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| Henry Walliss. The death of Chatterton (1856) |
Amiga:
Hace unos pocos meses, creo que fue en noviembre, en la última entrega de mis «listas» en otro socorrido email, te prometí que la próxima estaría dedicada a mis enfermedades favoritas (¿o eran preferidas?), pero como soy un tío realmente inseguro y no me caracterizo por hacer lo que digo, he decidido escribir una totalmente diferente. Entre los tres temas que me inquietaban, he acabado eligiendo uno que me complace, que además sigue los cánones establecidos por el título de la bitácora y que es un clásico dentro del imperfecto razonamiento humano: las cinco cosas que haría si me quedaran uno o dos años de vida.
1- Limpiaría el ordenador.
La verdad es que si voy a palmarla, poco importa si mi PC y mi laptop están hechos una porquería o no, pero si algún pariente, amigo, ex amante o, lo que es lo mismo, una rata de cloaca los va a heredar, no quiero que se lleve un chasco. Durante años he dado una falsa apariencia de hombre limpio y ordenado, aunque la realidad era todo lo contrario.
Me viene a la memoria una anécdota que le sucedió a un tipo raro, creo que se llamaba Gregorio, pero no estoy del todo seguro, pues hace bastantes años que alguien me la relató. Resulta que este elemento había quedado con una chica que era muy bonita, aunque bastante sucia y desastrada. Después del cubata de rigor se dirigieron a la casa de la fémina, pero ésta se encontraba en un estado de abandono tan horripilante, que a G le entraron unas ganas irrefrenables de limpiarla (a la casa, no a la chica). Y eso es lo que hizo. Y parece ser que hizo un trabajo estupendo. Cuatro horas después, cuando cada una de las habitaciones, el comedor, la cocina y el aseo estaban tan limpios como los ovarios de la Virgen María, nuestro Don Juan se bajó los pantalones y buscó en vano a su amada. Pero su amada había desaparecido. Uno o dos momentos más tarde la encontró retozando con otro tipo en el rellano de la escalera. Cuando ésta lo vio salir de su propia casa con aspecto satisfecho, no tuvo otra ocurrencia que preguntarle si había puesto también la lavadora con la ropa de color y a cuánto cobraba la hora.
2- Recorrería el camino de Santiago.
Dudo de que exista en este mundo alguien tan ateo como yo, pero como prácticamente la totalidad de los amigos que conozco o he conocido lo han hecho, y además juran que les ha cambiado la vida, me veo en la tesitura de comprobarlo por mí mismo. Desconozco cómo andar con un bastón puede llegar a cambiar una vida, todo lo más que se me ocurre es que cambie el aspecto de las botas o incluso de los pies.
Como Pedro Limonero, que era naranjero. O puede que fuera al revés. El caso es que este fulano intentó hacer los 730 km del camino en 5 minutos, pero acabó en el juzgado de guardia denunciado por el espíritu del Apóstol y sentenciado a cadena perpetua por fanfarronería y abuso de velocidad.
3- Me disfrazaría de mujer.
Puede parecer un tópico de macho castrado, pero me gustaría saber qué se siente siendo una mujer, aunque sea una sensación efímera y sólo dure unos pocos minutos.
Igual que Augusto, que era un tipo duro que se afeitaba con un tomahawk. Su testosterona brotaba de su perfecto y musculado cuerpo por cada uno de los poros de su piel y las mujeres suspiraban por sus caricias cuando lo tenían cerca. Pero A tenía un secreto: era un vegetal proveniente del espacio exterior y no le interesaban los terrícolas, de hecho estaba perdidamente enamorado de un dátil de aspecto acarcamalado y masculino, y su vida en el planeta estaba completamente supeditada a conseguir sus favores a cualquier precio. Lo intentó enviándole regalitos e incluso vistiéndose de golfa lasciva, pero la fruta de la palmera datilera no atendía a sus súplicas y al final fue engullida por un jubilado que acababa de cobrar la paga.
4- Volvería a robar en El corte inglés.
Hace tantos años que no hurto nada que se me está empezando a poner cara de buena persona. Y no lo soy en absoluto. Me considero un ser repulsivo, repleto de vicios y con la moral más baja que los leotardos de Hamlet. Si estuviera en mis manos, pasaría por el cadalso a cada uno de los humanos que pueblan este mundo, y si me quedara algo de tiempo después, me pasaría yo mismo.
Hace un porrón de años, cuando todavía no había estrenado mi primera barba, hice una apuesta estúpida con un compañero de clase. El que más objetos robara en un sólo día se proclamaría cleptómano del año. Como estaba completamente seguro de que el título sería mío, no me lo tomé demasiado en serio y empecé la jornada saqueadora a las cuatro de la tarde, nada más levantarme de mi acostumbrada siesta. En un par de horas ya había afanado siete libros, cuatro kilos de peras y un mocho ergonómico, así que dediqué el resto de tiempo hasta las ocho, que era la hora de reunión con el otro chorizo, a cantarle mantras a un cebollino que crecía silvestre en una gigantesca maceta de adelfas que adornaba la puerta de una anciana que era conocida en el barrio por haberse quedado finalista en un concurso de polisones hechos a mano. A las ocho en punto llegó mi rival con un gran saco sobre los hombros y vistiendo una sonrisa avasalladora y puso el resultado de su día sobre el suelo. Decir que me quedé pasmado suena a poco. El aprendiz de caco había rateado un sinfín de objetos de lo más variado. Desde un despertador mecánico tradicional con alarma en progresión hasta un m’bolumbumba urucungo. Pero lo que me dejó más perplejo fue un gallipato vivito y coleando al que bautizó con mi nombre y que más tarde regaló a su profesor particular de religión y ética.
5- Retomaría mi pasión por el tetrahidrocarbocannabinol o THC.
Ya hace un lustro que no fumo marihuana. Desde entonces sólo fumo LM o Marlboro y estoy convencido de que el cambio me ha sentado fatal. Antes, cuando iba ciego, ligaba más y tosía menos. Claro que ahora ahorro más pasta y no tengo que perder un tiempo precioso en convencer al camello para que me fíe. De todas formas, creo que emporrarse es una de las gilipolleces más perfectas que existen y la única que realmente sirve para algo.
Ricardo tenía fama en el barrio por ser un fumeta simpático. Siempre que coincidía con alguien le invitaba a un canuto. Su suerte y su simpatía acabaron el mismo día que invitó por equivocación a su madre, que espantada lo ingresó en un frenopático. Actualmente R no se droga; quizá es porque no está vivo. La palmó un mes después de su internamiento, al desprendérsele la pituitaria mientras intentaba fumarse un pedazo de madera por la nariz. Su madre, sin embargo si se droga, claro que con las pastillas que le receta su galeno particular, con el que tiene una relación adúltera y al que cada navidad regala un extensor de pene marca Jes Extender, modelo 8IGHT, fabricado en Guadalajara.