Nombre del autor:El despotricador anhedónico

Email del 14 de julio de 2011

 

Autor: Yoshitoshi Tsukioka, 1890.
Título: El general Akashi Gidayu leyendo su poema antes del Seppuku
Seppuku

A veces, en mitad de una ensoñación producida por asqueamiento, displicencia y abulia, puedo imaginarme un botón en el centro de la nada más absoluta. Cuando es apretado, ese botón tiene el poder de volatilizarme, y evaporado me encuentro mejor porque no existo. Sólo no existiendo se puede comprender el verdadero sentido de la existencia. Existir implica execración, ignominia y ruindad; por el contrarío inexistencia conlleva una serie de legítimos significados ocultos a los ojos de los que desean vivir, que influyen en la interpretación de las circunstancias, esas asesinas de la moralidad y de la ética más inútil o inextricable.

Cuando miro por la ventana en un vano intento de distraerme de esa evanescente idea que conmueve mi vida, no puedo dejar de discernir que algunos de esos minúsculos puntos con diferentes tonalidades que a diferentes velocidades cruzan por delante de mi ángulo de visión, de alguna extraña manera, son parte de ese «palacio memnoniano» de mis recuerdos. Existen porque puedo verlos, pero mi cerebro confuta su existencia; y así, repudiando esos onerosos trazos existentes porque los advierto, pero inefectivos porque no benefician a mi salud espiritual e intelectual, compongo falsas melodías repletas de acordes disminuidos que lejos de ayudar a mi cansado espíritu a remontar, sólo engendran pánico y terror.

Ahora lo tengo claro: soy un terrorista y, los terrorista asesinamos sin convicciones; el terrorista que ejecuta por una razón, no es terrorista, es un necio, un cateto, un idiota. Como verdadero terrorista arremeto contra todo sin razón aparente; desconozco el guion de mis impulsos pero al mismo tiempo organizo incursiones con saqueos a mi memoria, que hierve como el caldero de la bruja Ceridwen; ignoro las represalias y rechazo la indulgencia que se retroalimenta de la misericordia y la piedad escupidas por esa lengua bífida que es mi cerebro indispuesto.

Los dogmas, convicciones e ideales arden cuando los acercas al fuego; la cuestión es: ¿resulta lícito salvar la incapacidad para sentir? ¿es deplorable el falso arrepentimiento cuando la única justificación que lo sostiene es el cinismo como arma de doble filo? A veces siento ganas de cavar una fosa cuya profundidad total mida la suma de mis frustraciones y fracasos; en esos momentos de abatimiento e indiferencia  me siento como una gota de mercurio que se desliza juguetona por manos inexpertas, siendo esa estéril incapacidad la llave herrumbrosa que ya no puede abrir ninguna puerta.

Incluso abandonado y perdido oteo el horizonte y contemplo la línea; en mi rincón umbrío se funden varias clases de rectas: la línea del cielo y la línea del infierno. Cuando medito intuyo la existencia de líneas claras y definidas, líneas oscuras e infinitas y por supuesto una gran cantidad de líneas borrosas y confusas cuya exclusiva utilidad es la esperpéntica difuminación de las perspectivas razonables.

La completa indiferencia de hoy es la fosa húmeda de mañana; puedo sentir las raíces de los arboles rasgando furiosas el féretro de mi apatía; puedo oír las gotas de lluvia que se deslizan entre esas mismas raíces y acaban golpeando con ritmo sincopado la cubierta de mi sarcófago. Enterrado por decisión propia, ya no me influyen las sombras estroboscópicas que se expanden como las llamas de una vela votiva fabricada con parafina cósmica, porque a pesar de todas mis torpes justificaciones acerca de la inutilidad de mi fuerza, presiento que el seppuku ritual es el genuino desenlace que puede poner el broche final para mi cobardía.

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Email del 22 de Junio 2011

Ribera: «La vieja usurera», 1638

Querida amiga:

Espero que tu día sea mucho más benigno que lo que llevo del mío. Te cuento:

Hace un par de horas, quizá menos, he encendido el móvil para revisar posibles llamadas y he descubierto nueve (¡¡¡9!!!) de Bankia, la súper fusión de Bancaja. Aunque presentía oscuridad y dolor, he decidido llamarles y una tipa con voz de poco follada y con una actitud verdaderamente hostil hacia los pobres, necesitados y desheredados del planeta me ha ladrado que, según las nuevas normas de San Bankia, y a pesar de que tenga domiciliada la nómina, «no van a tolerar descubiertos de un mes a otro porque son las nuevas normas de su nueva empresa que es la más competitiva del país [SIC] y entre las 10 de Europa, y eso no es factible perdonando las miserias de los mierdas de morosos como yo». Después de semejante diatriba, lo único que ha salido de mi boca es un «que le follen a bankia». Tras un silencio sepulcral por parte de la perra de presa de la superbanca, se ha oído una voz furiosa e indignada que me ha soltado: «caballero sus palabras son denunciables», a lo que yo he respondido: «denúncienme capullos» y he colgado. Tengo que decirte que antes de colgar he intentado eructar pero no me ha salido ninguno.

Después de semejante conversación con dicha becaria hitleriana me he metido en el autobús, que supongo llevaba horas debajo de un sol de justicia y sin aire acondicionado, y he sufrido una lipotimia. Sólo ha durado unos segundos, pero me he caído todo lo largo que soy. Un abuelo muy simpático me ha dicho que es por el sol acumulado en el interior del bus….

Una vez en casita, me he puesto a pensar y he sentido morriña de mi satélite natural que orbita alrededor de Júpiter. Desconozco lo que sucederá en adelante si no mantienen los descubiertos, pero lo único que sé es que, con mi nómina y sin descubiertos tapados, mi vida será todavía más espantosa de lo que es en la actualidad.

Aunque mi dignidad todavía no ha sido sacrificada, esos hijos de puta me están forzando a emprender ese larguísimo viaje sin retorno a Ío. Allí no existe el dinero, no existe la lucha de clases, ni la gente cuyo único fin en la vida es acumular galones. En mi satélite sólo existe la paz y la oscuridad, dos bienes hoy en día con un valor nominal fuera del alcance de los desdichados terrícolas.
Ahora tengo ganas de llorar, pero no me salen lágrimas; me voy a mi cuarto, no sé cuantas horas o días pasaré allí. Me siento como un toro herido de muerte, ya sabes, podría empitonar a cualquiera, fuera culpable o inocente en el juego.

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Email del 13 de junio 2011

 

Jan Van Eyck, «El matrimonio Arnolfini» (1434)


Breve trazado (troceado y a veces algo trenzado) a ninguna parte

«La vida te golpea cuando menos te lo esperas», esta frase ajada con toques mesiánicos tiene algo de racional, aunque seguramente fuese manufacturada por un esquizofrénico en su estado más paranoide. Personalmente, he sido golpeado bastantes veces, pero en comparación con otra gente -más o menos conocida, querida u odiada- no demasiadas, así que cada día que me levanto espero con temor y resignación un nuevo y definitivo impacto. Posiblemente el último de la serie, o quizás uno de esos que esperan en esa carpeta imaginaria con el epígrafe «futuro» garrapateado en una esquina. Sea lo que fuere, de una cosa estoy seguro: el futuro es impenetrable, nadie puede tontear con él, ni siquiera enviándole una caja de Ferrero Rocher, pues a día de hoy desconocemos su dirección. Lo único que sabemos es que es implacable, inexorable e inflexible y que cuando se presente no toserá antes para advertirnos de su presencia.


Algunos elementos humanos no le temen, piensan que podrán esquivarlo disfrazándose de santos. En su infinita ignorancia están convencidos de que pasará de largo, sienten que su vida es especial y que nada puede cambiarla. La mayoría, por el contrarío, venderían sus contadas dosis de felicidad por aplacarlo, por narcotizarlo eternamente, por esconderlo en una caja robusta fabricada con cartón y mentiras calladas al 50 %.
Particularmente, el futuro es menos importante que el ahora y el ahora no se puede sostener si lo enfrentamos al aquí. La conjunción perfecta sería el aquí-ahora, es decir, en estos instantes. El problema estriba en que mientras pronunciamos esas dos o tres palabras ya hemos dejado de estar en el presente y nos encaminamos al futuro. Y hemos sostenido vehementemente que el mañana no existe, por lo tanto cuando intentamos vivir el hoy, simplemente estamos perdiendo el tiempo.
Llegados a este punto, una mente poco lúcida podría preguntarse: ¿debería presentarme en casa de mis progenitores y ponerles una querella criminal por haberme parido? La respuesta es sencilla: ¡no! y existen algunas razones esenciales para no dar ese (terrible) paso:

1- Los padres están muertos.
No se puede procesar a alguien que no existe. La inexistencia implica incorporeidad. Ningún letrado que conserve intactas sus facultades mentales defenderá los derechos de un cliente intangible. Aunque los picapleitos por lo general, no tienen una gran capacidad cognitiva, sí pueden diferir entre una majadería asnal y esa cierta cordura que regala la edad y los múltiples tropiezos.

2- Los padres están vivos pero muerden.
«Padres furibundos, bocados profundos», así dice un refrán bastante usado en los orfelinatos estatales. Con unos progenitores que constantemente tienen inyectados en sangre los ojos, pocos abogados se atreverán, y los que así lo hicieren tendrían pocas garantías de salir con vida del envite. Este tipo de progenitores está muy curtido en los lindes de la vida, si les falla el factor miedo sugerido por sus desagradables rostro repletos de arrugas debidas a sus innumerables muecas de terror y espanto, siempre pueden dejar claro, por medio de papeles falsos, que su retoño fue adoptado en Turkmenistán y que sus funciones como padres empezaron cuando este cumplió 4 años.

3- Los padres están vivos pero vuelan.
Si un progenitor se pasa el día liando porros de marihuana «Super Skunk» (del banco Sensi Seeds) o bebiendo vino de brick marca «Don Simón», lo normal es que después de carcajearse  anime a su vástago a que le acuse. Y si la denuncia es ganada por el hijo enojado, lo más probable es que después de no cobrar ningún pecunio, éste tenga que prestar a su odiado procreador 30 euros para una pieza de hachís rojo libanés de unos 5 gramos, de excelentísima calidad y con una cantidad inusitada de THC.

4 – Los padres están vivos pero son gays.
Después de una convivencia absurda y prolongada, algunos progenitores suelen cambiarse de acera. No lo hacen por vicio, lascivia, liviandad, concupiscencia o apatía, sino por el mero hecho de sobrevivir sin ganas de estrangular con unas pantimedias de punta reforzada al cónyuge. Dentro de su inhóspita inadaptación, este tipo de padres han creado una gradación de sinsentidos absolutamente caóticos que traspasa parte del entendimiento humano. Ahora bien, si consideramos humanos a los juriconsultos, huelga decir que debido a su cobardía innata y a su pusilanimidad adquirida, jamás se enfrentarían con un arañazo de uñas lacadas en pleno rostro que pudiera afear o desvirtuar su ya de por si estropeado semblante.

5- Los padres están vivos y son «normales»
Existen padres autoritarios, democráticos, permisivos, preocupados, indiferentes, negligentes, fundamentalistas, apáticos, etc. Este tipo base o común, por llamarlos de alguna manera, sólo difieren de los grupos anteriores por el hecho de que son más numerosos, pero no por eso, menos peligrosos. Supongamos, por ejemplo, unos progenitores cristianos que han educado a sus hijos en los más altos valores humanos, es decir: moralidad, sufrimiento, misericordia, sufrimiento, fe, sufrimiento, humildad, sufrimiento, amor, sufrimiento, solidaridad, sufrimiento, y muchos «entos» más. Supongamos que los hijos nacidos de ese intercambio de fluidos, amor y sufrimiento aman a sus papás y no quieren desgarrar sus corazoncitos con una querella. ¿Qué es lo que sucede cuando a una persona bondadosa y repleta de valores y virtudes le ataca esa enfermedad innombrable para los fundamentalistas llamada «existencialismo antihegeliano»?

Podría seguir enumerando razones, pero llegados a este punto ya no me importan ni los padres ni sus queridos hijos, ni siquiera me importa esta pequeña e inacabada despotricación. Si tengo que ser sincero lo único que me importa es el silencio de mi habitación y la esquina solitaria que utilizo para cobijarme.

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Email del 10 de junio 2011

Balthus, «La rue» (1933)
Un poco de pseudo-filosofía de baratillo (un ejercicio de ficción con un toque escatológico)

Vivir no sólo es duro e inútil, sino que además es un acto de tan tremenda irresponsabilidad que raya la demencia. Es denigrante mirarnos al espejo y encontrarnos reflejados pero, al mismo tiempo, si no lo hacemos corremos el riesgo de afeitarnos una oreja o verter unos miligramos de pomada antiarrugas en el cristalino. Particularmente, contemplar ese reflejo todos los días no me hace ningún bien: veo a un farsante repleto de granos e impurezas; advierto que él me escruta desde ese lado. Trato de no darle importancia, pero sus ojos me molestan, están cansados e intuyo cierto peligro.

Caminar y dejarse llevar por las ensoñaciones es un terrible ejercicio de valentía que puede llevar al caminante a un nivel de trastorno irreparable al volver a la realidad; por eso, excepto a tipos como yo -que ya han vuelto varias veces del otro lado y que incluso ejercen de gurús entrópicos-, no recomiendo a ningún mortal nacido de vagina que lo practique. No sólo es contraproducente para el cuerpo y la mente, sino que además puedes correr el riesgo de que te atropelle una bicicleta. Es preferible sacar tres palmos de lengua e introducirla en un cepo para ratas. Obtendremos más placer del dolor físico que se produce con la ratonera del que obtendríamos contemplando el vuelo de mariposas de color irisado o ancianas achacosas cruzando una calle.

Hace unos veinte minutos que he vuelto de mi paseo matutino. No he visto ninguna mariposa pero sí un abejorro. Cansado de escuchar el ruido que producen los coches y las articulaciones de los ancianos he decidido sentarme en un banco de madera, extrañamente limpio, oculto por la sombra de un falso banano. Al poco rato, un par de viejecitas se han sentado a mi lado y han comenzado una charla enajenada que a continuación transcribo:

ABUELA 1 (pelo blanco, 534 arrugas): Y le han extirpado todo. ¡La han vaciado completamente!. Con lo joven que es….
ABUELA 2 (pelo rubio teñido, 23 arrugas): ¡Uy, uy, uy!
ABUELA 1: Sí hija, las desgracias nunca vienen solas. Ahora que levantaba la cabeza después de lo de Gerardo….
ABUELA 2: ¡Bernardo!
ABUELA 1: ¿Bernardo? ¡Es Gerardo!
ABUELA 2: ¡Uy, uy, uy! Llevo 15 años llamándole Bernardo!
ABUELA 1: Pues no, se llama Gerardo, bueno, lo que te decía, después de lo de Gerardo y sus mentiras, ahora tiene que pasar por esto. ¿Sabes que Felisa no sabe nada de…?
ABUELA 2: ¿Felisa? es Elisa, ¡Elisa!
ABUELA 1: ¿Qué me dices? Pues yo siempre la he llamado Felisa….
ABUELA 2: Pues se llama Elisa.

A estas alturas de conversación, he sentido unas ganas irrefrenables de tirarme un pedo muy sonoro para poner punto final a semejante locura, pero el caballero que se esconde tras mi armadura ha optado por levantarse y poner los pies en polvorosa. Ahora que garrapateo estas notas inconexas, pienso que debería haber optado por las flatulencias anales, de todas formas, ya es un poco tarde para volver atrás (en todos los sentidos).

Bueno, ya me he cansado de pseudo-filosofar, creo que ahora voy a optar por sacarme el pene y mirarlo un rato.

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Email del 22 de febrero 2011

 
Edward Hopper, «Cinema in New York» (1939)
 
Las 18 de mi vida
 

Como tenía tiempo, me he dedicado a pensar cuáles son mis películas favoritas de la historia del cine. Por lo menos las 18 por las que ha valido la pena nacer. Podría haber hecho una lista con 100, pero por alguna extraña razón soy fan del número 18. Ahí va mi lista:

– Sátántangó (1994) Béla Tarr
El caballo de Turín (2011) Béla Tarr
El Espejo (1975) Andrei Tarkovsky
Madre e hijo (1997) Aleksandr Sokúrov
Cuentos de la luna pálida (1953) Kenji Mizoguchi
Sacrificio (1986) Andrei Tarkovsky
Campanadas a medianoche (1965) Orson Welles
Persona (1966) Ingmar Bergman
El intendente Sansho (1954) Kenji Mizoguchi
Tres colores: rojo (1994) Krzysztof Kieślowski
Cuentos de Tokio (1953) Yasujiro Ozu
Harakiri (1962) Masaki Kobayashi
El espíritu de la colmena (1973) Víctor Erice
Ordet (1955) Carl T. Dreyer
Al azar, Baltasar (1966) Robert Bresson
Un año con trece lunas (1978) Rainer Werner Fassbinder
El ángel exterminador (1962) Luis Buñuel
El año pasado en Marienbad (1961) Alain Resnais

Esta lista no está creada por el vano y demente propósito de ostentar mi cultura cinematográfica. Tampoco tiene nada que ver con su concepción el golpe que me dieron en la cabeza con los fórceps en enero de 1962. Simplemente lo escribo porque lo siento… ya sabéis que ir en contra de los propios sentimientos puede generar cierto tipo de debilidad genital.

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Email del 17 de febrero 2011

Ángeles Santos. Un mundo (1929)

Querida, unas cuantas meditaciones:

Me gustaría saber donde venden un medicamento efectivo contra los dolores que provoca la desesperación de la imposibilidad…

En este mundo hay dos clases de personas: los desventurados y los mentecatos. Todos pertenecemos a uno de estos grupos. Los primeros tratan por todos los medios a su alcance de ponerse  a salvo de los segundos, mientras que estos últimos para sobrevivir necesitan martirizar, torturar y sacrificar a los desventurados, también llamados desdichados, desgraciados o resignados. Si no perteneces a ninguna de estas categorías es porque no existes. Si no existes, estás muerta. Los muertos son los triunfadores axiomáticos de la contienda entre la necedad y la pervivencia; el anatema empírico de la inane irrelevancia.

Busco calzoncillo joven extraviado. Atiende al nombre de «CUQUI». Se recompensará.

Cuando paseo por la calle y veo niños jugando, no puedo dejar de sentir un escalofrío recorriéndome la columna vertebral. Intento restablecer mi actitud positiva, pero son humanitos y eso conlleva una serie de circunstancias agravantes; por esa razón, y aunque intento mirar a otro lado, no puedo dejar de preguntarme: cuando crezcan, ¿serán descuartizadores, políticos, violadores, curas, homicidas? Las preguntas sin respuestas nunca se acaban.

Todo funciona mal. Mi aburrimiento me ha gritado una idea codificada.

A veces, en mitad de una ensoñación producida por asqueamiento, displicencia y abulia, puedo imaginarme un botón en el centro de la nada más absoluta. Cuando es apretado, ese botón tiene el poder de volatilizarme; y evaporado me encuentro mejor porque no existo. Sólo no existiendo se puede comprender el verdadero sentido de la existencia. Existir implica execración, ignominia y ruindad.

Tengo torticolis. Mi reino por un Myolastan. Nunca volveré a intentar girar la cabeza 360 grados. Lo juro.

Mientras desayunaba he estado pensando en los elásticos de la ropa interior. Ya sé que no es precisamente un pensamiento a lo Hegel, pero es una forma de hacer rodar al cerebro. Mis reflexiones se han basado en la poca durabilidad de estas gomas, con lo cual he llegado a la conclusión de que los fabricantes de calzoncillos y bóxers o slips son en realidad fabricantes de trapos para el polvo y limpieza del hogar en general. Adendum: un amigo me recomienda que «me compre gayumbos de mi talla y no los desgome emulando a calorros paqueteros».

Después de planchar la ropa, no os olvidéis de tomaros un tranquilizante (o dos).

Tengo dos moscas en casa, y son mis amigas. Me siguen a todas partes, celebran mis ocurrencias con ese típico zumbido mosquil, me acarician a todas horas con verdadera sensualidad y cuando estoy depresivo bailan para animarme. Ya no necesito el amor humano, pues tengo a mis dípteros, que llenan mi vida y la hacen mínimamente soportable.

¡Qué equivocada estaba la loba! Resulta que no tenía cinco lobitos, sino un falso embarazo (también llamado pseudociesis).

Hoy no me he levantado con el pie izquierdo, tampoco con el derecho. Haciendo gala de mi innata originalidad, he decidido levantarme con la nariz, pero al apoyar el peso de mi cuerpo, esta se ha fracturado, así que me voy corriendo a Urgencias.

Dos kilos de patatas. Dos kilos de tomates Kumato. Leche de soja. Media docena de huevos. Yogures con bífidus activos. Pan integral de molde. 

¡Acabo de doblar los calcetines, los calzoncillos y las camisetas con el poder y la fuerza de mi mente! Ya no necesito usar las manos, bueno sí, para firmar los cheques sin fondos y clavar las agujas en el muñeco de trapo que representa a… ¿A quién? ¿A quién? 

Pago facturas, luego existo… 

Esta mañana muy temprano he oído un ruido seco que procedía de la casa de mis vecinos. Creo que era un disparo, pero no he llamado a la Policía, pues tenía miedo de hacer el ridículo. ¿Y si era una flatulencia proveniente de algún vecino? Espero haber obrado correctamente.

Durante un par de minutos he creído ser Yoko Ono.

Epistemológicamente hablando, los conocimientos que la mayor parte de Homo sapiens tienen sobre filosofía son comparables a los de cualquier especie de Macrocheira, es decir, nulos. Incluso me atrevería a asegurar que dicho artrópodo posee más entendimiento sobre metafísica, lógica, gnoseología y ética que el noventa y tantos porciento de la gente que conozco o he conocido, lo cual me lleva a una terrible conclusión: ¡es tan reconfortante esfumarse!

El rebuzno….¿es innato o adquirido?

He tenido un sueño extremadamente agradable: todos los médicos del mundo se hacían el harakiri con sus bolígrafos de 4 colores. Desde ese momento, las enfermedades dejaban de manifestarse, pues no puede existir afección si no hay curación.

Son las siete de la mañana y llevo levantado desde las seis y media, aunque eso no importa demasiado.. Mis vecinos del primero llevan más de media hora escuchando reggetón, ese género musical inventado por algún subhumano en su etapa mas psicótica. Que conste en acta que soy una jodida víctima y que voy a deslizarles por debajo de la puerta ácido nitroso (2 HNO2 ? NO2 + NO + H2O).

Ahora mismo no pienso. Pensar es arriesgado y a veces incluso peligroso. Por lo tanto he cambiado el hábito de operar mediante conceptos y razonamientos por el vuelo mental (y sin ayuda de drogas) alrededor de mi habitación.

He descubierto la imagen del Nazareno en la zona baja de mis calzoncillos Calvin Klein. Desconozco si es obra de un milagro o de la conjunción de una ventosidad y una casualidad estética. Mañana me pondré en contacto con el Vaticano y la NASA para que empiecen las pruebas pertinentes.

Odio comprar en Mercadona, odio comprar en Día, odio comprar en los supermercados; me pierdo con tantas marcas. A veces me dan ganas de tirar los estantes y una vez en el suelo todos los productos, ponerme a saltar sobre ellos. Y si viene el gerente a leerme la cartilla… bueno pues también saltaría sobre él.

Voy a crear el PAD (Partido de la Anchoa Descocada) y aunque no soy político profesional (afortunadamente), estoy seguro de que puedo hacerlo mejor que la totalidad de farsantes que nos representan (o quieren representarnos). Si quieres ser un militante de mi partido, sólo tienes que comprar (o robar) una anchoa en la pescadería y tirársela a la cara al politicastro que tengas más cerca. Cuando te pongan en libertad, automáticamente pertenecerás a mi asociación y me ayudarás a pagar mis facturas.

Son las seis y pico de la mañana. Podrían ser las siete, las ocho, incluso las nueve. Las tonterías que escribo ahora son extensibles a cualquier hora, no dependen del tiempo ni del espacio, pero son mis tonterías. Nihil obstat.

El 97 porciento de asesinos descuartizadores prefiere la marca de cuchillos Steel antes que ninguna otra; el tres porciento restante se inclina por desmembrar con la boca, aunque para poder hacerlo se necesita una buena dentadura, por eso el 87 porciento de ese tres porciento recomienda lavarse los dientes con Signal. ¡Y el culo con un jabón neutro!

Email del 17 de febrero 2011 Leer más »

Email del 21 de enero 2011

 

Leon Golub, «Interrogation» (1981)
Faustino o la oligospermia del semen ario

(Este cuentecito, que todavía no está acabado, ni siquiera corregido, se lo dedico a tres amigas discutidoras)

Faustino Abad es un hombre bueno, sus amigos y familiares pueden dar fe de ello. No tiene enemigos y los niños y los perros le adoran. Es un tipo amable, bondadoso y especialmente correcto con las señoras y los ancianos. Solo una cosa le afea: la bromhidrosis, pero eso no parece afectarle demasiado, aunque sí a su familia, especialmente, cuando para relajarse se quita los calcetines en el salón de su hogar.

Estamos en pleno invierno y las hojas de los arboles hace tiempo que dejaron de caerse y ensuciar las aceras. Faustino sale a la calle ataviado con 2 camisetas de manga larga , una de ellas de felpa, un jersey de cachemira, un polar liso encima y un abrigo de piel, pues sufre de enfisema pulmonar hereditario, esa horrible enfermedad respiratoria, desde que era un bebé. Caminando con pasos lentos pero seguros, todas las mañanas se acerca a dar de comer a las palomas a las siete en punto. El problema es que a esa hora tan temprana no hay palomas y el mijo acaba depredado por las ratas, para disgusto de Fermín, el barrendero, que las teme y las odia.
Como entra a trabajar a las ocho, aun le queda tiempo para tomarse un cortado descafeinado de máquina con leche natural y sacarina, acompañado de un croissant pequeñito. Francisco, el dueño y camarero del bar JONS, le acerca el periódico ABC y ambos se entregan a discusiones fachosas que harían estremecerse de horror al mismísimo Blas Piñar.

FAUSTINO: Deberían quemarlos a todos. Estoy harto de ver a tantos sentados en los parques. Ni siquiera puedo dar de comer a las palomas sin miedo a que alguno me saque una navaja y …
FRANCISCO: (Cortándolo a mitad de frase): Putos panchitos. Deberían estar cazando monos en sus selvas y no aquí jodiéndonos con sus culos repelentes y deformados que afectan a la visión.
FAUSTINO: ¿Por qué no damos una batida esta noche? Ya hace mas de 2 meses que…
FRANCISCO: (Volviéndolo a cortar): Esta noche es martes, me toca polvo con la parienta.
FAUSTINO: ¿Pegáis los polvos los martes?
FRANCISCO: Los martes y jueves. Y un sábado cada 15 días.
FAUSTINO: Yo hace más de 2 años que no me acuesto con mi mujer.
FRANCISCO: ¡Pero si eres viudo!
FAUSTINO: Por eso no me acuesto con ella

A las ocho menos cuarto nuestro héroe se acerca a BUENAVIDA, el geriátrico donde trabaja como contable, pero antes charla amablemente con Dorita la recepcionista.

FAUSTINO: Buenos días, Dorita, preciosa ¿Cómo se encuentra hoy tu madre?
DORITA: Ayer la trasladaron a planta. Hoy a las once le hacen una densiometría ósea , y esta tarde sobre las seis un TAC.
FAUSTINO: Me alegro de que se encuentre mejor. ¿Qué haces mañana a las dos? Te invito a comer en un chino.
DORITA: No puedo, a esa hora tengo clase de parto fácil.
FAUSTINO: Pero si tú no estás embarazada…
DORITA: Claro que no, tonto, pero me gusta una de las profesoras…..

Un día normal de trabajo como contable comienza cuando a Faustino le traen las cuentas de la jornada anterior. Como invariablemente nunca cuadran, le toca repasar junto al ordenador filas y filas de números que parecen no acabar nunca. De vez en cuando aparca los dígitos y se acerca al váter a orinar y a mirarse a espejo.  Le encanta alisarse el poco pelo que le queda hacia atrás, embadurnándolo de gomina de la marca Loreal. A veces se encuentra con otro meón y mantienen una pequeña conversación de trabajo.

MEÓN : ¡ Faustiiiiino! que te veo el pepiiiiiino. jajajaja
FAUSTINO: Eres muy gracioso, pero esta vez sí que me he subido la bragueta, lo he confirmado tres veces.
MEÓN : Por cierto, sabes lo que le ha pasado a Bernardo, el jardinero?
FAUSTINO: No, ¿qué le ha sucedido?
MEÓN : Ayer por la noche lo atracaron a punta de pistola.
FAUTINO: ¡ Sudacas! seguro. Putos panchitos…
MEÓN : Noooo, fueron del barrio. Ya los han detenido, aunque uno de ellos se ha escapado.
FAUSTINO: Vaya. ¿Qué es ese ruido?  ¿Hay alguien cagando?
MEÓN : Sí está el gilipollas de… ¡cuidado, que sale!
CAGÓN: Joder, no se puede cagar a gusto, qué ruido hacéis, y qué conversaciones más repelentes…
MEÖN: Repelentes, los ruidos de tu barriga, deja de comer fibra y verás como no haces esos pluf pluf plufs tan desagradables, parecías un geiser en ebullición
CAGÖN: Me vas a chupar la polla….
FAUSTINO: Señores, vuelvo al trabajo, ya sabéis: el trabajo os hará libres.
CAGÖN: Espera, esa frase estaba en, en, creo que,¡ estaba en la entrada de Auschwitz !!!
FAUSTINO: ¿y qué?

Las ventajas de ser contable son ínfimas en comparación con sus muchos inconvenientes. Te pasas la jornada prácticamente solo, los ojos se funden tras pasar tantas horas seguidas frente a la pantalla del ordenador; el coxis y parte de la espalda se resienten y para colmo y por deseo del supervisor, algunas webs están restringidas, sobre todo las de chicas desnudas…
Las horas se suceden como a cámara lenta, los recuerdos golpean su mente en una especie de incesante letanía, algunos hacen daño, otros son más encantadores y le provocan una desacostumbrada sonrisa.
A la hora del almuerzo, Faustino saca un fajo de papelotes enrollados y en muy mal estado que lleva atados con un roído pedazo de hilo de palomar. Estas hojas profusamente garabateadas son su más preciado tesoro y es casi seguro que mataría por ellos. Ahora llega el gran momento, la media hora de éxtasis reconfortante y verdaderamente placentera; pero como siempre sucede con estos momentos inolvidables, alguien entra en su despacho y le interrumpe.

INOPORTUNO: Faustino, tío, estoy harto de los putos abuelos y de cambiar sus putas cacas. ¡Joder! no le cambio las mierdas a mis hijos en casa y me toca aquí hacerlo a un montón de seniles apestosos.
FAUSTINO: ¿Por qué no llamas antes de entrar?
INOPORTUNO: He llamado, pero como no me has respondido, he entrado ¿Qué es eso? Ah tus putos inventos. ¿Coño si febrero está ahí al lado. ¿Te vas a presentar no?
FAUSTINO: Sí, claro
INOPORTUNO: ¿Y qué vas a presentar este año? Recuerda lo que te sucedió en el anterior congreso de inventores aficionados. Ya sabes, ese leotardo líquido para los días abrasadores de verano. O hace un par de años, jajajaja el teléfono-tostadora de pan, aún me parto cuando recuerdo la cara del juez con la oreja tostada, jajaja
FAUSTINO: Fue culpa suya, quiso telefonear a su amante y se equivocó de teléfono.
INOPORTUNO: Sí, ya, pero te demandó, jajaja
Faustino: Bueno ¿qué es lo que quieres?
INOPORTUNO: Nada, venía a hacer tiempo. ¿Qué vas a presentar este año? Una faja musical? jajaja
FAUSTINO: El transbaser.
INOPORTUNO: ¿El transbaser?
FAUSTINO: Sí, el transbaser.
INOPORTUNO: ¿Y qué coño es eso?
FAUSTINO: Bueno, es una complicada máquina del tamaño de un bebé hipopótamo que transforma la saliva humana en cerveza light.
INOPORTUNO: Jajajaja ¿Y por qué no en cabernet o amontillado, jajaja qué cosas tienes.
FAUSTINO: Te estoy diciendo la verdad. Oye, solo me quedan veinte minutos de la hora del almuerzo y tengo que acabar algunos planos del transbaser.
INOPORTUNO: El transbaser, ya, bueno chaval te dejo, voy a ver si echo una meada, y luego al tajo, ¡putos yayos del demonio! Hasta luego nene.

Los segundos, los minutos y las horas se asemejaban a los de cualquier día. Dentro de ese cuerpo frustrado y lleno de engañosa amabilidad latía un corazón iracundo que no tardaría en explotar.
A la hora de la comida, Faustino se marchó a casa. Aunque solía zamparse un bocadillo frío en el bar JONS, pues solo disponía de 2 horas escasas antes de retomar de nuevo su trabajo, está vez decidió dar una vuelta por la parte vieja de la ciudad, abarrotada de inmigrantes que de alguna forma intentaban alimentarse y alimentar a sus familias, que vivían a miles de kilómetros. Mientras caminaba contaba para sus adentros a todos los ecuatorianos que veía. Cuando la cifra se hizo demasiado abultada, calculó que ya habría pasado una hora y media y volvió sobre sus pasos al geriátrico. Mientras caminaba un tanto ausente y con la cabeza todavía llena de números, divisó a lo lejos a Chipi. Le llamaban así por que cuando las cosas se ponían feas repetía  hasta la extenuación su apodo. Faustino gritó su nombre con una voz retumbante y repleta de autoridad, pero Chipi no le hizo caso y siguió su camino. Cuando volvió a llamarle con una salvaje pero feroz modulación atonal, un Chipi temeroso acudió a su encuentro.

FAUSTINO: Hijo de puta, Chipi. No vuelvas a tomarme por tonto.
CHIPI: No te había visto, perdóname.
FAUSTINO: Prepárate, pronto te llamaremos para otra «cacería». Por la última no apareciste, cabrón y Raúl tuvo que dar las hostias. Y ya sabes que es un cagado y ni siquiera sabe atizar.
CHIPI: No voy a ir. Ya estoy harto. Soy yo el que golpea. Solo veis en mi un cabeza de turco. Estoy harto, harto
FAUSTINO: Tu harás lo que te digamos.

(Continuará)

Email del 21 de enero 2011 Leer más »

Email del 17 de enero 2011

 

Goya, «Saturno devorando a sus hijos» (1821-23)

Miasma de circunloquios irónicos definitivos acerca del supuesto homo sapiens racional

Aunque el cerezo sea azotado por los elementos siempre seguirá manteniendo su forma inicial
(Proverbio vietnamita)

NOTA: Esta desencantada despotricación está repleta de insultos y defecaciones verbales dedicadas al ser humano, así como alabanzas y loas benditas consagradas a los animales no racionales entre los cuales, a veces, me incluyo. Generalizar siempre me ha parecido un acto despreciable e imbécil; estoy completamente seguro de que existen humanos que valen la pena, pero debido a que la proporción entre estos y los rastreros o depravados es de 1 por cada 100.000, me he tomado la licencia de excluir a los primeros y dedicarles en un futuro más o menos inmediato un panegírico especial.

Un humano dispone del arma más absoluta jamás creada: la inteligencia. Con ella es capaz de algunos actos buenos y que, de alguna forma, pueden honrarle, pero también de las más abyectas atrocidades. Ser humano implica olor de pies, pero al mismo tiempo maldad, crueldad, ferocidad. La mal llamada raza humana es un cáncer de la creación que se retroalimenta de una asquerosa sustancia amarillenta producida por el cuerpo en estado infeccioso llamada pus.

La convivencia del ser humano con la naturaleza es una verdadera idealización, una estúpida utopía. Al homo sapiens solo le interesa la destrucción, para después de la catástrofe, aplicarse a una improductiva e inútil construcción. Así es como creen que prosperan los cimientos de su insultante sociedad. Para conseguir sus fines viles, el ser humano está perfectamente diseñado con el don de la vacuidad absoluta, que con gran placer llevan al extremo más dogmático posible. Todo lo que enriquezca es permisible en aras de la involución, todo lo que uno pueda robar en el mínimo tiempo posible, engrandecerá el vicio del sinsentido ruin y despreciable.
Jean Paul Sartre con su lucidez y lógica habitual escribió «Lo más aburrido del mal es que a uno lo acostumbra». ¡Caray! No puedo dejar de repetirme esa frase como un jodido mantra incesante que lentamente agujerea los límites de mi convicción, a estas alturas muy seriamente dañada.

La organización cerebral de un animal irracional no permite el engaño y la malicia. Su perfecto diseño neuronal funciona exclusivamente desde un nivel de racionalidad lejano para la psique de cualquier ser humano. A veces rebuznar, ladrar, ulular, bramar, relinchar, maullar o mugir tiene más significado que una susurrante, y por otro lado, perfectamente modulada, palabra de amor (o de guerra). Por que las palabras de amor y de guerra pueden significar justo todo lo contrario escupidas por una laringe humana.

Llegados a este punto, se me ocurren algunas preguntas fundamentales. ¿Qué clase de desvarío mental nos impulsa el deseo de hacer el mal? ¿Cómo puedo cambiar de una vez por todas esa visión alternativa acerca de la concepción y falsa supremacía del Ser? ¿Es lícito fabricarse una venda artificial que cubra los ojos cuando no queremos que la auténtica realidad nos abrume ?

Personalmente, sólo tengo que mirar a un perro a los ojos para darme cuenta de que hay más lealtad, compañerismo, amor verdadero, pasión por el juego, carencia de indisciplina y corrección en formas, que en la mayor parte de la gente que conozco o he conocido. Cuando juego con un gato siento que verdaderamente no estoy perdiendo el tiempo, cuando abrazo a un burro y percibo su comodidad y su perdón a mi repentina intromisión en su vida es cuando ciertamente sé que de alguna forma, existe eso que algunos llaman libertad, ese concepto idealizado que pocos tienen el placer de experimentar en toda una vida de insumisión al estado y bajeza moral. Incluso cuando una paloma defeca sin piedad sobre mi cabeza sin pelo o sobre tu jersey nuevo marca Benetton deberíamos dar gracias por ser los elegidos. Pero no lo hacemos. Nos es más fácil blasfemar que participar, porque maldiciendo demostramos lo lejos que nos encontramos del universo físico, al mismo tiempo que ponemos en acción el gran defecto innombrable heredado genéticamente del mono: evitamos las dificultades por mínimas que estas sean, en otras palabras y como alguna vez cantó Peter Hammill: ¡¡¡ es tan fácil escabullirse!!!

Quiero suponer que existe vida inteligente en la Tierra y posiblemente en otros planetas. Sospecho que incluso alguno de mis conocidos pueda ser listo y yo aún no me he percatado. Creo firmemente que el nivel de estulticia de mi cerebro es considerable y patético. Presiento que el caos producido por la delimitación isolineal en el planisferio de nuestros sentimientos, es ciertamente formidable y carece de solución real, por lo que estamos condenados a vagar sin rumbo con las caras cubiertas por representaciones inexistentes de máscaras internas que usamos a conveniencia, y que nos sirven para ocultar la vergüenza de nuestros actos.

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Email del 14 de enero 2011

 

Philippe de Champaigne, «Vanitas» (1671)

En el año 49, un tal San Pablo (Pablito para los colegas) redacta y envía (sin acuse de recibo) una carta a los gálatas. Éstos se la devuelven argumentando que está repleta de faltas ortográficas y comparan su redacción con la de un ornitorrinco meningítico.

Tambien en este año, el gran filósofo Séneca se convierte en tutor del emperador Nero Claudius Cæsar Augustus Germanicus (AKA Neron),  humano bastante aficionado a los incendios.

49 es el número de polvos seguidos que, según el, le pegó un amigo mío a su novia el día que la selección española ganó algo (en estos momentos no recuerdo qué). Ignoro si la novia después de este ataque seminal vivió para contarlo.

Aunque he mirado en internet más cositas sobre este número infame y no he encontrado nada , cuarenta y nueve años equivalen a 17.879 días, o lo que es igual, 429.096 horas. Parece mentira que desde que me abrí paso a través del útero de mi madre, cansado ya de nadar en liquido amniótico de primera calidad durante 9 meses (o 275 días), sólo han pasado cuatrocientas veintinueve mil horas y pico. Pero en todas estas horas me ha dado tiempo a amar, robar, besar, eyacular, cantar, saltar, soñar, volar, besar, olvidar, desnudar, guardar, abrazar, engañar, terminar, chutar, cobrar, pagar, molestar, ahorrar (¡¡¡ ja !!!), acumular, descansar, acoplar, banear, apurar, quemar, despertar, ignorar, acatar, ladrar, obligar, respetar, dormitar, inventar, pintar, ratonear, recitar, cagar, estrujar, ar, ar, y ar.

Durante todo este tiempo me he dejado bigote, barba, perilla; he perdido el pelo y la dignidad, he descubierto de lo que son capaces ciertos humanos y sobre todo, he disfrutado de los animales.

Ahora me voy a desayunar y a afeitarme las ingles.

PD: Gracias humildes, desde el septum o tabique que divide las partes izquierda y derecha de mi corazón, a todos los que me han felicitado desde el muro de Facebook. Por supuesto extensibles a los que me han felicitado por mensaje o mail y a los que no lo han hecho de ninguna de las maneras. A estos últimos, espero que les salgan unas enormes y horribles almorranas sangrantes (es bromaaaa).

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Email del 11 de enero 2011

 

Francisco de Goya, «Dos viejos comiendo sopa» (1820-21)

Breve tratado acerca del envejecimiento humano

Conozco a un tipo que el día de su quincuagésimo cumpleaños se comió 51 huevos duros. Sí, ya sé que tendría que haber zampado sólo 50, pero cuando iba por 34 se descontó. Cito este caso simplemente como ejemplo de trastorno mental transitorio, debido a las anormalidades o perturbaciones que acarrean el envejecimiento, ese conjunto de modificaciones morfológicas y fisiológicas que nos recuerdan que pasa el tiempo.

A 3 días de mi cumpleaños -el viernes cumplo 50 por tercera vez consecutiva-, me asaltan miles de preguntas sin respuesta, al mismo tiempo que siento una extraña picazón en el saco escrotal que no me impide  concentrarme en la preparación de mi sagrada merienda. ¿Por qué nos hacemos mayores? ¿Hasta qué edad llegaré? ¿Por qué cuesta tanta dinero una silla de ruedas?

Hace un rato me miré en el espejo y aunque es posible que se tratara de  una alucinación, estoy casi seguro de que le escuché descojonarse. Es posible que no lo hiciera por mis arrugas y sí por mi bata azul celeste de tela polar con bolsillo de Homer Simpson. ¡¡¡ Menos mal que no me puse la de guatiné !!!

Mi vaso de leche de soja de la marca blanca del supermercado se está enfriando, no es algo que verdaderamente me importe. Tampoco me importa demasiado que el vaso que la contiene y que impide que se derrame sobre la encimera sea de color rosita. Lo único que realmente me afecta de esta situación es la vecina de arriba. Tiene cerca de ochocientos años y está mejor física y mentalmente que yo. Incluso cuando, como ahora, canturrea una estúpida canción de Julio Iglesias, no la está destrozando, sino que incluso supera (la ya de por si mejorable) versión del autor.

En resumidas cuentas: envejecer es un fastidio. A los hombres les salen pelos en las orejas y a las mujeres bigote. Conozco a una a la que sus hijos llaman «Widfreda la vellosa», aunque sería más correcto referirse a ella como «la Kaiser Guillerma», en honor al mostacho de Wilhelm Friedrich Ludwig, emperador de Alemania en el siglo XVII.

Email del 11 de enero 2011 Leer más »