mayo 2020

Email del 13 de mayo 2020

Clive Bryant. Isolation (21st century)

Querida:

Henri Bergson decía que somos inherentes al tiempo. ¡Pero el tiempo se desliza sin ninguna clase de interrupción! Por lo tanto estamos inseparablemente abocados a arrastrar el peso de una existencia absolutamente insostenible y limitada. Cada día que pasa soy diferente porque no soy el mismo individuo que el día anterior. Eso implica que cada una de mis insufribles carencias se vuelven un poco más definidas. Poco importa que sea consciente de cada cambio conforme se suceden los días. Ayer yo era yo, pero un día más joven. Hoy yo sigo siendo yo, aunque 24 horas más viejo. Y cada vez que me siento más viejo mi sensación de que soy un ente desaprovechado toma más forma. Sin embargo, estoy convencido de que haber dejado pasar las oportunidades ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. ¡Soy un perdedor! ¡Soy un perdedor! Nunca he sido capaz de imaginarme a mí mismo vestido de blanco.

En ocasiones sonrío y se me pueden ver algunos dientes. No voy a tratar de explicar las razones de esas súbitas sonrisas. Tampoco voy a hacer una apología de mi dentadura imperfecta. Cuando me agacho siempre hay uno o dos momentos en los cuales creo que no es necesario volver a incorporarme. Y cuando me incorporo pienso que he vuelto a dejarme llevar por esa definitiva inconformidad que ha definido cada uno de mis encogimientos. ¿Soy una ramera?

Me encuentro aislado en mi habitación de la completa soledad. No pienso volver a pisar el pasillo estrecho que termina integrándome con el resto de monos.
Me encuentro aislado en mi habitación de la completa soledad. No pienso volver a pisar el pasillo estrecho que termina integrándome con el resto de monos.
Me encuentro aislado en mi habitación de la completa soledad. No pienso volver a pisar el pasillo estrecho que termina integrándome con el resto de monos.

Los monos son inpredecibles…

Greg

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Email del 12 de mayo 2020

Giorgio de Chirico. Eternity of a moment (1914)

A, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, durante, en, entre, hacia, hasta…

Aunque la cuchillería se llamaba Tomás e hijos, en realidad la regentaba Cosme Llorens, un tipo que nunca se había casado y al que no se le conocía descendencia legal. En frente, los cinco hijos de un tal Marcelino Moreno dirigían un pequeño negocio calcetero que nunca había sido rentable. Dos calles más abajo, Cirilo y Martina intentaban vender de estraperlo el material pornográfico que ellos mismos escribían, interpretaban y dirigían. Yo… yo vivía encima del bar de Aurelio, un sujeto alto y desgarbado que mataba ratas cuando no estaba sirviendo comidas demasiado condimentadas. Algunos decían que la carne de roedor sin abundancia de sal y pimienta era reconocible hasta para un vegetariano insatisfecho y resentido.

En algunas ocasiones, sobre todo cuando tenía las ventanas abiertas, me llegaban melodías deprimidas. Nunca supe de qué garganta femenina partían, aunque la verdad es que como todo me daba igual, terminaba obviando el significado de los fragmentos. ¡Hasta ese día! Cuando escuché la primera estrofa de la canción los pelos de mis brazos y espalda se transformaron en traviesas y listones filamentosos.

¿A dónde iré cuando me haya ido?
¿A dónde iré cuando me haya ido?
¿Cuando me haya ido? 
¿Me iré alguna vez?
Espero no tener que vivir para siempre…

Intenté asomar la mayor parte del cuerpo por la ventana para ver si veía, o por lo menos escuchaba, de dónde procedían tanto la letra como la música, pero fui incapaz de localizar la fuente. Mientras decidía si bajaba las escaleras a toda velocidad y me sumergía entre los maretazos de la jodida sociedad, reparé en un bultito que me dolía levemente entre los dedos índice y medio de la mano izquierda. Abrí el cajón de la cómoda y saqué la lupa. Lo que vi me dejó sin habla. Escondido entre ambos dedos había una palabra. Al principio no fui capaz de leerla, pero jugando con el cristal óptico y la distancia pude ver que esa palabra era «siempre». ¿Siempre? ¿Acaso el último vocablo de esa cancioncilla -y perdonadme la jitanjáfora- introventanal no había sido precisamente «siempre»? Intenté recordar el verso.

Espero no tener que vivir para siempre…

Llegó la noche. Es curioso, siempre llega la noche. Mientras me quitaba los calcetines pensé que era una tontería eso de ir a alguna parte cuando uno se ha ido. Si no se está, no se puede ir. Ni siquiera en plena borrachera de orujo. Seguía dándole vueltas a las partidas y los regresos cuando noté algo parecido a una manchita oscura en el ombligo. Cogí las pinzas con las que me aseo las orejas y la nariz que estaban encima de una revista de chicas haciendo cosas con chicas que a su vez descansaba sobre la mesita, y extraje con mucho cuidado lo que creí era borra o pelusa. Sin embargo, cuando me acerqué la suciedad a menos de tres centímetros del ojo derecho, que era el que mejor me funcionaba, pude ver que se trataba de otro maldito vocablo. Fijando la vista como si fuese una lechuza fisgona pude distinguir el término «erpmeis». Al principio creí que se trataba de algo escrito en armenio, pero pronto me di cuenta de que la palabra estaba al revés. Le di la vuelta: «siempre».

Espero no tener que vivir para siempre…

Como me estaba empezando a poner nervioso opté por lavarme los dientes. Siempre que estoy nervioso me lavo los dientes. ¡Excepto cuando no me lavo los dientes! Después de lavármelos los inundé de colutorio verdoso y me enjuagué las encías. De repente comenzó a picarme un huevo… Normalmente, cuando me pica alguna parte del cuerpo suelo rascarme con deleite. Desconozco la razón por la cual en lugar de rascarme volví a cepillarme los dientes. Seguramente porque continuaba atacado. Algo dentro de mí me decía que en ese testículo que me punzaba habría enrollado otro «siempre», o puede que varios. Pero nunca lo sabré, pues hasta el día de hoy, y ya han pasado 17 años, no me he bajado ni los pantalones ni los calzoncillos. Pero he seguido limpiándome los piños y enjuagándolos normalmente.

Espero no tener que vivir para… mediante, para, por, según, sin, so, sobre, tras, versus, vía.

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Email del 11 de mayo 2020

Subteniente Villar. Paella in the table. (Año 23.100)

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de las flatulencias pudendas.

Uno de los casos más desagradables, y posiblemente el menos conocido, del churrero castañero y detective aficionado García Pérez, ocurrió mientras comía en el restaurante especializado en paellas más afamado de la ciudad, junto a sus buenos amigos y colegas, el subteniente Villar y sus subordinados más inmediatos, el brigada Canillar, el sargento primero Aguilar, el cabo mayor Montalar, el cabo primero Fenollar, el cabo Castelar y el guardia civil de primera, Escolar.
—¿De ver-dad no notan ese olor re-pug-nan-te? —Preguntó el churrero castañero García Pérez al resto de comensales sentados en su mesa mientras dibujaba una cara en la que se podían interpretar repugnancia y confusión al mismo tiempo.
—Pues yo no huelo nada aparte del arroz, el pollo, el conejo y…
—Sargento Aguilar, si me lo permite, usted tiene un olfato horroroso. Yo sí huelo a algo. Me recuerda a … pero no logro… quiero decir, es como una mezcla extraña. Yo diría que está entre un pedete y una rodaja fina de piña recien cortada —sentenció el brigada Canillar.
—Creo que voy a vo-mi-tar.
—Señor García, no es para tanto. Parece que tiene usted un olfato realmente avanzado —murmuró el cabo primero Fenollar.
—¡Esperen! ¡Esperen! Ahora sí lo huelo. ¡Dios Santo! Es de una repugnancia avasalladora.
—Sargento Aguilar, ¡tiene usted toda la razón! Acaba de llegarme ese espantoso efluvio. Miren. Miren a ese tipo vestido de azul de la mesa que está a la derecha de Escolar. ¡Se está riendo! Deberíamos detenerle.
—Perdonadme, pero me gustaría… es decir… bueno, un efluvio es como una emanación, ¿no?
—Escolar, ¿qué estupideces dice?
—Perdone, mi cabo mayor…
—No puede ser ese ti-po que se ha reído porque si se han dado cuen-ta… ¡Otar vez! Perdón. ¡Otra vez! ¿No lo hue-len?
—¡El señor García Pérez tiene razón! ¡El señor García Pérez tiene razón! El autor de las ventosidades lo ha vuelto a hacer.
—Cabo Castelar, serénese, por favor. Subteniente Villar, está usted muy callado. ¿Puedo preguntarle qué es lo que piensa de esto?
—Caballeros, estoy totalmente convencido de que son pedos. Y para ser exactos, tres. ¡Como la Santísima Trinidad! Y hasta podría asegurar que han sido expelidos por dos personas diferentes. Uno probablemante… probablemente  por un niño de unos cuatro, cinco, seis, siete u ocho años y los otros dos por un tipo avaro y sin remordimientos de uno 46 años, que aunque nació en un pueblo de menos de 200 habitantes, actualmente reside y trabaja en la capital.
—Subteniente, me ha de-ja-do absolutamente a-no-na-da-do.
—Pero cómo a partir de un pedo… o tres pedos, que no son tocables, si me permiten la expresión, se puede llegar a unas conclusiones tan…
—Nunca en mis 45 años de existencia había escuchado que una flatulencia «no es tocable».
—Perdone mi brigada. Creo que a lo que se refería el cabo primero Castelar…
—El cabo primero se apellida Fenollar. ¡Fenollar! Yo soy Castelar. Cabo primero. Fenollar no es cabo primero.
—¡Pero pronto lo seré!
—Y todavía podría seguir con mi razonamiento…
—Con-ti-núe, por favor, brigada Escolar, perdón, quería decir… bri-ga-da Canillar.
—Gracias, Pérez García…
—Brigada Canillar, es García Pérez.
—Cuando alguien se tira un pedo es porque en el fondo su existencia es una pura mierda. ¡Nada tiene que ver el estómago o la comida! Y puedo demostrarlo. Si quieren pueden encargar al camarero cinco platos de alubias y me los comeré todos.
—Perdone, subteniente Millar… Vi… Villar. Creo que está un poco borracho…
—¡Todos estamos borrachos. Usted también, sargento Aguilar.
—Por supuesto que estoy borracho. Somos ocho sentados a la mesa y si la cuenta no me falla nos hemos ventilado siete botellas de tinto con la papaella. ¡La paella! Y podríamos habernos tomado dos o tres más si no hubiese sido por esos desagradables y viles gases…
—Se-ño-res. Yo, el afamado churrero cas-ta-ñe-ro y detective más que aficionado Gar-cía Pérez proclamo al que me quiera escuchar que no estoy bo-rra-cho.
—Pero García, si hace un momento casi se cae de la silla. Lo he visto con mis propios ajos…
—Y todavía soy capaz de deducir que el segundo autor de los pedos, es decir, el tipo avaro y sin remordimientos de 46 años, es ludópata y tiene serios problemas para empalamar… o sea, empalmmm… ¡empalmar!
—Pero subteniente Villa, ¡está hecho un Sherlock Holmes!
—En todo caso sería un Sherlock Villar
—A usted, guardia de primera, Escolar, ¿quién le ha dado vela en este jodido funer al?
—¿Funer al?
—¡Y si me esfuerzo soy capaz de decirles cuántos hijos, dinero y perros tiene en Bankia ese tiporrr!
—¡Mi subteniente! ¿Tiporrr?
—Siento que he de ser sincero con todos us… ustedes. El subteniente Vilvillar tiene razón. Fueron tres pedetes. Sin embargo erró en que los autores fueran dos sujetos. Lo siento. Lo siento tanto. Fui yo. Lo siento. No pude aguantarme… La culpa es del garrofón.
—Cabo mayor Montalbán, ejem, Montalar. ¡Es usted un auténtico marrano!
—Además, ese maldito pedorreador fue operado del vasto intermedio en agosto de 1998, del vasto externo en diciembre de 1999 y del vasto interno en febrero del 23100.
—¡Pero mi fruteniente!

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Email del 9 de mayo 2020

L’Homme à la seringue (Anónimo)



SÉRIE NOIRE

La palabra fifijumbra, en argot benimacletero-alborayense, significa «clister». Los clisteres, también denominados enemas o lavativas son… Bueno, todo el mundo sabe lo que son y para qué sirven. Lo que desconoce casi todo este mundo y parte de los mundos restantes es que una empresa benifaionense fabricaba algunos modelos de fifijumbras… diferentes. Hace unos pocos meses entrevisté a uno de los nueve socios capitalistas de Fifijumbra SA con motivo de su salida a bolsa y me contó algunas cosas interesantes sobre su nuera. Sin embargo rehusó hablarme de sus productos. Al día siguiente entrevisté a su nuera, la cual no tuvo ningún reparo en describirme con todo detalle las cosas sucias que le gustaría hacerle a un chico de 18 años, si tuviera al lado a un chico de 18 años cuando su marido se encuentra lejos, muy lejos. Cuando le pregunté por los nuevos modelos de enemas dotados con tres salidas de USB 3.0 se abalanzó sobre mí, me tapó la boca con la mano y, claramente asustada, me dijo que si quería seguir viviendo me olvidase de ese tema. Luego estuvo tres horas hablándome sobre la sexualidad sagrada y el camino hacia la conciencia por medio de la autopenetración superior excelsa. Como no entendía nada de lo que salía de su arrugadísima boca decidí marcharme a casa, donde me tomé varios comprimidos de Ketorol y me metí en la cama. Mientras esperaba que me asaltase el sueño en forma de pesadilla estupradora llegué a la conclusión de que si quería sacar alguna información importante sobre Fifijumbra SA sería conveniente que comenzara por abajo, es decir, por los trabajadores y repartidores.

El lunes cayó como un tío gordo. Después de levantarme oriné y desayuné. Luego volví a orinar, me afeité y me vestí. Antes de salir de casa me lavé las manos, pues de repente recordé que había meado dos veces y ni siquiera las había puesto debajo del grifo. Mientras conducía con destino hacia el polígono industrial donde se levantaban tanto las oficinas como la factoría Fifijumbra SA 3 y Fifijumbra SA 7, reescribía para mis adentros las preguntas que iba a disparar a la parte más corruptible de su personal. Lamentablemente nunca llegué ni a las oficinas ni a Fifijumbra SA 3 o Fifijumbra SA 7. Ni siquiera al polígono industrial, pues sin comerlo ni beberlo me vi involucrado en la repentina segunda venida de Cristo y con ella algo semejante a otro jodido apocalipsis repleto de cuerpos de pecadores cercenados y sangre por doquier.

Yo me salvé por los pelos, pero la tercera parte de la población mundial sucumbió ante la fuerza devastadora vengativa. Entre ellos los nueve socios capitalistas de Fifijumbra SA, las nueras de todos ellos y la casi totalidad de empleados de los pabellones Fifijumbra SA 1, Fifijumbra SA 2, Fifijumbra SA 3, Fifijumbra SA 4, Fifijumbra SA 5, Fifijumbra SA 6, Fifijumbra SA 7 y Fifijumbra SA 8, también llamado «el ocho de Fifijumbra».

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Email del 8 de mayo 2020

Peter Paul Rubens. The three graces (1623)

Tres miniemails literariamente insignificantes e intelectualmente desestimables extraídos de la amplia colección de emails inéditos de don Greg López Pérez

Querida:

Detesto cada una de las explicaciones arbitrarias que utilizan muchos de mis amigos y conocidos para convencerme de que algunos de mis últimos intentos por dibujar una sonrisa genuina se notan demasiado forzados. Admito que desde hace algunos años mis risas, sonrisas, risotadas y carcajadas son francamente escasas, pero no por ello desprovistas de calidad y cualidad humanas. Existe un viejo proverbio valenciano que dice que «sonreír sin razón o de forma automática es uno de los primeros síntomas que aparecen cuando se padece alguna patología proctológica». Eso no quiere decir que todos los que sufran de tenesmo debido a un absceso anorrectal, por poner un ejemplo extremo, sientan ganas de descojonarse de todo y de todos de forma totalmente gratuita.

Greg

Querida:

A veces me acuerdo de Violeto del Amor Hermoso, un tipo que llegó a ser muy conocido a nivel estatal por ser el autor de un libro titulado Yo soy Violeto del Amor Hermoso, un tipo que llegará a ser muy conocido a nivel estatal por ser el autor de Yo soy Violeto. En dicho ensayo, Violeto del Amor Hermoso intentaba convencer por todos los medios posibles a sus lectores de que él era Violeto del Amor Hermoso, un tipo que llegaría a ser muy conocido a nivel estatal por ser el autor de Yo soy Violeto del Amor hermoso. Sin embargo, Yo soy Violeto del Amor Hermoso, un tipo que llegará a ser muy conocido a nivel estatal por ser el autor de Yo soy Violeto fue un completo fracaso de ventas, aunque autores reconocidos como Carloto de la Óspera Negra o Mafaldo la Nuit escribieron que era una absoluta obra maestra adelantada a su tiempo en aproximadamente 15 o 20 segundos.

Greg

Querida:

Hace muchísimo tiempo me convertí en un referente mundial. Ya han pasado 58 años desde entonces. Sigo siendo un referente, aunque solo a nivel comarcal. Supongo que ya te lo he contado en más de una ocasión, pero por si acaso voy a tratar de explicarlo nuevamente: me convertí en un referente mundial por ser el primer bebé que pronunció un taco (¡Hostia puta!) nada más ser extraído del útero materno. De la misma forma, pienso convertirme otra vez en un referente mundial -aunque empezaré por convertirme en un referente municipal e iré escalando puestos referenciales poquito a poco- cuando muera y suelte el insulto en el que llevo trabajando los últimos 57 años.

Greg

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Email del 7 de mayo 2020

Gustave Courbet. River landscape (1869)

El barrio de Benimaclet es famoso por la corriente natural de agua continua que lo cruza: el río Crespo. ¡Y sobre todo por la fauna anfibia y acuática que caza y vive en él! De entre todos los animales que producen terror cerval con solo pronunciar su nombre es quizá el cocodrilo levantino (crocodilus valencianus), también llamado fardatxo de Sant Josep, el tío Pep, o Undungu Umpulu, el reptil más temido y el que más muertos causa cada año, sobre todo entre los cultivadores de chufa y agricultores en general. Según el boletín mensual El hombre y la huerta, publicado por el departamento agropecuario dependiente de la Generalitat Valenciana, en el año 2019 fueron atacadas 43 personas (y un proyecto de persona), de las cuales fallecieron 25, un incremento importante con respecto a años anteriores.

Otra de las bestias que en ocasiones depredan sobre los seres humanos y que abunda tanto en el río Crespo como en las lagunas que se encuentran en las inmediaciones del nacimiento de este curso de agua es el hipopótamo de los Desamparados (Hippopotamus indefensus), que de indefenso no tiene nada, por lo menos si analizamos las estadísticas de sus ataques, tanto provocados como no provocados. Se calcula que en los últimos 10 años han fallecido 78 personas y un número inconcluyente de ratolines de campo.

En cuanto a peces peligrosos podríamos destacar al tiburon albufereño y al pez espada de Calatrava, ambos pertenecientes al mismo género. Pero son las numerosas especies de serpientes venenosas las que hacen de Benimaclet uno de los barrios o distritos más peligrosos del mundo. 37 ofidios pertenecientes a nueve géneros viven en el territorio que rodea al Crespo. De ese número, más de la tercera parte poseen glándulas venenosas y dientes acanalados, por consiguiente son capaces de producir un mordisco mortal. Tanto la víbora Che (Vipera alborayensis) como la taipán de Orriols (Oxyuranus orriolensis) son las más peligrosas y las que más decesos ocasionan. Afortunadamente, gracias al suero antiofídico que se fabrica en el instituto fallero situado en pleno centro de Valencia capital, se ha podido reducir el número de muertes a casi la mitad en los últimos cuatro siglos.

Referencias
-McLópez SW. Contreras V. 1999. Especies de serps del riu Crespo: Una referencia geográfica y taxonómica. Editorial herpetológica de extramurs. 2011 pp. ISBN 1-993727-00-6 (series)
-Vega T. Animals perillosos de Benimaclet. Editorial bichera-cascabelera. 450 pp. ISBN 1-878862-00-1
-Ferrer V. Fosforito M. Cocodrilos de los ríos Crespo (Benimaclet) y Nilo (Àfrica). Moros y cristianos editores. 788 pp. ISBN 1-484811-00-5

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Email del 6 de mayo 2020

Desmond Morris. The attentive friend (1972)

Textos inconclusos sobre personajes de mi barrio (o la vagancia del escribidor inepto). Texto número 6: Pepe le Frit.

Pepe le Frit era un tipo grande de tamaño y bajo de entendimiento que presumía de su grave trastorno otorrinolaringológico: «No puedo entender por qué me lleva tanto tiempo meterme una jodida raya por la napia». En realidad su nariz había dejado de ser una nariz hacía bastante tiempo, y aunque a menudo le gustaba pensar que quizá con una operación quirúrgica en la cual le sustituyeran el pingajo en que se había convertido su tabique nasal por otro fabricado en Washington D. C. podría seguir disfrutando de la farlopa hasta que se le cayese otra porción de dicha protuberancia saliente del rostro humano, quizá el meato inferior o algún cartílago lateral. Recuerdo la última vez que me crucé con él en la calle. ¡Aunque no recuerdo el nombre de la calle! Supongo que fue en la avenida del Primado López Pérez o quizá en la plaza del Yuntero, que es donde suelo pasar la mayor parte de las tardes sentado en un banco público. ¡Me encanta contemplar a la gente!
PEPE LE FRIT: ¡Hola, Grego!
YO: Hola, Pepe. ¿Dónde vas?
PEPE LE FRIT: Mejor sería que me preguntases de dónde (con tilde en la «o») vengo.
YO: ¿De dónde vienes?
PEPE LE FRIT: Vengo de casa de mi mejor amigo.
YO: ¡Qué suerte tener un verdadero amigo en estos días!
PEPE LE FRIT: Bueno, también (con tilde en la «e»), además (con tilde en la «a») de mi mejor amigo es mi camello.

Charlar con Pepe era bastante complicado, pues le gustaba resaltar las vocales que se tildaban desde que unos años antes alguien le señalara como uno de los «idiotas de tercer grado» más atontados del barrio. Desde ese día, Pepe se había dedicado en cuerpo y alma a apuntarse en un rollo de papel de los que utilizaban las máquinas registradoras todas las palabras que existían en el idioma castellano que llevaran tilde. Cuando no estaba seguro de alguna palabra se sacaba el rollo del bolso y desplegaba varios kilómetros de papel hasta que encontraba lo que quería. Por supuesto, en esos casos una pequeña conversación podía demorarse horas o incluso días.
YO: Mejor que mejor, chico. Amigo y traficante. No se puede pedir más…
PEPE LE FRIT: También (con tilde en la «e») es el hermano de mi novía. ¿Es novía (con tilde en la «i») o simplemente novia, sin tilde?
YO: Es novia, sin tilde. Las palabras llanas acabadas en «n», «s» o vocal no llevan tilde.
PEPE LE FRIT: Gracias, Grego. Te lo he preguntado porque eres de confianza. No soporto que me cuestionen.
YO: Yo nunca te cuestionaría. Me conoces, Pepe. Siempre encantado de ayudarte. Bueno, chico… ¡me tengo que ir!
PEPE LE FRIT: ¡Pero si acabas de llegar!
YO: No he llegado, Pepe. Hemos coincidido mientras nos dirigíamos a nuestros lugares de destino respectivos.
PEPE LE FRIT: ¡Que rabia me das! ¡Espera! Ese «que» debe llevar tilde. Comenzaré otra vez. ¡Qué envidia me das!
YO: ¿Por qué te doy envidia?
PEPE LE FRIT: Porque todas tus frases llevan muchas palabras. Bueno… quiero decir… tus palabras casi siempre llevan tildes… ¡Odio tener que recurrir a la chuleta!
YO: ¿Por chuleta te refieres a ese rollo interminable que llevas en el bolso siempre? Me fascina. Por cierto, hoy no lo has consultado.
PEPE LE FRIT: No lo he utilizado porque intento que mis frases lleven palabras que no se tilden. Así (con tilde en la «i») es más (con tilde en la «a») sencillo y la gente no se cachondea de mí (con tilde en la «i»). Me tomo muy en serio el culturizarme, ¿sabes?
YO: De eso se trata, Pepe. ¡Me ha encantado saludarte! Espero verte muy pronto! ¡Adios, chico!
PEPE LE FRIT: ¡Espera! ¡Adiós lleva tilde! ¡Adiós lleva tilde!

Dos semanas después de nuestra conversación RAE, Pepe se tropezó con el rollo de papel que le servía de chuleta mientras mantenía una conversación caminando con varios amigos y se golpeó el guiñapo contra el suelo. Por supuesto, con guiñapo me refiero al pingajo. Y con pingajo a la nariz. El impacto fue tan fuerte y violento que asustó a todos los otorrinos que vivían en un radio de cuatro kilómetros de distancia. Tras pasar cinco semanas en la UCI, Pepe falleció rodeado de ventiladores mecánicos, bombas de infusión, desfibriladores, monitores (tanto cardiorespiratorios como de presión arterial), oxímetros, sondas, catéteres y un montón de artilugios, la mayor parte de ellos, y esto me parece muy importante, tildados.

G

IMPORTANTE:
El texto anterior está patrocinado por Cilicios Carbonell.

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Email del 5 de mayo 2020

Marc Chagall. Angel with a sword (1956)

Desconozco cuántas líneas salvables se podrían extraer de entre los más de 1300 textos anhedónicos que he escrito en los últimos ocho o nueve años, aunque soy consciente de que la mayor parte de ellos fueron escritos para iluminar y ofuscar a los posibles lectores en igual medida. ¿Importa demasiado si esta bitácora fue originalmente concebida como un ejercicio supremo de egolatría y vanidad a partes iguales? Realmente no. Todos los pronunciamientos que pueda emitir sobre algo en lo que esté directa o completamente involucrado deberían tomarse con cierta reticencia. Incluso en su forma más directa y aparentemente inocente, pues no dejan de ser zigzagueantes o escabrosos y están repletos de embustes y dobles (y triples) sentidos, que dificultarán conocer que es lo qué se esconde en mi cerebro.

Siempre he pensado que la idea y la pretensión de mantener un blog durante tanto tiempo es sencillamente absurda. Pero también me parece ridículo que el planeta esté repleto de imbéciles y casi nadie escriba sobre ellos. Quizá es porque, como he explicado en numerosas ocasiones, la gente tiende a sentir pena de los que han preferido escabullirse. Yo no. Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula, dijo en cierta ocasión que «¡Ojalá el pueblo romano tuviera un único cuello, para poder cortar sus cabezas de un solo tajo! Aunque mi corazón vegetariano está en contra de todo lo que tenga que ver con los cuchillos, la sangre y el tajamiento, mi cerebro discapacitado -en lo que al razonamiento se refiere- no le haría ascos a una próxima venida (no confundir con avenida) de un ejecutor del más allá que pudiera distinguir a los que todavía utilizan los 1500 gramos de cerebro de los que ya no son capaces de atarse la goma elástica del pantalón del pijama sin la ayuda de un folleto de instrucciones.

Para terminar este reivindicativo email me gustaría no resaltar un par de cosas que creo que no son importantes.

Greg

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Email del 4 de mayo 2020

Ivan Aivazovsky. Constantinople (1856)

Querida:

En ocasiones me pregunto cómo habría sido mi existencia si por algún motivo realmente horripilante no hubiera podido escuchar a Scott Walker, Sun Ra, Peter Hammill, Louis Thomas Hardin «Moondog», Frank Zappa, The Residents, Daevid Allen, Harry Partch, Captain Beefheart, Fred Frith, Yahowha 13, Alfred Schnittke, Henry Purcell, Sainte-Colombe, Ígor Stravinski, Kaikhosru Shapurji Sorabji, Orlando di Lasso o Luigi Boccherini entre otros. O no hubiera podido contemplar los films de Bela Tarr, Andrei Tarkovsky, Aleksandr Sokúrov, Carl T. Dreyer, Georges Franju, krzysztof kieslowski, Rainer Werner Fassbinder, Victor Erice, Masaki Kobayashi, Éric Rohmer, Ingmar Bergman, Jean-Pierre Melville, Orson Welles o Luis Buñuel. O leído algunos o todos los libros de Friedrich Nietzsche, Franz Kafka, William Shakespeare, Jorge luís Borges, Michael de Montaigne, Gilbert Keith Chesterton, Julio Cortázar, Robert Graves, E.M. Cioran, Réjean Ducharme, José Ortega y Gasset, Joseph Conrad, Thomas De Quincey, Rafael Sánchez Ferlosio o Ernest Becker. O cuidado una serie interminable de plantas entre las que siempre han destacado las pertenecientes a las especies de Rhipsalis, Selenicereus, Gloriosa, Musa, Passiflora, Ludisia, Nepenthes, Neoregelia, Nidularium, Aecmea, Fredclarkeara o Mikania. O no se hubiesen cruzado en mi camino un montón espantoso de badulaques de ambos sexos que ni siquiera se merecen que me tome la molestia de recordar y escribir aquí sus jodidos nombres y apellidos.

Pero existen algunos instantes en los que en lugar de hacerme preguntas prefiero responderlas directamente. A veces incluso contesto a cuestiones que nunca me he formulado. Lo más lógico pasa por contestar únicamente a las preguntas que me demandan aquellos que viven en mi casa, aunque nunca han sido invitados. ¡Por las noches suelo escuchar sus movimientos! ¡Sé que son los responsables de que las puertas se cierren de golpe! ¡Curiosean entre mis pertenencias, deslizan los objetos y se entrometen en mis abstracciones! Supongo que moran en las entrañas del único espejo que tengo en casa. Pero si lo rompo en mil pedazos, ¿cómo haré para afeitarme? Claro que podría dejarme barba, pero también podría dejarme la vida. ¿Quién me asegura que no son capaces de regresar desde su propio universo las veces que les dé la gana? Nunca los he visto, no obstante creo que soy capaz de distinguir a tres de ellos gracias a sus estornudos y carraspeos que son completamente diferentes.

Dentro de un par de semanas, o quizá, dentro de un par de días o un par de horas o un par de minutos o un par de pares de pares volveré a darme más tiempo. Puede que otro par de semanas, días, horas, minutos… ¡Me cuesta tanto esfuerzo tomar decisiones! Siempre he pensado que lo más honesto para alguien como yo -que rechazó la pertenencia al club de los humanitos vendidos- sería tomar indecisiones. De esa manera, cada una de las pretendidas verdaderas soluciones se transformarían en vacilaciones imprecisas y titubeos aproximados, lo cual facilitaría que me pudiese tomar un tiempo extra para inventar justificaciones. No es que las necesite, pero me siento mejor con algunas encima (o debajo).

Y hasta que llegue ese aterrador momento -que temo desde el día que arranqué con mis encías desdentadas el cordón umbilical que me unía a la placenta en mi madre- en que todas las emociones positivas que mantengo encerradas se exterioricen y me conviertan en otro maldito esclavo chupapollas, no pienso dejar de cantar la jodida canción de Jeanette. Vous savez ce que je veux dire, eh bien, je suppose…

Hasta entonces…

Here I come Constantinople
Here I come Constantinople. 
Here I come Constantinople. 
I am coming Constantinople.
Here I come.

Email del 4 de mayo 2020 Leer más »

Segundo email del 3 de mayo 2020

Roy Lichtenstein. Hey you (1973)

Si tú no eres tú, ¿entonces por qué estás convencido de que, seas lo que seas, eres lo que eres? 

Sucedió mientras visitaba un mercadillo de antigüedades. En uno de los puestos más alejados de lo que podría denominarse el centro o la plaza de las exquisiteces, se amontonaban varios cachivaches y cacharros metálicos cubiertos de pátina. Uno de ellos me llamó la atención, pues su aspecto se asemejaba al de un instrumento para medir algo, o quizá para medir varias cosas. En el interior de su estructura rectangular destacaban tres niveles de tamaños diferentes, de esos que se utilizan para medir la verticalidad o la horizontalidad. Cuando le pregunté al vendedor qué (cojones) era esa «cosa» y para qué (coño) servía, el tipo me explicó que era un equilibristato, y que se utilizó desde mediados del siglo XIX hasta principios del XX en Europa y América para medir las desviaciones de las vías de los ferrocarriles o algo parecido, pero que desgraciadamente (y lamentándolo mucho) no estaba en venta. Después apuntó que lo llevaba a todos los mercados y a cualquier lugar en que se reunieran aficionados al coleccionismo ferroviario para saber si alguno conocía algún dato más sobre semejante reliquia. Tras la sumamente extensa explicación me despedí del anticuario arguyendo que tenía bastante prisa, a lo que él me contestó que nadie me había preguntado la razón por la que me marchaba, y que todo hombre o mujer desde que nace es libre para llegar, marcharse o regresar las veces que le dé la gana. Y no contento con su respuesta añadió que todas las excusas son perturbadoras y, algunas de ellas, suelen terminar derrumbándose como los ladrillos de un edificio mal cimentado. Mientras me alejaba del lugar pensando que el pobre tipo estaba tronado le escuché musitar la frase que encabeza este párrafo.

Cuando llegué a casa me quité la chaqueta, la camisa y los zapatos y me senté en la cama. De pronto reparé en un papelito doblado que destacaba sobre el suelo. Estaba claro que no era mío. Lo alisé con cuidado y leí…

Una elegía de pretextos saturados
se desbordaba, se desbordaba, se desbordaba,
sobre un mundo en el que todos eran uno mismo
y donde nadie, donde nadie, donde nadie
se atrevía, bajo ningún concepto, a equivocarse


Si tú no eres tú,
entonces eres alguien.
Pero si tú eres tú,
entonces…


Esa elegía de pretextos saturados
que se desbordaba, se desbordaba, se desbordaba,
sobre un mundo en el que todos eran uno mismo
y donde nadie, donde nadie, donde nadie 
se atrevía, bajo ningún concepto, a equivocarse,
no es más que OTRA estúpida patraña.


Si tú eres tú, 
¿entonces por qué estás convencido
de que, seas lo que seas, 
no eres lo que eres? 

Tras leer esa especie de poesía delirante empecé a creer que yo también estaba perdiendo la cabeza, sobre todo cuando el papel, todavía entre mis dedos, se transformó en una foto antigua amarillenta en la cual se podía ver a un tipo sobre otro tipo, y ambos, sobre otro tipo que a su vez estaba sobre varios tipos. Todos ellos sonreían a la cámara, aunque a uno, el que estaba arriba del todo, le faltaban los incisivos centrales. Después… ¡Después me desperté!

Segundo email del 3 de mayo 2020 Leer más »