mayo 2020

Email (dibirdibiano) del 31 de mayo 2020

Mirdidingkingathi Juwarnda Sally Gabor. Dibirdibi country (2010)

Querida amiga:

Mi vecina, una maruja distópica con sensibilidad de celacantimorfo, ha amenazado con denunciarme a la Policía Nacional si vuelvo a gritar por la ventana a altas horas de la madrugada. En realidad me importa una deyección cósmica si lo hace o no, pues voy a continuar con mi serie de lamentos protonocturnos hasta que sienta que la vehemencia obsesiva que me paraliza cuando comienza la noche se convierte en algo semejante a una «cuádruple i», es decir, una imposibilidad intrusiva inalterable e inalienable. Y para demostrarte que todo lo que digo es tan cierto como que Dibirdibi no es una especie de lumbrícido sino un país absolutamente inexistente, voy a tararear la misma canción que entoné en los emails de los días 5 de enero 2018 y 28 de febrero 2020, aunque con alguna ligera variación apenas perceptible.

Nananaaaa, nana naaa naaa.
Nananaaaa, na na.
Nananaaaa, nana naaa naaa.
Nananaaaa, na na.


Nananaaaa nana naaa nana nana naaaaaa
Nananaaaa nana naaa nana nana naaaaaa


Nananaaaa, nana naaa naaa.
Nananaaaa, na na.
Nananaaaa, nana naaa naaa.
Nananaaaa, na na.


Na. Na. Na.
Na. Na. Na.

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Email del 29 de mayo 2020

Andre Masson. There is no world ended (1942)

Amigos:

Hace un número indeterminado de años, un elefante -plenamente identificado- que se balanceaba sobre la tela de una araña dio un viraje en redondo. Alguien compuso una cancioncilla infantil sobre el suceso un lustro más tarde. Sin embargo no volvió a hablarse del asunto en varias décadas. Tanto el elefante -plenamente identificado- como su asombroso viraje en redondo pasaron completamente inadvertidos para un elevado número de generaciones. Lo más gracioso del caso es que mientras ese paquidermo intentaba la cabriola que le valió su paso hacia la eternidad, varios esqueletos no identificados salieron de su tumba justo en el momento que el reloj marcaba la una. ¡Tumba, tumba, tumba, ba! Este hecho, la salida de los esqueletos de la tumba (¡Tumba, tumba, tumba, ba!), influyó decisivamente en el cambio de orientación de los nichos y la profundidad a la que debían ser enterrados. Poco o nada importó en ese momento que un chiquillo comprara un huevo, un flaquillo lo preparara, un largote lo pusiera en la mesa y un jodido gordete se lo comiera. O que una pobre loba tuviera cinco lobitos detras de su escoba. O que un tal Pico Gorgorito saltara la vaca al veinticinco.

Estamos en pleno siglo XXI y una pandemia intenta putear nuestro estado de bienestar. Durante más de dos meses hemos sido incapaces de ponernos en la piel de cualquier otra persona, más que nada porque estamos profundamente enamorados de nosotros mismos. Y como somos incapaces de follarnos a nosotros mismos, seguimos siendo nosotros mismos. El problema es que cada uno de nosotros mismos no valemos una puta mierda. Ni siquiera cuando pretendemos no ser nosotros mismos.

Estamos en plena pandemia y un siglo XXI nos informa de que la broma ha terminado. Durante toda nuestra vida hemos pretendido ser lo que no somos. Ni siquiera lo que pretendíamos ser, sobre todo porque somos nuestros propios enemigos. Y como somos incapaces de pegarnos un tiro entre los ojos seguimos interpretando el papel de enemigos prudentes y reflexivos de nosotros mismos. El problema estriba en que creemos que somos demasiado importantes…

Estamos vislumbrando el final. Algunos no lo ven ni siquiera con ayuda de sus gafas. Hemos dejado pasar un millón y medio de oportunidades. Ahora solo queda aguardar a que el final no sea demasiado doloroso. Algunos esperan sentados en sus sillones, otros sentados sobre los que esperan sentados en sus sillones. El resto se dirige cabreado a la tienda de sillones dispuestos a recuperar una pequeña parte de lo que pagaron por esos asientos confortables. Yo no tengo sillón, pero dispongo de una banqueta tridáctila y una silla didáctila. Por supuesto la silla didáctila es un objeto para coleccionistas bromistas.

No os espera…

Greg

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Email del 27 de mayo 2020

Alexandre Benois. Versailles (1906)

Querida:

Una vez estuve a punto de cometer un asesinato. Bueno, en realidad pudo haber sido un homicidio múltiple. Ocurrió hace muchos años pero lo recuerdo perfectamente. En aquella época yo no tenía un duro y viajaba haciendo autostop. Un día me recogió una familia compuesta por un matrimonio de unos treinta y tantos años y sus dos hijos de poco más de diez o doce. Con ellos viajé desde Valencia hasta Étampes escuchando a Los Chunguitos. Pero… pero creo que debería tratar de explicarme mejor.  En realidad yo pretendía viajar hasta Bruselas y gracias a la diosa de la fortuna, o eso me pareció entonces, encontré a estos chunguitomaniacos que iban a Versalles a matar dos pájaros de un tiro, es decir, a visitar a la madre del cabeza de familia y conductor del Seat 1500, y a contemplar las maravillas que diseñó André Le Nôtre en forma de jardines en pleno siglo XVII. Si nunca has tenido que soportar rumbas gitanas con letras carcelarias durante más de 20 horas seguidas no sabes hasta donde puede llegar el instinto de supervivencia cuando se le somete a una presión insoportable.

Felipe, además de un seguidor acérrimo de los hermanos Salazar, era un apasionado de la jardinería. Su aspecto, típico del españolito de principio de los ochenta, resultaba aburrido lo miraras como lo miraras, excepto cuando te fijabas en el inmenso tatuaje que adornaba su brazo izquierdo y en el que debajo de algo similar a un par de gónadas se podía leer «Ávido de orgasmos». Enriqueta era dulce y amarga al mismo tiempo. Su forma de mirar el horizonte me recordaba a las pérdidas de orina. Aunque no hablaba demasiado, lo hacía en los momentos más inoportunos, como por ejemplo para recordar a su marido que hacía un minuto que se había acabado el casete y que había que darle la vuelta. Los hijos de esta pareja se llamaban Felipe y Felipe, como el progenitor. Para distinguir a tanto Felipe, Enriqueta les había dispensado una numeración: Felipe 1, Felipe 2. Yo no diría que fuesen deficientes mentales, pero creo que años y años de escuchar rumbas gitanas había acabado pasándoles factura.

Creo que fue en Toulouse cuando comencé a sentir ganas de cargármelos a todos y continuar el viaje yo solito, sin embargo refrené los impulsos criminales e intenté abstraerme de la banda sonora que acompañaba al viaje. Cuando paramos a repostar en Limoges supe que había llegado el momento y que debía pegar fuego al coche con todos sus ocupantes dentro, pero pensé que todavía me encontraba bastante lejos de la frontera con Bélgica y acepté de mala gana continuar el periplo. Lo que pasó a continuación es un misterio. Lo único que recuerdo es que desperté rodeado de médicos gabachos mirándome desde cierta altura. Cuando les pregunté dónde me encontraba me respondieron como si fueran un coro que en el Hospital Center Sud Essonne. Más tarde una enfermera bilingüe llamada Yveline me contó ciertos detalles sobre cómo y en qué estado aparecí unas pocas horas antes.

Unas semanas después, completamente restablecido y de nuevo en la terreta, intenté buscar por todos los medios a la familia Chunguita, pero me fue totalmente imposible. Era como buscar una aguja en un millón de pajares. La verdad es que no sé por qué lo hice. Quizá necesitaba saber que todo sucedió realmente. O quizá volví a recordar lo que me relató Yveline y que no voy a trasladar a esta bitácora.

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Email del 25 de mayo 2020

Karel Appel. The crying crocodile tries to catch the sun (1956)

Amiga:

Había escrito un comienzo que me parecía extraordinario («Se convirtió en un psicópata subclínico el día en que lo emascularon»). Ahora necesitaba unas 400 páginas de texto y un final apoteósico. Sin embargo no se me ocurría absolutamente nada. Tenía claro el argumento, por supuesto, pero necesitaba urgentemente la visita de una o varias musas antes de que cediera y arrojara el paño de cocina. ¡Sí, he dicho el paño de cocina! No creo que exista una ley universal que obligue a arrojar solamente toallas. Afortunadamente pronto se me ocurrió el final («Sus huesos se hundieron entre el sapropel y desaparecieron de la vista de la multitud de gusanos bentónicos que se sorteaban el acceso a lo que pudiese quedar de carne todavía fresca») que si bien no era todo lo apoteósico que me hubiera gustado, tenía algo de ese exquisito yumyumyum semipedestre y ultraordinario que tanto me atraía en aquella época.

Pasaron dos meses y la única contribución a la novela fue el adverbio de lugar «allí». Un día, mientras estaba utilizando la escobilla del inodoro se me ocurrió una maravillosa idea, pero tras unos minutos se me olvidó en su totalidad y no tuve más remedio que seguir con la escobilla, esta vez con ayuda de un poco de Harpic Power Ultra Fuerza Cítrica. La noche de ese mismo día tuve una segunda idea y fui capaz de retenerla, pero como estaba representada en karachay-balkario no me sirvió de gran cosa. Transcurrieron otras ocho semanas y pude meter una locución adversativa detrás del adverbio de lugar. Estaba claro que progresaba, aunque si seguía a ese ritmo la obra no estaría terminada antes del año 2098 o 2099, por lo que necesitaba un plus de velocidad en forma de anfetaminas. Sin embargo me equivoqué de frasco y los siete comprimidos laxantes no me sentaron demasiado bien. ¡Menos mal que dos meses antes había dejado el inodoro como un solete!

El día 17 de febrero a las 12:30 escribí un párrafo después de zamparme medio bote de banderillas picantes («El inútil acto de sobrevivir me recuerda a lo que sienten las aceitunas cuando están apiladas esperando la molienda. Se supone que pronto se convertirán en aceite virgen extra, virgen o refinado, pero hasta que llegue ese incierto momento, el del desmenuzado, continúan siendo y comportándose como jodidas aceitunas, eso sí, deshuesadas»). Una semana después garrapateé tres parágrafos bastante cortos e incoherentes («Las acequias solitarias constituyen el ambiente predilecto de los condones usados», «¡Todos hemos tenido múltiples experiencias con los cocodrilos de estuario!» y «La contraseña del programa era BFD45E-630ATE-H1MA0C-0HWTRB-15KY5M-F0V291»). La tarde del 29 de abril me puse las pilas y redacté 27 capítulos seguidos y el 3 de mayo finiquité el proceso de creación del libro. Lo titulé El sorbitol es un poliol humanista y cuando fue editado unos meses más tarde solo vendió 45 ejemplares. Hoy es una obra de culto.

Gerg Zepol Zerep

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Email del 23 de mayo 2020

Rogier van der Weyden. Man holding book (1449)

Querida:

He estado releyendo el primer relato corto que escribí hace más de 40 años. De hecho he estado releyendo toda mi obra compuesta por 25 libros y 10 volúmenes con poesías, dibujitos y textos cortos e incoherentes. ¡En total cerca de 14000 páginas! Me ha costado casi cinco meses pero ha valido la pena. ¡Ahora sé que soy una puta mierda de escribidor de los cojones! ¡Joder! He vendido miles y miles de ejemplares y algunos de mis engendros han sido reeditados hasta en 17 ocasiones. No comprendo cómo he sido capaz de engañar a tantísima gente y en tantísimas ocasiones. Bueno, en realidad si que lo sé: las calles están repletas de imbéciles. A los imbéciles, también denominados botarates, es extremadamente fácil darles micho por lebrato. Tan sencillo como inventar -junto a un editor sin escrúpulos- unas pocas frases del tipo «Literatura para inteligentes! o «Puede no resultar sencillo leer a nuestro autor estrella». ¡Todavía recuerdo las risotadas caballunas del equipo de edición mientras se inventaban los prólogos, proemios y prefacios!

Voy a copiarte media página de una obrita que escribí hace 27 años. En aquella época nunca salía de casa sin haberme metido dos o tres chutes de una mezcla que inventé y patenté yo, y que además de caballo y farlopa contenía glicerina, polvos de talco y secreciones vaginales liofilizadas. El libro se titulaba Empiécese y afortunadamente está descatalogado, aunque todavía se puede conseguir por una pequeña fortuna en alguna librería de viejo.

Recuerdo que se acercó a mí con la nariz y la boca mojadas mientras se maldecía a sí misma por no haber sido capaz de olisorber…
—¡Espera! ¿Has dicho olisorber?
—¡Sí!
—¿De donde has sacado ese término?
—¿Tan importante es para ti saberlo? Creo que es el resultado de una mala traducción de algún libro de Joyce, pero no estoy segura.
—Bueno, supongo que es una combinación bastante mediocre de oler y sorber…
—He intentado olisorber y mira el resultado. Soy capaz de oler o sorber pero no de oler y sorber al mismo tiempo. Sin embargo puedo olisqueaspirar sin ningún problema.
—¿Olisqueaspirar? ¿También es de Joyce?
—No. Es de Marisa Garrigues.
—Marisa Garrigues eres tú.
—Marisa Garrigues soy yo en algunas ocasiones.
—No sabía que tuvieses otro nombre…
—Cuando me conociste solo era M.
—¿Ahora eres M o Marisa Garrigues?
—Ahora no soy ninguna de las dos. Intento… ¿sabes? intento olisorber, pero a ti te es indiferente si el resultado no es el correcto. Simplemente te pones delante de mí y me haces esas preguntas inútiles…
—Ninguna pregunta es inútil.
—Es posible, pero mis respuestas sí que lo son. Me gustaría que dejases de seguirme…
—¡Es difícil! ¡Vivimos juntos!
—Entonces enciérrate en otra habitación. O mejor, enciérrate en ti mismo. Es lo que mejor sabes hacer cuando no estás husmeaveriguando lo que hago.
—¿Husmeaveriguando lo que haces? Trataba de que comprendieses que olisorber u olisqueaspirar fallidamente no es el fin del mundo. Por mí puedes hasta saborrelamer cualquier objeto. Yo estoy aquí… siempre estaré aquí… ¡Incluso cuando vuelvas a ser M!
—¡Necesito intentarlo!
—¿Te refieres a volver a ser M?
—¡Necesito saborrelamer!

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Email del 22 de mayo 2020

Arnold Böcklin. Ruin by the sea (1881)

¡De repente me despertó una sacudida! El hombre que nunca había ejercido de padre acababa de morir. Cuando me llamaron para darme la noticia les contesté que ya lo sabía. ¡Y en realidad era cierto! Es curioso, porque solo unas pocas horas antes acababa de montar un sensor en una estructura de prueba, aunque no había llegado a hacer ninguna prueba. Mientras me preguntaba para mis adentros por qué razón era tan poco constante con los sensores, las estructuras y las pruebas vi deslizarse una imagen poco definida que se cagó verbalmente en mí. Enseguida supe que era él y que todo había terminado. En lugar de llorar desmonté el sensor y volví a introducirlo en su caja. En cuanto a la estructura de pruebas… bueno, ¡supongo que todavía debe seguir allí!

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Email del 21 de mayo 2020

Francisco de Zurbarán. Virgin of the Misericordia (1634)

Amiga, compañera y camarada:

Últimamente solo salgo a la calle enclaustrado en una vitrina. Soy consciente de que en cualquier esquina puede haber un bichito de Wuhan dispuesto para saltarme a la nariz o a la boca. Aunque la verdad es que salir de esa guisa tiene sus inconvenientes, pues tengo que contratar y pagar a cuatro tipos para que me lleven en andas y a otros dos para que alejen a la gente que quiere besar el cristal que me aísla. Según mi secretario procesional, en algunos barrios se me conoce como Mandagurrín que en argot barriobajero valenciano quiere decir «el santísimo pelón inmaculado, virtuoso y puro, que se pasea portado y sin manto de flores». Ayer, sin ir más lejos, un grupo de unos 30 o 40 ciudadanos siguieron mi recorrido durante varias calles mientras canturreaban…

Hosanna hey, sana sana sana oh
sanna hey, sana oh, sannaaaaaa.
Oh Mandagurrín, Mandagurrín, alejate del sanedrín
Sanna oh, sanna hey, superstaaaaaar.  

La verdad es que como ateo militante -y apóstata desde hace más de una década- me siento bastante sorprendido cuando la chusma intenta santificarme. Aunque por otra parte, y como profundo conocedor del vulgo y de sus más recónditos misterios, no me extraña demasiado que sigan líderes por el único hecho de seguir a cualquier cosa que se desplace, y de esa manera otorgarle otro sentido a sus vidas, vacías, disponibles y repletas de estulticia, penitencia, mortificacion y santos mártires. A menudo he pensado en hacerme gurú. Podría llamarme Mandagurrín de los pastorcillos del cornezuelo o incluso Mandagurrín Sri-Krishnaia y hacer una pasta con la imbecilidad ajena. Y cuando tuviera llena la bolsa me dedicaría a acabar mis días encerrado en el Hogar del Lenocinio, la mancebía que yo ayudé a crear hace cinco años y de la que fui destituido por mis dos socias maritornes.

Pero creo que estoy divagando. En realidad lo único que verdaderamente deseo es que ciertos caudillos de extrema derecha sean abducidos por los extraterrestres. ¡Solo de pensarlo se me solidifica el semen! ¡Aunque también me valdría que muriesen pisoteados por una vacada de reses bravas o asesinados por cualquier descerebrado que pertenezca a otra facción, clan, partido, secta o como quiera denominarse a cualquier organización, asociación o grupo cuya ideología se sostenga gracias al desprecio, la desconsideración o la calumnia.

Palabra del redentor y gracia divina, Mandagurrín de las tejas cetrinas

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Email del 16 de mayo 2020

David Teniers II. A medical practitioner examining a urine flask (17th century)

Amiga:

¡Estoy tan contento! La redacción de El transformamiento transgresivo del transportista transfronterizo va viento en popa. Con un poco de suerte lo terminaré a tiempo para presentarlo al XXIII CTTTT (23º Concurso Transcendental de Textos Translimitados y Transmutativos). Un certamen donde solo tienen cabida los relatos más insólitos y extravagantes. El año pasado me quedé en quinto lugar con Otilia y la sintomatología extrapiramidal de su musculatura orofacial y, dos años antes, el noveno con Un turro, dos turros, tres turros, cuatro turros, cinco turros, seis turros, siete turros, ocho turros, nueve turros, diez turros. Según mi vidente, clarividente y confidente personal, Clemente «el decadente», este año voy a arrasar. Claro que podría ser que arrasara otro, como siempre sucede, y yo termine en tensión y arrastrando otra depresión.

No obstante tengo preparado un plan B. Si no gano el concurso, asistiré con cara amable a la recepción con que se honra al triunfador y orinaré en las bebidas de los asistentes. Calculo que ciscarme en todas sin que nadie se dé cuenta me llevará unas cuatro horas y media. Quizá cuatro horas y tres cuartos. Pero si me concentro lo suficiente puedo hacerlo en cuatro horas o incluso menos. La última vez que hice algo parecido terminé en urgencias con una fortísima cistitis intersticial, aunque logré mear en los vasos y botellas de 262 invitados.

Te mantendré informada.

Greg «Painful urination» López

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Email del 15 de mayo 2020

Susan Spangenberg. Straitjacket fetus (2015)

Amiga:

Hoy hace 14 años, tres meses y ocho días que esa parte corporal específica del hombre que a menudo se encabrita para demostrar lo indemostrable, o simplemente por capricho, se irguió y se irguió y se irguió hasta cotas nunca alcanzadas y casi imposibles. Lo siento, no puedo ser mas preciso, pues me consta que este blog es seguido por un gran número de menores de medio mundo cuando los mayores que conviven con ellos están demasiado ocupados visitando blogs especializados en determinadas y sorprendentes parafilias. En realidad solo quería que supieses lo que le sucedió a Filodendrín, pues cada vez que hablo contigo siento que no soy demasiado sincero. Al final acabé encerrado en una clínica privada de psicología sexual donde me pusieron unos calzoncillos de fuerza y me sometieron a diversos estudios y tocamientos a lo largo de varias semanas. Por si no sabes lo que son los calzoncillos de fuerza te diré que son como una camisa de fuerza, solo que fabricados fundamentalmente para inmovilizar penes implacables o iracundos.

Ahora me siento mucho más tranquilo y descansado. Eres una mujer excepcional y sé que comprenderás mi caso, aunque también creo que a partir de ahora mirarás mi bragueta con ojos aterrorizados. Pero puedo jurar sobre la biografía de Charles Manson que dicho ataque falo-frenético solo se ha vuelto a repetir en 41 ocasiones desde entonces. ¡No llega ni a tres veces al año!

Goñi Peperoñi.

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Email del 14 de mayo 2020

JLM. Dinky Dinky posando (1996)

Me di un golpecito… bueno, la verdad es que me arreé un guantazo de campeonato en toda la mandíbula. Necesitaba despejarme lo más rápidamente posible. Si hubiera tenido algo de café o de té negro, seguramente los hubiera utilizado, aunque sigo creyendo en las «autohostias», que es como denominaba el individuo genial y extraordinario que se ocultaba detrás del criptónimo JLM a los sopapos dirigidos contra uno mismo. En realidad José Linares Martín era criador de hámsteres y su inclusión en este texto es mucho más que circunstancial. Siempre me fascinó cómo manejaba los términos cricetinos, tanto en castellano como en los ocho idiomas que dominaba a la perfección. A continuación transcribiré el tercer párrafo del cuarto capítulo de su primer libro Dingolondangos a mis Mesocricetus.

Después de enseñarle a pensar como un ser humano, traté de que se comportara como un ser humano. ¡Y lo conseguí!, aunque me llevó más de tres años de duro esfuerzo. Estoy hablando de mi hámster Dinky Dinky, hijo de Dado Dado y Dinca Dinca. El problema comenzó cuando se empeñó en matricularse en la Facultad de Derecho y me pidió que hablara con el rector para que le permitieran llevar su rueda de ejercicio silenciosa de madera. Afortunadamente cambió de parecer cuando le presenté a Rini Rini, hija de Ribo Ribo y Rajaonarimampianina Rajaonarimampianina. Por cierto, el nombre que le puse a la madre de Rini Rini es el más largo que he puesto jamás a cualquiera de mis roedores, pero creo que era absurdamente lógico ya que ese ejemplar me lo proporcionó un renombrado coleccionista malgache de hámsteres, jerbos y otros roedores. 

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-Dingolondangos a mis Mesocricetus de JLM puede ser adquirido en Amazon, eBay, Alibaba, Abacus, Relibrea, Fnac y Casa del Libro.
Dingolondangos a mis Mesocricetus II no puede ser adquirido porque no existe.

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