Email del 3 de Agosto 2011
A veces pienso que mi vida es demasiado aburrida, predecible y tediosa como para llegar hasta los 108 años sin ganas de beber un buen trago de cianuro; pero otras veces, como hoy, me alegro de que suceda algo que me saque de esta especie de Limbo en que suelo residir.
Me encontraba asomado al balcón, un poco ensimismado y en medio de complicadas meditaciones cuando de repente un alarido infernal me ha devuelto a la realidad: el grito espeluznante era del afilador. Como lo lees; en pleno siglo XXI aún existen afiladores que gritan por las calles intentando atraer clientes para sus tijeras, cuchillos y demás instrumentos de corte. Este tipo con aspecto de chimpancé sacado directamente del film «El planeta de los simios» era peculiar, y su voz todavía más singular; su timbre era parecido al de un diablo de Tasmania cuando se pelea por un trozo de carroña con un congénere, pero al mismo tiempo más musical; puedes hacerte una idea si mezclas en tu mente el gruñido del Sarcophilus Harrisii y el de un mirlo afeminado. Pero lo que verdaderamente me ha fascinado ha sido su discurso para hipnotizar a las marujas del barrio y que éstas, prácticamente enloquecidas, le lleven sus instrumentos romos para ser aguzados por unos pocos euros. Voy a tratar de recordar sus palabras lo más exactamente posible:
«El afiladooooor, Chiquillaaaaa, el afiladoooor ya está aquí para afilar tu cuchillo; el afiladoooor. Afilo toda clase de navajas, machetes, puñales, tijeras, cizallas, tenazas. El afiladoooooor. Nenas, ha llegado el afiladooooor.»
Estarás de acuerdo en que su prosa dista mucho de la de Shakespeare o Christopher Marlowe, pero era efectiva y cumplía su objetivo: tratar de que los supermercados no vendan demasiados cuchillos. Durante una hora este representante del eslabón perdido ha estado dándole a su rueda de amolar, instalada en una cochambrosa moto seguramente fabricada antes de que Jesucristo resucitara a Lázaro y no le cobrara ni un talento por el milagro. Incluso estoy pensando en estos momentos robar una bicicleta y dedicarme a ir por los barrios cantando canciones de los años cuarenta; podría hacerme llamar «el bardo de tiempos remotos» y con el dinero que les sacara a los papanatas que cayeran en la trampa, montar un circo de merluzas y besugos que bailaran al son de mi música e incluso atravesaran aros de fuego.
Amiga mía, creo que empiezo a divagar. Creo que lo más prudente es que me retire a mi habitación de orar y entone el salmo XXII, que aunque es realmente soporífero, me ayuda a matar el tiempo, ese injusto dueño de nuestras vidas.
Un besazo
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