Recuerdo que de las paredes de su casa colgaban multitud de instrumentos musicales, sobre todo sarrusófonos, helicones, heckelfones y fliscornos. Cuando le pregunté si sabía tocarlos todos se encogió de hombros y puso una cara muy graciosa. Le volví a arrojar la pregunta como si fuera un flotador y entonces contestó que no, que pertenecieron a su exmarido, un músico que tocó en algunas de las mejores orquestas sinfónicas del planeta. Como yo soy de los que interrogan e interrogan hasta llegar a un punto decididamente odioso, insistí en conocer el motivo por el que se los había dejado a ella. Su respuesta fue determinante: falleció cuatro años antes, por esa razón me había dicho que eran de su ex. Y añadió que si quería follármela, y veía en mis ojos que sí, que me quitara la idea de la cabeza, pues se estaba reconvirtiendo a pasos agigantados en una valiente misoandriática (sic). Obviamente yo negué con la cabeza que esa fuera mi intención, pero ella respondió quitándose la blusa y el sujetador a una velocidad supersónica. Luego se despojó del resto de ropa y me ordenó que le metiera la boquilla de uno de los fliscornos, el que yo quisiera, por la vagina. Así lo hice, creyendo que era una forma de masturbación realmente extraña, sin embargo, y lo que es más importante, sin solicitarme el nombre de una pieza musical, comenzó a tocar un solo extraordinario. ¡Con el chichi! Por supuesto, y según me susurró telepáticamente, perteneciente al Concierto para fliscorno en re mayor compuesto por Gregory Mazarrón, su exmarido y único hombre al que había amado en la vida.
Cuando terminó de interpretar la pieza aplaudí, vitoreé y pedí un bis que me fue denegado. Ella se vistió y me echó de su casa sin miramientos.
Normalmente mis sueños están formados por bucles progresivos saturados de imágenes y símbolos arcanos e incoherentes. De todos esos sueños, hay uno que se repite desde la adolescencia. Lo llamo el sueño de la almorrana mecánica, aunque a veces la almorrana mecánica es sustituida por un dedo hiperrefléxico eléctrico. Intentaré resumirlo de la forma más sencilla posible…
Camino por una calle estrecha abarrotada de gente. De repente una almorrana patológica mecánica de grado IV totalmente prolapsada y de unos cuatro metros cuadrados baja desde el cielo gracias a un mecanismo imposible de comprender para nuestra naturaleza terrestre e intenta entrar dentro de mis pantalones por una de las perneras con vistas a situarse donde suelen descansar las hemorroides. Debido a su descomunal tamaño, el tejido submucoso mecánico me desgarra el pantalón y durante unos segundos la gente puede ver parte de mis testículos, lo que les produce risa, jolgorio y farra, y a mí me sumerge -cuando me despierto- en una depresión que suele durar varias semanas.
El último psicólogo al que visité me dijo que no me preocupara, que mientras la almorrana mecánica no se sintiera amenazada no me atacaría, pero que sería más seguro para mis sueños futuros que llevara siempre conmigo un gran tubo de pomada rectal con acetato de hidrocortisona. Después me pidió que le abonase los 110 euros de la consulta y me deseó suerte, prosperidad y feliz año nuevo, aunque estábamos en julio.
Algo me despertó. Algo que había en mi habitación me despertó. Hubiera preferido dormir un par de horas más, pero un ruido casi imperceptible aunque desconcertante, que provenía de algún lugar debajo de la cama, me sumió en una especie de angustia que se avivó cuando traté de dilucidar qué sería capaz de provocarlo. Me quedé tumbado, inmóvil, mirando al techo y esperando encontrar alguna respuesta. De repente, el ruido cesó por completo. El silencio se disolvía por cada pared, cada esquina, baldosa, armario. Un silencio extraño, entrometido. Un silencio hiriente que parecía haber sido ordenado por una entidad desquiciada únicamente para demostrar los beneficios de los crujidos, de los chasquidos, del alboroto y estrépito que habitualmente nos convencen de nuestra inmaculada y falsa perennidad. Mientras procuraba encontrar una explicación coherente que tranquilizara mis nervios, el ruido comenzó de nuevo. Intenté bajar de la cama pero las piernas no me respondían. Agarrando con fuerza un lateral del somier me deslicé hacia un lado. Quería ver qué clase de engendro demoníaco, de éste u otro mundo, alteraba mi descanso, mi juicio, mi espíritu, mi ánimo. Pero no pude hacerlo. Cuando estaba a punto de descubrir el secreto que se ocultaba justo debajo de mi cuerpo, separado de mi piel por un par de palmos de tela, metal y madera, el edificio se vino abajo. Ahora estoy en el hospital y dos policías se acaban de marchar, después de haber estado atosigándome durante un buen rato. Querían saber por qué razón no había abandonado el inmueble hacía siete semanas, cuando se dictó la orden de demolición.
1-El círculo no se romperá Después de desayunar mi acostumbrado café tocado con dos o tres gotas de un mejunje que preparo a base de efedrina, etomidato y flujo vaginal, abrí la ventana y me dirigí a la chusma que caminaba por la calle. —¡Escuchadme todos! ¡Hasta que el bosque de Birnam no se mueva hacia Dunsinane, no puedo experimentar ningún temor! Entonces volví a sufrir esa brutal jaqueca que aventuraba otra terrible recaída. Y terminé en una fría cama aprisionado por dos correas como si fuese la criatura de Frankenstein. —¿Cómo se encuentra? Soy el doctor Bernabé. Está usted en el Centro de Salud Mental asociado según la dirección postal de su domicilio. —¡Doctor! ¡Usted es el doctor Bernabé y yo estoy en el Centro de Salud Mental asociado según la dirección postal de mi domicilio! —¿Cómo se encuentra? —¿Cómo se encuentra usted, doctor Bernabé? —¿Recuerda lo que le ha sucedido? —¿Me ha sucedido algo? Durante dos semanas no se me permitió salir de la habitación, aunque el último día, mientras esperaba que el doctor Bernabé firmara el alta, me dejaron caminar de un lado a otro del pasillo principal. Allí es donde llegué a la conclusión que dirigió mi existencia a partir de ese momento: por más hierbas que arranque, no se acabarán nunca…
2-Pieza teatral de bajo presupuesto ACTO I «¡Soy el empalador sexual, nena! ¡Jajaja, te voy a empalar!» —¡Odio ese despertador! Podías haber grabado otro mensaje. —¡Y qué más da, nena! Fue lo primero que se me ocurrió… —¿Lo primero que se te ocurrió? Es denigrante para mí. ¿Te gustaría que grabase uno que dijese «¡Levanta ya, gilipollas pichacorta!» —Caray, nena, no te pongas así. Ya hace casi un año que nos sirve para despertarnos y nunca has dicho nada. —Por esa razón te lo digo ahora. Estoy harta de empalamientos. Me siento una víctima de Vlad Tepes. ¡Cámbialo ya! ¡Ahora! Cuando salga del váter quiero que esté grabado uno nuevo! ¡Y normal! —¡Vale, nena! Ahora me pongo a ello.
ACTO II —A ver… ¡Pónmelo que lo escuche! «¡In nomine dei nostri satanas luciferi excelsi. Potemtum tuo mondi de Inferno, et non potest Lucifer Imperor!» —¿Pero qué coño de idioma es ese? No entiendo nada. Casi prefería el otro mensaje. ¿Y por qué has puesto esa voz? ¡Me da miedo! —Pero nena, yo no se… Yo no he grabado eso. Yo… yo había grabado «¡Nena, te quiero más que a mi mami!». Debe haber sido una interferencia… Espera, voy a ponerlo otra vez… «¡Satan omnipotens in nostri mondi. Ave Satani, Salve Satani, Ave Satani!» —¿Ha dicho Satani? ¿Satanás? —No, nena… creo que era salami… —¡Ha dicho Satani, lo he escuchado perfectamente! ¡Ponlo otra vez…! «¡Reinus Glorius en in Terra eregius. Luciferi Imperator omnipotens!» —¿Pero qué está pasando? ¡Vuelve a poner el mensaje de los empalamientos! Lo prefiero a este! —Está borrado, nena. Se borró cuando grabé el nuevo. ¡Mierda! Ya no me deja grabar encima. Este cacharro se ha estropeado. De ahora en adelante tendremos que despertarnos con este mensaje! —¿Pero qué mensaje, imbécil? ¡Cada vez que lo reproduces es diferente! Y es satánico. ¡Dios mío! ¡Y esa voz! —Pues, nena, tendremos que acostumbrarnos. ¡No vamos a gastarnos 100 euros en otro jodido despertador grabador! —¡Te acostumbrarás tú! ¡A partir de esta noche tú y ese despertador grabador satánico de 100 euros dormiréis en la salita! ¡Y no quiero escuchar ni un comentario! ¡Y deja de toquetear ya ese trasto! «¡Satani omnipotens in nostri mondi. Domini agimas Iesus nasareno rex ienoudorum!»
FIN
3-Detergente Navarrete A la atención del señor Navarrete:
Con referencia a su vacante como representante jabonero publicada en su web Navarrete o la limpieza química y sus misterios el 13 de noviembre del presente año, les ruego consideren, a la vista del asombroso currículum vitae que les adjunto, la posibilidad de una colaboración profesional.
Dada mi formación en el campo de la higiene prostibularia, así como la amplia experiencia adquirida en puestos más o menos similares al ofertado, considero que podría encajar en el mismo. Estoy realmente interesado en participar en su proceso de selección y clasificación, por lo que quedo a su disposición para concertar una entrevista que les permita profundizar tanto en mi formación como en mi experiencia.
Se despide atentamente, otro señor Navarrete,
Greg Navarrete
4-Normas, preceptos y disposiciones Imagínate una barca sobre el río… ¡No, nada de barcas! Imagina a una pareja de cenutrios en pleno mamihlapinatapai. De repente, algo similar a una azagaya omnisciente los traspasa. Un amigo de la dupla intenta liberarlos sujetando el astil y estirando por un lado, pero ambos están muertos. Obedeciendo la Ley 870/1999, el tipo los da de baja del listado oficial de badulaques, la relación estatal que cuantifica e individualiza el número de imbéciles que viven en cada aldea, pueblo o ciudad del país. Cuando termina los papeleos emite un ruidito semejante al que produciría un yak con una lesión en la médula espinal saltando sobre una txalaparta, y que significa que, aunque no se siente totalmente complacido, ha hecho lo que el Estado espera de cada individuo decente.
5-Descomposición y gastronomía Había que encontrar el lugar del desmembramiento. Sin embargo nadie quería encontrar el lugar del desmembramiento. El inspector Sánchez obligó al subinspector Uribe, también llamado «Murciélagus», a que entrara primero y le dijera si ese emplazamiento había sido el lugar del desmembramiento. No, no había sido el lugar del desmembramiento, y si lo había sido, no quedaban pruebas que recoger y analizar, excepto algunos pimientos secos, pues el almacén era un secadero de pimientos veratos. —¿Pimientos baratos? ¿Y qué más me da si son baratos? ¿Estás tonto, Murciélagus?. —Señor inspector, he dicho pimientos veratos. ¡Veratos! ¡No baratos! —¿Qué es un pimiento verato? —Un pimiento extremeño, señor, que gracias a un proceso muy largo y que desconozco por completo termina como pimentón en polvo. —¡Pero si estamos en Valencia! —Seguramente se trataría de contrabandistas valencianos de falsos pimientos veratos, señor. —Sigamos con lo nuestro, Murciélagus! Y siguieron y siguieron buscando el lugar del desmembramiento. En realidad siguieron buscando ese lugar durante 35 años, hasta que ambos se jubilaron. Nunca pudieron encontrar el lugar del desmembramiento, pero Murciélagus encontró un cromo muy raro de Pirri, el jugador del Real Madrid, que vendió por una pequeña fortuna en una subasta en Madrigal de la Vera. ¿O fue en Robledillo de la Vera?
6-Demasiado tarde ¡Me he sentado tranquilamente, pues espero morir muy pronto! Si no muero antes de tres días me veré obligado a salir a comprar algo de comida, algo de bebida y algo de papel higiénico. ¡Y después esperar otros tres días! Podría comprar víveres para cuatro o cinco jornadas pero entonces me cansaría trasladando las bolsas repletas a lo largo del kilómetro y medio que dista desde mi súper favorito hasta mi casa denostada. Eso sin contar que vivo en un cuarto piso sin ascensor. En realidad llevo más de una década esperando morirme. Todo comenzó el día en que mi exmujer se casó con el exmarido de mi exmarido y mi exmarido se arrojó desde un puente y falleció picoteado repetidamente por los patos. Quiero decir… no me importó demasiado que se intentara suicidar, y menos que se lo cargaran los anátidos. Lo que realmente me produjo una gran impresión fue darme cuenta de que en realidad yo no era el macho alfa que creía que era. Si lo hubiese sido nunca me hubiese desposado con un hombre. Yo creo que me equivoqué por culpa de las gafas progresivas, pero no puedo probarlo pues alguien me las robó dos semanas después de la boda (de mi boda con mi exmarido, no de la boda del exmarido de mi exmarido con mi exmujer). Encima, cuando mis colegas pertenecientes al CMVPLW (Club de Machotes de Valencia, Pedanías Limítrofes y Waikiki) se enteraron, me expulsaron sine die y mi vida dio un giro de 360 grados, por supuesto siempre que hablemos del grado sexagesimal (60 grados si nos referimos a la graduación alcohólica).
7-Tristeza No puedo vender mis calzoncillos calados adquiridos en Galería del Coleccionista. Ni siquiera rebajando su precio a la mitad de lo que pagué por los tres. ¡Sí, tres! Y eso que forman parte de una edición numerada de 500 ejemplares firmada por su diseñador, el renombrado y cotizadísimo Nicodemus Sal «Ya» López. Supongo que tendré que vivir con ellos hasta el final de mi existencia. Ahora descansan junto a un tomate que perteneció a Ringo Starr y por el que pagué la bonita suma de 15000 euros.
¿Por qué nada me saca de esta inmensa abulia que oprime mis días, mis mediodías, mis noches y mis dídimos? Vale, soy anhedónico, y eso obviamente significa que soy un tipo poco hedónico e insuficientemente valorado como sardónico, pero, ¿haber nacido ciertamente rarito implica que todo lo que me rodea, ya sea animado, inanimado, desanimado o incluso reanimado, se coligue en una especie de conjunción infranqueable e impermeable con el único fin de descuajaringarse hasta la extralimitación? He de dejar que todo suceda simplemente porque todo debe pasar. ¿No es posible que algunas de esas cosas o de esos todos que tienen que suceder, antecedan o preexistan? Me evitaría un montón de dolencias psicosomáticas. ¡Y también ese maldito enganche a comprar objetos inútiles en Galería del Coleccionista y demás canales de Teletienda!
Dios está esperando que me ahogue. Sabe que uno mismo no puede hacerse la jodida Maniobra de Heimlich. Es una divinidad lista, pero yo soy más listo, pues he contratado a un susurrador de lombrices en paro como pseudocompresor abdominal. Si Dios quiere verme muerto tendrá que intentar otra argucia altísima y todopoderosa, pues mi política de cookies tiene por finalidad informar de manera clara y precisa sobre las cookies que se utilizan en la página web de… ¿Pero qué cojones estoy diciendo?
8-Oricalco Mi gato Platón está mirando por la ventana. Podría decir que está mirando a través de los cristales (sucios) de la ventana pero estaría faltando a la verdad, esa pequeña mamona que nos obliga a adorar a una bruja gorda llamada Conformidad. En realidad Platón no tiene ojos, por lo tanto está mirando por la ventana, aunque en realidad no ve una mierda. De todas formas, si Platón tuviese ojos y quisiera perder su tiempo mirando a través del cristal de la ventana (sucísimo) solo vería una pared. Por esa razón importé un gato ciego de África.
9-Todo el mundo tiene uno Es de dominio público que mis interpretaciones del Opus clavicembalísticum de Kaikhosru Shapurji Sorabji con la ocarina y del Capricho 24 de Niccolò Paganini con el birimbao son francamente imposibles de superar. Pero lo que desconoce por completo el jodido dominio público es que también soy un afamado inventor desnudo, y que algunas de mis creaciones desvestidas han repercutido sobre la parte más desabrigada de la sociedad. ¿Quién inventó en porretas el tomahawk invertido? ¡Yo! ¿Quién diseñó en cueros el frutero en ángulo nulo? ¡Yo! ¿Quiénes golpearon salvajemente a mi padre con las porras semirígidas de policarbonato produciéndole varios coágulos sangrientos en el cerebro que terminaron transformándolo en un psicótico hipersensible? ¡Los «grises»!
10-Apatía indefinida (Canción) Rock, rock, rock. Rock de mis tentativas de cunnilinguuuuuuus (Sí, sí, síiiiiii). Rock, rock, rock. Rock de mis espasmos genésicooooooos. (No, no, nooooooo).
La satisfacción es realmente necesariaaaaaaa, sobre todo para un pobre salido eméritooooooo, sin embargo me siento flojo y caídooooooo, y sin fuerzas para… succionaaaaaaar y succionaaaaaaar y succionaaaaaaar y… por eso, este es el…
Rock, rock, rock. Rock de mis tentativas de cunnilinguuuuuuus. (Sí, sí, síiiiiii). Rock, rock, rock. Rock de mis espasmos genésicooooooos. (No, no, nooooooo).
A pesar de tus caricias delicadaaaaaaas, y del enorme grado de abertura de tus piernaaaaaaas, no me siento con ganas de exponer mis mucosas lingualeeeeeees, y mucho menos… succionaaaaaaar y succionaaaaaaar y succionaaaaaaar y… por eso, este es el…
Rock, rock, rock. Rock de mis tentativas de cunnilinguuuuuuus. (Sí, sí, síiiiiii). Rock, rock, rock. Rock de mis espasmos genésicooooooos. (No, no, nooooooo).
Sí, sí, síiiiiii. (No, no, nooooooo). Sí, sí, síiiiiii. (No, no, nooooooo). Sí, sí, síiiiiii. (No, no, nooooooo).
Me gustaría informar a los lectores que todavía estén en condiciones mentales de seguir leyéndome, que a partir de mañana dispondrán en esta misma bitácora de un moderno cuarto de baño online. No existe en la actualidad ningún otro blog que disponga de aseo. Me complace invitaros a miccionar o defecar en él. Pero eso no es todo: el próximo 8 de julio inauguraré una cafetería en la barra lateral y una sala de masajes con final feliz en la cabecera.
Nunca he podido controlar el tiempo. Me sucede algo parecido con el espacio. Intento definir ambos conceptos y lo único que sale de mi boca es un estertor. Tengo un amigo que piensa que lo mío no tiene solución. Está convencido de que algún engranaje de mi cerebro está tan oxidado como el de Alonso Quijano. Quizá tenga razón. Supongo que él debe sentirse como una especie de William James Sidis y por esa razón presume de su absoluto control. Pero la realidad es muy diferente. Hace unos meses, o unos años, o igual no ha sucedido nunca y se lo está imaginando mi cerebro, mi colega tuvo una gran bajada emocional de la que se culpaba a sí mismo. Su novia, rubia pero inteligente, intentaba relajarle de la única forma que conocía, es decir, a base de cantidades industriales de sexo del bueno, pero sin sentimientos. Cierto día Gabriel, que es como se llamaba ese sujeto, se largó sin despedirse de nadie y alquiló un pequeño apartamento-cuchitril en una pensión asquerosa y se dedicó a escribir cartas a su pareja. Las cuatro primeras han desaparecido. Supongo que alguno de los dos intérpretes principales creyeron que eran banales o que carecían de alguna clase de valor objetivo. Pero afortunadamente todavía se conservan las seis siguientes y sus respectivas contestaciones:
-CARTA NÚMERO 5 (Enviada el 23 de febrero de 2009)
Isabel:
Te quiero. Ya sé que empezar un texto de esa forma no es demasiado original. Pero, ¿cómo diantres debería hacerlo? Te quiero. Te amo. Puede parecerte cursi. Si es así, te pido perdón.
Supongo que estos días pensarás que algún extraterrestre ha tomado mi cuerpo y por esa razón me comporto de una manera extraña. Te aseguro que mis órganos fundamentales son los mismos y que todavía están gobernados por ese tipo zumbado llamado Gabriel. ¿Sabes? Sólo conversando se arreglan las cosas. ¡Es un hecho! Quizá lo que sucede entre nosotros sea algo normal entre parejas. No lo discuto. De hecho estoy completamente seguro. Pero yo no puedo conformarme. Eres la mujer de mi vida, no otra mujer más. ¡No otra relación más! Te he esperado casi 40 años. ¿Te acuerdas de la magia que había entre nosotros hasta hace menos de una semana? Todo el mundo la podía ver, sentir. Esa magia aún existe, pero como no hagamos algo, se perderá. Cariño, yo no puedo aceptar que eso suceda.
Esta relación es especial. Deberías saberlo. Alguna fuerza superior, en algún recóndito lugar del cosmos, ha ordenado a la diosa casualidad que nos uniera para siempre. Créeme, esa deidad jamás se equivoca. Nos ha juntado para que sigamos resplandeciendo y rielando entre nosotros y sobre el resto del mundo. Me fastidia que ciertos elementos humanos quieran romperla por simple maldad gratuita o celos. Ya sabes: si no eres mía no serás de ese tipejo enjuto con aspecto de depurador de responsabilidades, ni del siguiente. Me jode que no me toques, porque me hace suponer que mi cuerpo, por primera vez desde que tengo relaciones, no le gusta a alguien. ¡Espero que sea una tonta y errónea suposición mía!
Tómate unos minutos y mira las fotos que nos hicimos hace un par o dos de semanas. Si lo que ves no te gusta, o piensas que no es especial, dímelo y desapareceré de tu vida para siempre. Si por el contrario estás de acuerdo en mi percepción y quieres pasar a mi lado el tiempo que tú creas necesario, muéstrame una sonrisa. Pero una sonrisa Isabel. Ese tipo de sonrisa que me convence de que soy humano y no vegetal; que sofoca mis problemas convirtiéndolos en sensaciones difíciles de definir. Esa sonrisa dulce y picarona que desaloja de mi interior lo mejor que guardo. Y que es para ti.
Voy a terminar este texto de la misma forma que lo comencé, es decir, en plan tontín, pero es lo que me sale del corazón. Y yo no puedo permitirme desautorizar a ese gran músculo que determina mis acciones.
Te amo
-RESPUESTA (Recibida y enviada el 26 de febrero de 2009)
Amor:
Tu texto no es nada original y tus palabras no son tontitas, simplemente son subnormales. Déjate de rollos idiotas y ven a mi cama. Está muy muy fría. No comprendo qué es lo que te sucede. ¿Mi chico está enamorado? Pobrecito. ¿Qué quieres que te diga? Yo prefiero tener cierta parte de tu anatomía dentro y dejarme de idioteces. ¿Para qué sirve estar enamorado? ¿Te gusta sentir ese despreciable cosquilleo recorriéndote el estómago? Pues a mí no. ¡Me recuerda a un cáncer! Y ya sabes que en mi familia ese tema es tabú. Mi padre murió de cáncer. Mi madre murió de cáncer. Mi hermano Manuel murió mordisqueado por varios perros salvajes, pero tenía cáncer terminal. Mis tíos murieron de cáncer. Lo mismo les sucedió a mis cuatro abuelos y a una prima hermana.
¿Relación especial? ¿A lo nuestro le llamas relación especial? Tú no distinguirías una relación especial de una insuficiencia orgánica. Aunque lo que me ha hecho llorar lágrimas de incredulidad ha sido leer esa frase tan relamida sobre la diosa casualidad. ¿Te estás medicando, cielo? El aripiprazol o la clozapina no son buenos. Mi sobrina murió enganchada a los antipsicóticos. Mi hermana Marisa falleció mientras intentaba volar de un edificio a otro estando bajo los efectos del kif y algo similar le sucedió al hermano de la sobrina de mi abuela Nicanora.
He estado contemplando nuestras fotos. Y he visto a una chica guapa sonriendo a un badulaque. Es una lástima que salgas en casi todas, pues sigo pensando que fastidias mi imagen. Me hace gracia lo de la «sonrisa Isabel». Pero viniendo de un pirado como tú, debe de ser una especie de mensaje en clave.
Mi cama te espera, chato. Pero no por mucho tiempo.
-CARTA NÚMERO 6 (Enviada el 26 de febrero de 2009)
Isa:
Aparte de ti, nunca nadie se había atrevido a llamarme subnormal. La verdad es que no me importa. ¡Estoy tan enamorado! No voy a entrar en discusiones banales sobre las enfermedades que se llevaron por delante a la práctica totalidad de tu familia, aunque doy gracias a Dios de que haya respetado tu salud. De momento…
Lo nuestro es una relación especial porque para que eso suceda han de darse varios factores al mismo tiempo. Otro día me extenderé en esta cuestión. Ahora sólo quiero decirte que eres mi vida; y que la mía te pertenece al completo. Pero no mi pene. A ese lo tendrás cuando canalices tus sentimientos.
Te necesito
-RESPUESTA (Recibida y enviada el 1 de marzo de 2009)
No puedes llegar a imaginar cómo odio tu afición a escribir por carta. Comprendo que seas un monstruo prehistórico, pero desde hace muchos años existe algo llamado email. Es más cómodo e infinitamente más rápido. Y no me obliga a saltar de mi silla con dirección al estanco. No es que me desagrade hacerlo, incluso me gusta. El dependiente está verdaderamente bueno y me pone todo tipo de caritas amables. Creo que pronto te sustituirá en mi colchón de látex. Tú decides.
Me ha entusiasmado lo de tu pene y la canalización. Sólo a un chalado se le ocurriría bautizar a su minga como «Dafne». Mis sentimientos siguen un curso salvaje y NO CANALIZADO. Si alguna vez siento deseos de encauzarlos, llamaré a un albañil. Ahora te dejo. Tengo que ir al estanco.
Mi cama te sigue esperando (Y a Dafne).
-CARTA NÚMERO 7 (Enviada el 2 de marzo de 2009)
Mi amor:
Escribo en papel porque en el tugurio donde me encuentro no existe conexión a la red. Y porque es más humano. Más emocional. Te quiero. Te quiero. Te quiero. Me importa poco que te guste el estanquero. Hasta donde yo sé, ese tipo es gay. Conozco a su novio de ahora y al anterior. No olvides que vives en mi casa y que el colchón de látex es de mi propiedad. Lo compré en unas rebajas por la tele y me regalaron dos pares de sábanas bajeras y una almohada con forma de mariposa. La misma almohada donde descansa a veces tu hermosa mata de pelo dorado.
Puse «Dafne» a mi pene en honor a Jack Lemmon en Con faldas y a lo tonto. Hasta que cumplí los 25, «Dafne» se llamaba «Triturín». Luego fue «Aaaahhhh» durante un corto periodo de tiempo, hasta que al fin di con el nombre que ahora luce con desparpajo y salero. Y se quedará así hasta que sea incapaz de levantarse y saludar a una dama.
Eres mi tesoro. Lo sabes. No pienso ir hasta que me quieras. Puedo permitirme malgastar algo de mi tiempo. Ya sabes que soy doce años menor que tú. Dentro de ese lapso de tiempo yo estaré en plena forma, sin embargo a ti tendrán que trasladarte en camilla. Si te traslada el estanquero, el albañil o yo, es algo que sólo tú puedes decidir.
Eres mi todo
-RESPUESTA (Recibida y enviada el 6 de marzo de 2009)
Querido Triturín:
Con faldas o sin ellas, yo soy una dama y tú sí que eres tonto. La peli que citas se llama Con faldas y a lo LOCO o Some like it hot (in english). Hot está mi vagina vacía. Como veo que no te interesa rellenarla, he decidido pintar las paredes del dormitorio de color amarillo. Es el tono preferido de Ricard, el amante del novio del estanquero gay. Richi (o Ricard) es bisexual, aunque según me dijo la otra noche, contemplar mi cuerpo desnudo le ha hecho abrazar para siempre la heterosexualidad más indómita. Por cierto, él también tiene esa afición tan masculina y degenerativa de poner nombre a la picha. La suya atiende al nombre de «Colisión».
Desde luego no te equivocas al calcular mi edad. Soy once años y cuatro meses más mayor que tú. Pero cuando a mí me tengan que trasladar en camilla tu estarás en la morgue. Mis amigas siempre han creído que eras mi padre cuando les he enseñado algunas fotos. Una incluso me dijo que no podía comprender que de un tío tan feo saliera una chica tan guapa e inteligente como yo. ¡Es lo que hay!
¿Vas a quedarte en ese antro toda la vida? Si es así deberías poner la casa a mi nombre. ¡Piénsatelo, amor!
-CARTA NÚMERO 8 (Enviada el 6 de marzo de 2009)
Cielo:
Conozco a Ricard. Intentó darme un morreo en una fiesta en la que coincidimos. Como rechacé sus insinuaciones acabó liándose en el retrete con uno de los hijos de la anfitriona. Al descubrirlos ella haciendo contorsiones complicadísimas en un sitio tan incómodo y diminuto les invitó a ambos. A su hijo, a firmar por varias sesiones de electroshock en una clínica privada y a tu amigo y su pequeñaja «Colisión» a no volver a acercarse a esa mansión a menos de 50 km de distancia.
¿Tus amigas son ciegas? Si son capaces de confundirme con tu padre, que lleva años muerto por culpa de un puto cáncer, serán capaces de contar cada una de las arrugas que surcan tu rostro. ¡328 enumeré la última vez! Aunque creo que me desconté cuando llevaba 323. ¡Eso sí! la tercera parte de ellas son perfectas en su materialización y desarrollo.
No puedo (ni querría, si fuera posible) cambiar el nombre del propietario de la casa. La heredé de mi abuelo Cosme y todavía está a su nombre. Claro que si te haces pasar por anciano y cuela en el Registro de la propiedad te la regalo desde hoy mismo.
-RESPUESTA (Recibida y enviada el 6 de marzo de 2009)
¡Estoy embarazada! Creo que tú eres el padre, pues aunque la criaturita debe ser poco mayor que una almendra, putea de una forma que me recuerda a ti. He decidido abortar comiendo varios kilos de patatas podridas, así que no vale la pena rogarte que vuelvas para encargar otro. Eres tan frío que ni siquiera te afecta la descendencia bilateral. Creo que estoy empezando a quererte por lo que pareces y no por los milagros que hace conmigo Dafne.
Vuelve, por favor…
-CARTA NÚMERO 9 (Escrita el 9 de marzo de 2009 – No enviada)
Querida Isa:
Es difícil que esa almendra fuera mía. Me hice una vasectomía cuando volví de la mili. ¿No serían flatos?
Te amo
-CARTA NÚMERO 10 (Escrita el 10 de marzo de 2009)
Querida Isa:
Si piensas que esa frutita seca (almendrita) era en parte mía, deberías peregrinar al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes. Quizá no recuerdas (ay, la edad) que una vez te conté cómo me había vasectomizado cuando regresé de hacer el servicio militar. Seguramente no te enteraste porque estabas muy ocupada cortándome repetidamente para explicarme lo maravillosa y especial que te sientes.
Pero vayamos por partes: ¿Crees que me quieres por lo que parezco? ¿Y a qué me parezco? ¿A un hombre o una cosa? ¿A un pirado o a un tasajo? No creo que ni tú lo sepas. Nunca te ha importado nadie que no fuera Isabel. ¿Recuerdas cuando estampaste uno de mis zapatos contra el espejo del recibidor porque te resaltaba algunos defectos? ¿Recuerdas que al día siguiente intenté ponérmelo y me clavé un trozo de vidrio? Pues así es como veo ahora nuestra relación.
He conocido a una mujer excepcional. Por una de esas aterradoras coincidencias de la vida también se llama Isabel. Y es rubia como tú. Y tiene 12 años menos que yo y 279 arrugas menos que tú. Voy a empezar una nueva vida con ella. Ya no te necesito. Ni siquiera «Chispita» (Aka Dafne) te necesita. Puedes quedarte con el piso y montar una orgía continua en él. No me importa en absoluto. Cuando recibas esta carta habrán sucedido dos hechos importantes: el primero es que me habré mudado. El segundo, y no menos importante, es que me habré comprado un ordenador portátil Samsung. Como no voy a escribir el remite en el sobre, me siento fuerte para escribir lo que pienso. Y pienso que estás enferma de autopasión.
Olvídame, amor. Si me falla la nueva relación volveré al piso o me haré budista.
George Hayter. Coronation portrait of Queen Victoria (1838)
Inspiré pacíficamente mientras contraía los abdominales. ¡No, no estaba haciendo yoga! Intentaba esconder el barrigón delante de las mujeres. Y en ese momento me encontraba frente a 458 señoras y señoritas, aunque fui totalmente incapaz de distinguir a unas de otras. De pronto, la presidenta solicitó silencio mientras la ponente principal se acercaba a la tribuna al mismo tiempo que se ajustaba el vestido con la mano izquierda. —Me llamo Silvia Solero y estoy aquí para presentaros a este espécimen de macho mezquino, egoísta, vicioso, mentiroso, posesivo, tacaño, rencoroso, agresivo, cobarde, cruel, hipócrita, infiel, tramposo, violento, inseguro, vengativo, vago, torpe, pesimista, irrespetuoso, perdedor, egocéntrico, maleducado, aburrido, vanidoso, ignorante, desconsiderado, indiscreto, pedante, repetitivo, corrupto, suplicante, influenciable, materialista, torpe e imbécil. ¡Además de feo! Por supuesto, ese tipo era yo. —Colegas, asociadas y amigas. ¿Qué deberíamos hacer con esta «cosa» con forma más o menos humana? Algunas de vosotras ya me lo habéis comunicado unos minutos antes de entrar en la sala, y por los rostros de la inmensa mayoría, estoy completamente segura de cuál es la respuesta. Lo primero que voy a hacer es pedir a las compañeras de intendencia o de seguridad que acerquen a dicho infrabípedo ibérico aquí, justo donde me encuentro yo. ¡Así! Muy bien! ¡Gracias compañeras! ¡Vale! Ahora me gustaría que alguna de vosotras subiera al escenario y le bajara los pantalones y los calzoncillos para que se sienta más vulnerable. Todas sabemos que los machos misóginos se… —¡Por favor! ¡Suéltenme! ¡Esto es una pesadilla! —grité mientras intentaba zafarme de las ligaduras. —¿Quieres que te suelte? ¡Pobrecito! Amigas, ¿lo soltamos? ¿Le ofrecemos la libertad? La respuesta fue un no tan rotundo que casi me asfixia, pero decidí hacerme el duro. —¡Yo no os he hecho nada! ¡Desatadme, bolleras! —¿Nos ha llamado bolleras o es que he escuchado mal? —Las 458 cabezas asintieron mientras gritaban lo que se debía hacer conmigo. —Compañera, bájale los pantalones y la ropa interior. ¡Ahora! No escuches sus despropósitos ni sus falsos lamentos. Este sujeto ya no volverá a someter a… —¡Nunca he sometido a ninguna mujer que no hubiese pedido que la sometiese antes! ¡Lo juro por Dios! —¿Ves estas hojas? Están repletas de todos tus delitos. Delitos por los que hoy serás sacrificado. —¡Malditas marimachos bastardas! Os juro que si me desato os… —No podrás hacerlo. ¡Oh! ¿Eso es un pene o un divieso? En ese instante las carcajadas traspasaron los tabiques y se difuminaron en pequeños segmentos. Segmentitos, supongo que podrían llamarse. —¡Subidme los pantalones! ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! —Señora presidenta. Colegas, asociadas y amigas. Ahora voy a proceder a cortarle el miembro con esta daga filosa, pero antes necesito que alguien me acerque una lupa. Por favor, sí, sí, gracias. Aquí está la lupa. Muchas gracias, amiga. —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Mamá! El corte no me dolió demasiado, pero sentir la sangre descendiendo por mis piernas fue una de las experiencias más espantosas de mi vida hasta ese momento. —¡Mirad mi mano! Esperad, así. ¿Lo veis mejor ahora? Esto, esto era su cerebro. Ahora no es más que un guiñapo sanguinolento. ¿Quién de vosotras quiere llevárselo para alimentar a su perro? Todas, absolutamente todas tenían perro. —Luego lo sortearemos. Ahora, mientras este medroso ordinario se desangra vamos a entonar el amado himno de nuestra sociedad. ¿Os parece bien? Con su permiso, señora presidenta,¡comencemos!
La letra de la canción era tan reiterativa y previsible que una especie de fuerza todopoderosa e intolerante a la música monotonal se concentró dentro de mí. No me costó ni un microsegundo arrancarme las bridas de los brazos y pies. Al sentirme libre lo primero que hice fue coger a la señora ponente principal del pelo y arrojarla a varios metros de distancia. Luego cogí mis pantalones y mi pene del suelo y metí este último en un bolsillo. Para entonces tanto la presidenta, las ponentes y la mayoría de señoras y señoritas habían abandonado la sala aterradas. Me senté sobre la tarima y me fumé un cigarro imaginario que me produjo tos. La tos me ocasionó apnea y la apnea me obligó a abrir los ojos y mirar de refilón el despertador.
Estoy escribiendo una novela corta en la que el personaje principal, un tipo del montón, se masturba desde la página 4 hasta la 566. A partir de la página 567, el protagonista contrata a una mujer de vida licenciosa para que le masturbe, ya que se ha vuelto vago de repente. Esa mujer le masturba de varias formas diferentes hasta la página 984 en que deja de masturbarle por un problema de vértebras. Durante las siguientes 76 páginas nadie masturba al héroe, que aburrido de su existencia medita seriamente con suicidarse, pero súbitamente, es decir a partir de la página 1060, alguien (un personaje secundario) le regala para su cumpleaños una máquina eléctrica masturbadora y él vuelve a encontrar un sentido a su existencia, así que la utiliza día y noche hasta la página 1226 en que la compañía hidroeléctrica le corta el suministro por tener varias facturas pendientes. Presa del pánico, el protagonista sale a la calle agitando con un brazo la mano de látex de la máquina eléctrica masturbadora y cae muerto cuando un policía le dispara al confundirlo con un bisonte de la pradera. Todavía no tengo perfilado el capítulo final, pero supongo que será esperanzador.
Un escritor nunca debería ser juzgado por sus mejores textos, sino por aquellos que pudiesen provocar el vómito a los lectores. De la misma manera, ningún artista debería ser encumbrado sin antes haber sido pisoteado o apaleado y sus obras destruidas total o parcialmente. Cualquier cuadro, fotografía, texto literario o film que pudiera encajar en los gustos del público, debería ser desencajado con premura, para después ser encajonado y tirado al mar. Y con ellos, parte de ese público que se dejó encajar, pero sin encajonar, empujados de uno en uno desde un sucedáneo de roca Tarpeya construida para esas ocasiones.
Y ahora me retiro al sofá, pero no al monoplaza o al biplaza, sino al triplaza. Así estiro las piernas.
Los 206 huesos del puñetero putañero Arsenio Coto descansaban en el interior de una caja de madera bastante desvencijada. A su lado, varias carpetas repletas de vetustos documentos, algunos bastante arrugados, esperaban ser recogidas para su posible clasificación. Sin embargo ya habían pasado casi siete años y, exceptuando algunos plateados lepismas, nadie se había preocupado demasiado tanto por sus restos físicos como por sus vestigios documentales. Sí, se sabe que hace un par de años alguien se interesó en el epitalamio de su tercer desposorio y que poco tiempo después fue sustraído cierto articulito que Arsenio escribió sobre Funes el memorioso, ese relato de Borges que trata sobre la angustia humana.
Llegados a este punto, es decir, al comienzo del segundo párrafo, creo que debería tratar de explicar quién diantres fue Arsenio Coto y por qué es merecedor de esta insignificante y apresurada reminiscencia, sin embargo no voy a hacerlo. Nunca hago las cosas tal y como creo que deben hacerse y mucho menos como el resto de la gente que me conoce piensa que deberían hacerse. Y no creáis que porque use repetidamente diferentes conjugaciones de ese verbo tan agotador como es el verbo “hacer” voy a terminar haciendo algo. Simplemente no soy y no hago; y aunque en ocasiones pueda llegar a aceptar la cifosis dorsal como animal de compañía sigo ciscándome en los muertos de las monolíticas familias Rotschild, Rockefeller, Oppenheimer, Walton, Murdoch, Morgan y du Pont y del resto de mamarrachos que están convencidos de que uno es lo que es y no lo que el resto graciosamente le deja ser. Y lo siento por todo aquel que todavía sigue a los azulitos o a los rojitos, o incluso a otros colores nuevos como los moraditos (en Spain), porque el verdadero color del ser humano y de su incuestionable futuro es el negro. Las caries son negras. Los anos son negros, exceptuando los que han sido sometidos a esa técnica segura, cómoda y eficaz denominada blanqueamiento genital. En ocasiones las axilas se vuelven negras. Y también las entrepiernas. El semen del toro Angus negro no es negro, ni el del Brangus negro, pero ni falta que hace. Yo tampoco soy negro. Entonces ¿cuál es la jodida diégesis de todo esto?
Hace algunos años, mientras me encontraba de viaje en India, coincidí con otros españoles y nos hicimos amigos. Uno de ellos, un madrileño grande y bastante corto de entendimiento no paraba de gritarme que todos los valencianos eran falleros. Yo intentaba poner buena cara mientras le explicaba que en Valencia aunque verdaderamente abundan los falleros hay muchísima gente que no lo es y otros, como yo, que directamente odian las fallas. Durante 14 días tuve que tragar saliva para no pegarle un puñetazo en pleno mentón hasta que al final, el día que teníamos que coger el vuelo de regreso, el chulapo se presentó en mi habitación y me volvió a soltar su repugnante mantra. Mientras le miraba de arriba abajo y detenía mis ojos sobre sus sucios dientes lo entendí todo. Recogí y amontoné algunas sillas, mesas, maletas e incluso el cubo de basura y creé mi propia falla. Durante la plantá traté de entonar Valencia y el Himne Regional y aunque no soy un buen cantante me encantó mi reinterpretación de ambas melodías. Luego cogí un rollo de papel higiénico (made in spain), le prendí fuego y lo arrojé sobre el monumento fallero que ardió con prontitud mientras el imbécil salía pitando tan asustado como una niñita de cuatro años. Yo terminé en una especie de celda hindú rodeado de varios sadhus borrachos y perdí el vuelo. En realidad perdí los vuelos de los siguientes 67 días, pero gracias al extraordinario y superrápido (Ja) trabajo de nuestro consulado pude aterrizar en Iberia con unos cuantos kilos de menos y algunos sopapos de más. Nada más llegar a mi barrio averigüe el número de teléfono de ese madrileño más idiotizado que el resto de madrileños y le llamé. En cuanto descolgó el teléfono me presenté y le pregunté si quería que fuese a su casa a plantar otra falla. Por supuesto el tipo me colgó. Estuvo colgándome durante los 14 años siguientes a una media de cinco llamadas diarias. Me denunció por acoso en 124 ocasiones y al final desapareció del mapa. Pero las fallas continuaron en la terreta de la misma manera que yo continué con mi odio hacia él y hacia ellas. Mientras más los odiaba más me acordaba de Arsenio Coto. Así que comencé a aborrecerlo también. Resulta tan sencillo odiar…
Sbre casi siempre fue Sbre, excepto cuando fue Bres. Claro que antes de ser Bres fue Paco. Gracias a él y a su extraña santísima trinidad conocí a Arsenio Coto. Recuerdo que todo sucedió en la salita del re menor, anteriormente llamada la salita del re mayor. En esa habitación Sbre componía sus piezas musicales en tono de Re. En esos tiempos Arsenio Coto aborrecía cualquier palabra o cosa que comenzara en re, to, sa, li, fu, mi, ce, sa, mu o ta, por esa razón era invitado en contadas ocasiones. En una de esas ocasiones lo conocí. Mi primera impresión fue que se parecía a un egipán. Mi segunda impresión fue que se parecía a un egipán, pero a otro egipán, no a uno relacionado con el primer egipán. Mi tercera impresión se transformó en una digresión y poco después en una depresión y tuve que excusarme y marcharme a toda prisa. Al llegar a casa me tumbé sobre la foto a tamaño real del cadáver de Pío de Pietrelcina y me dormí. No recuerdo con qué soñé, ni siquiera recuerdo si llegué a soñar algo. De lo único que estoy seguro es que me levanté tosiendo y me preparé un té de manzanilla, tila y menta… o puede que fuese de Ginkgo, regaliz y romero. Luego me fui al aseo pero como de repente rehusé asearme, salí de la misma forma que había entrado. Me senté sobre la foto a tamaño real de una silla antigua y medité.
El que ve dos veces llamó a la puerta. Me levanté dos veces y abrí la puerta otras dos veces. Él me sonrió dos veces y entró dando dos graciosos saltitos. Nos sentamos dos veces sobre dos sillones y hablamos de dos temas. Luego de otros dos. En un momento dado yo me levanté dos veces y preparé cuatro cafés, dos para él y dos para mí. Pronto se hizo tarde y se marchó dos veces. Saqué la cabeza por la ventana y lo vi alejarse. Aunque me despedí agitando la mano dos veces la distancia le impidió verme dos veces. Con una hubiera bastado, pero en ocasiones la existencia puede ser espeluznante. Me acosté dos veces y mientras miraba el ventilador del techo me pregunté a mí mismo por qué todo es tan complicado. Luego me santigüé dos veces, cogí el móvil dos veces y contraté dos veces a dos trabajadoras sexuales mellizas.
Wilhelm von Kaulbach. Mentally ill patients in the garden of an asylum, a warden l Wellcome (1834)
Unas horas más tarde eran unas horas más tarde. Supongo que son cosas del tiempo y sus misterios. Aunque me hubiera gustado que unas horas más tarde fueran unas horas más pronto. Entonces todo lo que conocemos sobre esa magnitud física que continuamente sodomiza al Aquí y Ahora dejaría de resultar imprescindible para el devenir de la existencia. Imaginemos por un instante que «unas horas más pronto» significan realmente unas horas más tarde y no «voy a comprarme unos gayumbos nuevos», como algunos pretenden que creamos. Si fuese así, no podría ahora mismo salir de un portazo mientras grito a mi compañera que me voy a Alcampo a comprarme unos calzoncillos nuevos y baratos, sino que «unas horas más pronto» sucedió algo. Entonces mi mujer se acercaría a mí, me agarraría con fuerza por las solapas de mi dos cuartos y me besaría apasionadamente. Porque el pasado y el futuro se enlazarían en una especie de cadena demente que impulsaría a la mecánica relativista y a sus seguidores a internarse en un bosque oscuro, arrodillarse y adorar a cualquier omnipotencia que pasase por allí.
No sé por qué razón no me dejan salir de esta habitación. Afortunadamente ya me permiten caminar los dos metros cuadrados de paredes y techos sin esa maldita camisa que se abrocha por detrás. El doctor Achutegui, que es primo hermano del doctor Cadorniga, dice que estoy mejorando. Pero todavía me obliga a que escriba mis pensamientos en una libreta. Al principio, es decir, unas horas más pronto, me daba miedo mirar de frente las hojas cuadriculadas, pero ahora soy capaz de mantener la vista sobre su espiral lateral sin sentir que le debo algo al adhesivo con el precio que está situado en el costado derecho de la parte de atrás.
Si de verdad «unas horas más tarde» o su significado pudiera extrapolarse a algo que tuviese la suficiente poca personalidad como para dejar que algo, poco o mucho, lo extrapolara lascivamente, sin tener el suficiente tiempo para llegar a alguna, o muchas conclusiones, mi vida no tendría el suficiente sentido como para que yo, algunas veces, sobre todo cuando me afeito, pensara que mi vida tiene demasiado sentido. Por esa razón, el doctor Achutegui y su primo, el doctor Cadorniga tienen envidia de mí. Una vez, mientras el doctor Herbella, sobrino del doctor Cadorniga, me ponía una de esas inyecciones que me dejan tonto, el doctor Lejalde, amante del doctor Sagastia, a su vez, hermano del doctor Achutegui, me escondió los calcetines en la lámpara que cuelga del techo. Podían haberlos escondido en la lámpara que cuelga del suelo, pero para jorobarme decidieron ponérmelo muy difícil. Cuando les eché en cara sus conductas se pusieron a cantar El vello es bello, canción compuesta por Matilde Cadorniga Lejalde, hija de sus padres y abuela de un ser que desapareció -dicen- minutos antes de que abortara espontáneamente tras ayudar a un chafarrinón a huir de un tizne que intentaba quebrantar su disposición.
A veces recibo visitas. Los doctores amablemente permiten a las cucarachas que pasen conmigo un par de horas. Cuando eso sucede, hablamos de temas contemporáneos y, sobre todo, de filosofía. Hay que tener en cuenta que las cucarachas no creen en la esencia. Ni siquiera en los principios de cualquier teoría. Lo único que hacen es darme la razón mientras mueven sus cabecitas en ángulos imposibles para cualquier ser que no posea antenas. Hace bastantes años yo tuve una antena. Cuando alguien se carcajeaba, la antena emitía unas ondas hertzianas que hacían que el emisor de las risas tuviera unas irrefrenables ganas de probarse un sujetador reductor. Daba igual que fuera hombre o mujer. El resultado siempre era el mismo. Nadie estaba conforme con la copa que le había tocado.
Oigo unos ruidos. A primera oreja parecen producidos por la Santísima Trinidad, pues puedo diferenciar tres voces. Pero la realidad es más horrible. ¡Esos sonidos los emite el doctor Herbella que viene a ponerme otra inyección! Pobre imbécil. Está convencido de que al final será el principio. Desde luego, yo no voy a corregir su error.