estrangularla con las manos. Oh yeah. Oh yeah.»
Llegados a este punto es posible que te preguntes cual es la razón por la que mi cerebro puede redactar listas repletas de palabras que desconoce, pero yo me pregunto cómo es posible que recuerde letras tan estúpidas como la anterior sin sufrir un trastorno o crisis energética cerebral. La respuesta no es sencilla, y más tratándose de mi cerebro, desgastado por el incesante uso y en estado de shock desde que descubrí, hace un motón de años, a mi abuela paterna horadando frutos secos con una barrena de mano sin manija.
Escribir sobre la dificultad para conciliar el sueño es como fregar con lejía perfumada un suelo inexistente, es decir, una autentica estupidez, sobre todo cuando el que escribe no sabe distinguir entre la inexistencia, la animadvertencia, las flatulencias o la plenipotencia. No existe una causa concreta para el desvelo; por lo menos eso se puede leer en el «Tratado sobre el insomnio, el bostezo y los leotardos», escrito en 1954 por el neuropsiquiatra y transformista francés Edouard Benoit-Schoemacker Pegouret. Según esta eminencia, la falta de sueño en los humanos y las terneras se debe en un 99.9 % a una razón que desconoce, aunque promete escribir sobre ella cuando descubra algo o su casera quiera ponerlo de patitas en la calle por falta de pago, lo que suceda primero.
Lo que está claro es que hay varios factores que alimentan dicho trastorno:
a) El estrés
b) La ansiedad
c) La depresión
d) Los números rojos en la cuenta bancaria
Mientras que los tres primeros pueden combatirse por medio de chistes sobre polacos, nanas o incluso fármacos polivalentes, el cuarto es irremediablemente persistente y su cura no está al alcance de pobres, indigentes, mendigos o ludópatas desquiciados. Mi abuela, la que perforaba cacahuetes o almendras, tenía un remedio infalible para hacer dormir a su marido cuando quería lavarle sus calzoncillos preferidos sin que este notara su ausencia (la de los calzones, no la de mi abuela). Como ya te he contado en alguna ocasión, mi abuelo odiaba cambiarse de ropa interior, pues temía que al hacerlo perdiera parte de su gallardía. Te adjunto los ingredientes de dicha receta:
150 gr. de talco en polvo
235 gr. de ralladura plástica
50 gr. de azúcar
Un chorrito de alcohol etílico
1 cucharadita de formol
Una vez preparado el coctel narcótico mojaba en él un chupete de una sola pieza y se lo introducía en la boca a su conyugue mientras le enseñaba un pezón estimulado. Parece ser que la formula era tan efectiva que un día tuvo que despertarlo cantándole una canción tirolesa al oído mientras que con las manos embutidas en unos guantes de soldador estrangulaba al gato.
Hace algunos años, no demasiados, descubrí que la mejor forma para conciliar el sueño era contar hipopótamos. Algunos cuentan ovejas, yo contaba mamíferos artiodáctilos, y te aseguro que durante cierto tiempo funcionó, pero tuve que dejarlo porque los hipopótamos me recordaban a una novia que me dejó cuando se enamoró de un arquitecto patizambo, y desde entonces, me he convertido en una lechuza profesional altamente cualificada. No es que me fastidie el hecho de no poder dormir más de tres horas seguidas, lo que verdaderamente me joroba es que durante esas tres horas, mis sueños -y ya te he contado algunos- me producen auténtico pavor.
Cuando pueda ahorrar algo de pasta, lo primero que haré será visitar a un brujo watusi que por medio de una pócima elaborada con piel de ranas, excrementos de abogados insatisfechos y col lombarda, produce un absorbente sopor que dura catorce horas y del que, según los que la han probado, se despierta maravillosamente reconfortado y con ganas inusitadas de comerse el desayuno, y en ocasiones, el mundo.
Un abrazo muy fuerte.