noviembre 2019

Email del 29 de noviembre 2019

Edvard Munch. Couple on the Shore (1907)

Querida:

Francisco Isco estiró el cuello para desajustar las cervicales que desde hacía media hora le causaban una rigidez insoportable. Luego Francisco Isco estiró la pierna derecha, que desde el desajuste de las cervicales, media hora antes, le causaba rigidez también, aunque en ese instante le pareció más una tirantez que una rigidez. No pasó ni una hora cuando Francisco Isco tuvo que masajearse una parte del cuerpo que generalmente nunca se pone rígida a partir de los 70 años, y que él estimaba en demasía aunque jamás le había funcionado bien. Pasadas las cuatro de la tarde, mientras Francisco Isco estaba enfrascado ojeando un catálogo de refrigeradores mortuorios, la luz que entraba por la ventana sintió que ya estaba harta de tener que entrar al interior desde el exterior y decidió que a partir de ese instante siempre saldría del interior hacia el exterior. Por supuesto a Francisco Isco, ese cambio no autorizado se la refanfinfló en ese instante. El problema era que siempre que algo se la refanfinflaba, automáticamente acababa con una o varias partes de su cuerpo absolutamente rígidas. ¡Y es lo que sucedió! En un instante se le paralizó la nariz y un pezón, el izquierdo. Cuando intentó frotarse la nariz, esta pronto volvió a destensarse, sin embargo por más que friccionaba su pezón, este no volvía a su consistencia flexible anterior. Después de varios intentos por otorgar la maleabilidad necesaria para que el pezón dejara de parecer un minicono del pleistoceno, Francisco Isco se dirigió a la nevera, aunque no la abrió porque de repente dejó de recordar para qué diantres se había dirigido a la nevera, pero se fijó en que la puerta de la cocina estaba abierta y no intentó cerrarla. Si la cerraba se quedaría dentro de la cocina y él deseaba volver al comedor para continuar con sus ajustes antiagarrotamiento.

Magdalena Lena intentaba pelar un huevo fresco con las manos, cuando sonó el teléfono. Era su novio Francisco Isco. La conversación duró cuatro minutos. Todas sus conversaciones telefónicas duraban lo mismo. En esos cuatro minutos Francisco Isco tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para resumir sus rigideces en tan poco tiempo. Un minuto son 60 segundos. Dos minutos son 120 segundos. Tres minutos son 180 segundos. Cuatro minutos son 240 segundos. Cuando se despidió de Francisco Isco, Magdalena Lena llegó a la conclusión de que a partir de ese instante ya no volvería a ser Magdalena Lena, sino Lena Magdalena. Quizá por esa razón volvió a ponerse en contacto con Francisco Isco vía telefónica. Necesitaba contarle su cambio a alguien y no se le ocurría otro que su amor tirante, rígido y con tendencias ajustables. Francisco Isco descolgó el teléfono y al escuchar la voz de su novia pensó que tal vez se había olvidado de contarle alguna rigidez en la llamada anterior, por lo que volvió a relatarle todas sus rigideces de ese día y, de paso, las de la jornada anterior. Un minuto son 60 segundos. Dos minutos son 120 segundos. Tres minutos son 180 segundos. Cuatro minutos son 240 segundos. Lena Magdalena, enfadada por no haber podido expresarse, colgó el auricular con tanta fuerza que la L de Lena saltó directamente de su lugar hasta la A final. Magdalena Lena, más tarde llamada Lena Magdalena, se convirtió en Ena Magdalenal.

¡Amiga!, perdona que interrumpa tan de sopetón la historia de esta parejita tan peculiar, pero hoy es el Black friday en la condonería de la esquina y necesito comprar profilácticos para jugar a los globitos rellenos de agua. Podría dirigirme a la globería más cercana, pero los preservativos aguantan mucho más antes de llegar al punto crítico de ruptura.

Greg, el hidalgo de los blogs.

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Email del 28 de noviembre 2019

M.C. Escher. Plane filling motif with human figures (1921)

«La vida, conmigo, no transcurre lo bastante deprisa, así que la acelero. La corrijo. ¡Mañana me mato!».
(Fuego fatuo, de Louis Malle. 1963)

Últimamente no hablo mucho con la gente, supongo he vuelto a entrar en el «modo defensa» que tan buenos resultados me ha proporcionado en el pasado. Cada vez que un parónimo carniforme, es decir, un ser humano, se acerca a mí con claros propósitos conversacionales aprieto la tecla Intro situada en alguna parte de mi cerebro, pero con un acceso directo en lo que hace millones de años fue un ojo pineal, y mi cuerpo se camufla perfectamente en el entorno. He sido árbol, pared de ladrillos, señal de tráfico, cajero automático, pipicán y otros muchos elementos. Y aunque ya no cabe ninguna duda de que no soy un niño (en enero 58), me siento tan frustrado y melancólico como el pequeño Iván de Tarkovsky. ¡Y tan revulsivo como un producto vesicante! Supongo que mi autodomesticación conductual no ha logrado el éxito esperado. ¿Debería someterme a una autoeutanasia? ¿O mejor olvidarme de todas las mierdas trabajosamente manufacturadas por la sociedad para hacernos sentir inútiles o pertenecientes al poco exclusivo grupo de los nacidos estrellados, y al mismo tiempo defecar sobre el malgastado y a estas alturas inaprovechable prefijo «auto»? Por cierto, ya no necesito automedicarme. Ni siquiera autoafirmarme. Y mucho menos autocensurarme. Lo único que realmente necesito es un pase VIP. ¿Un pase VIP? Sí, un pase VIP.  ¿Pero, un pase Vip…? Sí, un pase VIP absoluto ¿Pero un pase VIP absoluto para dónde? Un pase VIP absoluto para todo.

G

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Email del 27 de noviembre 2019

Paul Gauguin. Apples in bowl (1888)

Hola:

Cada vez que me como una manzana pienso que debería haberme comido una pera. Como me zampo dos manzanas al día, pienso dos veces al día que actúo en contra de mis impulsos. Pero si lo que realmente quiero comer son peras, ¿por qué como manzanas? La respuesta no es sencilla. Quizá sea porque las manzanas son unas jodidas segundonas, por lo menos en mi lista de frutas consumibles, y siempre he sentido verdaderas náuseas con todo lo que tenga que ver con números uno o vencedores. ¡Y por principios! Podría comer peras. Incluso podría comer una pera por la mañana y una manzana a media tarde. O dos peras los días pares y dos manzanas los impares. Claro que también podría comer melocotones, nísperos o unas rodajas de sandía. ¡Pero como manzanas! ¡Como manzanas pensando que son peras! Excepto cuando alguien me mira, que como manzanas pensando que son manzanas, pero de otra variedad distinta. Seguramente te preguntes por qué razón me complico tanto. En realidad no me complico nada. Como manzanas, ¡y eso es todo!

El uno de enero del 2000 decidí llevar un diario al que bauticé como Cómputo pomáceo donde divago sobre las manzanas y llevo un cálculo exacto sobre el número de estas que me he comido desde ese día. Al mismo tiempo, en la tarde de esa misma jornada comencé otro diario titulado Cómputo irreal donde medito sobre las peras que no me he comido desde que decidí comer únicamente manzanas. En lo que llevamos de siglo me he comido 13.820 manzanas, la mayoría de ellas de la variedad Fuji. Y aunque no me he comido ninguna pera, estoy seguro de que, en caso de haberlo hecho, la cantidad resultante sería la misma.

Mis amigos, o por lo menos los que dicen que son mis amigos, están convencidos de que soy un experto en manzanas y en (no) peras. Pero en realidad no lo soy en absoluto. Si realmente soy un erudito en alguna fruta es en ciruelas, aunque haga más de 30 años que no me haya comido ninguna. ¡Sí, lo has adivinado! ¡También llevo un diario ciruelístico! En él reflexiono exclusivamente sobre los plátanos. ¡Pero solo sobre los plátanos que he visto comer a otros! Sobre los plátanos que me como yo no escribo nada porque, como ya deberías saber, solo como manzanas.

Come manzanas,

Greg

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Email del 24 de noviembre 2019

Pablo Picasso. Seated man (1971)

Querida:

¡Tú me conoces! ¡Sabes que no soy un tipo presumido! Por lo menos no tanto como la ratita de Charles Perrault. Pero a veces pienso que debería dejar de comportarme como un estúpido metrosexual y volver a las cavernas de la dejadez y el abandono total, o por lo menos, parcial. ¡Te voy a contar lo que me sucedió un día de la semana pasada! Espero que, por la amistad que nos une, intentes reprimir la carcajada y la transformes en una pequeña y delicada sonrisa.

Si no me tintara las cejas seguramente parecería que una o varias palomas han apuntado con precisión milimétrica para disparar sus defecaciones parabellum sobre ellas. Me explico mejor: tú siempre las ves negritas, pero en realidad son como el abrigo de una vaca, es decir, blancas y negras. La vejez, y su aliada las canas, casi nunca perdonan. Por esa razón cada dos semanas me las tinto con RefectoCil 3. El número equivale al color marrón oscuro. Una vez me las tinté con el color negro (RefectoCil 1) y fue demasiado. Parecía que en lugar de cejas llevaba dos cuervos dormitando plácidamente encima de cada ojo. Continúo: ese día junté el tinte con el fijador, por cierto, marca Technical Line, unté el cepillito sobre el mejunje resultante y me pringué ambas cejas. Luego dejé que pasarán 10 minutos, como hago siempre y…

¡En realidad me olvidé por completo! Mientras caminaba por la calle la gente me miraba. Yo creía que ese día mi guapura natural se había desbordado como una presa franquista y seguí caminando. En un momento dado, me senté en un bar abarrotado y pedí un cortado descafeinado de máquina con la leche natural y dos sobrecitos de sacarina. Las abuelas me miraban. Los abuelos me miraban. Los jóvenes y los maduros, tanto de un sexo como de otro no podían apartar la vista de mí. ¡Y yo me sentía único y especial! De repente, uno de los camareros que no dejaba de enfocar sus ojos hacia la parte alta de mi cara se tropezó con la pata de una silla y cayó al suelo provocando una debacle con las bebidas que llevaba sobre la bandeja. Pero increíblemente a nadie pareció importarle lo más mínimo. Todos seguían mirando mi cabeza. Me tomé el cortado de un trago, pagué y volví otra vez a la calle. Estuve paseando unas dos horas. Durante todo ese tiempo la gente no dejaba de mirarme, hasta que en un momento dado una mujer de unos 30 años se acercó y después de saludarme tímidamente con un pequeño gesto de su mano derecha, me susurró que quizá debería mirarme en un espejo. Como nunca llevo espejos, carillones o vidrieras góticas en el bolsillo me miré en una pequeña y coqueta luna de color rosado que ella me prestó…

Lo que vi era una extraña mezcla de travesti icástico y volatinero espástico. Las cejas en lugar de parecerse a eso, unas cejas, eran similares en apariencia a dos pegotes alquitranados a los que un albañil con serias deficiencias psíquicas hubiera arrojado sobre otro albañil, más o menos sandio, para robarle el yogur desnatado de la merienda. Cuando grité aterrorizado, la mujer me dijo que quizá la única solución sería afeitarme las cejas a lo que yo le respondí con otro grito, este a muchísimos más decibelios que el anterior. Cuando llegué a casa y me miré en el espejo del aseo sentí ganas de suicidarme tragándome el tubo de RefectoCil con tapón y caja incluidas, pero al final fui capaz de reaccionar e intenté quitarme el tizne oleaginoso. No fue sencillo, pero al cabo de tres horas lo conseguí.

Para tranquilizar mis nervios no se me ocurrió otra cosa que sentarme y escribir un relato sobre mi personaje preferido, el churrero castañero ambulante y detective privado García Pérez, que titulé Los asesinatos estocásticos y que pronto trasladaré triunfalmente a este blog.

Maruja Greg

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Email del 22 de noviembre 2019

Theo van Doesburg. Two dogs (1899)

Hola:

Mientras Papadopoulos y Madreña engullían sus Friskies y Dog Chow respectivamente, yo me limpiaba la cara con una toallita húmeda dermoactiva de manzanilla y caléndula. Si en lugar de haber sido yo el que se limpiaba la cara con una toallita húmeda dermoactiva de manzanilla y caléndula hubiesen sido Papadopoulos y Madreña, entonces yo hubiese tenido que engullir una mezcla repugnante de Friskies y Dog Chow y el desenlace, obviamente, habría sido totalmente diferente. Afortunadamente fueron ellos los que se tragaron el pienso y yo el que hidrató y protegió la capa córnea de su epidermis. Sin embargo, te juro por Celia Castro que estuve a punto de limpiarme la capa córnea de la epidermis con algunas bolitas de Friskies o Dog Chow y ofrecer como papeo a mis perros toallitas húmedas dermoactivas de manzanilla y caléndula. O sin manzanilla y caléndula pero a base de ácido salicílico y Mentha pulegium. Y es más, en algún momento se me pasó por la cabeza limpiarme, hidratarme y protegerme la capa córnea de la epidermis con Celia Castro (o lo que quedara de ella) y dejar los comederos de mis mascotas vacíos para que se jodiesen un poco y comenzaran a valorar sus existencias como animales de compañía y no como subchuchos gordos, maulas y haraganes.

Te cuento esto porque de alguna forma siento que tú eres la única persona que no me comprende y que está convencida de que, además de un tipo raro, soy un engendro maniático e intimidante con complejo de superioridad en la zona más o menos inferior o pélvica del cuerpo, y complejo de inferioridad en la parte superior, justo donde descansa la cabeza con el cerebro. Si no pensaras eso, seguramente entraría en tu domicilio cuando estuvieses en la peluquería, robaría parte del pienso con el que alimentas a tus gatos y se los ofrecería a Papadopoulos y Madreña. Y después, o quizá al mismo tiempo, me limpiaría la cara con una toallita húmeda Dodot Sensitive de las que usas para desmaquillarte porque estás convencida de que previenen las irritaciones y rojeces.

Gorigori Cementeri

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Email del 19 de noviembre 2019

Lucian Freud. Naked man on a bed (1990)

Hola:

La hipnosis es un fraude. La astrología es una estafa. El yoga, la acupuntura y las flores de Bach son un timo. Lo mismo que las religiones, los ovnis y las filosofías asiáticas. Vivimos y morimos rodeados de araneros y sablistas que intentan vivir a costa de un número muy considerable de badulaques y sujetos poco favorecidos intelectualmente. Porque hay que ser una verdadera acémila para seguir a Jesús y su cretinismo doctrinal o creer que intentando posturitas imposibles y saludando al sol cada mañana nos expandiremos espiritualmente o alcanzaremos esa liberación denominada Nirvana. Yo siempre he creído en lo que mis ojos tristes y cansados podían ver. Por lo menos en lo que mis ojos tristes y cansados podían ver cuando llevaba puestas las gafas. Actualmente ni siquiera creo en bastantes de las cosas que veo, pues mi capacidad para separar lo real de lo imaginario, o incluso de lo manufacturado, ha mermado debido a la edad y sobre todo porque he rehusado seguir llevando las lentes, ya que reducen mi guapura y garbosidad valetudinarias a un nivel demasiado chocarrero.

Cambiando de tema: ayer me pasé siete horas seguidas enfrascado en un libro titulado El maravilloso mundo de los testículos, de un tal doctor Archivaldo Bicharrango, rector del Centro Genital de Valencia. ¿Sabías que el primer par de cojones fue llamado Ugh-ugh por su homínido propietario hace alrededor de 300,000 años? ¿Y habías escuchado alguna vez que los testículos tienen sentimientos? ¿Y que dichos sentimientos son amarillos? Pues todo eso, y un montón de cosas más, lo he aprendido de ese maravilloso volumen científico. Mañana mismo me compraré El maravilloso mundo de las franjas ováricas, las trompas de Falopio y las glándulas de Bartolino, también del mismo autor y considerado su magnum opus.

Ahora debo dejarte. Tengo que desinfectar un divieso que se me ha inficionado. Mañana no podré escribirte porque tendré que absterger el mismo furúnculo. Pasado mañana tampoco podré ponerme en contacto contigo, pues el jodido lobanillo todavía no estará curado. El jueves me toca guardia en el cementerio y el viernes es la inauguración de la nueva mancebía estatal y yo soy el suministrador oficial de la cinta de polyprotex sin impresión y las tijeras.

G

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Email del 18 de noviembre 2019

Francisco de Goya. La locura del miedo (1823)

Querida:

He reunido 11 cuentos protagonizados por animales en un volumen que se titulará La personalidad plástica del gatito Florentino después de someterse a una cardioversión por medio de electrodos, y otras 10 fábulas más o menos bicheras, no necesariamente cascabeleras. En realidad todos los cuentos, excepto el titulado El domesticador de vieiras, dormían en un cajón desde hace años, algunos incluso lustros o décadas, y reunirlos en una especie de antología ha sido la única manera que se me ha ocurrido para que dejen de pertenecer a mi ya extensa colección de textos no publicados. Si la cosa funciona, quiero decir, si la recopilación se convierte en un éxito, creo que podría hacer lo mismo con una serie de ensayos cortos sobre la muerte y su relación con la falta de vida que escribí el año pasado mientras me encontraba convaleciente de una penoplastia.

Dicen que cada dos segundos muere un ser humano. También dicen que el número de Homo sapiens muertos en toda la historia es superior a 100.000 millones. Y según las estadísticas, actualmente pueblan el planeta 7.300 millones de personas, algunas de ellas ciertamente poco humanas. De esos miles de millones de personas, más de la tercera parte viven en condiciones infrahumanas, en países con una tasa de paro muy alta, con un futuro inmoderadamente incierto, y lo que es peor, sin un supermercado Mercadona relativamente cerca. Mientras toda esa pobre gente malvive y malduerme, yo sigo esperando convertirme en un autor famoso o que me toque la primitiva para comprarme dos o tres yates y llenarlos de caviar y mujeres desnudas. Pero por alguna razón, eso no sucede.

Así que me veo empujado a escribir y escribir como si estuviera poseído, cuando en realidad aborrezco sentarme delante de una hoja en blanco. Claro que también odio tener que pagar por la ginebra y los comprimidos a base de sildenafilo, tadalafilo, vardenafilo o avanafilo. ¡Me gustaría tanto ser Dios o por lo menos alguna de sus mascotas!

Tengo serias sospechas de que en realidad yo soy yo. ¡Y eso me horroriza!

G

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Email del 15 de noviembre 2019

Giorgio de Chirico. Philosopher and poet (1916)

Querida:
Isidore Lucien Ducasse, o lo que es lo mismo, el conde de Lautréamont, afirmaba que «la poesía debe ser hecha por todos», sin embargo cada vez que presento a los editores una colección de poemas surgidos desde lo más profundo de alguna de mis tres válvulas de Houston, me lo devuelven aduciendo que lamentan no haberlo podido leer, y por lo tanto valorar, porque desde hace unos meses casi todo el personal de la empresa padece unas brutales jaquecas con aura del troncoencéfalo, pero que si quiero puedo volver a enviar cuantos textos me apetezca en un par de décadas, y entonces podríamos sentarnos a la mesa y hablar (sic). Hace un año aproximadamente me confesaste que leer mi poemario no publicado Las varices de Rufina (también llamado Las insuficiencias venosas crónicas de Rufina) era una de las mejores cosas que te habían sucedido en la vida, y aunque me lo revelaste después de haberte tomado 14 cubalibres, yo te creí. No me importó escuchar tus risotadas, te creí. ¡Y te sigo creyendo! Porque a mí me sucede lo mismo. Estoy convencido de que es uno de los volúmenes poéticos más importantes del último milenio. 
Y aunque creo firmemente que jamás publicarán mis versos, en realidad ya no me importa demasiado, porque sé que soy un baquiano excepcional, el mejor, el más grande, el que mejor escribe, el que menos queismos o dequeismos comete, el más talentoso y además un fornicador digno de una peli porno de Mario Salieri. ¡Lo tengo todo en la vida! Excepto mis poesías editadas y manteniéndose en el Top 10 de Fnac durante lustros. 
Para terminar, me gustaría hacerte partícipe de lo que un ser tan fascinante como yo puede llegar a sentir cuando el mundo exterior le niega las loas y en su lugar lo acoquinan con diatribas absurdas e inconsistentes. ¡Tenesmo existencial! Pero por fortuna entre mis incontables virtudes se encuentran la resistencia, la entereza, la energía, la resignación y la distensión abdominal. 
G

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Email del 12 de noviembre 2019

Henry Fuseli. The nightmare (1781)

 Antes de abrir la puerta sabía que era R. quien estaba al otro lado, pues su llamada es característica y jamás la cambia o renueva. Cuando le saludé noté algo extraño en su rostro, y aunque al principio no sabía de qué podía tratarse, pronto me di cuenta de que su sonrisa, semiflosculosa y flordelisada, era distinta a la que luce habitualmente, más epifragmática o lemniscada, y desde luego, menos connatural que la que le ocupaba la mayor parte del rostro.
—¡Greg! ¡Ayer definí un propósito!
—¿Cómo dices?
—Te lo juro. Ayer delimité un propósito. Un propósito de transformación personal.
—¿Quieres decir que llegaste a la conclusión de que debías cambiar como individuo?
—¡No, no, no! ¡Lo construí! ¡Con mis gpropias gmanos! ¡Estas manos fur… gfuertes que van a… a…
—¿Te encuentras bien, muchacho? Te noto muy raro.
—¿Tú también te has dado gcuenta, verdad?
—¡Sí, desde luego! ¡Siéntate en el sillón y cuéntamelo…!
—¡No! ¡En el sillón, no! ¡En el sillón, no! ¡Quiero gsentarme sobre el ordinario!
—¿El ordinario? ¿Qué cojones te has tomado, tío? ¡Siéntate en esta silla y…!
—¡No! ¡En el silla, no! ¡En el silla, no! ¡Quiero gsentarme sobre el ordinario de la Santa Misa! ¡Quiero gsentarme encima de Dios! ¿Greg, tú crees que estará blandito?
—¿Blandito?
—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
—Desconozco por completo si Dios está duro o blando, pero creo que voy a acompañarte al hospital ahora mismo…
—¡Quiero gsentarme sobre cada uno de los que gcomponen la asamblea plenaria del episcopado! ¡Y sobre… los glibros…! ¡Los libros litúrgicos! ¡Y sobre la transubstanciación! ¡Y encima de la gggemoción! ¡La emoción de un niño que huele por primera vez una alpargata vieja! ¡Y los opérculos! ¡Los gpeces tienen opérculos! ¡Mi gsuegra también…! ¡Esa maldita fille de joie! ¡No, nunca volveré a gdesistir! ¡nunca volve… gvolveré a…
 En ese instante sus 90 kilos de carne, imbecilidad y lloriqueos aberrados se derrumbaron sobre el suelo emitiendo un ruido que me recordó al que produce un muslo fósil de quetzalcoatlus cuando lo arrojas sobre un conventículo no programado. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue descuartizarlo, empujar sus trozos por el balcón y atrincherarme en casa cuando viniera la policía, pero después de pensarlo con cierta racionalidad decidí que lo mejor que se podía hacer en estos casos era despertarme de la alucinación enfermiza en que se había convertido el sueño.

 Y desperté. Eran las cuatro de la mañana. La sábana bajera estaba tan mojada como una larva de rana y el edredón descansaba hecho un guiñapo sobre el parqué. Me levanté como pude, recogí el cobertor y lo deposité encima de la cama. Mientras intentaba pensar en si era preferible ponerme a hacer cosas o volver al catre -y con un poco de suerte a otro sueño mucho menos espeluznante- noté que estaba empalmado. Decidí desempalmarme y para ello usé una revista guarra antigua y mi mano diestra. Cuando me dirigía al aseo a lavarme algo se introdujo dentro de mí por una narina. En menos de 10 minutos esa cosa me transformó en una cazuela casi llena. De repente, volví a despertarme. Y unos pocos minutos más tarde me desperté de nuevo. Y media hora después me redesperté. Y nuevamente me desperté y redesperté en siete ocasiones. A la octava, comprendí todo y decidí que jamás en mi jodida vida volvería a cenar en un restaurante nigeriano.

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Email del 11 de noviembre 2019

Antonello da Messina. St. Gregory (1472)

Hola:

¿Sabes quién era Gori? Yo, mucho antes antes de convertirme en Greg y algunos años después de ser Grego. Sin embargo, entre Gori y Greg hubo un Gregory. Y entre Grego y Greg algunos me llamaron Goyo, aunque este hipocorístico duró bastante poco. Si todo sale como tengo pensado, dentro de dos o tres días enterraré a Gregory y renaceré como Gregorio, que es el nombre con el cual fui inscrito en el registro civil de nacimiento. Hubiera preferido que me registraran como Orson, pero mi padre y mi abuelo, ambos Gregorios de tercera y segunda clase respectivamente y narcicistas pasivo-agresivos, se empeñaron.

Pero no te lleves a engaño, aunque aborrezco tanto mi nombre como a algunos de mis ascendientes (y esto ya te lo he repetido por activa, por pasiva y por perifrástica en un montón de ocasiones), todavía creo que puedo llegar a convertirme en uno de los mejores Gregorios de la historia. ¡O quizá en uno de los peores! Hasta donde llegan mis conocimientos en bondad y maldad, nadie ha inventado todavía un aparato que mida los niveles de necesidad de ambas, digamos, categorías, por lo tanto es tan lícito matar como salvar. Claro que si matas y te pillan acabas violado en una celda, pero si por el contrario salvas y el auxiliado no se lo cuenta a nadie, terminas creyendo que cometiste una gran estupidez.

Por esa razón mi planteamiento es muy simple: si no quieres contribuir a alimentar el paradigma, y con ello me refiero al puto Yin y al jodido Yan, lo mejor es no salir nunca de casa, y si es posible incluso de una habitación. La comida, la bebida y las revistas (Pronto, Lecturas, Hola) pueden ser encargadas a un esclavo que por un precio acordado se haga cargo de todo. ¡Incluso de vaciar e higienizar los orinales! Porque solo no existiendo se existe. Y no conozco mejor manera de no existir existiendo, que existir sin dar a entender al mundo exterior que realmente existes.

Cuando dentro de unos minutos me encierre para no volver a salir jamás, habré llegado a ser lo que realmente quiero ser, un Gregorio parcial y, sobre todo, la primera persona de la historia de la humanidad que, en su sano juicio, ha reivindicado la soledad extrema como única manera de erradicar las náuseas que provoca pertenecer a una sociedad donde cualquier hecho o acción termina formando parte (inevitablemente) de las dos fuerzas opuestas de las que te hablé en el segundo y tercer párrafo.

Greg el Estilita​.

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