octubre 2022

Email del 31 de octubre 2022

Emil Robinson. London window (2008)

En mi habitación hay una ventana que suele estar cubierta con una cortina opaca. Entre la cortina y el cristal viven dos moscas y a veces se enfadan, pues puedo escuchar sus zumbidos de disgusto incluso con los auriculares puestos mientras escucho el concierto para piano y orquesta de Alfred Schnittke, que es la única pieza musical que puedo soportar últimamente. En ocasiones, en el suelo del cuarto crecen setas y cuando esto sucede las recolecto y me preparo tortillas con ellas. Las paredes están cubiertas de pequeñas telarañas y sus inquilinas, las llamadas patilargas, contemplan extasiadas todos mis movimientos, los analizan o los sintetizan, pero nunca los critican abiertamente, porque entre otras cosas, esos arácnidos están ilustrados y pertenecen a la realeza Arthropoda, una rama del subfilo Chelicerata que no se caracteriza por comadrear sin fundamento.

La estancia se encuentra alejada del cuarto de baño, por eso, cuando tengo que manufacturar alguna función corporal excremental la envío normalizada por correo, pues odio salir de mi universo y no necesito enfrentarme al largo pasillo con las paredes pintadas de un amarillo mostaza que divide mi hogar, dulce hogar. Nunca he tratado de indagar quién tira de la cadena, pero lo que está claro es que alguien lo hace; es posible que sea la Monstera o el Ficus que acomodé allí una vez para alegrar el ambiente húmedo y mugriento, hace muchos, demasiados años.

En algunos momentos, sobre todo aquellos en los que mi humor no es demasiado afable, enciendo las luces con el poder de la mente y las apago de un disparo. Esto provoca entre mis insectos cierto desasosiego terrorífico que sólo se calma cuando canturreo una canción inventada cuya letra suele tratar de los problemas de la soledad neofóbica y obviamente forzada, sus consecuencias sincréticas y el destino anímico racional de la inmanencia de los sinsentidos ocultos.

Los días de lluvia las gotas entran por los resquicios de la madera vieja y carcomida de la ventana y dibujan extrañas figuras en la pared. No me importa demasiado porque soy un amante del arte abstracto sin autor y, en algunas ocasiones, incluso me convierto en marchante e intento vender un pedazo de cal mojada a alguna de mis compañeras, las moscas. Estas suelen ser reacias a comprar, pues piensan que en los tiempos que corren lo mejor es el ahorro y la economía de gastos, y entonces, tengo que tragar saliva y darles la razón.

Greg

P.S.:
La canción inventada cuyo título siempre es el mismo (¿Quién es ese pobre loco que chilla?) suele cambiar de letra de un día para otro, aunque generalmente su primer párrafo permanece invariable:

Soy un hombre viejo que está solo (solo, solo, salalalá)
así que no me hables como si fuera un animal antropomorfizado,
pues solo soy un jodido humano (humano, humano, salalalá)
ahogado por este capitalismo salvaje y deshumanizado.


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Email del 29 de octubre 2022

Lynd Ward. Song without words (1936)

Hace un día asqueroso. El cielo está tan oscuro como el paladar de una mamba y la condensación provocada por la altísima humedad ambiental resbala por mi calva androgenética en forma de salitre efímero. Me apetece gritar, pero odio asustar a los pájaros que hartos del bochorno del verano se dedican a descansar en las ramas de los árboles. Si en lugar de aves fueran humanos los que dormitaran en las ramas no me comportaría de una forma tan afable.

Han pasado nueve minutos desde que escribí el párrafo anterior. Me he asomado a la ventana y he visto a una lagartija corretear por la acera. Su cara desprendía disgusto y desazón a partes iguales. Detrás de ella acechaba un gato atigrado de aspecto famélico, seguramente con aviesas intenciones. Como no quería que el felino se saliera con la suya me he bajado la cremallera del pantalón y he sacado el pene por la ventana mientras gritaba tratando de llamar la atención del morrongo. Todos sabemos que los mininos odian los falos que miden más de 35 centímetros de largo, incluso en estado de flacidez, por lo que éste ha salido espantado y presa del pánico se ha dado un mamporrazo contra una señal de tráfico. El golpe ha hecho que tres vecinas, que permanecían extasiadas con las dimensiones de mi miembro, tomaran conciencia de sus inútiles existencias.

Me duele la garganta, los brazos y la cabeza. Me huelen los pies. Me arde el esófago y me supuran los folículos pilosos de los furúnculos. Me tiemblan las piernas. Me he convertido en una momia. ¿Dónde se encuentra mi sarcófago? Creo que debería donar mis orejas a la ciencia. ¡Han escuchado tantas gilipolleces a lo largo de los años! Mi organismo está saturado. Atiborrado. Repleto, colmado y henchido. Hace años mi cuerpo era una obra maestra. Y mi cerebro pesaba cinco kilos. Ahora estoy en muy mal estado. Tantos y tantos años de cohabitación con subhumanos han acabado pasándome factura. Me miro al espejo y no me reconozco. Lo limpio con Luminia o Cristasol y sigo sin reconocerme. ¿Esas facciones ojerosas son mías? ¿Esa monstruosa barriga falstaffiana que entra por las puertas diez minutos antes que el resto del cuerpo me pertenece? ¿Dónde están mis dientes? Todo me abandona. Hace años se largó mi cabellera. Después lo hizo mi ingenio. Y ahora el resto de las partes de mi marchita anatomía. Mi mamá ya no me mima. Ni mi tía me tutea. Mis sueños se han podrido. Mis circunstancias me piden dinero o me amenazan con una apoplejía.

Si no fuera tan vago me colgaría de una viga. Pero no quiero que un jodido forense me descuelgue. Odio ser descolgado por alguien que tiene estudios superiores. Me encantaría que me descolgara la lagartija que correteaba por la acera. Quiero que me descuelgue la lagartija que correteaba por la acera. Si no me descuelga la lagartija que correteaba por la acera, prefiero que me dejen suspendido. Suspendido hasta que mis huesos sin carne sirvan de cobijo para la pequeña fauna urbana. Enganchado hasta que mi mamá y mi tía me lloren. Pendido por los siglos de los siglos. O hasta que todo explote.

¿Todo es una puta mierda? Sí, todo es una puta mierda. ¿Por qué todo es una puta mierda? Me niego a buscar una respuesta a algo que carece totalmente de sentido. Todo es una mierda. ¡Y punto! No hace falta que le demos vueltas y más vueltas a la jodida cabeza. ¡Todo es una puta mierda!

¡Ja! Sabía que tarde o temprano acabaría encontrándome con alguien vivo.


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Email del 18 de octubre 2022

Peter Blake. The first real target? (1961)

Amiga:

En algunos momentos la resistencia de mi aflicción es eviterna e inextricable. Concibe dolor y angustia a partes iguales. Imita, regenera y combina los recuerdos en mi memoria. ¿Podría evitar ese inútil deterioro emocional? ¿Cómo? Quizá parapetando mis sensaciones internas tras un círculo de simulación, pero esa acción no evitaría que los espectros reaparecieran. Supongo que debería limitar mis excusas; doblarlas diagonalmente intentando que no se quebrara su frágil estructura. Pero entonces los pliegues interiores tenderían a solaparse y los pretextos resultarían seriamente afectados. Y aunque sólo son pequeñas alegaciones, las he manufacturado yo. No puedo destruir algo que me pertenece y que es una parte integrante de mi esencia, de mi naturaleza.

Atormentarme se ha convertido en una de mis ocupaciones habituales. No me produce ninguna clase de placer, pero evita que mis pensamientos se difuminen. Sería un error imperdonable creer que esa forma de exacción intelectual sólo es una extensión de mi arrogancia, pues no voy haciendo participe de ella a nadie de los que me rodean. Ni siquiera me jacto, ante mi propio reflejo en el espejo, de mi capacidad innata para convertir cualquier asunto peculiar en un refugio de contradicciones y pesimismo. Sin embargo, esa tendencia a ver las cosas de una forma contraproducente me ha salvado la vida.

Con objeto de no alargar indefinidamente este gemebundo email, me gustaría dejar claro un par de puntos que considero reveladores acerca de mi conducta sociológica (o moral):

1 – Acepto los contenidos, pero expreso mi derecho a negarme a ser el único responsable absoluto de mi emasculación existencial.
2 – Si por el contrario se demuestra que la elección es nuestra, ¿por qué sobrevivimos cuestionándonos por nuestros propios comportamientos?

Hace varias horas que un nimbo dispersa la luz que se atrinchera dentro de mi cabeza. No me produce dolor alguno, pero siento la nutación de sus movimientos giroscópicos. Podría descerrajarme un tiro en la sien y todo volvería a su estado inicial. ¡El principio sitúa la acción como norma de conducta!

Greg


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Email del 17 de octubre 2022

Christian Rex van Minnen. Man fungus (2007)

Amiga mía:

Existen tres formas de teletransportar un nematelminto. Lo que no entiendo es la utilidad que puede tener mover algunas partículas o un gusano entero de un lugar a otro. Pero, ¿acaso existe alguna acción provechosa que pueda realizar un ser humano para sí mismo o en beneficio de la sociedad que no sea absolutamente inadecuada? Si exceptuamos el suicidio colectivo, claro está. Pero, si no somos capaces de convivir en total armonía, ¿cómo vamos a ser capaces de poner fin a nuestras existencias en comandita?

Hum! Creo que estoy desvariando. Ésta no es una forma correcta de comenzar un email. Lo intentaré de nuevo…

Holaaaaaa:

Ayer fotografié la parte sobrante de un relleno. He titulado a la obra maestra resultante Rebaba multiforme. Es increíble la clase de tipo extraordinario y sorprendente que puedo llegar a ser cuando no me encuentro demasiado ocupado piropeándome. Ya sabes que me encanta dedicarme cumplidos en varios idiomas. Nací educado, que más puedo decir. ¡Bueno! Podría añadir que también soy viril y apuesto, garboso, gentil y brioso. Claro que ésta es una suposición propia. Mientras vivió, mi padre nunca se cansó de repetir hasta la extenuación que las tres cosas de las que realmente se arrepentía en su vida fueron no haber conquistado las Galias, no haberse tratado su discapacidad neurológica y prestar algunos espermatozoides de dudosa calidad a mi madre. ¡No! ¡No! No me gusta. Es un inicio bastante psicótico. Desde luego poco digno de un buen comienzo epistolar.

Querida:

Si mezclas Ibuprofeno con caramelitos Smint machacados y esnifas el polvo resultante… ¡Joder! Este arranque es vicioso y manifiestamente perturbador.

Hola:

Creo que voy a mandar a la puta mierda a mi mejor amigo. Hace un par de semanas confundió «hipóstasis» con «hipótesis» y eso es algo que no puedo perdonar. Ni yo, ni la Santísima Trinidad. Por ese motivo, y entre los cuatro, hemos decidido poner fin a una bonita amistad que ha durado diecisiete horas. ¿Cómo se puede ser tan palurdo? Hasta un pingajo ascomiceto sabe que la hipóstasis es cada una de las tres personalidades en que puede convertirse ese Ser único llamado Dios cuando quiere escabullirse de un problema o una misión celestial. Porque, aunque pueda sonar inverosímil, hasta las omnipotencias divinas tienden a desaparecer cuando un conjunto de problemas de ardua solución se presentan de repente y sin haber sido invitados con antelación. Hace algunos años repudié a mi novia de entonces por confundir «etéreo» con «estéreo» y «gurrumino» con «chumin…». ¡Sí! Soy un ferviente partidario de la tendencia clasicista. Por eso soy tan partidista. Y por eso envié una carta ofensiva, humillante e hiriente a Theodore Millon dos semanas antes de que falleciera. ¡Y sabes? No me arrepiento de nada de lo que he hecho desde entonces. Ni siquiera de haber puesto la zancadilla a un renco cuando intentaba encaramarse al metro. Al fin y al cabo pudo subir a éste, aunque con la cabeza. ¡Y encima tuve que soportar los insultos del resto de viandantes! Algo no funciona bien en los cerebros humanos. ¡Cuánto me gustaría ser un zombi que se alimentara de seseras! (Nota: No debí volver a revisar la peli No profanar el sueño de los muertos).

Hola, nena:

La opinión de que la nada y el ser son esencialmente indeterminados, ya que ambos comparten la misma falta de determinación, me parece una memez. Hegel debería estar depresivo cuando formuló dicha teoría. Te pondré un sencillo ejemplo: yo soy, pero soy nada. La Nada es hermosa, sobre todo cuando aparece de improviso y engalanada de circunstancias imperceptibles. Pero si posee el don de manifestarse a su antojo y meter en un lío a un individuo -me refiero a un ente que piense y sea capaz de llegar a algunas conclusiones- no entiendo cómo es posible situarlas en un mismo nivel. La Nada implica inexistencia. El Ser incluye un montón de facturas y algunas conversaciones estériles. Pero supongo que debo estar agradecido a Georg Wilhelm Friedrich Hegel, pues una vez planteada su teoría se fue de putas y no regresó a su hogar hasta pasados cinco días, mientras que Bergson quiso rizar el rizo y propuso que la idea de la nada es una pseudo-idea. Cuentan sus discípulos que el tipo se sintió tan realizado que desde ese instante prohibió a cualquiera que se hallase en su presencia pronunciar las palabras «Burdégano» y «escopaestesia» si antes no se había lavado tres veces los pies con sales marinas. Sin embargo, Heidegger, en lugar de meditar qué es la nada, se atrevió a aclarar que preguntarse por qué (cojones) hay una nada es de asnos y sugirió que deberíamos profundizar en la inexistencia de esa nada. Luego, unos años más tarde, Sartre corrigió a Heidegger manifestando sin el menor recato que la nada existe por su propia nada. Y tras quedarse relajado con su elucubración, se preparó una Vichyssoise y se la regaló al catador de alimentos para perros que se acostaba con su casera y se alejó del mundo durante nueve segundos. Según su biógrafo, Antoine Morandé, Jean-Paul se sintió tan sólo durante ese breve lapso de tiempo que consideró que el ser humano está «condenado a ser libre» y que «la existencia precede a la esencia».

Amiguita del alma:

Mi médico dice que padezco el Síndrome de inestabilidad masculina. Mi frutero piensa que soy tan raro como un mangostán. La mayor parte de mis vecinos están convencidos de que deberían echarme del edificio. Mi prostituta preferida se queja de que ha perdido a uno de sus mejores clientes. Pero en algún lugar de ninguna parte hay un ser que todavía piensa que puedo llegar a convertirme en poco, insuficiente o nada. Y yo estoy prácticamente de acuerdo con él.

GED

P.D.: En pro de la claridad expositiva, en mis textos sucesivos, si es que los hay, me llamaré siempre GED (Greg, el errabundo desnortado). Por lo menos lo intentaré.


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Email del 15 de octubre 2022

Banksy. Nobody likes me

Elegía

Ahora ya no queda nadie. Algunos no existen y el resto simplemente se deja ver de vez en cuando. Los que se fueron sollozaron sobre los hombros de los que se quedaron o de los que no podían irse. Todos necesitaban un cambio de vida. Los que huyeron, pero regresaron al no encontrar un motivo, sintieron que habían cometido un error de proporciones considerables y partieron de nuevo. Mientras se alejaban, un sueño cayó del cielo y sepultó sus esperanzas. Los encargados de inhumarlas las bendijeron y ocultaron cada una de sus promesas incumplidas bajo un dosel de madreselva y lavanda. Mientras cantaban los himnos aprendidos a base de cachetes en la nuca, una sensación de ahogo se apoderó de cada uno de ellos. El más viejo se atusó la barba y engendró un deseo con vehemencia antes de fijar su vista sobre la línea del horizonte.

Ahora ya no queda nadie. Los pocos que eran alguien, cualquiera o algunos, tienen miedo. Los goznes de las puertas de sus hogares se han petrificado y los rayos del día ya no caldean los visillos de sus ventanas. Egerterisa, Saluenca, Miraren y Yunibia están sentadas sobre la tierra, que una vez fue suelo. Sus manos temblorosas intentan extraer el calor del sinsentido aferrándose al pasado, de la misma forma que un lagarto se agarraría a una piedra para intentar pasar inadvertido. Cuando se miran a los ojos una niebla densa oculta sus emociones, sus pretensiones y cualquier hecho, palabra o aspiración que se le parezca. Ya no hay tiempo para rezar, para santificar, para expresar los anhelos o convertirlos en futuro. Ya no existen las sonrisas, ya no existen los abrazos. Sólo perviven el frío y la oscuridad. La noche perpetua y los demonios que nos acechan.

Ahora ya no queda nadie. Todos los que formaban parte de la comunidad se han arrancado los ojos. No podían mirar donde les apetecía, por lo tanto pensaron que ya no los necesitaban. ¡Ya no eran útiles! Cada una de las banquetas, reclinatorios, catres o cachivaches que sirven para descansar han sido sacrificados en la pira de fuego. Ya no queda tiempo para la constricción. Sólo queda tiempo para aguantar las continuas vejaciones. Ya no quedan momentos para la oración. Sólo quedan pequeños instantes; fotografías veladas o carcomidas. Todos los que se fueron y todos los que se quedaron siguen sintiéndose diferentes, aunque ya no son los mismos. Y los que ni siquiera salieron de sus casas. Y los que no podían abrir las puertas. Los que cerraron los portillos, los tragaluces. Los que se ocultaron en los rincones. Los que se estiraron el cabello mientras se escondían de su propia cobardía. Y los que no se atrevieron a ponerse delante de los espejos. Y los que se encerraron en los graneros. Los que lloraron lágrimas fingidas. Los que parieron criaturas adulteradas. El resto, el remanente o la diferencia. Los despojos, la basura y los vestigios. Los sacrificios, las epifanías y los compromisos. El perdón, el sayal y el cuchillo.

Ahora ya no queda nadie.


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Email del 11 de octubre 2022

Victoria Contreras. El mundo perfecto (1985)

En la etapa más prematura de su crecimiento consciente el ser humano se considera eterno por naturaleza: fantasea con la idea de que nada tiene límite y que su cuerpo no morirá jamás. Esta imagen sugerida por los sentidos, que carece de objetividad real y que poco o nada tiene que ver con el conocimiento puro y racional, pronto se altera y transmuta en una especie de percepción antagónica que, la mayor parte de las veces, sólo sirve para distorsionar la eterna conexión del ente con su propia esencia. Cuando esto sucede, lo que es, existe o puede existir deja de tener importancia; de repente, ese conjunto de sensaciones, pensamientos y emociones preeminentes y divinas, aunque totalmente ficticias, nos alejan de la presencia del yo. Desconocemos que cualquier cambio puede llevarse a cabo únicamente en el ahora. Cualquier otro modo de proceder constituye una injerencia. Aferrarnos al statu quo de que siempre somos niños no es sino una racionalización evocadora.

Intentamos tomar contacto con nuestras emociones bloqueadas y lo único que conseguimos es perder el control intelectual y sumirnos en una etapa de gimoteos continuados y confusos, obviando que somos una parte del todo, y que ese todo sólo se puede definir como casualidad. El resto es puro caos. Pero es dentro de los parámetros del desorden y el desconcierto, donde parece que nos encontramos más cómodos. Fabricamos embustes con el único propósito de convencernos, y cuando esas patrañas son demasiado considerables, las ocultamos en recipientes inestables, protegidas de cualquier atisbo racional que pudiera poner fin a la mímesis paradójica en que hemos convertido nuestras realidades concretas. Carecemos de proposiciones pero defendemos hasta el último aliento cada una de nuestras inútiles abstenciones. El simple deseo de tener razón ha llevado a una gran parte de la raza humana a abundar en la incongruencia, el despropósito, la incoherencia.

Quiero volver con mi mamá. Ella me mimaba y le daba sentido a mi desconcierto existencial. Recuerdo que mi padre sentía celos de mí, yo me moría de envidia al ver la vida que llevaba nuestra perrita, Carlotta, y ésta suspiraba por parecerse al periquito que mantenían en una jaula de acero los vecinos de enfrente. Los vecinos recelaban de cualquier cosa que no sirviera para ganar dinero y el portero sospechaba de cada uno de nosotros. Pero nosotros éramos ellos y ellos pretendían ser todos, o por lo menos, una parte divisible del total. El total era parcial, por lo que algunos viandantes se quedaban estupefactos, pero la vida mantenía un pulso firme, general y absoluto, y las pequeñas bagatelas nunca excedían su tamaño (el que ocupa un simple momento determinado en el tiempo). Daría lo que fuese para volver hacia atrás, sin tropezarme con un año bisiesto, aunque con los ojos firmes en el horizonte y en la línea que traza para diferenciar lo de aquí con lo de allí.

Quiero volver con mi mamá. Ella sabía donde se metía alentándome para que hiciese lo que ella siempre había querido hacer, pero que no hizo por temor al verbo hacer y a cada una de sus temibles conjugaciones. Alguna vez lo intentó, pero como no sabía desistir o insistir, el proceso la sumía en un aburrimiento emocional que he heredado. ¡Sí! Nosotros éramos ellos. Ellos procuraban mirar en otra dirección cuando las gotas de lluvia se colaban en el interior por las ventanas. Las ventanas eran de madera de pino y requerían una mano de pintura al año. La pintura costaba bastante dinero. El dinero no servía para nada. La nada era apreciable cuando nos parapetábamos tras las cortinas. Las cortinas necesitaban una buena limpieza, pero la lavadora hacía tanto ruido que le producía unas terrible migrañas a mi abuelo que vivía a siete manzanas de distancia. La distancia equivale a la longitud del segmento de la recta que une dos puntos. Cada punto no es más que un concepto primario.

Quiero volver con mi mamá. Ella se relamía las heridas que produce vivir sin ninguna razón aparente. Yo me relamo porque ella se relamía. Yo me relamo porque ella se relamía… Se relamía.


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Email del 6 de octubre 2022

Johann Heinrich Füssli. Aquiles sacrificando su cabello en la pira funeraria de Patroclo (1795)

Era el único chino de mi barrio que sonreía, por esa razón siempre me tomaba el café en el bar que regentaba. En contadas ocasiones me servía su mujer, una asiática samuga con rostro de cópula ilícita. No sonreía nunca, se contentaba con ordenar telepáticamente a su pareja que lo hiciera en su lugar. Un día estaba sentado degustando mi cortado de 1,30 euros cuando de repente se sentó en la mesa contigua un cofre de almacenamiento con melena rubia y grandes labios enrojecidos. Su grandiosa gordinflosidad, de idad, de idad, con blandingosidad, blup, blup, y lánguida burralidad me llamó la atención y durante los siguientes 20 minutos no dejé de mirar su silla. Sin embargo esta nunca se rompió y aguanto el peso sin resignarse plásticamente. Cuando se levantó, después de pagar, por supuesto, se ajustó la andorga y se asustó al contemplar mi mirada, blanquihorchatosa y abarquillada.
-Señor, ya sé que estoy rellenita pero no hace falta que me lo recuerde de esa manera tan repugnante.
-No la miro a usted. Miro su silla. Mi esposa, que en paz descanse también sabía a rata.
-¿Cómo se atreve?
-A nata. A lata. A pata. A mota… rota. ¡Nota! ¡Ñata! Bota hita. ¡Cita apta! Acta. afta.

En ese mismo instante en el que las palabras de cuatro caracteres y terminadas en «te» y «a» se me estaban acabando se acercó una joven guapísima y, salpicando mi cara, me dijo que había estado contemplando toda la escena y que había llegado a la conclusión de que yo era el ser más asqueroso y nauseabundo que había visto en su vida. Y añadió que no comprendía cómo un ser humano podía meterse con otro por su físico.
-Eres un yogurín.
-¿Cómo? ¿Ahora me insultas a mí? Voy a llamar a la policía…
Streptococcus termophilus y Lactobacillus bulgaricus. Eso eres. Una bonita combinación de ambas bacterias.

Mientras salivaba deslumbrado por su belleza, sentí ganas de comerme un producto lácteo.
-¡Fu Ling, tráeme un yogur de fresa!
-No habel yogules, jefe!
-Es una pena que no tenga yogures porque yo misma se lo hubiese despachurrado por la cara.
-Usted cállese, gor…, ejem, señora rellenita. Yo nunca la insulté. Solo miraba su maldita silla. Soy fabricante. ¡Esto es ofuscante! ¡Y limitante!
-¡Y lacerante! Es usted una mierda…
-¡Excitante aunque fatigante, pero sencillamente hilarante! ¡Colorante! ¡Castrante! ¡Bogavante!
-¡No habel pescados, jefe!

De repente sentí ganas de levantarme y liarme a escupitajos con Laurel y Hardy en versión mujeril, sin embargo opté por retirarme pausadamente mientras ambas me injuriaban. Caminé y caminé, aunque casi siempre que camino y camino parece que no camino. Al cabo de un rato llegué a un jardín y me senté en banco de piedra. No habrían pasado ni cinco minutos cuando se me acercó un bigote encima del labio de un tipo vestido de poli.
-Buenos días, señor. Por favor dese la vuelta. ¿Ve a esas damas? Pues lo han denunciado. ¿Quiere que les diga que se acerquen?
-No, no me gusta que nadie se acerqué a mí. Por favor, aléjese unos centímetros.
-¿Cómo dice?
-No me gusta que nadie se acerqué a mí. Por favor, aléjese unos centímetros.
-Sí, eso ya lo oí. ¿Qué tiene usted que decir?
-Eres un yogurín.
-Bueno, me mantengo joven. Desde luego no aparento 57…
Streptococcus termophilus y Lactobacillus bulgaricus. Eso eres. Una bonita combinación de ambas bacterias.
-Muchas gracias. Es lo más bonito que me han dicho en la vida. Espere un instante. Iré a decirle a esas dos que ya me encargo de todo.
-Vaya.
-Voy.
-Raya.
-¿Dónde?
-Laya. Faya. Yaya. Caya…

Mientras el poli se alejaba para luego volver a acercarse yo me alejé, sin que ninguno de los tres se diera cuenta, y desaparecí a una velocidad que habría que haberla visto para haberla creído. Como no quería que mis persecutores, que por momentos aumentaban en número, me alcanzaran opté por parar un taxi.
-¿Buenos días? ¿A dónde le llevo?
-Us-usted es una mujer.
-Es usted muy perceptivo, ¿acaso odia a las mujeres?
-No soy perceptivo. Ni vigilativo o despectivo.
-Bueno… no se enfade. ¿Dónde le dejo?
-Lléveme al bar de Fu Ling. Creo que ese lugar es ahora el sitio más seguro para mí.
-¿Donde está ese bar?
-Cerca. Muy cerca. Tire recto. Luego doble la segunda a la derecha, la cuarta a la izquierda y continúa tres manzanas hacia abajo.
-Si sigo esa ruta terminaremos otra vez aquí.
-Pues déjeme en mi casa.
-Señor, ¡se encuentra bien?
-Calle de los albaricoques, número ocho.
-Ese policía y esas dos mujeres nos están haciendo señas…
-¡Póngase en marcha!
-No puedo. Nos está diciendo que sigamos parados…

Salí del vehículo sin uno de los zapatos, aunque corrí como si fuera el orgulloso propietario del mejor par que hubiese existido. Desde lejos pude ver que el trío se había convertido en un cuarteto. De pronto recordé cuando era un niño y jugaba al teto. ¡Seto! ¡Veto! ¡Peto! ¡Jeto! ¡Reto! ¡Eto! ¡No, eto, no! ¡Eto, no! ¿Eto? ¿Eto ta bien? ¿Eto y lo otro y lo otro de lo otro? Llegué a un portal verde. Como nunca me gustó el color verde continué huyendo. Llegué a un portal azul. Como el azul me recordaba al verde volví a retomar la carrera. Llegué a un portal decolorado. Levanté una ceja y reconocí mi hogar. Subí dos pisos y abrí una puerta. Traspasé el marco y me senté…, bueno en realidad no me senté, sino que me sentí… me sentí protegido. Y sonrugido, aunque también resurgido, y en cierta forma, reelegido.

Toqué, sí, toqué la guitarra, aunque antes me tocó descolgarla. Mientras posicionaba la mano en un acorde disminuido escuche varios «ista» que entraban por la ventana. Dejé la guitarra apoyada sobre un Tintoretto falso que descansaba sobre el suelo y me asomé. ¡Me asomé! ¡Me asomé! ¡Me asomé! ¡Nunca debí asomarme! Abajo junto al cuarteto se había congregado una multitud vociferante que me dedicaba un millón de «istas». ¡Ista! ¡Ista! ¡Ista! ¿Fascista yo? ¿Derechista? ¿Machista? ¿Narcicista? ¿Conformista? ¿Onanista? ¿Racista? ¿Enemista? ¿Derrotista? ¿Despotista? ¿Elitista? ¿Agonista? ¿Tremendista? ¿Oportunista? ¿Pleitista? ¿Pesimista? ¿Jaranista? ¿Partidista? ¿Extremista? ¿Chantajista? ¿Clasicista? ¿Arbitrista? ¿Simplicista? ¿Pragmatista?

Cogí de nuevo la guitarra y musicalicé sus insultos. Cuando me cansé de musicalizar… Ummm, musicalizar. Generalizar. Revitalizar. Puntualizar. Neutralizar. ¡Oficializar! ¡Lexicalizar! ¡Parcializar! ¡Estatalizar! ¡Encanalizar! ¡Lateralizar! ¡Nominalizar! ¡Bestializar! ¡Ja, esa si que es buena!


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Email del 4 de octubre 2022

Eyvind Earle. Cliffs of darkness (1986)

Hola:

A partir de una sencilla realidad construyo una ficción adulterada. Puedo escuchar unas palabras en forma de letanía maliciosa retumbando en mi cabeza: «no limpies las manchas, no limpies las manchas». Nunca limpio las manchas. Con el paso del tiempo he llegado a descubrir que cada mácula corresponde a un periodo de mi vida. De modo que las conservo, las protejo y, en ocasiones, hablo con ellas. Nunca me contestan, pero no me importa, sé que me escuchan, que comparten mis presentimientos, entonces, ¿por qué sigo escuchando esas súplicas semejantes a oraciones? ¿Imbecillitas mentis? Nunca limpio las manchas. Nunca limpio los recuerdos, aunque intento mantenerme alejado de ellos. Contemplo cómo pasan los días. Observo cómo se suceden las noches. En ocasiones falsifico los instantes. Me siento tan a gusto encerrado entre luz y sombras, administrando ocasiones, estipulando coincidencias. Rebelándome ante las sonrisas desnortadas e inclinadas que se desgañitan cuando reprimes sus murmullos.

Tengo una cuerda. La acaricio con las manos abatatadas. La imagino rodeándome el cuello. Siento cada uno de sus hilos torcidos besándome la piel. Es una sensación extraña a la que no puedo resistirme. La alejo de mi cuerpo. La alejo de mi vida. La guardo en una caja de cartón y meto ésta debajo de la cama. Me arrodillo en el suelo. Intento imaginar que no existe. Pero existe. Intento distraerme dirigiendo mis ojos en todas direcciones, pero ya no hay direcciones. Ya no queda nada, sólo ese rumor del viento arrastrando las siluetas imaginarias de los esqueletos de mi confusión.

La niebla se ha esparcido. Cada uno de sus puntitos repletos de fluido ha volado en direcciones opuestas. Intento reconstruirlos para formar una figura mojada. Estoy convencido de que soy el único ser vivo capaz de moldear el agua. Me responsabilizo de mis actos, aunque nunca he creído en las obligaciones. Me inmiscuyo en divagaciones, pero cada uno de esos desvíos me remolca al presente. Necesito creer que sirvo para algo, pero entonces vuelven a surgir desde dentro esas molestas repeticiones. No, no pienso limpiar las manchas. Han estado ahí demasiado tiempo.

Greg

P.D.:
Hoy ha salido el sol. Me hubiera gustado más que saliesen los números a los que apuesto en la primitiva, pero no se puede tener todo en esta especie de lánguida estridencia que es la vida. Hace unos doscientos años existió un tipo que tenía tres ovejas en una cabaña, pero en estos tiempos que corren, mantener un ganado, por pequeño que sea, no deja de ser una contumeriosa inutilidad. Personalmente, mantengo varias cosas, entre ellas, los nervios a base de tranquilizantes; aunque no me dan leche ni lana, ni siquiera me mantienen toda la semana, por lo menos son de mi propiedad y me sirven para marcar el terreno sin necesidad de mear en las paredes.


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Email del 3 de octubre 2022

James Joyce. Leopold Bloom (Siglo XX)

Tengo algunos conocidos que me achacan un cierto tufillo dogmático en lo que atañe a los conceptos ordinarios relacionados con la existencia y la forma o modales que utilizo para enfrentarme a ella.¹ Me atribuyen proposiciones vacías, sin ningún rastro de principios innegables, forradas con ramalazos humorísticos que emborronan los mismos conceptos que trato de definir con un léxico anticuado y falsamente espeso.² Algunos incluso van más allá y se atreven a mostrarse escépticos con mis demostraciones y las boicotean con locuciones relámpago o intentos vergonzosos de desacreditar mi persona.³ Pero cuando les dejo un espacio en la mesa y les doy permiso para manifestar su verdad empírica, responden indignados que el único con pretensiones racionales pseudofilosóficas y egomaníacas soy yo, y que ellos sólo intervienen para impedir que mi super-ego se suicide bajo el peso del dualismo intrascendental que se retroalimenta con mis muchas contradicciones.

Es muy cierto, soy un emisor malfamado y presuntuoso, pero sólo porque me repugna la falsa modestia y la sencillez oligofrénica de sus pusilánimes propuestas.⁴ Reflexiono sobre las consideraciones y destruyo sus consecuencias. Intervengo cuando tengo seguridad de que causaré deterioros en la lógica y no me amedrento cuando tengo que defender las paradojas incoherentes que salen de mi boca.⁵ Generalizo, etiqueto, falseo e invento porque nadie se atreve a hacerlo con la impericia necesaria. Mi omnisciencia es tan imprecisa como obstinada. Mi propósito, acoquinar el sentido de las palabras.

¿Soy un terrorista gramatical y un homicida del léxico? Un gran sí afirmativo al estilo de Molly en el 18. ¡Y no me avergüenzo de ello!

Notas:

  1. Puta mierda de los cojones.
  2. ¿Principios innegables? ¡Ja! ¡Esa si que es buena!
  3. Vuelvo a vivir en la entropía.
  4. ¡Y muy atractivo!
  5. ¡Yupiiiiiiiiiiiiiiiiii!


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