enero 2013

Email del 13 de enero 2013

Paul Cezanne, Potted plants. 1890


Hola:

En mi habitación viven catorce plantas, desde Scindapsus hasta Ceropegias. Por la noche, mientras yo duermo, ellas hablan de sus cosas, casi siempre eligen temas banales porque no quieren que me inmiscuya en sus conversaciones. A veces me finjo dormido y escucho como se lamentan de lo excesivamente fría que está el agua con la que las riego o sobre la relativa calidad del abono que compro. Están convencidas de que debería limpiar los cristales de la ventana semanalmente, pues según la Dieffenbachia, la suciedad que se pega a estos impide a la luz entrar en el interior de la estancia y su fotosíntesis resulta realmente agotadora. También se quejan, sobre todo un gran Cissus que cuelga majestuoso sobre una estantería, de que la música que escucho es, en general, demasiado insoportable y estridente, aunque se felicita por mi excelente gusto, sobre todo cuando pongo música clásica o rock sinfónico. La Tradescantia, que es un poco insolente, suele responder al resto con evasivas, y aunque no se siente desplazada del grupo, está convencida de que debería estar situada en el exterior, pues es suficientemente fuerte como para aguantar los rigores del invierno levantino y su natural perspicacia hace que congenie estupendamente con las suculentas y los cactus que viven en el balcón y que son especialmente incisivos y mordaces en sus manifestaciones. Además, y en esto suele insistir, mis vicios son demasiado perjudiciales para que sus hojas mantengan el lustroso color que la caracteriza. Generalmente, cuando se mete con mis vicios, se refiere al de fumar, aunque suele ser respondida por la Chamaodera con silbidos y abucheos, criticándole su nulo aguante y su excesiva finura de clase alta venida a menos. En un tema están todas de acuerdo: debería dejar de roncar. Pero la verdad es que yo no ronco; es el vecino de la finca colindante el que lo hace, pero prefiero que piensen que por lo menos tengo un defecto.

Un besazo

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Segundo email del 12 de diciembre 2013

Joan Miró, Figura en la noche guiada por las pistas fosforescentes de los caracoles, 1940

Hola por segunda vez:

Soy pobre, tan pobre como una rata. Las ratas no necesitan dinero para sobrevivir, pero siempre se dice que son pobres. Son tan pobres como un Gregory, pero sin los llamativos atributos físicos con los que me ha dotado la madre naturaleza, es decir, alopecia y comunismo. Las hormigas son comunistas y los cangrejos fascistas. Nuestro presidente tiene cara de cangrejo e incluso vocaliza como uno de estos, quizá uno de los más retrasados fonéticamente. A veces creo que hubiera sido mejor nacer del vientre de un aye-aye, y no tener que estar todo el tiempo implorando por una conversación inteligente. Todos sabemos que estos primates estrepsirrinos detestan los diálogos mordaces, conformándose simplemente con unos casi inaudibles lamentos similares a los estertores de un girasol encantado por un duende vendido a las fuerzas del mal. Los girasoles no piensan, pues no poseen la capacidad de distinguir entre un sollozo o un jadeo asmático. ¿Soy un girasol? no, soy una rata. Una rata asustada. Una rata a la cual se le ha pintado la cola del color de la desesperanza. Pero me gustan los girasoles, aunque no creen en la república. ¿Soy republicano? Sí, pero sólo delante de un fascista; y de los cangrejos. Pero agradezco el trabajo que se toman para parecer que lo tienen todo controlado y dispuesto.

Soy idiota, tan idiota como podría serlo un humano. Por eso me estremezco cuando oigo cantar a las sirenas en lo más recóndito de mi imaginación. Nunca me acostaría con una sirena. No podría soportar sus canciones hasta altas horas de la noche, además, mis gustos están más orientados hacia el jazz, y a ellas sólo se les permite improvisar música subacuática, repleta de burbujas de aire que ascienden a la superficie transformadas en sonidos crípticos e indescifrables. Soy un idiota infantil desde el momento en que creí en ellas. Pero existen, al igual que existen las ratas, las hormigas, los cangrejos y los aye-aye (ah, y los girasoles).

Besos

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Email del 12 de enero 2013

Joan Miró, Femme à la blonde aisselle coiffant sa cheveleure à la lueur des étoiles, 1940

Ains:

Me he despertado con una sensación de ahogo y cansancio terrible, quizá debida a uno de los estúpidos sueños que he tenido esta noche y que todavía no he acabado de arrinconar. Te cuento: me encontraba ensimismado intentando doblar un gazpacho andaluz, cosa que antes ningún humano había conseguido, ni siquiera intentado hacer, cuando se me aparece mi hada madrina totalmente enfurecida porque no la felicité cuando batió la plusmarca de los cien metros lisos con varita mágica, y me condena a bailar el Gangnam style -ya sabes, ese bailecito subnormal en que se imita a un jinete montando a caballo,- cada vez que algún sujeto del planeta diga una estupidez, por lo que empiezo a danzar psicóticamente en ese mismo instante y no puedo detenerme hasta que cuatro horas después caigo muerto sobre el gazpacho derramándolo sobre el suelo y me despierto completamente sudado, descompuesto y con un dolor terrible en mis partes nobles. Pero… no quería enfocar estas líneas despotricando sobre los sueños, pues ya lo he hecho innumerables ocasiones y no quiero amargarte con ellos. Para mi email de hoy tenía pensado escribirte sobre la amistad, los amigos y el valor que puede tener conservar a los mejores, y no en aceite o almíbar precisamente.

Un amigo, se supone, es alguien con el que mantienes una confianza y, por supuesto, un afecto desinteresado, que en ocasiones puede rayar la demencia. Un amigo es ese ser imperfecto que en algunas ocasiones te pide dinero prestado y que jamás te devuelve los libros; en definitiva, un amigo, un colega, un camarada o compadre, es un osito de peluche viviente que periódicamente necesita que lo mimes, que le digas, y a veces incluso que le demuestres que él lo es todo para ti y que por conservarlo cerca durante eones estarías dispuesto a cualquier cosa, exceptuando bailar el Gang style cuando una hada te apunte en la cabeza con su varita cargada. Durante toda mi vida un innumerable número de amigos han aparecido y desaparecido pero siempre, y repito la palabra siempre… ¿Sabes? ya no quiero seguir con este tema, prefiero hablarte de las heridas en el glande. Una vez, hace varios años, introduje el pene en… ejem, mejor lo dejamos.

Llevo varios meses dándole vueltas a una idea. La he mareado tanto que se ha cansado y ha desaparecido, así que he tenido que fabricar a toda prisa otra que la sustituya. La nueva no era tan perfecta como la original, pero puede reemplazarla en ciertas ocasiones. Y lo que es mejor, me permite modificarla a mi antojo y no se siente humillada cuando la comparo con la anterior. No es una idea compleja porque mi cabeza ya no está para complicaciones, aunque puede llegar a convertirse en obsesiva. Como no quiero correr más riesgos, la he atado a un armario ropero y sólo le permito que crezca cuando me siento seguro de que no se apoderará de mi conocimiento puro y real. La mantengo a base de pequeñas dosis de reflexión y extravagancia y cuando me siento fuerte o despreciable la abofeteo hasta que me implora clemencia. Pienso hacer de ella mi fe de vida, mi talismán, mi mascota. Cuando ya no sirva para los propósitos para los que fue creada la desatomizaré y la convertiré en pequeñas partículas imprecisas de nada.

Sanatorio mental. Sanatorio mental. Sanatorio mental.

Un abrazo sin camisa de fuerza.

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Email del 11 de enero 2013

Vasily Surikov, Zubovsky boulevard in winter. 1889

Hola:

Me gustan los colores que producen las flores de las Thumbergias, las Ipomeas y las Clematis, pero advertir que hasta mediados de abril o incluso mayo no voy a disfrutar de ellas me produce cierta desazón. ¡No puedes llegar a imaginarte lo mucho que odio al invierno! y el desprecio que siento hacia la gente que lo prefiere a la primavera o el verano. Puedo entender que alguien pueda sentirse regocijado contemplando las hojas marchitas y marrones de los árboles o un poco depresivo ante las primeras escapadas a lo Houdini de la luz en el otoño, pero no me cabe en la cabeza que un sujeto que se considere inteligente aprecie esa estación fría, desapacible, oscura y opresiva durante la cual ni siquiera podemos cambiarnos de ropa sin tiritar como yonkis sufriendo el síndrome de abstinencia o contemplar las plantas del jardín, terraza o balcón con el aspecto que tienen en pleno solsticio de verano, cuando el sol alcanza su cenit sobre el Trópico de Cáncer.

Pensar que todavía quedan dos meses largos para que mi corazón y mi cerebro se aúnen en esa comunión privada y reconfortante que produce la amplitud del día sobre la noche, me empieza a pasar factura. Quiero babear ante el cromatismo fabricado por las flores mientras son iluminadas por los rayos del astro rey y absorben una parte de las ondas electromagnéticas al mismo tiempo que reflejan las restantes. Necesito percibir las longitudes de onda que sólo pueden ser disfrutadas en su totalidad al estar debajo de una luz radiante, abundante y refulgente. Ya no me siento con fuerzas para soportar estos meses de brumación metabólica y dormancia psíquica en las que lo único que se puede hacer para asesinar las horas es regocijarse de la completa estulticia biológica que rige nuestro demente e infecto calendario meteorológico.

Creo que si tuviera dinero emigraría a alguna parte del ecuador; supongo que a Manaos u otro país por el que cruzara el río Amazonas o algunos de sus muchos afluentes. Lamentablemente, con el cash del que dispongo en estos momentos en el bolsillo no puedo alejarme del rio Turia y de la basura y contaminación que se oculta en sus aguas marrones, desviadas de sus cursos naturales y con ese aspecto claramente fallero al que las hemos asociado. Y eso, lo mires como lo mires, es tan triste y desolador como estar seguro a ciencia cierta de que todo lo que vemos o podemos tocar es una especie de ilusión efímera que se desmoronará en el mismo instante en que reparemos en ello. ¿Somos algo más que los restos arrasados de la Nada?

Ahora, mientras intento despegar de la tierra con destino a alguna parte del Universo, ya no existen muchos factores que me impidan derramar algunas lágrimas sobre el ocaso de la Creación. Alguna vez fui una parte fundamental del Todo, aunque nunca me sentí a gusto demasiado alejado del impulso entrópico que significa sobrevivir en un lugar al que no se pertenece.

Un abrazo.

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Segundo email del 10 de enero 2013

John Singer Sargent, The birthday party. 1885

Hola de nuevo:

Dentro de tres días es mi cumpleaños y para demostrarme lo mucho que me quiero me he comprado un regalito y lo he envuelto en papel de charol de color turquesa. Aunque ya sé de qué se trata, no pienso abrirlo hasta ese fatídico día en que celebraré que soy más viejo que Matusalén, su tía y su primo, juntos. Se trata de un precioso laxante en gotas, fabricado con hierbas naturales y que, según reza su prospecto, no produce trastornos digestivos, es decir, que una vez que me tome una dosis no tendré que correr al váter ni aguantar esos repelentes sonidos parecidos a una mascletá de los hermanos Caballer con que nos obsequian el resto de productos que actualmente se comercian para el mismo fin. Al principio dudaba entre este presente o un yate de 16 metros de eslora, pero al meditar sobre el precio de ambos, la razón se impuso a la megalomanía y en estos instantes estoy totalmente convencido de que mi decisión fue la más correcta. El barco puede demorarse hasta el año próximo o incluso al siguiente, no me importa esperar, ¿acaso no es lo primero que aprendemos en esta vida en la que glorificamos las posesiones y olvidamos que nacimos desnudos, indefensos y cubierto de pingajos malolientes?

Está claro que con un yate y una buena gorra de marinero con visera rígida y otomán cubriendo mi calva me sentiría más seductor, pero diantres, también puedo parecer sexy con el intestino vacío y, sobre todo, con la cara relajada y con el aspecto dichoso que proporciona una magnífica evacuación. Como ya sabes, existen multitud de maneras para conseguir un cachito de felicidad sin gastarse una fortuna; algunos lo consiguen por medio de ansiolíticos, que son baratos y te permiten olvidar fácilmente los problemas que aprisionan, otros, simplemente raptan y descuartizan con un cuchillo de cocina a algún incauto y los hay que, como yo, se contentan con cualquier cosa, pues conocen cada uno de los disfraces que utiliza el bienestar para presentarse de improviso en sus existencias, hasta entonces aburridas y previsibles.

Mi presente de aniversario sólo me ha costado 4 euros y el papel que sirve de envoltura treinta céntimos. Podría haberme gastado incluso menos si hubiera sustituido el magnífico oropel del envoltorio por un folleto de Alcampo impreso en papel reciclado, pero no hubiera quedado aseado. Y hasta el día de hoy, lo único que no soporto, excluyendo la imbecilidad humana ya sea congénita o adquirida, es el descuido y el abandono, consciente o involuntario. Ya me abandoné una vez hace bastantes años, y cuando logré volver a encontrarme después de multitud de fallidos intentos, lo único que pude sacar en claro es que es preferible estar muerto, con el cuerpo descomponiéndose y licuándose en un perfecto estado de descomposición cadavérica, antes que parecer que quieres morirte pero que no te atreves a dar el fundamental e irreflexivo paso. Con esto no quiero decir que la muerte sea algo deleznable, pues existen diferentes maneras de llegar a ella sin que la gente cuchichee por las esquinas. No sé si me explico bien, seguramente no. Siempre me sucede lo mismo cuando intento hablar o escribir sobre cualquier forma de ocaso, ya sea natural o premeditado.

Dentro de un rato iré a Mercadona, es posible, sólo P-O-S-I-B-L-E que me compre, o mejor robe, cincuenta y una velitas, de esas tan graciosas con forma de estrellita que se utilizan para adornar las tartas; el problema es que no quiero adquirir una tarta, ya que engordan y sus disacáridos blanquecinos desdoblados por hidrólisis en dos monosacáridos afectan a la salud en forma de indigestión descontrolada, trastornos epidérmicos y caries costosísimas de reparar. Pero podría pincharlas en una lustrosa manzana Fuji o Reineta y soplarlas hasta que me quede tísico o sin aire en los pulmones. Desde luego no sería una manera demasiado ortodoxa de celebrar una fiesta, pero a mí… ¡ya nada me importa!

Un besazo.

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Email del 10 de enero 2013

Michael Sowa, Their master’s voice. sXXI

Hola:

Ayer por la noche, sobre las once, salí a pasear por las calles de mi barrio; hacia un frio terrible y la gente caminaba a toda velocidad, seguramente para llegar lo antes posible a sus destinos y poder desembarazarse de los abrigos, bufandas y gorros de lana. Mientras me dirigía a algún lugar indeterminado, pensando en el paso del tiempo y cómo afecta este a la manera de percibir las circunstancias, vi a un perro defecando en la acera con cara satisfecha y a su dueño de aspecto desaliñado riéndose de la gracia de su mascota de una forma bobalicona y francamente degenerada. Aunque sentí unas ganas terribles de recriminar su dejadez, y sobre todo, la forma de educar a su «amiguito» de cuatro patas y trufa negra y húmeda, decidí cruzar al otro lado de la calle y hacer como si sus mierdas y risotadas no fueran conmigo. Caminé durante lo que me pareció una eternidad, pero seguramente no serían ni veinte minutos, y me detuve frente al letrero luminoso de un bar. Me apetecía tomar algo caliente, pero al mismo tiempo no tenía ganas de pasar al interior, donde un par de borrachos sentados en una mesa cantaban alegres canciones, seguramente inventadas, mientras se daban palmaditas de satisfacción el uno al otro. Tú me conoces bastante bien y sabes hasta dónde llega mi odio por la chusma que no puede contenerse y que necesita público para sentirse vivos. Si hubiera entrado, lo más probable es que hubiera acabado echándoles una mirada furtiva repleta de odio y asco, algo que seguramente no necesitaban los pobres idiotas en esos momentos, así que en menos de cinco segundos decidí seguir con mi deambular indeciso hasta que de repente me encontré nuevamente con el imbécil de antes y su sufrido chucho que se dirigían -supuse- hacia otra acera inmaculada para dejar sus huellas efímeras. Pero me equivocaba. El tipo ató a su fábrica de heces a una señal de tráfico, entró en el bar con pasos firmes y decididos y se sentó junto a los beodos que todavía entonaban la misma cantinela desafinada. Como empezaba a quedarme helado y se hacía tarde me dirigí hacia mi casa recorriendo el mismo trayecto a la inversa, hasta que noté cómo mi pié izquierdo resbalaba sobre algo que tenía el aspecto de una mierda canina, la misma que media hora antes había visto fabricar y depositar sobre los ladrillos de la acera. De repente me entraron unos deseos inhumanos de cogerla con un papel, regresar al bareto y estampársela al subnormal asocial en la cara, pero me contuve tragando bilis y escupiendo saliva sobre mi zapato para limpiarlo.

Hacía meses que no paseaba a esas horas, supongo que desde el verano, pero te puedo asegurar que no pienso volver a hacerlo hasta que el último cenutrio de la tierra sucumba bajo el peso de su propia estupidez.

Un beso.

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Email del 8 de enero 2013

Glenn Brown, You Never Touch My Skin in the Way You Did and You’ve Even Changed the Way You Kiss Me.1994

Querida:

En un severo ataque de falsa infatuación he decidido creerme insoportable, y para llevar a término mi alarmante vacuidad interior, no se me ocurre otra cosa que repartir caricias a la sombra que dibuja mi figura cuando el sol se desliza por la ventana. Aletargado por completo por la indisimulada falta de escrúpulos, y sobre todo, por el maniqueísmo indecente que se atrinchera en mi forma de entender el comportamiento social como un arte en sí mismo, ya no me queda otro remedio que encerrarme en una ergástula de vidrio incoloro y trasparente, manufacturada con residuos tóxicos, carbonato de sodio y arena de sílice, de la que no pienso escapar jamás. Poco importa que las sonrisas prostituidas que acechan en el exterior legitimen mis continuos errores. Me es indiferente que tras esas máscaras se encuentren formas de vida inteligente. Ya no puedo soportar este continuo fluir de banalidades que no me aportan demasiado, por no decir nada. No existo. No existo. No existo.

En un decisivo ataque de falsa modestia he decidido creerme sexualmente inolvidable, y para llevar a término la desconcertante sicalipsis que explota en mi interior, no se me ocurre otra cosa que hacerme actor gerontofilico-porno especializado en calentar ancianas en tacatacs o postradas definitivamente en la cama. Asqueado casi por completo por la dificultad para comerciar con mis fluidos, y sobre todo, por el precio  indecente y lascivo de estos en el mercado cárnico actual que presupone lo que es de buena o mala calidad, me resigno a que me proporcionen unos buenos dividendos con los que mantener mi adicción a los dulces y al azúcar. Poco importa que los cuerpos desnudos, perfectos y recubiertos de aceite de romero se aparezcan como fantasmas en mis sueños. Me resulta indiferente saber hasta dónde puedo llegar. Ya no puedo aguantar contemplar delante de mí todos esos traseros moviéndose como peonzas cuando camino por la calle. Quiero morderlos todos. Quiero morderlos todos. Quiero morderlos todos.

En un severo ataque de enajenación mental he decidido creerme un salmonete, y para llevar a término esa locura que me corrompe, no se me ocurre otra cosa que introducir la cabeza en un recipiente de plástico bastante similar a un cubo de fregar el suelo relleno de agua y sal a partes iguales. Asfixiado por la demencial cantidad de sal, y sobre todo, por la concentración de yodo de esta última, ha llegado un momento en que no he podido soportarlo y he tenido que sacar la cabeza y respirar del aire viciado que entra por la ventana, repleto de partículas humanas y aroma de fajas de mercadillo. Me importa bien poco en estos instantes volver a ser persona en lugar de pescadito. Me resulta totalmente indiferente saber que estoy condenado a ser el mismo toda mi vida. Ya no puedo soportar este incesante dolor de cabeza que me trastorna por completo. Voy a volver a matar. Voy a volver a matar. Voy a volver a matar.

Como verás, son tres versiones sobre un mismo tema: la incapacidad para escribir algo decente y con valor real. Las tres versiones son tan falsas como mis ganas de enfrentarme con el destino; de todas formas, elige una y olvida las otras dos; o no elijas ninguna y escribe tú misma la que creas que podría ser la verdadera y la definitiva; o envía este email a la papelera o transfórmalo en spam, pero sal inmediatamente de casa con destino al centro de la ciudad y … ¡cómprate unos botines de piel sintética!

Un saludo.

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Email del 7 de enero 2013

Bansky

Querida:

En todos estos días que llevo sin escribirte he hecho un montón de cosas: he comido caramelos sin azúcar, me he empachado, he robado una gamuza a un representante de gamuzas, ya sabes, de esas que recogen todas las partículas de polvo gracias a las microfibras cargadas electroestáticamente y después te cantan «Bombón asesino» de King África en sol mayor, y hasta me he metido en una peluquería y les he vacilado ordenándoles que me lavaran el pelo con un champú anticaída. Pero la que me ha dejado más satisfecho, o realizado, o como diantres quieras llamar al pseudo-orgasmo que se experimenta cuando se aprende algo, ha sido releer un puñado de hojas de la Biblia a voleo, y volver a comprobar la cantidad de historias e ideas demenciales que relata. Tú y yo sabemos que las religiones sólo sirven para emponzoñar los cerebros de los ilusos que caen bajo sus abyectas redes, pero entre todas las religiones, hay una, la católica, que me hace descojonarme más que el resto. Quizá sea porque la tengo más cerca, y con eso no quiero decir que mi vecino sea un ferviente devoto, pues el sólo cree en la botella de tequila barata y sus misterios insondables. Esta secta y sus innumerables desviaciones no sólo se dedica a encumbrar a los buenos y guapos de la historia (su historia prefabricada a conveniencia), sino que van más lejos, mucho más lejos de lo que su desfachatez e insolencia dejaría entrever: reivindican a ese fantoche traidor llamado Judas Iscariote y santifican a Poncio Pilatos, por ponerte unos pocos ejemplos. Estoy seguro de que si en aquella época hubiera existido un personaje llamado Rubrunculaoumzumzum, que hubiera estado cerca de Jesús cuando este escupía a las ratas en el desierto, ahora tendría varias escisiones cristianas que lo alabarían. Incluso se harían llamar «los Rubrunculaoumzumzumneos» y todos los primeros miércoles de cada mes sacrificarían un cordero o una lesbiana -lo que encontraran primero- a su Salvador omnipotente.

Naturalmente, no sólo he perdido el tiempo comiendo golosinas y leyendo sandeces religiosas, también me he dedicado a intentar hacer levitar a uno de mis zapatos con el poder de la mente; desgraciadamente la tentativa ha resultado fallida y lo único que he conseguido es que estalle. ¡No sabes lo que me ha costado recoger la plantilla absorbente de la parte alta del armario ropero! , pero por lo menos he aprendido una lección que no tiene precio: ¡jamás intentes concentrarte en algo mientras te rascas el espinazo con un rascaespaldas!

Hoy es lunes, y como casi todos los lunes voy a meditar seriamente sobre los martes, que es el día que utilizo para olvidarme de que existen los aburridos domingos. Posiblemente me acueste a la misma hora que algunos «machotes» dedican a pegar a sus mujeres mientras estas piensan en ranas que se convierten en príncipes o sapos que se transforman en reality shows. Nada tiene sentido en esta función. Intentar escabullirse antes del tercer y postrero acto es una especie de rebelión condenada al fracaso. Hemos sido concebidos para aplaudir, aunque no nos haya gustado la representación. Por esa razón, cuando salga del teatro en que hemos convertido nuestras monótonas vidas pienso pedir que me devuelvan el dinero. Te doy mi palabra de honor.

Un beso.

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Email del 3 de enero 2013

Richard Hess, Insomnia. SXXI

Hola:

Lo bueno que tiene el insomnio es que durante ese largo espacio en el que la vigilia se impone a la relajación puedo repasar los productos de alimentación y limpieza que necesito y componer una futura lista de la compra. El problema surge cuando en lugar de apuntar lo que necesito, a mi cerebro le da por repasar lo que no necesito.

Lista del martes 1 de enero.

Comprar:

1 Esternocleidomastoideo
2 Enagüillas
1 Mancera
1 Almocafre
1 Nonius
2 Acendrados con forma de prismatoide paralelepípedo
1 Escabel anti-urente
3 kg de gallofas
1 Excerpta completa de aljofifas del siglo XIX

No hace falta que te explique lo mucho que me costó buscar en el diccionario algunos de esos «productos», por llamarlos de alguna manera. A decir verdad, excepto el primero que me sonaba por la letra de una canción, el resto me parecían palabras inventadas por un académico demente al que le han escondido sus calcetines de lana favoritos. Pero, por favor amiga mía,  permíteme que te copie un par de versos de la canción de la que te he hablado hace unas pocas líneas:

«Mi chica tiene un esternocleidomastoideo voluptuoso y sexy,
aunque no se lo veo (no se lo veo, oh, no se lo veo)
puedo notarlo (puedo notarlo, si, puedo notarlo)
cuando intento estrangularla con las manos. Oh yeah. Oh yeah.»

Llegados a este punto es posible que te preguntes cual es la razón por la que mi cerebro puede redactar listas repletas de palabras que desconoce, pero yo me pregunto cómo es posible que recuerde letras tan estúpidas como la anterior sin sufrir un trastorno o crisis energética cerebral. La respuesta no es sencilla, y más tratándose de mi cerebro, desgastado por el incesante uso y en estado de shock desde que descubrí, hace un motón de años, a mi abuela paterna horadando frutos secos con una barrena de mano sin manija.

Escribir sobre la dificultad para conciliar el sueño es como fregar con lejía perfumada un suelo inexistente, es decir, una autentica estupidez, sobre todo cuando el que escribe no sabe distinguir entre la inexistencia, la animadvertencia, las flatulencias o la plenipotencia. No existe una causa concreta para el desvelo; por lo menos eso se puede leer en el «Tratado sobre el insomnio, el bostezo y los leotardos», escrito en 1954 por el neuropsiquiatra y transformista francés Edouard Benoit-Schoemacker Pegouret. Según esta eminencia, la falta de sueño en los humanos y las terneras se debe en un 99.9 % a una razón que desconoce, aunque promete escribir sobre ella cuando descubra algo o su casera quiera ponerlo de patitas en la calle por falta de pago, lo que suceda primero.

Lo que está claro es que hay varios factores que alimentan dicho trastorno:

a) El estrés
b) La ansiedad
c) La depresión
d) Los números rojos en la cuenta bancaria

Mientras que los tres primeros pueden combatirse por medio de chistes sobre polacos, nanas  o incluso fármacos polivalentes, el cuarto es irremediablemente persistente y su cura no está al alcance de pobres, indigentes, mendigos o ludópatas desquiciados. Mi abuela, la que perforaba cacahuetes o almendras, tenía un remedio infalible para hacer dormir a su marido cuando quería lavarle sus calzoncillos preferidos sin que este notara su ausencia (la de los calzones, no la de mi abuela). Como ya te he contado en alguna ocasión, mi abuelo odiaba cambiarse de ropa interior, pues temía que al hacerlo perdiera parte de su gallardía. Te adjunto los ingredientes de dicha receta:

150 gr. de talco en polvo
235 gr. de ralladura plástica
50 gr. de azúcar
Un chorrito de alcohol etílico
1 cucharadita de formol

Una vez preparado el coctel narcótico mojaba en él un chupete de una sola pieza y se lo introducía en la boca a su conyugue mientras le enseñaba un pezón estimulado. Parece ser que la formula era tan efectiva que un día tuvo que despertarlo cantándole una canción tirolesa al oído mientras que con las manos embutidas en unos guantes de soldador estrangulaba al gato.

Hace algunos años, no demasiados, descubrí que la mejor forma para conciliar el sueño era contar hipopótamos. Algunos cuentan ovejas, yo contaba mamíferos artiodáctilos, y te aseguro que durante cierto tiempo funcionó, pero tuve que dejarlo porque los hipopótamos me recordaban a una novia que me dejó cuando se enamoró de un arquitecto patizambo, y desde entonces, me he convertido en una lechuza profesional altamente cualificada. No es que me fastidie el hecho de no poder dormir más de tres horas seguidas, lo que verdaderamente me joroba es que durante esas tres horas, mis sueños -y ya te he contado algunos- me producen auténtico pavor.

Cuando pueda ahorrar algo de pasta, lo primero que haré será visitar a un brujo watusi que por medio de una pócima elaborada con piel de ranas, excrementos de abogados insatisfechos y col lombarda, produce un absorbente sopor que dura catorce horas y del que, según los que la han probado, se despierta maravillosamente reconfortado y con ganas inusitadas de comerse el desayuno, y en ocasiones, el mundo.

Un abrazo muy fuerte.

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Email del 2 de enero 2013

Christian Edler, Moonstruck. sXXI

Querida:

Han pasado aproximadamente 13.700 millones de años desde la explosión que llamamos big bang, y desde entonces, esa energía del principio de los tiempos repleta de hidrógeno y helio ha creado y transformado completamente el Universo. Ahora, en estos mismos instantes, nosotros, los simios erguidos concebidos con residuos del polvo estelar y en disposición de un cerebro más o menos privilegiado, nos lamentamos por fruslerías como la deficiente calidad de absorción del papel higiénico más económico o la poca resistencia de las juntas de goma de las ollas a presión.

Aunque generalmente mi cerebro se encuentra en una fase o ciclo al que podríamos denominar de «letargo auto-inducido», en algunos momentos -sobre todo cuando la idiotez y la majadería externa se inmiscuye y apodera de mis circunstancias, transformándolas en una orgía de memeces intranscendentes y despropósitos desconcertantes- se nutre de una especie de pulsión antropófaga arrolladora que condiciona las respuestas de mi cerebro y que al mismo tiempo determina la irrealidad asfixiante que paraliza mis deseos de agarrar por el cuello a parte de la población activa.

Si quieres que te sea asquerosamente sincero, me siento como hierro oxidado por oxigeno. Escuchar las palabras que salen de algunas bocazas está pasándome factura. Y el precio no es la ganga que los cándidos erróneamente habían calculado.

Un abrazo.

Email del 2 de enero 2013 Leer más »