febrero 2020

Email del 13 de febrero 2020

Rogier van der Weyden. Demons tortures a sinner (XIV-XV cent.)

Hola:

Cada manchita que camina por la calle es una persona. Lo sé porque cuando me pongo las gafas dejan de ser ONIS, es decir, objetos no identificados y se convierten en individuos pertenecientes a la especie humana. En algunas ocasiones, en lugar de ponerme las lentes, me pongo una capucha medieval o un gorro renacentista, por lo que sigo sin distinguir si esas manchitas son personas o miodesopsias oculares, pero me siento muchísimo más exótico, y por lo tanto, extraordinariamente realizado. Sin embargo cuando me tapo los ojos con las manos, exceptuando algunos fosfenos más o menos desperdigados, no veo una jodida mierda. Eso me cabrea, y cada vez que me enfado acabo dejando de seguir a 300 o 400 followers en Instagram. Por esa razón se me conoce en dicha red social como «el sulfurado extasiado», «the angry spanish anhedonic«, «l’espagnol en colère» o «злобный ангедонец«.

En algunos de esos momentos en los que llevo las gafas o incluso las lentes de contacto puestas, y sé que cada manchita pertenece a un tipo, una tipa, o una mezcla indeterminada de ambos, siento unas terribles ganas de apretar el botón que me regaló la Virgen Tarzana de los Homo sapiens en una de sus repentinas apariciones tarzanianas. La Virgen me aseguró que si en alguna ocasión decidía apretarlo, el planeta se resquebrajaría como una pantaleta provocando la caída de todos sus habitantes a lo que ella denominó «el abismo sulfúreo de Asmodeo». Si no lo he apretado de momento ha sido porque el adjetivo indefinido «todos» implica que yo también. Y yo no estoy preparado para caer sobre una especie de fosa surgida gracias a un colosal resquebrajamiento sistematizado. Ojalá volviera a aparecerse la Virgen Tarzana de los monos, quiero decir, de los Homo sapiens, y me permitiese cambiar ese botón por otro en el que se me excluyera a mí del total aniquilamiento.

Me duele la cabeza. Supongo que es un efecto secundario de la maldad. ¡También me duele el estómago, el hígado y el páncreas! Sospecho que son los efectos colaterales. ¡La perversidad es una cualidad! ¡También es un don! Pero cuando hablo de maldad no me refiero a la de los hermanos Malasombra de Los Chiripitifláuticos, sino a la verdadera iniquidad. Esa fuerza psíquica, y de alguna forma espiritual, que nos convierte en extasiados andantes y que alegra cada uno de nuestros días y nuestras noches. ¡Mejor nuestras noches! Ser vil implica un desprecio tan sumamente exquisito que no está al alcance de todos. Puedes llegar a matar. A matar y descuartizar. A matar, descuartizar y comerte las porciones, pero nunca llegarás a ser tan maligno y depravado como… como ese número bastante apreciable de manchitas que caminan por las calles. Nuestras calles. Aunque también son sus calles. ¿Lo recuerdas?

Abigor López

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Email del 10 de febrero 2020

Jacek Yerka. Chisel landscape (XX cent.)

Queridísima amiga:

Las diferencias entre Cinceles de platino, Buriles de oro y Punzones de plata, mis tres primeras novelas, son realmente apreciables. Sin embargo creo que a ninguna de ellas se las podría considerar como algo más que simplemente correctas. En la primera, el protagonista pierde un brazo mientras trata de dar de comer a un hipopótamo durante un viaje de placer por África; en la segunda pierde una pierna cuando un rickshaw descontrolado lo atropella en New Delhi durante un viaje de negocios, y en la tercera pierde la vida cuando le implosiona una axila durante una inmersion a pulmón libre en una jornada de pesca submarina. En Cinceles de platino, la mujer del protagonista no se cambia de ropa en las cerca de 1200 páginas, sin embargo en Buriles de oro se cambia cada dos páginas y en Punzones de plata se exhibe completamente desnuda durante toda la obra. Tanto Cinceles como Punzones carecen de un verdadero antagonista, por el contrario, en Buriles el rival del protagonista es una avellana de la variedad Filbert. Las dos primeras vendieron 24 y 15 ejemplares respectivamente y la tercera ni siquiera fue publicada.

Te cuento algo que ya sabes para ponerte en antecedentes, pues acabo de finalizar la última corrección de Escoplos de bronce, la última entrega de lo que he terminado llamando El cuarteto de las herramientas manuales. En este volumen, el hijo del personaje principal fallecido en la tercera parte es detenido en Oslo por pronunciar mal la palabra «nedbrytning» y es utvist fra landet por motivos lexicológicos. En cuanto a la madre, cansada de la desnudez que generosamente mostró en Punzones de plata, se contenta con aparecer en dos capítulos vestida de astronauta.

G

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Email del 9 de febrero 2020

Lopezius Perezius. Greg tocando la flauta (1910)

Amiga:

¿Qué es el amor? ¿Qué es la bromhidrosis? ¿Y la flogosis? ¿Y la esteatosis? ¿Y la ptosis? ¿Cómo nos perjudica haber nacido tras un parto vaginal asistido con fórceps? En realidad ninguna pregunta es demasiado importante salvo… ¿habrá 72 vírgenes desnudas o por lo menos en negligé esperándome cuando muera? Una vez conocí a un tipo que… ¡bueno!, la verdad es que he conocido un gran número de tipos y tipas en mis 58 años de vida, pero entre ese gran número de sujetos de ambos sexos, hubo uno que destacó por encima del resto. Se llamaba Guillermo Ternera, aunque yo lo llamaba Guillermuuuuuuu. Este individuo, de aspecto tosco y amargado, era «en sí» mismo y «para sí» mismo la reencarnación metensomatósica del podiatra (no confundir con pediatra) y difidente sensista, sofista y concienciadamente iusnaturalista, que trataba los helomas de los pies del gran existencialista humanista, Jean-Paul Sartre.

Por lo menos eso es lo que trataba por todos los medios que creyésemos todos. Claro que yo, un genio literario receloso de cualquier cosa o hecho que no tuviese que ver conmigo, con «mí» o con «mío», no podía tolerar que su desequilibrio fuera más interesante que mi inestabilidad. Por esa razón, y aprovechando mi maestría preparando tortillas, le invité con el propósito de que probara mi última creación, la tortilla de patata eudemonista aristoteliana. Por supuesto, mi propósito era inocular en su ración 20 centilitros de picosulfato de sodio, el componente primordial del laxante Evacuol. Y así lo hice. Cuando se marchó y cerré la puerta, dos horas y media más tarde, me entró un ataque de risa tan irracional e inhumano que me sentí redimido, emancipado y liberado por primera vez en mi vida. Para festejarlo abrí una botella de champagne (escribo champagne porque lo compré en Château-Thierry) y me la bebí mientras imaginaba lo que le sucedería en unas pocas horas al altivo, pedante y engreído Gillermuuuuuuu.

Sin embargo nunca llegué a saberlo, pues justo tres horas después de haberme acabado la botella, o mejor dicho, el contenido gabacho de la botella, fui abducido por dos extraterrestres llamados Sinhalín y Sinhalin (uno con tilde y el otro sin ella) que me llevaron al planeta Sinhalyn (con i griega o ye) y me convirtieron en su ama de llaves durante 75000 años sinhalineses (35 años terrestres).

G

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Email del 8 de febrero 2020

Rene Magritte. Philosopher’s lamp (1936)

Querida:

El vocablo «chocho» es epistemológicamente anfibológico. Cada vez que le digo a alguien que me fascinan los chochos me responde que debería intentar comportarme de una manera menos soez. Sin embargo un chocho es la parte más comestible de un altramuz. Y a mi me encantan los altramuces remojados con sal. Los compro en Mercadona, en DIA y hasta en la frutería de la esquina regentada por un paquistaní punyabí. A veces me gustaría ser capaz de elucidar si un altramuz podría llegar a considerarse un alimento empírico o incluso trascendental. Y aunque en realidad mis palabras puedan parecer un paralogismo más o menos arbitrario, solo trato de vender mi último libro titulado Lupinus albus, compuesto por 560 postulados fitológicos.

Greg

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Email del 7 de febrero 2020

Vladimir Makovsky. Portrait of a man sitting on a park bench (1917)

Amiga:

Estoy sentado en un banco. Frente a mí se extiende un parque inmenso repleto de bancos. En cada uno de ellos hay un tipo sentado escribiendo en su tablet, tal y como lo hago yo. En ocasiones alguno se rasca la cabeza, pero generalmente están tan enfrascados tecleando sus pensamientos que ni siquiera son capaces de intentar algún movimiento. Me gustaría que alguien me trajera una Coca-Cola, aunque también me encantaría que se presentase ante mí la suerte, esa distinguida mamona que reniega de las súplicas y las apelaciones. Le echaría un tremendo rapapolvo, pues desde hace 58 años se niega a echarme una mano. ¡Si ella supiese que me conformaría con tan solo uno de sus innumerables pies!

Una araña se ha dejado caer desde un árbol y ha aterrizado encima de una de mis manos. Trato de cogerla para devolverla al lugar al que pertenece, pero de repente me quedo inmovil. Una idea con forma de idea, pero de otra clase de idea no manufacturada directamente en una sesera humana se entromete entre el resto de representaciones mentales y esquematiza cada uno de los lugares a los que he pertenecido en alguna ocasión. El número resultante es tan pequeño que hasta algunos de los individuos sentados en los bancos más cercanos se levantan y se sientan en los bancos más lejanos. El problema es que en cada uno de los bancos más lejanos ya había un individuo sentado. Mientras contemplo los bancos vacíos, siento una especie de aguijonazo en el dorso de la mano. La araña se despide de mí y con una majestuosidad extraterrestre, se deja llevar por la brisa amarillenta y aterriza encima de la mano de uno de los individuos sentados en los bancos situados en la zona de carga y descarga.

Algunos niños juegan en los columpios. Algunos perros se restriegan sobre el cesped. Algunos pájaros, sobre todo mirlos, se roban las lombrices los unos a los otros con total descaro. Algunos ancianos se sientan en los bancos desalojados unos instantes antes. Algunos niños roban las lombrices del pico de los mirlos. Algunos perros intentan subir a los columpios. Algunos pájaros se restriegan sobre el cesped. Algunos ancianos fallecen en los bancos. Algunos tipos dejan sus tablets sobre los bancos y registran los bolsillos de los ancianos muertos. Algunos perros agarran con sus fauces las tablets abandonadas. Algunos mirlos se deslizan por los toboganes. Algunas lombrices se hacen las muertas. Algunos perros se roban las tablets los unos a los otros con total descaro. Algunos pájaros dan la voz de alarma. ¡Se acerca un gato! Todos conocen a ese minino. Su dueño jugaba en los columpios cuando era un chaval. Ahora es muy viejo y no puede andar. Tampoco puede morir. El gato se sienta en lo alto del columpio mientras los perros desaparecen dejando las tablets mordisqueadas y empapadas de saliva sobre el cesped. Algunas lombrices se suben a ellas.

Estoy sentado en un banco. Nunca he llegado a comprender por qué se denomina banco a un asiento. Podría llamarse fruasfruasfruas. Si fuera así, yo ahora estaría sentado en un fruasfruasfruas y frente a mí se extendería un parque inmenso repleto de fruasfruasfruases.

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Email del 6 de febrero 2020

Shibata Zeshin. Rats (1890)

Un caso de El churrero castañero ambulante García Pérez soñado por su autor y que no pertenece al ciclo.

Como deseaba que mi sueño tuviese una dimensión trágica al estilo de Lope de Vega, me pasé desde las seis de la tarde hasta que me dormí leyendo El castigo sin venganza. ¿El resultado? Bueno, desde luego dimensión trágica no le faltó, aunque la verdad es que esperaba otra cosa. Supongo que siempre espero demasido de todo. El sueño empezó con una vorágine de colores que bailoteaban sin fondo musical. De repente por el lado superior izquierdo entraba una mota negra que desplazaba sin problemas a los colores danzantes. Cuando la partícula oscura se veía completamente sola empezaba a crecer hasta ocupar todo el encuadre. Durante un buen rato el sueño fue tan negro como el futuro de la raza humana. Hasta que debido a un zoom de alejamiento el negro se transformó en un cuerpo inerte vestido de oscuro de arriba a abajo que yacía sobre el suelo. A su lado una cama deshecha y un armario barato completaban la puesta en escena. Se comenzaban a escuchar voces lejanas que pronto dieron paso a dos personas que entraban en el recuadro. Una iba vestido de picoleto y el otro con un enorme abrigo tres cuartos con el que solo enseñaba parte de la cabeza y las manos.
—Sar-gen-to Bandarra, perdón, Andarra. ¿Cómo se llamaba el finado? Parece que lleva mu-er-to un par de días, por lo me-nos…
—Señor García Pérez, efectivamente, el forense cree que lo asesinaron hace tres días. Se llamaba Gregorio López Pérez y trabajaba como escritor para una pequeña editorial dedicada en exclusiva a la literatura de detectives, homicidios y esas cosas.
—Sargento, ¿qué es esa ma-te-ria pringosa que lleva en la ca-be-za?
—¡Es jamón de York! Lo asesinaron a base de golpes con innumerables lonchas de jamón. Parece ser que antes lo ataron de pies y manos y cuando no pudo defenderse fue atizado repetidamente con las lonchas. Cuando estas se deshacían el asesino o asesinos cogían otra, y otra, y otra, y otra…
—¡Y otra! Ya me lo i-ma-gi-no. Es horrible. Me re-cuer-da a la época en que fui chu-rre-ro castañero.
—Lo que todavía no sabemos es la razón de escoger jamón cocido para acabar con su vida.
—¡Igual de-bía dinero a un char-cu-te-ro.
—Es posible, pero si así fuera, ¿por qué no lo apaleó con un jamón serrano o de bellota entero? Por cierto, ¿qué tiene que ver su antigua profesión con el jamón dulce?
—El local contiguo a mi es-ta-ble-ci-mien-to era una charcutería. Todos los días el char-cu-te-ro en jefe y la charcutera becaria, que también era su hija, dis-cu-tían a voz en grito y se lanzaban casquería a los rostros.
—Entiendo. ¡Espere! ¡Espere! La vista me gasta bromas pesadas. Por un momento creí que el cadáver movía una mano…
—Sar-gen-to Andarra, creo que ayer vio Frankenstein por el canal TCM. Yo también lo vi.
—Sí, debe ser eso. ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Mire su pantalón!
—¡Hos-tia puta! ¿Está te-nien-do una erección?
—¡Sí! ¡El muerto se está empalmando! ¡Se está empalmando! Señor Pérez Gárcía, desempálmelo, por favor!
—¿Cómo quiere que lo de-sem-pal-me, sargento? ¡Há-ga-lo usted que es la autoridad com-pe-ten-te! ¡Yo solo soy una especie de a-gre-ga-do!
—¡Tranquilicémonos! No puede ser una erección… ¡Mire! ¡Algo sale por la pernera del pantalón! ¡Por Dios! ¡Es una arbellonera rata! Era una arbellonera rata la que estaba hurgando por su…! ¡No era una erección!
—Será una rata ar-be-llo-ne-ra, ¿no? Tengo que con-fe-sar-le que estaba a punto de te-ner un ataque de pá-ni-co.
—¡Era una arbellonera rata! ¡Era una arbellonera rata! ¡Creo que me he cagado encima de miedo! ¡Una puta arbellonera rata!
—¿No cree que es mejor decir una rata ar-be-llo-ne-ra?
—Eso digo, una arbellonera rata del demonio. ¡Maldito roedor! Casi me peta la patata!
—Si lo pien-sa bien, era to-tal-men-te lógico. Los muertos no pue-den tener erecciones. ¡Y un número con-si-de-ra-ble de vivos tampoco!
—¿Sabe, señor Pérez García, lo que va de maravilla para que el cipote se ponga tan duro como la lonsdaleíta?
—¡Es García Pérez! ¡Mire, sar-gen-to! La rata vuelve. Es-pe-re, voy a asustarla. ¡Eh, rataaaa. Fueraaaaa! Ah, parece que vuelve a lar-gar-se.
—¡Todas las arbelloneras ratas son asquerosas!
—Sar-gen-to Bandarra, Andarra, mire, parece que llegan sus hombres.
—¡Ni una palabra acerca de la arbellonera rata ni del miedo que hemos pasado!

A partir de este punto el sueño se volvió bastante confuso. Recuerdo imágenes extrañas, como la de una ladilla con el cabello por los hombros interpretando el hit de 1969 titulado El abuelo Victor mientras un público entusiasmado de anopluros la vitoreaba. Nada más levantarme me pegué un lingotazo de dientes y me lave el orujo. Mientras me los cepillaba pensé en la arbellonera rata y en el muerto. ¡Era yo! El muerto, no la arbellonera rata. ¿Podía tratarse de un sueño premonitorio? ¿Estaba gastando los últimos instantes como ser vivo? ¿Debería seguir bebiendo orujo durante el resto del día y de la semana?

Email del 6 de febrero 2020 Leer más »

Email del 4 de febrero 2020

Ray Smith. Portada del álbum «Legend» de Henry Cow (1973)

Querida:

Mi experiencia consuetudinaria con los calcetines baratos, ya sabes, esos que dejan los pies engalanados de hebras y cordoncillos, va encaminada hacia un desenlace abrupto. Sin embargo, aunque pueda parecer que pondero parte de mi entusiasmo por los probables cambios ulteriores, en realidad siento una especie de pesadumbre decididamente reveladora. Pero antes de continuar divagando emocionalmente sobre esos entes prácticos y discretos que nos cubren los tobillos y parte de las piernas, me gustaría dejar claro que aunque durante la mayor parte de mi existencia siempre me decanté por los modelos con estampados de fantasía, confeccionados principalmente en punto de algodón y acabados en canalé, la verdad es que nunca tuve ocasión de lucirlos delante de la muchedumbre. Por esa razón, de un tiempo a esta parte he sustituido los pantalones por kilts escoceses fabricados en Yiwu (China).

Como sabrás, los calcetines fueron inventados hace unos 150.000 años por un tal Hokk Ubai Sansan, claro que entonces no eran más que un par de hojas no demasiado secas que se enrollaban alrededor de los pies y se ataban con hilos, tripas de animales o cualquier cosa que sirviera para el propósito y se tuviera cerca. En realidad se cree que el verdadero inventor fue el padre de Hokk, Fraaah Ubai Sansan, que falleció el día que descubrió que para que las hojas no se desprendiesen de los pies al caminar, dar puntapiés o hacer el pino, había que sujetarlas, como he dicho antes, con cualquier cosa que se tuviera a mano. El problema es que Fraaah en aquel instante solo tenía a mano un cocodrilo de cuatro metros, por lo que terminó siendo devorado y su innovadora idea retomada años después por su retoño.

Sea o no verídica la historia de Hokk, estarás de acuerdo en que gracias a los calcetines y sus primas hermanas, las calcetas y las medias, la civilización ha pasado del oscurantismo más coercitivo a la erudición más trashumante. Y si no, date una vuelta un día por la sección de ropa de Alcampo y sabrás a qué diantres me refiero.

Greg Ubai Sansan

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Email del 3 de febrero 2020

Daniel R Drew. A porn guy (2009)

Textos inconclusos sobre personajes de mi barrio (o la vagancia del escribidor inepto). Texto número 4: Goyo

Goyo fue un insultador profesional durante muchos años y proporcionó pesadillas y desasosiegos emocionales a un montón de imbéciles durante ese tiempo. En honor a la verdad se convirtió en injuriador por pura casualidad. Nunca quiso ser un tipo ofensivo, si bien es cierto que cada vez que enviaba a uno o dos badulaques a la mierda sentía una o dos erecciones psicógenas. Cuando mandaba al carajo a un grupo de estúpidos o infranormales sus tiesuras se asemejaban a un gran bosque australiano de eucaliptos de la especie regnans. Sin embargo creo firmemente que ningún papanatas es digno de ninguna clase de injuria. ¡A menos que el resultado de esa injuria lleve al ofensor a alguna parte! A él le llevó a convertirse en una estrella del cine para adultos. Quizá alguien recuerde su nombre artístico: Goyo 40,5. Goyo por su nombre verdadero, Gregorio y 40,5 por los centímetros de Felisindo.

Durante los 15 años que se dedicó al porno jamás tuvo un gatillazo, eso significa que nunca tuvo que tragarse ninguna clase de comprimido cuyo componente fundamental fuera el sildenafilo o el tadalafilo. Pero no es que fuera un superhombre, pues no creo que ningún tipejo esté libre de unos cuántos fracasos, simplemente…. bueno, la verdad es que Goyo tenía un secretito.

Las horas anteriores a cada rodaje se aproximaba al imbécil más cercano que encontraba y lo ponía a caldo. Eso le permitía acercarse al set con un empalme que dejaba boquiabiertos tanto a las actrices como a los actores o el equipo técnico. En una ocasión tuvo que penetrar a 347 mujeres seguidas para batir un record continental, y no solo lo consiguió, sino que una vez finalizada la sesión tuvo que largarse a toda prisa a un prostíbulo de lujo para saciar el apetito de Felisindo, que es como bautizaron a su minga algunos de los exdirectores y exdirectoras de castings.

En 1986 se retiró definitivamente de la industria pornográfica, pues un productor húngaro con pocos escrúpulos y que padecía un tumor desmoide mesentérico quería obligarle a que se pasase a la zoofilia y se follara a un pez abisal. Pero por favor, entendedme bien, eso no quiere decir que Goyo ya no utilice a los anormales e infrahumanos para conseguir sus preciadas erecciones. Sin ir más lejos, el mes pasado conoció a siete hermanas mellizas prematuras que festejaban su 79 cumpleaños…

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Email del 1 de febrero 2020

Vincent van Gogh. The Town Hall at Auvers (1890)

Qué aspecto tiene un apremio y qué cosas se pueden hacer con él.

Si estudiamos con detenimiento una notificación de providencia de embargo y reflexionamos sobre ella, saltará a la vista que su cuerpo está construido sobre papel de ínfima calidad y adornado con una retahíla de locuciones absurdas e ininteligibles, editadas e impresas a toda prisa con el único propósito de hacer el mayor daño posible. Pero si nos hacemos con un microscopio y observamos aumentados cada uno de los vocablos que lo componen, llegaremos a una conclusión poco o nada satisfactoria que terminará inevitablemente por amargarnos un número indeterminado de jornadas. Por esa razón, estoy convencido de que lo mejor es no tener posesiones a nombre propio. Ni siquiera una jofaina o un cantarillo.

Pedro Barroso era atador de manojos, una profesión que le llenaba emocionalmente. Una tarde de abril, mientras se cortaba las uñas de los pies con la boca, recibió una carta urgente adornada graciosamente con el matasellos del ayuntamiento. Cuando la abrió y comenzó a leerla reparó en que la uña del dedo hallux del pie derecho no estaba correctamente mordisqueada, así que dejó la circular encima de una de las baldosas menos dañadas estructuralmente e intentó tarascar los salientes córneos que afeaban el trajín adecentativo. Una vez se dio cuenta de que el acabado era de primera categoría volvió a asir el requerimiento e intentó leerlo. Tras estrujarse la chola y rascarse varias veces la zona inguinal con la mano izquierda, no reparó en que la dichosa nota, en complicadísimas palabras, venía a decir que si en un plazo de cinco días laborables no abonaba los 25.7 euros que debía por la compra a plazos de una canastilla bordada personalizada le embargarían el chamizo, los útiles de trabajo y a Chinchina, su rucha amaestrada.

Lo primero que se le pasó a Pedro Barroso por la cabeza fue tirarse un pedo. Siempre que no comprendía algo acababa con su malestar intelectual por medio de una serie corta de ventosidades bastante ruidosas. En una ocasión el estruendo de una flatulencia destrozó el techo de ramas variadas de su choza, lo que se tradujo en cerca de dos meses de duro esfuerzo para arreglar los desperfectos y dejar el tejado totalmente funcional. Esta vez, Pedro se taponó el trasero con la mano izquierda, que es la que usaba para las acciones más banales y el estrépito, salvo asustar a un par de cuervos que volaron hacia el oeste, pasó completamente inadvertido.

El día transcurrió como solían pasar los días, y a medianoche Pedro se acostó en el jergón y se sumió en lo que podría denominarse unos naturales, sin azúcar añadidos y dulces sueños. Por la mañana, mientras desayunaba junto a Chinchina, Pedro barroso volvió a leer la notificación de embargo y siguió sin comprender gran cosa. Chinchina a su lado, relinchaba «Equus» una canción de éxito entre los animales de granja pertenecientes al susodicho género y el día terminó con una maravillosa puesta de sol radiante y no demasiado peculiar.

Pasaron 45 años. Chinchina había muerto y Pedro era un anciano apergaminado. Mientras trataba de dilucidar por enésima vez lo qué realmente quería decir la providencia de embargo sintió un dolor en el brazo izquierdo. Cayó al suelo y su cabeza cuadriforme fue a dar con la canastilla bordada personalizada y la rompió en siete trozos cuadrilongos. ¡De repente comprendió todo! La luz que entraba por uno de los agujeros de una de las paredes se transformó en un ángel de Dios tocado con ornamentos de oro y su alma, el alma de Pedro Barroso, ascendió verticalmente 35 kilómetros.

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