Email del 29 de noviembre 2019
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| Edvard Munch. Couple on the Shore (1907) |
Querida:
Francisco Isco estiró el cuello para desajustar las cervicales que desde hacía media hora le causaban una rigidez insoportable. Luego Francisco Isco estiró la pierna derecha, que desde el desajuste de las cervicales, media hora antes, le causaba rigidez también, aunque en ese instante le pareció más una tirantez que una rigidez. No pasó ni una hora cuando Francisco Isco tuvo que masajearse una parte del cuerpo que generalmente nunca se pone rígida a partir de los 70 años, y que él estimaba en demasía aunque jamás le había funcionado bien. Pasadas las cuatro de la tarde, mientras Francisco Isco estaba enfrascado ojeando un catálogo de refrigeradores mortuorios, la luz que entraba por la ventana sintió que ya estaba harta de tener que entrar al interior desde el exterior y decidió que a partir de ese instante siempre saldría del interior hacia el exterior. Por supuesto a Francisco Isco, ese cambio no autorizado se la refanfinfló en ese instante. El problema era que siempre que algo se la refanfinflaba, automáticamente acababa con una o varias partes de su cuerpo absolutamente rígidas. ¡Y es lo que sucedió! En un instante se le paralizó la nariz y un pezón, el izquierdo. Cuando intentó frotarse la nariz, esta pronto volvió a destensarse, sin embargo por más que friccionaba su pezón, este no volvía a su consistencia flexible anterior. Después de varios intentos por otorgar la maleabilidad necesaria para que el pezón dejara de parecer un minicono del pleistoceno, Francisco Isco se dirigió a la nevera, aunque no la abrió porque de repente dejó de recordar para qué diantres se había dirigido a la nevera, pero se fijó en que la puerta de la cocina estaba abierta y no intentó cerrarla. Si la cerraba se quedaría dentro de la cocina y él deseaba volver al comedor para continuar con sus ajustes antiagarrotamiento.
Magdalena Lena intentaba pelar un huevo fresco con las manos, cuando sonó el teléfono. Era su novio Francisco Isco. La conversación duró cuatro minutos. Todas sus conversaciones telefónicas duraban lo mismo. En esos cuatro minutos Francisco Isco tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para resumir sus rigideces en tan poco tiempo. Un minuto son 60 segundos. Dos minutos son 120 segundos. Tres minutos son 180 segundos. Cuatro minutos son 240 segundos. Cuando se despidió de Francisco Isco, Magdalena Lena llegó a la conclusión de que a partir de ese instante ya no volvería a ser Magdalena Lena, sino Lena Magdalena. Quizá por esa razón volvió a ponerse en contacto con Francisco Isco vía telefónica. Necesitaba contarle su cambio a alguien y no se le ocurría otro que su amor tirante, rígido y con tendencias ajustables. Francisco Isco descolgó el teléfono y al escuchar la voz de su novia pensó que tal vez se había olvidado de contarle alguna rigidez en la llamada anterior, por lo que volvió a relatarle todas sus rigideces de ese día y, de paso, las de la jornada anterior. Un minuto son 60 segundos. Dos minutos son 120 segundos. Tres minutos son 180 segundos. Cuatro minutos son 240 segundos. Lena Magdalena, enfadada por no haber podido expresarse, colgó el auricular con tanta fuerza que la L de Lena saltó directamente de su lugar hasta la A final. Magdalena Lena, más tarde llamada Lena Magdalena, se convirtió en Ena Magdalenal.
¡Amiga!, perdona que interrumpa tan de sopetón la historia de esta parejita tan peculiar, pero hoy es el Black friday en la condonería de la esquina y necesito comprar profilácticos para jugar a los globitos rellenos de agua. Podría dirigirme a la globería más cercana, pero los preservativos aguantan mucho más antes de llegar al punto crítico de ruptura.
Greg, el hidalgo de los blogs.
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