Nombre del autor:El despotricador anhedónico

Email del 10 de febrero 2024

Albrecht Dürer. Bat (1522)

Queridísima amiga:

Sería demasiado complicado tratar de explicar cómo me siento en estos momentos, además no tengo tiempo para sutilezas, pero intentaré que experimentes la angustia que recorre mi cuerpo y se parapeta en mi cerebro, con el grito de 36 segundos que te adjunto en un archivo MP3, en este mismo email. Al final del terrible alarido toso un poco, y quizá eso puede restar dramatismo al documento sonoro, pero te aseguro que es un grito tan desgarrador como el de Munch. La única diferencia estriba en que el protagonista del cuadro de Edvard se encuentra en un puente y yo me encontraba en el aseo cuando inmortalicé mi desesperación. Pero no pienses que el chillido fue provocado por la astricción, simplemente lo grabé para aprovechar la reverberación del lugar y de esa manera dramatizar un poco más, lo que de por sí ya era (y es) increíblemente dramático.

Según el gilipollas de Otto Rank, tanto tú, como yo y el resto de zombis que habitan en el planeta, somos seres teológicos y no biológicos. Supongo que en aquella época era natural estar completamente hechizado por las palabras, no siempre lógicas, de un filósofo hoy bastante pasado de moda llamado Søren Kierkegaard, tipo al que admiro y sigo desde hace décadas. Y seguramente lo disfruto por el mero hecho de ser ateo y apóstata (yo, desde luego, no él). Pero me llena de sarpullidos la piel leer tanto a uno como a otro, cuando derivan cualquier hecho, acción, cosa o circunstancia a la jodida teología. No tienes ni idea las veces que me he cagado en esa maldita doctrina. Algunas de forma natural, otras con ayuda del picosulfato de sodio. Porque solo se puede creer en algún Dios, si se es un completo, ridículo e irrecuperable imbécil. Y que conste que no trato de insultar a los borregos que usan la religión como escape de todas sus mierdas (Nota: te adjunto también una hoja de Word repleta de insultos eclesiásticos para que veas la diferencia). Simplemente trato de que te queden claras algunas de las razones por las cuales soy incapaz de sonreír o creer que nuestro mundo es el mejor mundo posible. El mejor mundo posible sería uno donde los badulaques y los creyentes solo fueran ficción.

A veces, sobre todo cuando no he escuchado ninguna memez en dos o tres días, siento que todo lo que somos, conocemos y parecemos es una obra maestra de la creación biológica, pero en cuanto el primer gilipollas se cruza en mi camino y me demuestra de una manera brutal la realidad, veo claro mi futuro y siento unos terribles deseos de correr hasta la ferretería más cercana para comprar unos cuantos metros de soga que puedan ser transformados fácilmente en corbata de diseño. Incluso podría montar una empresa…

Corbatas de soga López Pérez.
– Alta calidad gracias a la materia prima y la fabricación propia.
– Más de 30 diseños de corbatas a disposición de nuestros clientes más atormentados.
– Sogas personalizadas.
– Materialización de sus propios diseños.
– Producción bajo sus instrucciones de sus corbatas de soga a medida.
– Con la etiqueta tejida (Brandlabel).
– Presentación: estuche de cartulina o madera.
– Hasta un 30% de descuentos a las cofradías, archicofradías, congregaciones y hermandades.

Fuera, es decir, en el exterior, caminan las personas, pero también viven los murciélagos. Francamente, si me dieras a elegir, me quedaría con los quirópteros. Si no me dieras a elegir, también. No es que piense que un murciélago es superior a un humano, es que estoy totalmente convencido. La prueba la tienes en la cantidad de millones de años que existe la primera especie. Tú eres mi amiga y te quiero un montón porque tu cara me recuerda a la de un Myotis daubentonii. Si tu rostro me recordara a el de un Homo sapiens, seguramente ni te dirigiría la palabra.

Greg

P.D.:
Creo que he tratado verdaderamente mal a los religiosos y a las religiones, quizá por eso siento remordimientos. Tantos remordimientos como el que pisa a una asquerosa cucaracha.


Email del 10 de febrero 2024 Leer más »

Email del 8 de febrero 2024

Kristoffer Zetterstrand. Match (2009)

Querida:

¿Qué es lo que estoy haciendo? O mejor dicho, ¿qué se supone que debería hacer? Quiero decir, con mi vida. En una reencarnación anterior fui greguesquero, ya sabes, exportaba y vendía y, aunque no te lo creas, fui el principal causante de la denominada «debacle de los greguescos de 1687», hecho que sumió a parte del territorio hoy conocido como Europa occidental, en una especie de depresión general que originó que la evolución natural de los alfayates y costureros se bloquease durante aproximadamente diez minutos. Por lo menos eso me confesó una vidente a la que llamaban «la ajumada del barranco de Otonel» hace un par de décadas. Pero pensar que hace cuatrocientos años y pico fui un hijo de puta con éxito, no me impide llegar a la terrible conclusión de que actualmente no solo desconozco por completo lo que es el éxito, sino que ni siquiera soy un hijo de puta.

Recuerdo una orden que me dio mi abuelo Maximino, también conocido como el Tajadera, pocos meses después de fallecer: «Gregorio, tráeme un cojín». Lo que no soy capaz de recordar es si le llevé o no el cojín a la tumba. En aquella época yo robaba lápidas de mármol y las convertía en preciosas encimeras, por lo que pasaba una cantidad considerable de tiempo en los cementerios. Quizá por esa razón mi memoria no es capaz de llegar a alguna conclusión. Seguramente se lo llevaría, pues nunca más volvió a pedirme otro cojín, aunque cuatro años más tarde me rogó que exhumara su cadáver y lo acercara a su mancebía favorita, cosa que hice, naturalmente. Por supuesto yo acabé en la cárcel dos años, el prostíbulo fue clausurado y los despojos de mi abuelo regresaron a su féretro con cierta pompa y casi ninguna circunstancia.

Supongo que algún día creceré como persona. Y al crecer dejaré de suponer. Pero también podría menguar y convertirme en lo que siempre he ansiado: un perfecto hijo de la gran puta. Entonces supondría y volvería a suponer una y otra vez, así hasta llegar a un punto en que cualquier consideración no relativa a la conjetura o a la simple sospecha, quedaría automáticamente relegada a un mero accidente asocial. Quizá de esa manera me sentiría libre de organizar mi nuevo rol sin atender a razones interesadas o justificaciones contradictorias. En resumidas cuentas: me convertiría en un sangrador emocional, asexuado, depravado e insensible y, aunque lejos -todavía- del epíteto «Hijo de puta», significaría que he mejorado gracias al extenuante entrenamiento y que camino en la dirección correcta.

Gregory Yo

Email del 8 de febrero 2024 Leer más »

Email del 7 de febrero 2024

Max Kurzweil. Despair (1910)

Querida:

En ocasiones, me doy cuenta directa e irónicamente de que todo en lo que, de alguna forma, estoy implicado o simplemente depende de mis criterios fundamentales, no es más que una especie de imagen especular creada con el único propósito de indizar cada uno de esos determinados instantes. Y aunque en el primer termino de esas representaciones siempre aparezca una mancha caliginosa con aspecto desagradablemente freudiano que se supone me representa, no puedo dejar de sentir un escalofrío recorriéndome la columna vertebral, pues cada uno de los pretendidos píxeles que conforman esos detestables y ridículos desdibujamientos están marcados con una referencia con forma o apariencia de cifra. ¡Soy un maldito guarismo! ¿Debería responder por cada dígito numérico? Quizá, aunque estoy convencido de que todo se reduce a una simple y fundamental carencia de objetivos, a una rendición incondicional o un pogromo del que formo parte, seguramente sin proponérmelo realmente. Podría intentar desembarazarme del sudario de crinolina que me aprisiona, hacer un agujero en el ataúd de cartatextiel con los puños y no volver a preocuparme de los queloides formados en los nudillos. Pero también podría tratar de darme cuenta de que ese mysterium tremendum et fascinosum que me impide comportarme como un jodido mono erguido repleto de corpúsculos absurdos, ilógicos e irracionales, no es otra cosa que eso que algunos llaman anormalidad revolucionaria, que tanto dolor causa y que no sirve absolutamente para nada. Si realmente soy tan inteligente como he creído durante todos estos años, debería haberme convertido en buscona profesional hace algunas décadas (o por lo menos en macarra profano).

La totalidad de la estupidez humana se manifiesta en la sumisión masoquista ante cada una de esas figuras que representan a un Dios absoluto, omnipotente y vindicativo. Solo tenemos que identificarnos con algo similar al punto más bajo y con menos retorno existente para sentir que el poder y la gloria de esa especie de Mierda Suprema está a nuestro lado y se alimenta de nuestros espíritus. Y mientras ese culto cruel, caníbal y sanguinario predice nuestros días y maldice nuestras noches, una forma con apariencia de espectro enardecido y complejidad de helminto cilíndrico y alargado se apodera de nuestras contradicciones manipulándolas sádicamente. Y es en esa mistificación donde se produce el vínculo. ¡Sí, es un vínculo, aunque sin conexión empírica! No se me ocurre una forma comprensible de expresarlo, aunque cuando medito sobre esa trabazón, a menudo vienen a mi cabeza las imágenes de ese hombre sin rostro que rivaliza con el héroe protagonista de Nuits rouges, el fabuloso homenaje-parodia a Feuillade y la Gaumont.

La mente es sin duda el definitivo obstáculo (¿cuestión lógica?) que impide al ser humano comportarse como un verdadero ser humano. En lugar de respaldar los conceptos neurobiológicos que pretendidamente nos definen, preferimos seguir y respaldar líderes. Y mientras insistimos en horadar nuestra bajísima autoestima, nuestros destinos se corrompen. ¿Qué es lo que queremos ser? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar para ser lo que queremos ser? Una vez más, la respuesta a dicha cuestión es tan utópica como los sueños de la lechera de Samaniego. ¡El quid de la naturaleza humana es tan elemental y se deteriora tan rápido como un queso poco curado! Y créeme, entiendo un montón sobre la dinámica de la maduración y fermentación. No sé… Y me pregunto si consigo al menos legitimar adecuadamente mi desesperación.


Email del 7 de febrero 2024 Leer más »

Email del 5 de febrero 2024

Goya. Monje hablándole a una vieja (1824)

Querida amiga:

Todas las conversaciones, por muy interesantes que sean, siempre llegan a un punto en que hay que detenerlas, sobre todo, para que no se conviertan en un cúmulo de despropósitos y vacuidad a partes iguales. Personalmente, intento no mostrarme demasiado elocuente cuando el interlocutor es muy indeciso o no sabe bien cómo articular las frases, pero por el contrario, cuando de la boca de este surge un torrente logorreico de palabras perfumadas y congruentes, siento la necesidad de cortarle continuamente, quizá en un vano intento de que sienta que está perdiendo el tiempo intentando dar coherencia a su retórica. Porque lo que realmente me interesa de cualquier diálogo es transformar los conocimientos individuales, tanto del emisor como del receptor, en este caso yo, en cacofonía verborreica fácilmente olvidable. No me interesan los coloquios profundos ni las chácharas perdurables. No tengo el suficiente tiempo como para enamorarme de una conversación, a menos que esta invariablemente acabe en confusión, desorden y desconcierto.

Puedes pensar que esta forma de afasia inducida con la que me enfrento a cada intento de diálogo, no es más que una manera de zafarme de los problemas inherentes a la razón o a la sociabilidad. Pero después de tantos años perdidos escuchando palabras inconexas, desafortunadas y carentes de verdadero significado, he aprendido a no esperar demasiado de la inelocuencia disfrazada de elocuencia; de la falsa fluidez transformada en inexpresividad pueril; de las conexiones corrompidas que destruyen cada uno de los intentos de expresar algo, en definitiva, de mejorar nuestras vanas expresiones de gloria (humana) y desconcierto (animal).

Existen cerca de 7000 idiomas y dialectos, pero a la hora de exteriorizar las emociones, sólo los gruñidos tienen algún sentido. Han tenido que pasar 62 años para darme cuenta de mi ingenuidad infantil que pensaba que las palabras habían sido inventadas para engrandecer un peligroso defecto de la creación: el idealismo.


Email del 5 de febrero 2024 Leer más »

Email del 1 de febrero de 2024

Anselm Kiefer. Eisen-Steig (1986)

Cuando se justifica un pensamiento erróneo, no tanto como una motivación preconcebida, sino simplemente como una serie de realidades conscientes y exactas, estamos dejándonos maltratar por ese proxeneta denominado ego. Él idealiza lo que no es o no debiera ser y acaba transformándolo en un conjunto asimétrico de síes extraordinariamente peligrosos. Y son cada uno de esos síes manufacturados y deificados por la mano del dios de la anosognosia, que nos acarician suavemente mientras aplauden cada desviación, los que terminarán apuñalándonos. Lamentablemente, cuando eso suceda ya nos habremos convertido en una masa deforme repleta de pompas disparadas y casualidades modificadas.

En su forma más general, el egocentrismo desmesurado, unido a una especie de maldad adquirida, siempre puede diferenciar o elegir entre dos o más opciones. La cuestión no radica en la posibilidad, ni siquiera en la eventualidad o la aptitud, sino en esa vaga consideración que se tiene de uno mismo y la facilidad con que se puede representar un papel en una naturaleza irreal, escogida simplemente para otorgar un poder inexistente al lemniscate interior.

Muchas personas creen en sí mismas, porque creen que de esa forma justifican su propia concepción. Por el contrario, existen otras que están convencidas de que su propia concepción es omnímoda y que el resto de concepciones no son más que un instrumento, una herramienta puesta en sus manos para hacer patente la diferencia entre el sentido común y las respuestas pretenciosas y pueriles. Son ese último tipo de entidades vampíricas las que hacen que nada ruede hacia su destino, las que detienen o paralizan los devenires. Y contra esa clase de iniquidad concentrada no existen medicinas ni placebos, ni recapitulaciones ni soluciones. Conviven con nosotros para hacernos la existencia insoportable y, sobre todo, para recordarnos eternamente que todo es una pequeña parte de un Nada considerable y no una serie concatenada de apariencias desordenadas.

Enfrentado a estos hechos, un superviviente se verá forzado a sospechar que está contemplando una sociedad donde se valora más el juego que a los propios jugadores. Asumiendo que un participante sólo puede mover los peones conociendo las reglas de cada partida, ¿por qué razón debe callar cuando otros se comportan como fuleros? Quizá dependa del carácter, de la lógica y de algunas de sus circunstancias. Esto podría explicar por qué los hijos de puta, que carecen en cierto modo de carácter, de lógica, y que tienen completamente estructuradas sus circunstancias, se opongan a participar en cualquier juego cuando otro individuo de su misma calaña toma parte en el mismo lance.

La desagradable realidad es que cuando aumenta el número de probabilidades, disminuye virtualmente la cantidad de inversión equitativa. Y cuando la inversión equitativa y, la mayor parte de las veces, imparcial y asumida, compite en un terreno que depende por entero del tiempo, en un espacio predeterminado, con unas reglas adulteradas, y sin jueces que determinen cada movimiento, el resultado no puede ser otro que la privación, la pérdida y, por consiguiente, el verdadero y temido vacío.

P.D.:
Ayer volvió a incrustarse en mi sesera la intoxicación estultícica en forma de mantra que se ha repetido durante las tres o cuatro últimas décadas: «tengo que hacer algo con mi vida, coño». El problema es que a mi edad ya no estoy demasiado seguro de si realmente se podrá hacer algo con mi vida. Quizá sería más sensato seguir con esta vida sin hacer absolutamente nada. Supongo que ya no vale la pena continuar impetrando a san Bela Tarr y a san Alexandr Sokurov para que se apiaden de mí y me otorguen una solución aceptable. Sin embargo, como estoy totalmente convencido de que todo tiene una explicación (cuando la tiene, bien sûr), existe una mínima posibilidad de que en realidad todo sea una farsa ideada ex nihilo por mi meditabunda cabecita, o lo que se oculta dentro, para justificar la pérdida del control sobre los acontecimientos que conforman cada uno de los días y las noches. 

Últimamente, mi actividad como escribidor crapuloso, está tan estancada como mis ganas de seguir rodando. Cada día que pasa me siento más saturado con todo lo que me rodea, se cruza, me bordea, me circunvala, se dobla delante de mí o directamente se tuerce. Ya estoy harto de restañar y enchiquerar. Mis fuerzas atajadoras y contenedoras se encuentran totalmente obstaculizadas y mis ganas de soslayar yacen decumbentes en un catre formado de rastrojos y tachuelas a partes iguales. Ni siquiera sacar la cabeza por la ventana y gritar con todas mis fuerzas tranquiliza mis impulsos primarios, esos que codifican las órdenes de evanescencia. Quizá debería cortarme una oreja y obsequiársela a Dios, creador y señor de todo lo que existe y lo que parece que existe pero en realidad no existe, el problema es que desconozco sus apellidos y su última dirección. 


Email del 1 de febrero de 2024 Leer más »

Email del 25 de enero 2024

James Ensor, The Drunkards (1883)

Los casos de El churrero castañero García Pérez: El último caso.

——¡Señor García Pérez! ¡Parece un pirata! ¿Viene de una fiesta?

Quien así hablaba era el cabo Durango, uno de los suboficiales más chistosos de su cuartel. A menudo cuando ejercía de chungón o guasón solía atusarse el bigote mientras dibujaba una ola imaginaria con un movimiento rápido de su mano derecha.

——Cabo, llevo un parche porque tengo el ojo bas-tan-te jodido. El puto nervio o-cu-lo-mo-tor ¿Dónde está el fiambre? Y ya puestos,¿dónde está el sargento Aguayo?
——Ambos están juntos en estos momentos… ¡Pero no revueltos! Jajajaja. La habitación de la derecha, al fondo.

El churrero castañero y detective aficionado García Pérez se dirigió hacia donde le indicaban con parte del ímpetu heredado de su abuelo Cosme y sorteando una nube de guardias civiles y forenses encontró al sargento agachado sobre lo que parecía un cadáver.

——¡Señor García Pérez! ¡Parece un pirata! ¿Viene de…?
——Hola sargento Aguayo. No, no vengo de una fiesta. Tengo un pro-ble-ma óptico. Nada grave… espero. ¿Quién era el fallecido?
——Se llamaba Lucindo. Lucindo Sierra. Agáchese. Mire cómo han dejado su torso.
——No puedo a-ga-char-me, ya sabe, la puta ciática, pero puedo ver per-fec-ta-men-te que lo han acuchillado de una manera bárbara.
——Grotesca sería la palabra que yo utilizaría, señor García Pérez.
——¿Quién encontró el cadáver?
——La mujer que limpiaba la casa y, parece ser, en ocasiones le calentaba la cama. Pero aún es pronto para tener más datos. Como verá la Científica aún sigue por aquí…
——¿Ha tomado café esta mañana, sargento? Le invito a uno.
——Buena idea. Aquí todavía no pintamos nada. Unos 50 metros más abajo hay una pequeña taberna. ¡Cabo Durango, Ma marcho con el señor Pérez García…
——¡García Pérez!
——… Con el señor García Pérez a tomarnos un carajillo. Bueno, dos carajillos, uno cada uno… Le dejo al mando de todo. Volveremos en un cuartito de hora.

La tasca se llamaba Deuteronomio y a primera vista parecía que estaba anclada en el pasado. Sin embargo, como disponía de un buen surtido de sillas y mesas, todas vacías, aunque bastante limpias y otro buen surtido de licores de todas clases descansando en unos anaqueles de madera diseñados seguramente por el tatarabuelo de alguien, les pareció tan bien a nuestra pareja de defensores de los fiambres que rápidamente pidieron su primera ronda alcohólica y se acomodaron en una esquina. La conversación se existencializó demasiado pronto, seguramente con el refuerzo de los innumerables cafés tocados de Baileys.

——Siempre, du-ran-te toda mi vida, me he sentido más joven de lo que era, sin em-bar-go, desde hace unos pocos años me siento más viejo de lo que soy. Y créame, sar-gen-to Aguayo, soy mucho más viejo de lo que re-al-men-te me gustaría ser. Quizá por esa razón, o puede que para lidiar con mi eterno de-sa-so-sie-go interior, o incluso por lo debilitado e-mo-cio-nal-men-te que me siento por lo del ojo, hace unos días me puse en contacto con el comité de de-cum-ben-tes nocicepciónicos (CDN) y les invité a que ejercitaran conmigo sus mis-te-rio-sos y secretísimos ejercicios de constricción inversa (ECI). La-men-ta-ble-men-te y debido a las prisas y a cierto nerviosismo innato te-le-fo-neé al ECI y les supliqué que me realizaran lo más rápido posible un CDN. Por supuesto, en el ECI (E-xan-gui-nan-tes Conticínicos Impenitentes) no tenían ni idea de lo que significaban las siglas CDN y me colgaron el teléfono, no sin antes haberme suplicado que me bebiese un cubata de etilenglicol.
——Le entiendo perfecta, ups, perfectamente. Cuando “todo” es “nada” es imposible plantearse nada.
——Sargento, no en-tien-do lo quiere decir.
——Me refería, Señor García a esa presencia tan fascinante como espeluznante que se incrusta dentro de nuestros cuerpos y nuestras esencias.
——Supongo que se re-fie-re a lo que Rudolph Otto llamó “experiencia de lo numinoso”.
——En realidad no sé a qué me refiero. Estoy demasiado borracho, o casi borracho, como para saber distinguir entre ese “todo” y esa “nada” de la que le hablaba antes y que usted no entendió. ¡Estoy harto de cuerpos despedazados, guantes de nitrilo azul e informes anal… ups, anatomopoto… patalógi… ¡Anatomopatológicos! ¡Informes anatomopatológicos! Cuando era joven me encantaba ver pasar esta existencia de mierda. Ahora que ya soy mayor, o por lo menos mucho más viejo de lo que era cuando sentía por mis venas el ímpetu de la juventud… no sé si me entiende, García, pero si me entiende, por favor trate de explicarme lo que trato de decir…
——Sargento Aguado, ¡Aguayo! me deja sin habla y li-te-ral-men-te anonadado. Es usted el mejor trabucador que he conocido.
——García, estoy cansado. Cansado de estos tiempos de sexualismo avanzado, de flatulencias permanentes, de perforaciones septales, de lujo y exclusividad, de fornicación impenitente. Pero también de adoraciones eucarísticas, de reverberaciones improbables y de alergias, resfriados y gripes. No me queda mucho. Se lo digo en serio. ¡No me queda mucho! Pero aún así, me parece demasiado. No sé si podré soportarlo.
——Sar-gen-to, re… recuerdo un día… Bueno, al principio creí que se trataba de otro día cu-al-quie-ra, sin embargo fue uno de los días más ex-tra-ños de mi vida. ¿Sabe por qué? Ese día, ese puto día espagueticé un tallarín. Y después de es-pa-gue-ti-zar-lo me sentí henchido.
——¿Quiere, qui… quiere decir ahito?
——Sí, henchido, ahito, colmado, atiborrado… pero también atarugado…
——¿Quiere, de de decir que no sabía que hacer ni ni qué decir?
——¡Exacto! ¡No-ci-cep-ti-vo y nociplástico!
——Soñor, señor García, ahora soy yo el que no le sigue…
——Perdóneme, sargento, sim-ple-men-te ma salió esa vena “épater le bourgeois” que llevo den-tro, aunque desde luego este no era el lugar ni el mo-men-to… En instantes así, quiero decir, cuando ver-da-de-ra-men-te me encuentro muy jodido siempre pienso en lo que decía Nietzsche.
——¿Qué decía ese tipo?
——Trataré de ex-pre-sar-lo de carrerilla… vamos a ver si soy ca-paz… «Hoy no vemos nada que as-pi-re a ser más grande, ba-rrun-ta-mos que descendemos cada vez más abajo, más abajo, hacia algo más dé-bil, más manso, más pru-den-te, más plácido, más mediocre, más in-di-fe-ren-te, más chino, más cristiano -el hombre, no hay duda, se vuelve cada vez ‘me-jor'»
——¡Pues vaya!
——Exacto, zut alors.
——¿Sabe, sssseñor Garciperez ez, hace un par de añosss nos dejó un cabo. Quiero decir… no, no palmó, simplemente se cansó hip de la vida de picoleto impenitente y se largó. Como dibujaba, y por cierto, bastante bien, dibujó, editó, fi… financiado por él ismo… mismo y su cuñado un tebeo… un comic titulado Spiderman’s phallus, que como usted sabe en inglés quiere decir El falo de spiderman, o El falo del hombre araña. Temiendo una denuncia de los herederos del dibujante original, que no sé cómo cojones se llamaba, escribió pidiendo permiso a la editora, creo que Marpel o algo así.
——Marvel
——Sí, sí Marvel. Pues como le iba diciendo pidió permiso a la marvel para poder publicarlo y la editorial… ¡se lo concedió! Y se convirtió en un fenómeno, sobre todo en América. En España no se editó, creo. Puede que ahora ya esté publicado, no sé. Tengo el primer número en casa. Me lo regaló un día que coincidí con él en ikea. Mi inglés es bastan… ups… limitado pero aún así me pareció una maravilla. Spiderman es mordido por una araña que le provoca prinosequé… ¿puede ser priopisto?
——¿Priapismo? ¿Erección pro-lon-ga-da?
——¡Priapismo! ¡Exacto! Como le decía, al ir empalmado en todas las viñetas el resultado es bastante hilarante. En una escena se queda atrancado al pasar por una ventana… Lo que quería decirle con todo este blablabla incesante es que igual le sigo los pasos al ex-cabo.
——¿Cómo? ¿Se va a hacer di-bu-jan-te?
——No, por supuesto, yo soy incapaz de dibujar ni siquiera una recta continua… una raya recta… pero sí puede que deje el cuerpo.
——¡Pero sargento! En rea-li-dad le comprendo bastante bien. Yo dejé la chu-rre-ría y la castañería hace casi una década. Se incrustaba demasiado en mi e-xis-ten-cia y no me permitía progresor… hum… quiero decir pro-gre-sar. Estoy escribiendo un libro. Ya casi lo tengo fi-ni-qui-ta-do. Se titula Los flatos me aportan flo-ta-bi-li-dad. Es un pequeño ensayo humorístico sobre las per-so-na-li-da-des poliédricas. Aunque es un texto de humor intento que resulte pro-fun-do. Tan profundo como un a-gu-je-ro negro supermasivo.
——Usted escribe muy bien. He leído al al alguno de los artículos que escribió para la revista que publicaba el gremio de churreros-castañeros. ¿No se acuerda? Usted me regaló algunos números… claro que de esto hace tantísimos anos… años.
——No sé si es-cri ¡uf! escribo bien, pero lo intento. Me gusta intentar. Intento es-cri-bir. Intento hablar sin estas ho-rri-bles pausas en algunas palabras, aunque no lo consigo. Intento alejarme de los im-bé-ci-les… Intento cual-qui-er cosa que sea proclive a ser in-ten-ta-da. Mi hermana Federica dice que soy el mejor in-ten-ta-dor del barrio.
——Pues yo, sargento García. ¿Pero qué digo? El sargento soy yo. Maldito Baileys. Pues yo, señor Garcíaaa soy uno de los mejores desistidores nacionales. Puede que hasta del mundo. Me encanta desistir. Amo desistir. Si por mi fuese me quedaría todos los días en la cama.
——Mi hermana Federica es cli-no-fí-li-ca y …
——¿Clinoqué?
——Clinofílica… La cli-no-fi-lia es un estado nervoso… nervioso que conduce al pa-cien-te a no tener ganas de levantarse de la cama.
——Pues entonces yo soy un clino… clino… Bueno yo la padezco, pero no tengo más cojones que levantarme para currar y ganar algo de pasta. Es muy duro tener que pasar una pensión a dos exmujeres… ¡Coño! ¡Hostia puta! ¡Señor Gar-cicía! Son las… Son las… ¡Llevamos aquí casi cinco horas!

——¡Dios mío! La que se va a armar. Nos… nos… le estarán bus-can-do por todas partes
——¡Que se jodnnn… jodan. ¡Vámonos! Por el camino nos inventaremos un cuento. Arriba, ups… ¡arriba todos!… con marcianidad… marci… marcialidad… ¡Ea!

Email del 25 de enero 2024 Leer más »

Email del 14 de enero 2024

Algunos amigos míos están convencidos de que mi hipótesis sobre la serenidad de los sedentes, que conforma el capítulo XV y parte del XVI de mi último libro Muscimol contra la hipofrenia, es un plagio más o menos nesciente de un texto poco conocido escrito a principios del siglo pasado por Puajj Didimovich, un escritor de ascendencia eslava aunque nacido en Castellón que se hizo relativamente famoso por tartamudear en sus textos escritos.

Hace un par de meses recibí un lamento esquizoide en forma de email de mi examigo Botulfo F. en el cual expresaba su desconcierto por la deriva que estaban tomando mis escritos, seguramente debido a la amalgama de soledad, broncodilatadores y Acqua Tofana (sic). En los últimos párrafos, B.F. llegaba a la conclusión de que toda mi obra, 37 libros y multitud de conferencias estaban directamente «extraídas» de los siguientes cuatro versos (número 234, 235, 236 y 289) del poemario Moxibustión de Puajj Didimovich que transcribiré a continuación:

“Tu cabebebeza tiene la forma dedede un pepino de mar
repleto de pisotonesnes de a-a-a-angustia informe
y hebras de a-a-a-acciones ubicuas y dedededefecantes tes
Regarde ce que tu as fait, imbecile!”

Por supuesto le respondí, pero no con texto, sino con fetidez. Y me costó lo mío. Primero tuve que encontrar un sitio donde vendieran bombas fétidas. Luego, después de pinzarme la nariz con unas tenacillas de plástico, vertí la pestilencia sobre el papel, lo introduje con sumo cuidado en el sobre, lo cerré, garabateé su dirección y estampé el sello con tal fuerza que varias moscas salieron pitando de la estancia. Me levanté de la silla y me apoltroné sobre un puff marroquí blanduzco que se dobló y me escupió sobre el suelo. El coscorrón de mi cráneo contra el gres de Pamesa me indujo una especie de coma existencial transitorio. Cuando me recuperé llegué a una terrible conclusión: estamos en pleno siglo XXI, nadie escribe cartas… Puede que todavía existan individuos cismáticos que adoren garrapatear sobre papel, pero desde luego yo no soy uno de ellos. Además, desconozco su dirección. Y por email no se puede enviar el hedor.  

Cuando estaba a punto de echarme a llorar por mi conspicua estupidez volvieron las moscas….

Email del 14 de enero 2024 Leer más »

Email del 7 de diciembre 2023

Edward Ladell. Bodegón (s. XIX)

Te tiras un pedo. El estruendo hace que todos los pájaros alcen el vuelo aterrados. ¿A dónde irán? ¿Cuándo regresarán?

(Swami López)

En ocasiones veo gambas de Palamós… sobre todo cuando puedo pagarlas. Pero no siempre soy capaz de permitirme ese tipo de lujos gastronómicos. Hubo un tiempo en que me recorría todas las marisquerías de la geografía ibérica acompañado de las mujeres más bellas y elegantes. Mientras yo pagaba las cuentas, ellas pagaban a sus chulos. Sin embargo, esos instantes perfectos y maravillosos ya terminaron. Ahora soy un tipo solitario que tiene que conformarse con lo que puede, cuando puede. Y no siempre puede. He intentado todo lo que está en mis huesudas manos por volver a mis tiempos de gloria. 

La ocasión en la que estuve más cerca fue cuando puse a la venta mi colección de fotos de yonkis de ambos sexos meando. Las imágenes fueron tomadas con teleobjetivo durante la década de los 80 mientras los adictos orinaban antes o después de haber pillado y chutado jaco. Aun cuando estaba catalogada como una de las tres colecciones más importantes del mundo, nadie pujó una cantidad mínimamente aceptable por ella y me vi obligado a retirarla de varias subastas.

O cuando formé una banda dedicada a tocar pasodoble progresivo. Grabamos un Ep y no pasó absolutamente nada. Sólo lo compraron 5 personas. Unos meses más tarde reformé el grupo y grabamos varios temas de chotis psicodélico. Sucedió exactamente lo mismo. Mis sueños de ganar dinero fácil se fueron definitivamente al traste y con ellos mis refinados gustos culinarios. 

Actualmente me dedico a gorronear a mis amigos más pudientes. Algunos de ellos a veces me invitan a comer marisco congelado en sus casas, otros me envían emails con fotos de cangrejos, langostas, langostinos, gambas y almejas completamente desnudas, pero eso no calma mi tremendo anhelo por llevarme a la boca una (o bastantes) rojizas y absolutamente exquisitas gambas de Palamós (AKA Aristeus antennatus) a la plancha con escamas de sal, en brocheta o incluso a la brasa. 

Mi amigo Necrosancio Perez tenía toda la razón, aunque la verdad es que no recuerdo el porqué…

Email del 7 de diciembre 2023 Leer más »

Email del 23 de noviembre 2023

Robert Barry. All the things… (1969)

Me encontraba leyendo un extenso artículo sobre un artista excéntrico desbordado por su propia sobrecarga cognitiva.  

«Existen una serie de garabatos que reflejan convenientemente la transformación subjetiva de Calixto Sandemetrio. En el dibujo número 73, fechado el 11 de febrero de 1945, titulado Variaciones calisténicas, se describe por medio de 197 rayitas discontinuas blanco-rojizas el quinto despertar sexual de su fámula, Genoveva Pedraza. Según Olivio Ocampo, el biógrafo oficial de Ursulina Vega, amante clandestina de Genoveva, Calixto era incapaz de olisquear berros mastuerzos sin sentir sudores fríos recorriéndole el mesenterio, acción (con su consiguiente reacción) que le sumía en una contínuo decaimiento del que solo salía apechichando topillos. El 7 de julio de 1946 describe en una carta enviada a sí mismo Variaciones enfermizas (sic) como su mejor chafarrinada en años, aunque está totalmente seguro de que en su nuevo bosquejo irá todavía mucho más lejos. Como pasan un par de meses y no recibe respuesta suya, decide comenzar Tufillos (dibujo número 74, fechado el 29 de julio), en el que intenta plasmar su existencia con una amargura verminosa que raya en la perturbación vesánica más extravagante».

Mientras intentaba descifrar esa jerigonza filológica utilizando un diccionario editado en febrero de 1927, no dejaba de preguntarme para mis adentros si debería o no seguir con la lectura o aparcarla en el cajón donde generalmente guardaba la literatura que se me atragantaba.

«A mediados de abril de 1947, Calixto decide suprimir la decimosexta letra del alfabeto de su nombre y para celebrarlo garabatea en un refajo Necesito que alguien no venga jamás, el apunte numerado 73-B y sin fecha real. El boceto es rico en chafarrinones, máculas, chorreos y salpicaduras. Tres días más tarde se promete con Adelina Vidal, que llevaba muerta 34 años y decide cambiar de talante y de paso comprarse unas nuevas polainas. En su siguiente obra, titulada La protuberancia infinita, fechada el 56 (sic) de noviembre de 1948 (numerada 74), Calixto intenta demostrar por medio de trazos despeinados y líneas atusadas que el contenido de su intestino es particular, como el patio de su casa, que cuando llueve se moja como los demás».

Tras darle vueltas en mi cabeza al párrafo decimotercero decidí que me apetecía hacerme una paja. El problema era que desde mi más temprana adolescencia era incapaz de llegar al orgasmo si no me miraban y aplaudían 6 o 7 mujeres de distintas edades y nacionalidades. Como eran las ocho de la tarde y buscar un público de esa guisa se antojaba una tarea onerosa, resolví la situación contratando a toda prisa a 5 fulanas. Un par de horas más tarde, cuando las putas se marcharon, por cierto, no muy contentas con el precio pactado, agarré con fuerza la revista donde estaba publicado el artículo y continué sádicamente con la lectura.

«En Nada surge del todo (Febrero 1949/Número 75) Sandemetrio adopta un punto de vista diferente: por medio de sombreados realmente luminosos se somete al espectador a una vorágine de pseudosemiótica insudada y a menudo ontológicamente esquematizada».

De repente un bostezo caballuno seguido de un grito pepepotámico salío de mi garganta en dirección hacia la pared de la derecha, aunque rebotó con un ángulo muerto y acabó incrustándose en el techo de pladur. Afortunadamente éste aguantó sin demasiados problemas la energía y yo me sentí por primera vez en años feliz y dichoso. La primera idea que me pasó por la cabeza fue llamar a los escayolistas para felicitarlos, pero pronto deseché el plan y opté por arrancar de la revista las hojas que contenían semejante ensayo biográfico y pegarle fuego, pero como lo hice con poca determinación y demasiada prisa, solo le pegué feugo, o quizá foueg, o yo que cojones sé…


Email del 23 de noviembre 2023 Leer más »

Email del 29 de octubre 2023

Jackson Pollock. Convergence (1952)

Yo nací pirado…

Hace más de cuatro meses que no te escribía. Recordarás que el último correo electrónico que te envié fue el 28 de junio. Desde ese día me han sucedido un montón de cosas, algunas de ellas bastante interesantes, como la aparición de Nyarlathotep en mankini durante una pesadilla y un repentino ataque de vitiligo en el tubérculo de Darwin. Pero también he escrito algunos relatos breves que son sustancialmente mejorables y he modernizado la receta de mi sashimi de pez fugu al microondas. Sin embargo, no es del plato japonés de lo que te quiero hablar, sino de mis nuevos relatos. Hasta el momento tengo siete completamente terminados y otros siete completamente comenzados. El primero que escribí, y posiblemente mi favorito, se titula La resurrección de Cleón Llagaria. A continuación te pegaré los tres primeros párrafos para que te hagas una pequeña idea…

«Dicen que Cleón Llagaria ha resucitado. Bueno, también dicen que estamos dotados de libre albedrío. La verdad es que nunca me importó Cleón cuando estaba vivo. Ni siquiera derramé una jodida lágrima por él o sus atribulados retoños cuando estiró la patita, así que no es extraño que me siga importando bien poco en su pretendida resurrección. También ese tipo, Jesús, volvió a la vida hace dos mil y pico años. Al menos eso es lo que se lee en la Biblia, aunque puedo jurar por todos los hijos ilegítimos de todas las parejas disfuncionales que siempre me la ha refanfinflado. Me refiero a Jesús, el dechado de virtudes viviente, aunque mi refanfinfla es extensible a todos los hijos ilegítimos de todas las parejas disfuncionales, a todos los bastardos legítimos de todas las relaciones sanas y a sus ascendientes o descendientes. En realidad todo me importa una mierda. Y a mi lado destructivo también. Lo sé de buena tinta.

Dicen que la viuda de Cleón Llagaria padece de endometriosis. Algunos van más lejos y aseguran que en realidad tiene endometritis sincitial. Eso querría decir que estuvo embarazada de alguien tras la muerte de Cleón hace ahora nueve años. ¡Quizá el Espíritu Santo volvió a hacer de las suyas! Sea lo que fuere, sigue sin importarme una mierda. Si le duele el toto, que se opere. En cuanto al Espíritu Santo… ¡ah! el jodido y falto de conciencia corporal tercer miembro afiliado de la Santísima Trinidad, también llamado el Consolador. Mi última pareja tenía un consolador de dimensiones descomunales. Es extraño, siempre se refería a él como «mi Paráclito». «¿Dónde está mi Paráclito, Greg?», «¿Has visto a mi tesoro, mi Paráclito?» Yo siempre le respondía que acababa de empeñarlo para ponerla frenética, pues era de la única manera que podía correrse. Sí, era una anorgásmica de cuidado. Ya fuera conmigo taladrando(la), o con su amante perforando(la), o incluso con su Paráclito empalando(la) era incapaz de llegar al éxtasis. Incluso Santa Teresa a menudo alcanzaba el éxtasis, claro que para ello se ayudaba de un pequeño hongo parásito que crece en el centeno y en otros cereales.

Dicen que las últimas palabras de Cleón Llagaria antes de… ejem… espicharla, fueron «De vegades la meva vida és tan esgarrifosa». También mi existencia es espeluznante. Y a menudo me quejo de ello mientras me retuerzo como una columna salomónica. También dicen que aunque no soy Cleón siempre digo que no. Me gusta el no. Sólo una vez dije sí, aunque no tardé demasiado en lamentarlo. La negación es la única forma que tengo de protegerme de los borregos de Dios, de los pseudos y las tendencias (y las flatulencias), de la fritanga oleaginosa y de los wantun congelados, de las gaviotas, de las águilas, de los cetros y de los sayales, de los golfos apandadores, de ellos, ellas, elles, del apocalipsis zombi dirigido desde la putrefacción por Cleón… Cleón Llagaria. ¡Oh, aunque te alabamos, escúpenos Señor!»

El segundo relato por orden de preferencia se titula La cinomaniaca tararira Francín y Pupín, Ñoca, Trotas y Marada, aunque puede que cambie el título a El gato Marada. El argumento es tan enrevesado como su título pero trataré de explicártelo de la manera más sencilla posible. Francín es una mujer que solo vive para sus tres perros, Pupín, Ñoca y Trotas, y su gato Marada. Un día Marada desaparece de casa y Francín sospecha de sus perros. Cuando está a punto de decidir cómo castigar a éstos, desaparece Pupín, y dos horas más tarde, Ñoca. Al día siguiente se volatiliza Trotas y esa misma noche, desaparecen la nevera, la lavadora, el lavavajillas, la cafetera, el microondas, las sillas y los sillones, las mesas y el sofá, las lámparas, la televisión, las librerías con todos sus libros, los cuadros, las alfombras, los relojes, las camas, las cortinas, las mesillas y los armarios, la ducha, el lavabo, el inodoro, los espejos y los toalleros, el ordenador, la tablet, el escritorio, las estanterías, las puertas e incluso la papelera.
Aunque el texto ocupa un montón de páginas, por lo menos para ser etiquetado como relato breve, sólo estoy satisfecho de la frase «se comportaba como si tuviera fuertes picores en su zona ciclónica catastrófica e íntima», situada en uno de los párrafos intermedios.

El tercer relato, Berto, Berto, Berto, Berto, Berto, Berto, Berto y Berto, que son los hipocorísticos de los nombres Adalberto, Edelberto, Filiberto, Sigisberto, Humberto, Rigoberto, Floriberto y Dagoberto, no pasaría una evaluación psicológica seria y el cuarto, La fístula perianal de Fistulín (también llamado La fisura anal de Fisurín), necesita una revisión rigurosa que no estoy dispuesto a llevar a cabo. En cuanto al quinto y el sexto, se titulan respectivamente Ensayo sobre la mucilaginosidad y Peripecias rectales. Creo, creo que deberías leer algunos párrafos del segundo…

«Cagaba. Hacía tiempo que cagaba. Creo que en total estuve cagando durante tres cuartos de hora. Demasiada mierda dentro. Demasiada mierda. Mientras los zurullos caían irregularmente sobre la parte sumergida de la taza, los pensamientos planeaban por mi azotea como si fueran buitres leonados. «¿Y si atasco el inodoro? Hoy es domingo. Un fontanero de guardia me costará un huevo y parte del otro. Creo que debería parar ya, pero tengo demasiada mierda dentro. Demasiada mierda. ¡Espera! Tengo un émbolo de acordeón dormitando debajo del fregadero. Sí, sé que lo mejor sería utilizar un producto como WC NET Gel Denso pero desgraciadamente no tengo ningún desatascador comercial debajo del fregadero. No importa, dicen que el agua caliente y el jabón en santa comandita dan estupendos resultados. Pero antes tengo que seguir cagando. Tengo demasiada mierda dentro. Demasiada mierda. Pienso seguir cagando hasta que mis benditos excrementos rebosen por los desagües de los fregaderos de cada uno de mis vecinos. ¡O hasta que lleguen los bomberos! ¡Nadie detendrá el proceso! Es tan inevitable como necesario que cage toda la mierda que llevo dentro. ¡Y es mucha! Demasiada. Demasiada mierda. Te juro por la autofílica gratificación fecal que cagaré hasta que mi mierda me grite «Nunca más», como el cuervo de Poe. Hasta que mi mierda se transforme en triperóxido de triacetona. Hasta que alguien venga a salvarme de mi propia mierda. Aunque de alguna extraña manera sigo creyendo en mi mierda todopoderosa, creadora del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en una sola mierda, hija única de un proceso biológico inmundo, nacida gracias a una digestión dolorosa antes de todos los siglos…

Mi puta mierda está con vosotros. (Y con tu espíritu).
Levantemos el corazón. (Lo tenemos levantado hacia … ¿Hacia quién?).
Demos gracias al … ¿A quién? (Es justo y necesario). [Y también una imbecilidad supremamente incognoscible]».

Los vientos otoñales empiezan a instalarse en la cámara anecoica que es mi habitación. En ocasiones las gárgolas que sujetan los tomos de mi biblioteca repleta de recuerdos poco confiables me miran a los ojos mientras el silencio absoluto y la quietud delinean atmósferas de calidez e intimidad que no soy capaz de describir. ¿Enloquecimiento? Quizá. ¿Distanciamiento? ¿Ángulo cenital? ¡Espacio liminal! Capas sobre capas sobre capas de excreciones y sollozos, como si se tratara de una colosal cebolla espectral. Puedo sentirlo. ¡Joder, no tengo por qué demostrarlo!

Yo nací pirado…


Email del 29 de octubre 2023 Leer más »